clarice-c

 

 

 

él me absorbió

 

Sí. Sucedió justamente.

Chequito era maquillador de mujeres. Pero no quería nada con mujeres. Quería hombres.

Y maquillaba a Aurelia Nascimento. Aurelia era bonita y, maquillada, quedaba deslumbrante. Era

rubia, usaba peluca y pestañas postizas. Quedaron como amigos. Salían juntos, con esa cosa de ir a cenar

a los salones de baile.

Cada vez que Aurelia quería verse bella, le llamaba por teléfono a Chequito. Chequito también era

guapo. Era delgado y alto.

Y así transcurrían las cosas. Una llamada telefónica y concertaban una cita. Ella se vestía bien, se

esmeraba. Usaba lentes de contacto. Y senos postizos. Pero los suyos también eran bellos, puntiagudos.

Solamente usaba los postizos porque tenía poco busto. Su boca era un botón de rosa roja. Y los dientes

grandes, blancos.

Un día, a las seis de la tarde, a la hora del peor tráfico, Aurelia y Chequito estaban de pie junto al

Copacabana Palace esperando inútilmente un taxi. Chequito, de cansancio, se había apoyado en un árbol.

Aurelia estaba impaciente. Sugirió que se le dieran diez cruceiros al portero para que les consiguiera

transporte. Chequito se negó: era duro para aflojar el dinero.

Eran casi las siete de la tarde. Oscurecía. ¿Qué hacer?

Cerca de ellos estaba Alfonso Carballo. Industrial en metalurgia. Esperaba su Mercedes con chófer.

Hacía calor, el coche contaba con aire acondicionado, tenía teléfono y refrigerador. Alfonso había

cumplido cuarenta años el día anterior.

Notó la impaciencia de Aurelia, quien golpeaba los pies en la banqueta. «Interesante esa mujer»,

pensó Alfonso. Y quiere coche. Se dirigió a ella:

—¿La señorita tiene dificultad para encontrar transporte?

—¡Estoy aquí desde las seis y nada, que no pasa un taxi que nos recoja! Ya no aguanto más.

—Mi chófer llega dentro de un rato —dijo Alfonso—. ¿Puedo llevarlos a algún lado?

—Yo le agradecería mucho, incluso porque tengo un dolor en el pie.

Pero no dijo que tenía callos. Escondió el defecto. Estaba maquilladísima y miró con deseos al

hombre. Chequito permanecía muy callado.

Al fin llegó el chófer, se bajó, abrió la puerta del coche. Entraron los tres. Ella se sentó adelante, al

lado del chófer, los dos atrás. Se quitó discretamente el zapato y suspiró de alivio.

—¿Hacia dónde quieren ir ustedes?

—No tenemos un destino fijo realmente —dijo Aurelia cada vez más ardiente por la cara varonil de

Alfonso.

Él dijo:

—¿Y si vamos al Number One a tomar una bebida?

—Me encantaría —dijo Aurelia—. ¿A ti no te gustaría, Chequito?

—Pues claro, necesito un trago fuerte.

Entonces fueron al salón de baile, a esa hora casi vacío. Y conversaron. Alfonso habló de

metalurgia. Los dos no entendían nada. Pero fingían entender. Era tedioso. Pero Alfonso estaba

entusiasmado y, por debajo de la mesa, apoyó su pie en el pie de Aurelia. Justamente en el pie donde

tenía el callo. Ella correspondió, excitada. En ese momento Alfonso dijo:

—¿Y si vamos a cenar a mi casa? Hoy tengo caracoles y pollo con trufas. ¿Cómo lo ven?

—Estoy muerta de hambre.

Y Chequito seguía mudo. Estaba también ardiente por Alfonso.

El departamento estaba tapizado de blanco y había una escultura de Bruno Giorgi. Se sentaron,

tomaron otra bebida y pasaron al comedor. La mesa era de palo santo. El camarero servía por la

izquierda. Chequito no sabía comer caracoles y se hizo un lío con los cubiertos especiales. No le

gustaron. Pero a Aurelia le gustaron mucho, aunque le dio miedo quedar con aliento a ajo. Pero bebieron

champaña francesa durante toda la cena. Nadie quiso postre, querían tan sólo café.

Pasaron a la sala. Ahí Chequito se animó. Empezó a hablar y nunca más acababa. Le lanzaba unos

ojos lánguidos al industrial. Éste se quedó sorprendido con la elocuencia del muchacho guapo. Al día

siguiente le llamaría a Aurelia para decirle: Chequito es el encanto en persona.

