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evolución de una miopía

Si era inteligente, no lo sabía. Ser inteligente o no dependía de la inestabilidad de los demás. Algunas

veces lo que él decía despertaba de repente en los adultos una mirada satisfecha y astuta. Satisfecha, por

guardar en secreto el hecho de encontrarlo inteligente y no mimarlo; astuta, por participar más que él

mismo de aquello que había dicho. Así, pues, cuando era considerado inteligente, tenía al mismo tiempo

la inquieta sensación de inconsciencia: algo se le había escapado. La llave de su inteligencia también se

le escapaba. Porque a veces, tratando de imitarse a sí mismo, decía cosas que irían por cierto a provocar

nuevamente el rápido movimiento en el tablero de damas, pues ésta era la impresión de mecanismo

automático que tenía él de los miembros de su familia: al decir algo inteligente, cada adulto miraría con

rapidez al otro, con una sonrisa claramente suprimida de los labios, una sonrisa apenas indicada con los

ojos, «como nosotros sonreiríamos ahora, si no fuésemos buenos profesores», y como en una cuadrilla de

baile de película del far west, cada uno habría de algún modo cambiado de pareja y lugar. En suma, ellos

se entendían, los miembros de su familia; y se entendían a costa suya. Fuera de entenderse a costa suya,

se desentendían permanentemente, pero como una nueva forma de bailar una cuadrilla: incluso cuando se

desentendían, sentía que estaban sometidos a las reglas de un juego, como si hubieran concordado no

entenderse.

A veces, pues, él intentaba reproducir sus propias frases exitosas, las que habían provocado

movimiento en el tablero de damas. No era precisamente para reproducir el éxito anterior ni

precisamente para provocar el movimiento mudo de la familia. Sino para tratar de apoderarse de la llave

de su «inteligencia». Con todo, en el intento de descubrir leyes y causas, hablaba. Y al repetir una frase

exitosa, era recibido esa vez por la distracción de los otros. Con los ojos pestañeando de curiosidad, al

comienzo de su miopía, se preguntaba por qué una vez conseguía mover a la familia, y otra vez no. ¿Su

inteligencia era juzgada por la falta de disciplina ajena?

Más tarde, cuando sustituyó la inestabilidad de los otros por la propia, entró en un estado de

inestabilidad consciente. Cuando hombre, mantuvo el hábito de pestañear de repente ante el propio

pensamiento, al mismo tiempo que fruncía la nariz, lo que sacaba de lugar los anteojos, expresando con

ese tic una tentativa de sustituir el juicio ajeno por el propio, en una tentativa de profundizar la propia

perplejidad. Pero era un niño con capacidad de estática: siempre había sido capaz de mantener la

perplejidad como perplejidad, sin que ella se transformara en otro sentimiento.

Que su propia clave no la tenía él, eso, niño aún, se acostumbró a saberlo, y daba guiños que, al

fruncirle la nariz, sacaban de su lugar los anteojos. Y que la clave no la tenía nadie, eso lo fue adivinando

poco a poco sin ninguna desilusión, su tranquila miopía le exigía lentes cada vez más gruesos.

Por extraño que parezca, fue justamente por obra de ese estado de permanente incertidumbre y por

obra de la prematura aceptación de que nadie tiene la clave, fue a través de todo eso como fue creciendo

normalmente, y viviendo en serena curiosidad. Paciente y curioso. Un poco nervioso, decían, refiriéndose

al tic de los anteojos. Pero «nervioso» era el nombre que la familia daba a la inestabilidad de juicio de

la propia familia. Otro nombre que la inestabilidad de los adultos le daba era el de «bien educado», el de

«dócil». Dando así un nombre no a lo que él era, sino a la necesidad variable del momento.

Una que otra vez, en su extraordinaria calma de anteojos, sucedía dentro de él algo brillante y un

poco convulsivo como una inspiración.

Fue, por ejemplo, cuando le dijeron que dentro de una semana iría a pasar un día entero a la casa de

una prima. Esa prima estaba casada, no tenía hijos y adoraba a los niños. «Día entero.» Incluía almuerzo,

merienda, cena, y volver casi dormido a casa. Y en cuanto a la prima, la prima significaba amor extra,

con sus inesperadas ventajas y una incalculable prisa, y todo daría lugar a que pedidos extraordinarios

fueran atendidos. En casa de ella, todo lo que él era tendría por un día entero un valor garantizado. Allí,

el amor, más fácilmente estable por ser de sólo un día, no daría oportunidad a inestabilidades de juicio:

durante un día entero sería considerado el mismo niño.

En la semana que precedió al «día entero», comenzó por tratar de decidir si sería o no natural con la

prima. Procuraba decidir si ya de entrada diría algo inteligente, lo cual resultaría que durante el día

entero sería considerado inteligente. O si haría, de entrada mismo, algo que ella juzgase «bien educado»,

lo cual haría que durante el día entero fuera el bien educado. Tener la posibilidad de elegir lo que sería

y, por primera vez durante un largo día, lo hacía enderezar los anteojos a cada instante.

