clarice

 

 

 

 

el idioma de la «f»

 

 

María Aparecida —Cidita, como la llamaban en su casa— era maestra de inglés. Ni rica ni pobre: con

suficientes recursos para vivir. Pero se vestía con refinamiento. Parecía rica. Hasta sus maletas eran de

calidad.

Vivía en Minas Gerais e iría en tren hasta Río, en donde permanecería tres días y después tomaría el

avión a Nueva York.

La buscaban mucho como maestra. Le gustaba la perfección y era afectuosa, aunque severa. Quería

perfeccionarse en Estados Unidos.

Tomó el tren de las siete rumbo a Río. Frío que hacía. Ella con saco de gamuza y tres maletas. El

vagón estaba vacío, únicamente una viejecita durmiendo en un rincón bajo su chal.

En la siguiente estación subieron dos hombres que se sentaron en el lugar frente al asiento de Cidita.

El tren en marcha. Uno de los hombres era alto, delgado, con bigotito y mirada fría, el otro era bajo,

barrigón y calvo. Miraron a Cidita. Ésta desvió la mirada, observó a través de la ventanilla del tren.

Se sentía un malestar en el vagón. Como si hiciera demasiado calor. La muchacha inquieta. Los

hombres en alerta. Dios mío, pensó la chica, ¿qué es lo que quieren de mí? No tenía respuesta. Y para

colmo era virgen. ¿Por qué, pero por qué había pensado en su propia virginidad?

Entonces los hombres empezaron a hablar entre ellos. Al principio, Cidita no entendió ni una sola

palabra. Parecía un juego. Hablaban demasiado aprisa. Y el lenguaje le pareció vagamente familiar.

¿Qué idioma era ése?

De repente entendió: ellos hablaban a la perfección el idioma de la «f». Así:

—Tufu yafa hafas vifistofo quefe bofonifitafa mufuchafachafa?

—Sifi, yafa lafa hefe vifistofo. Efestafa cofomofo quieferefe.

Querían decir: ¿tú ya has visto qué bonita muchacha? Sí, ya la he visto. Está como quiere.

Cidita fingió no entender: entender sería peligroso para ella. El idioma era ese que utilizaba, cuando

era niña, para defenderse de los adultos. Los dos continuaron:

—Quieferofo efechafarmefelafa. ¿Yfi tufu?

—Yofo tafambiefen. Efen efel tufunefel.

Querían decir que la iban a violar en el túnel… ¿Qué hacer? Cidita no sabía y temblaba de miedo.

Ella apenas se conocía. Además, nunca se había conocido por dentro. En cuanto a conocer a los demás,

ahí era cuando la cosa se complicaba. ¡Ayúdame, Virgen María! ¡Auxilio! ¡Auxilio!

—Sifi sefe refesifistefe pofodefemofos mafatafarlafa.

Si se resistiera, podrían matarla. Era así la cosa.

—Cofon ufun pufuñafal. Yfi luefegofo rofobafarlafa.

Matarla con un puñal y luego robarla.

¿Cómo decirles que no era rica? Que era frágil, cualquier gesto la mataría. Sacó un cigarro de la

bolsa para fumar y calmarse. De nada sirvió. ¿Cuándo llegarían al próximo túnel? Tenía que pensar

aprisa, aprisa, aprisa.

Entonces pensó: si yo finjo que soy una prostituta, ellos desistirán, no les gustan las vagabundas.

Así que se levantó la falda, realizó unos contoneos sensuales —ni sabía que sabía hacerlos, era tan

desconocida de sí misma—, se desabrochó los botones del escote, dejando los senos a medio mostrar.

Los hombres de repente se espantaron.

—Tafa lofocafa.

Está loca, dijeron.

Y ella contoneándose como no lo haría una sambista de escuela. Sacó de su bolsa el lápiz de labios

y se pintó exageradamente y empezó a canturrear.

Entonces los hombres se empezaron a reír de ella. Se les hacía graciosa la locura de Cidita. Estaba

desesperada. ¿Y el túnel?