Y concertaron una nueva cita. Esta vez en un restaurante, el Albamar. Comieron ostrones para

empezar. Nuevamente Chequito tuvo dificultades para comerse los ostrones. No sé hacer las cosas,

pensó. Pero antes de encontrarse, Aurelia le llamó por teléfono a Chequito: necesitaba maquillaje urgente.

Él fue a su casa.

Entonces, mientras la maquillaba, pensó: Chequito me está quitando el rostro.

Tenía la impresión de que él le estaba borrando los rasgos: vacía, una cara tan sólo de carne. Carne

morena.

Sintió un malestar. Le pidió dejarla ir al baño para mirarse al espejo. Era eso mismo lo que había

imaginado: Chequito había anulado su rostro. Incluso los huesos —tenía una estructura ósea sensacional

—, incluso los huesos habían desaparecido. Él me está absorbiendo, pensó, él me va a destruir. Y es a

causa de Alfonso.

Regresó sin gracia. En el restaurante casi no habló. Alfonso hablaba más con Chequito, apenas

miraba a Aurelia: estaba interesado en el muchacho.

En fin. Por fin acabó el almuerzo.

Chequito concertó una cita con Alfonso para la noche. Aurelia dijo que no podía ir, estaba cansada.

Era mentira: no iba porque no tenía cara que mostrar.

Llegó a casa, tomó un baño prolongado de inmersión con espuma, se quedó pensando: «Dentro de

poco él me quita el cuerpo también». ¿Qué hacer para recuperar lo que había sido suyo? ¿Su

individualidad?

Salió pensativa del baño. Se secó con una toalla roja enorme. Siempre pensativa. Se pesó en la

balanza: tenía buen peso. Dentro de poco él me quita el peso también, pensó.

Se acercó al espejo. Se miró profundamente. Pero ella ya no era nada.

Entonces, entonces de repente se dio una brutal bofetada en la parte izquierda del rostro. Para

despertar. Permaneció de pie mirándose. Y, como si no bastara, se dio otras dos cachetadas en la cara.

Para encontrarse.

Y realmente sucedió.

En el espejo vio por fin un rostro humano, triste, delicado. Ella era Aurelia Nascimento. Había

acabado de nacer. Na-ci-mien-to.

 

 

 

ele me bebeu

 

É. Aconteceu mesmo.

Serjoca era maquilador de mulheres. Mas não queria nada com mulheres.

Queria homens.

E maquilava Aurélia Nascimento. Aurélia era bonita e, maquilada, ficava

deslumbrante. Era loura, usava peruca e cílios postiços. Ficaram amigos. Saíam juntos,

essa coisa de ir jantar em boates.

Todas as vezes que Aurélia queria ficar linda ligava para Serjoca. Serjoca

também era bonito. Era magro e alto.

E assim corriam as coisas. Um telefonema e marcavam encontro. Ela se vestia

bem, era caprichada. Usava lentes de contato. E seios postiços. Mas os seus mesmos

eram lindos, pontudos. Só usava os postiços porque tinha pouco busto. Sua boca era

um botão de vermelha rosa. E os dentes grandes, brancos.

Um dia, às seis horas da tarde, na hora do pior trânsito, Aurélia e Serjoca

estavam em pé junto do Copacabana Palace e esperavam inutilmente um táxi. Serjoca,

de cansaço, encostara-se numa árvore. Aurélia impaciente. Sugeriu que dessem ao

porteiro dez cruzeiros para que ele lhes arranjasse uma condução. Serjoca negou: era

duro para soltar dinheiro.

Eram quase sete horas. Escurecia. O que fazer?

Perto deles estava Affonso Carvalho. Industrial de metalurgia. Esperava o seu

Mercedes com chofer. Fazia calor, o carro era refrigerado, tinha telefone e geladeira.

Affonso fizera quarenta anos no dia anterior.

Viu a impaciência de Aurélia que batia com os pés na calçada. Interessante essa

mulher, pensou Affonso. E quer carro. Dirigiu-se a ela:

— A senhorita está achando dificuldade de condução?

— Estou aqui desde as seis horas e nada de um táxi passar e nos pegar! Já não

agüento mais.

— Meu chofer vem daqui a pouco, disse Affonso. Posso levá-los a alguma

parte?

— Eu lhe agradeceria muito, inclusive porque estou com dor no pé.

Mas não disse que tinha calos. Escondeu o defeito. Estava maquiladíssima e

olhou com desejo o homem. Serjoca muito calado.