Apareció el encargado de los billetes. Vio todo. No dijo nada. Pero fue con el maquinista y le contó.

Éste dijo:

—Vamos a darle un susto, la voy a entregar a la policía en la primera estación.

Y llegaron a la próxima estación.

El maquinista bajó, habló con un soldado cuyo nombre era José Lindalvo. José Lindalvo no era un

hombre para bromas. Subió al vagón, vio a Cidita, la agarró brutalmente del brazo, tomó como pudo las

tres maletas y ambos bajaron.

Los dos hombres se reían a carcajadas.

En la pequeña estación pintada de azul y rosa estaba una joven con una maleta. Miró a Cidita con

desprecio. Subió al tren y éste partió.

Cidita no sabía cómo explicarle al policía. El idioma de la «f» no tenía explicación. Fue llevada al

calabozo de la delegación y ahí fue fichada. Le dijeron lo peor. Y permaneció en la celda tres días. La

dejaban fumar. Fumaba como loca, tragando el humo y pisando el cigarro en el suelo de cemento. Había

una cucaracha grande arrastrándose por el piso.

Finalmente la dejaron salir. Tomó el próximo tren a Río. Se había lavado la cara, ya no era una

prostituta. Lo que le preocupaba era lo siguiente: cuando los dos habían hablado de echársela, le dieron

ganas de ser violada. Era una descarada. Sofoy ufunafa pufutafa. Era lo que había descubierto. Cabizbaja.

Llegó a Río exhausta. Llegó a un hotel barato. Inmediatamente se dio cuenta de que había perdido el

avión. En el aeropuerto compró el pasaje.

Y caminaba por las calles de Copacabana, desgraciada ella, desgraciada Copacabana.

Pues fue en la esquina de la calle Figuereido Magalhães donde vio un puesto de periódicos. Ahí

estaba colocado el diario O Dia. No sabría decir por qué lo compró.

Con un titular negro estaba escrito: «Joven violada y asesinada en el tren».

Tembló toda. Entonces había ocurrido. Y con la muchacha que la había despreciado.

Se puso a llorar en la calle. Aventó el maldito periódico. No quería enterarse de los detalles. Pensó:

—Sifi. Efel defestifinofo efes ifimplafacafablefe.

El destino es implacable.

 

 

 

 

 

a língua do “p” 

 

 

Maria Aparecida — Cidinha, como a chamavam em casa — era professora de

inglês. Nem rica nem pobre: remediada. Mas vestia-se com apuro. Parecia rica. Até

suas malas eram de boa qualidade.

Morava em Minas Gerais e iria de trem para o Rio, onde passaria três dias, e em

seguida tomaria o avião para Nova Iorque.

Era muito procurada como professora. Gostava da perfeição e era afetuosa,

embora severa. Queria aperfeiçoar-se nos Estados Unidos.

Tomou o trem das sete horas para o Rio. Frio que fazia. Ela com casaco de

camurça e três maletas. O vagão estava vazio, só uma velhinha dormindo num canto

sob o seu xale.

Na próxima estação subiram dois homens que se sentaram no banco em frente

ao banco de Cidinha. O trem em marcha. Um homem era alto, magro, de bigodinho e

olhar frio, o outro era baixo, barrigudo e careca. Eles olharam para Cidinha. Esta

desviou o olhar, olhou pela janela do trem.

Havia um mal-estar no vagão. Como se fizesse calor demais. A moça inquieta.

Os homens em alerta. Meu Deus,

pensou a moça, o que é que eles querem de mim? Não tinha resposta. E ainda por cima

era virgem. Por que, mas por que pensara na própria virgindade?

Então os dois homens começaram a falar um com o outro. No começo Cidinha

não entendeu palavra. Parecia brincadeira. Falavam depressa demais. E a linguagem

pareceu-lhe vagamente familiar. Que língua era aquela?

De repente percebeu: eles falavam com perfeição a língua do “p”. Assim:

— Vopocêpê reperaparoupou napa mopoçapa bopo-nipitapa?

— Jápá vipi tupudopo. Épé linpindapa. Espestápá no-po papapopo.