Afinal veio o chofer, desceu, abriu a porta do carro. Entraram os três. Ela na

frente, ao lado do chofer, os dois atrás. Tirou discretamente o sapato e suspirou de

alívio.

— Para onde vocês querem ir?

— Não temos propriamente destino, disse Aurélia cada vez mais acesa pela cara

máscula de Affonso.

Ele disse:

— E se fôssemos ao Number One tomar um drinque?

— Eu adoraria, disse Aurélia. Você não gostaria, Serjoca?

— É claro, preciso de uma bebida forte.

Então foram para a boate, a essa hora quase vazia. E conversaram. Affonso

falou de metalurgia. Os outros dois não entendiam nada. Mas fingiam entender. Era

tedioso.

Mas Affonso estava entusiasmado e, embaixo da mesa, encostou o pé no pé de

Aurélia. Justo o pé que tinha calo. Ela correspondeu, excitada. Aí Affonso disse:

— E se fôssemos jantar na minha casa? Tenho hoje escargots e frango com

trufas. Que tal?

— Estou esfaimada.

E Serjoca mudo. Estava também aceso por Affonso.

O apartamento era atapetado de branco e lá havia escultura de Bruno Giorgi.

Sentaram-se, tomaram outro drinque e foram para a sala de jantar. Mesa de jacarandá.

Garçom servindo à esquerda. Serjoca não sabia comer escargots e atrapalhou-se todo

com os talheres especiais. Não gostou. Mas Aurélia gostou muito, se bem que tivesse

medo de ter hálito de alho. Mas beberam champanha francesa durante o jantar todo.

Ninguém quis sobremesa, queriam apenas café.

E foram para a sala. Aí Serjoca se animou. E começou a falar que não acabava

mais. Lançava olhos lânguidos para o industrial. Este ficou espantado com a

eloqü.ncia do rapaz bonito. No dia seguinte telefonaria para Aurélia para lhe dizer: o

Serjoca é um amor de pessoa.

E marcaram novo encontro. Desta vez num restaurante, o Albamar. Comeram

ostras para começar. De novo Serjoca teve dificuldade de comer as ostras. Sou um

errado, pensou.

Mas antes de se encontrarem, Aurélia telefonou para Serjoca: precisava de

maquilagem urgente. Ele foi à sua casa.

Então, enquanto era maquilada, pensou: Serjoca está me tirando o rosto.

A impressão era a de que ele apagava os seus traços: vazia, uma cara só de

carne. Carne morena.

Sentiu mal-estar. Pediu licença e foi ao banheiro para se olhar ao espelho. Era

isso mesmo que ela imaginara: Serjoca tinha anulado o seu rosto. Mesmo os ossos —

e tinha uma ossatura espetacular — mesmo os ossos tinham desaparecido. Ele está me

bebendo, pensou, ele vai me destruir. E é por causa do Affonso.

Voltou sem graça. No restaurante quase não falou. Affonso falava mais com

Serjoca, mal olhava para Aurélia: estava interessado no rapaz.

Enfim, enfim acabou o almoço.

Serjoca marcou encontro com Affonso para de noite. Aurélia disse que não

podia ir, estava cansada. Era mentira: não ia porque não tinha cara para mostrar.

Chegou em casa, tomou um longo banho de imersão com espuma, ficou

pensando: daqui a pouco ele me tira o corpo também. O que fazer para recuperar o que

fora seu? A sua individualidade?

Saiu da banheira pensativa. Enxugou-se com uma toalha enorme, vermelha.

Sempre pensativa. Pesou-se na balança: estava com bom peso. Daí a pouco ele me tira

também o peso, pensou.

Foi ao espelho. Olhou-se profundamente. Mas ela não era mais nada.

— Então — então de súbito deu uma bruta bofetada no lado esquerdo do rosto.

Para se acordar. Ficou parada olhando-se. E, como se não bastasse, deu mais duas

bofetadas na cara. Para encontrar-se.

E realmente aconteceu.

No espelho viu enfim um rosto humano, triste, delicado. Ela era Aurélia

Nascimento. Acabara de nascer. Nas-ci-men-to.

 

 

 

 

1974, A Via Crucis do corpo: Miss Algrave, O corpo, Via Crucis, O homem que apareceu, Ele

me bebeu, Por enquanto, Dia após dia, Ruido de passos, Antes da ponte Rio-Niterói, Praça Mauá, A

língua do ‘p’, Melhor do que arder, Mais vai chover

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

 

Clarice Lispector

A VIA CRUCIS DO CORPO

Contos

Rio de Janeiro: Rocco, 1998