Queriam dizer: você reparou na moça bonita? Já vi tudo. É linda. Está no papo.

Cidinha fingiu não entender: entender seria perigoso para ela. A linguagem era

aquela que usava, quando criança, para se defender dos adultos. Os dois continuaram:

— Queperopo cupurrapar apa mopoçapa. Epe vopocepe?

— Tampambémpém. Vapaipi serper nopo tupunelpel.

Queriam dizer que iam currá-la no túnel… O que fazer? Cidinha não sabia e

tremia de medo. Ela mal se conhecia. Aliás nunca se conhecera por dentro. Quanto a

conhecer os outros, aí então é que piorava. Me socorre, Virgem Maria! me socorre! me

socorre!

— Sepe repesispistirpir popodepemospos mapatarpar epelapa.

Se resistisse podiam matá-la. Era assim então.

— Compom umpum pupunhalpal. Epe roupoubarpar epelapa.

Matá-la com um punhal. E podiam roubá-la.

Como lhes dizer que não era rica? que era frágil, qualquer gesto a mataria. Tirou

um cigarro da bolsa para fumar e acalmar-se. Não adiantou. Quando seria o próximo

túnel? Tinha que pensar depressa, depressa, depressa.

Então pensou: se eu me fingir de prostituta, eles desistem, não gostam de

vagabunda.

Então levantou a saia, fez trejeitos sensuais — nem sabia que sabia fazê-los, tão

desconhecida ela era de si mesma — abriu os botões do decote, deixou os seios meio à

mostra. Os homens de súbito espantados.

— Tápá dopoipidapa. Está doida, queriam dizer.

E ela a se requebrar que nem sambista de morro. Tirou da bolsa o batom e

pintou-se exageradamente. E começou a cantarolar.

Então os homens começaram a rir dela. Achavam graça na doideira de Cidinha.

Esta desesperada. E o túnel?

Apareceu o bilheteiro. Viu tudo. Não disse nada. Mas foi ao maquinista e

contou. Este disse:

— Vamos dar um jeito, vou entregar ela pra polícia na primeira estação.

E a próxima estação veio.

O maquinista desceu, falou com um soldado por nome de José Lindalvo. José

Lindalvo não era de brincadeira. Subiu no vagão, viu Cidinha, agarrou-a com

brutalidade pelo braço, segurou como pôde as três maletas, e ambos desceram.

Os dois homens às gargalhadas.

Na pequena estação pintada de azul e rosa estava uma jovem com uma maleta.

Olhou para Cidinha com desprezo. Subiu no trem e este partiu.

Cidinha não sabia como se explicar ao polícia. A língua do “p” não tinha

explicação. Foi levada ao xadrez e lá

fichada. Chamaram-na dos piores nomes. E ficou na cela por três dias. Deixavam-na

fumar. Fumava como uma louca, tragando, pisando o cigarro no chão de cimento.

Tinha uma barata gorda se arrastando no chão.

Afinal deixaram-na partir. Tomou o próximo trem para o Rio. Tinha lavado a

cara, não era mais prostituta. O que a preocupava era o seguinte: quando os dois

haviam falado em currá-la, tinha tido vontade de ser currada. Era uma descarada. Epe

sopoupu upumapa puputapa. Era o que descobrira. Cabisbaixa.

Chegou ao Rio exausta. Foi para um hotel barato. Viu logo que havia perdido o

avião. No aeroporto comprou a passagem.

E andava pelas ruas de Copacabana, desgraçada ela, desgraçada Copacabana.

Pois foi na esquina da rua Figueiredo Magalhães que viu a banca de jornal. E

pendurado ali o jornal O Dia. Não saberia dizer por que comprou.

Em manchete negra estava escrito: “Moça currada e assassinada no trem”.

Tremeu toda. Acontecera, então. E com a moça que a desprezara.

Pôs-se a chorar na rua. Jogou fora o maldito jornal. Não queria saber dos

detalhes. Pensou:

— Épé. Opo despestipinopo épé impimplaplacápávelpel.

O destino é implacável.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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