Poco a poco, en la semana precedente, el círculo de posibilidades se fue ensanchando. Y con la

capacidad que tenía de soportar la confusión —era minucioso y tranquilo en relación con la confusión—,

terminó descubriendo que hasta podría arbitrariamente decidir ser por un día entero un payaso, por

ejemplo. O que podría pasar ese día de un modo muy triste, si así lo decidiera. Lo que lo tranquilizaba

era saber que la prima, con su amor sin hijos y sobre todo con la falta de práctica de lidiar con chicos,

aceptaría el modo decidido por él sobre cómo debería ser juzgado. Otra cosa que lo ayudaba era saber

que nada de lo que él fuese durante aquel día iría realmente a alterarlo. Pues prematuramente —se trataba

de un niño precoz— era superior a la inestabilidad ajena y a la propia inestabilidad. De algún modo

flotaba sobre la propia miopía y la de los otros. Cosa que le daba mucha libertad. A veces tan sólo la

libertad de una incredulidad tranquila. Incluso cuando se hizo hombre, con lentes muy gruesos, nunca

llegó a tomar conciencia de esa especie de superioridad que tenía sobre sí mismo.

La semana anterior a la visita a la prima fue de anticipación continua. Algunas veces su estómago se

oprimía aprensivo; es que en aquella casa sin niños estaría totalmente a merced del amor sin selección de

una mujer. «Amor sin selección» representaba una estabilidad amenazadora: sería permanente, y por

cierto concluiría en un único modo de juzgar, y eso era la estabilidad. La estabilidad, ya entonces,

significaba para él un peligro: si los otros equivocaran el primer paso de la estabilidad, el error se haría

permanente, sin la ventaja de la inestabilidad, que es la de una corrección posible.

Otra cosa que lo preocupaba de antemano era lo que haría el día entero en casa de la prima, además

de comer y ser amado. Bueno, siempre estaría la solución de poder, de vez en cuando, ir al baño, lo que

haría pasar el tiempo más rápido. Pero con la práctica de ser amado, ya de antemano se avergonzaba de

que la prima, una desconocida para él, encarase con infinito cariño sus idas al baño. De un modo general

el mecanismo de su vida se había vuelto motivo de ternura. Bueno, también era verdad que, en cuanto a ir

al baño, la solución podía ser la de no ir ninguna vez al baño. Pero no sólo sería, durante un día entero,

irrealizable, sino que —como él no quería ser considerado «un niño que no va al baño»— eso tampoco

representaba ventaja. Su prima, estabilizada por el permanente deseo de tener hijos, tendría, en la no ida

al baño, una pista falsa de gran amor.

Durante la semana que precedió al «día entero», no es que él sufriera con las propias

tergiversaciones. Pues el paso que muchos no llegan a dar, él ya lo había dado: había aceptado la

incertidumbre, y luchaba con los componentes de la incertidumbre con la concentración de quien examina

a través de las lentes de un microscopio.

A medida que durante la semana las inspiraciones ligeramente convulsivas se sucedían, éstas fueron

gradualmente cambiando de nivel. Abandonó el problema de decidir qué elementos daría a la prima para

que ella, a su vez, le diese temporalmente la certeza de «quién era él». Abandonó esas reflexiones y pasó

a querer previamente decidir sobre el olor de la casa de la prima, sobre el tamaño del pequeño patio del

fondo donde jugaría, sobre los cajones que abriría mientras ella no viera. Y, finalmente, entró en el

campo de la prima propiamente dicha. ¿De qué manera debía encarar el amor que la prima le tenía?

Sin embargo, había descuidado un detalle: la prima tenía un diente de oro, del lado izquierdo.

Y fue eso —al entrar por fin en la casa de la prima—, fue eso lo que en un solo instante

desequilibró toda la construcción anticipada.

El resto del día podría llamarse horrible, si el niño tuviera la tendencia a poner las cosas en

términos de horrible o no horrible. O podría llamarse «deslumbrante», si él fuera de los que esperan que

las cosas sean o no.

Estaba el diente de oro, con el cual no había contado. Pero, con la seguridad que encontraba en la

idea de una imprevisibilidad permanente, tanto que hasta usaba anteojos, no se volvió inseguro por el

hecho de encontrar ya desde el comienzo algo con lo que no había contado.

En seguida, la sorpresa del amor de la prima. Es que el amor de la prima no empezó por ser

evidente, al contrario de lo que él había imaginado. Ella lo había recibido con una naturalidad que

inicialmente lo ofendió; pero poco después no lo había ofendido más. Ella en seguida dijo que iba a

arreglar la casa y que él podía jugar. Lo que le dio al niño, así de golpe, un día entero vacío y lleno de

sol.

Allá a las quinientas, limpiando los anteojos, intentó, aunque con cierta imparcialidad, el golpe de

inteligencia e hizo una observación sobre las plantas del fondo. Pues, cuando hacía en voz alta una

observación, era considerado muy observador. Pero su fría observación sobre las plantas recibió en

respuesta un «eso eso», entre golpes de escoba en el piso. Entonces fue al baño, donde decidió que, ya

que todo había fracasado, jugaría a «no ser juzgado»: durante un día entero no sería nada, simplemente no

sería. Y abrió la puerta en un arranque de libertad.

Pero, a medida que el sol subía, la presión delicada del amor de la prima fue haciéndose sentir. Y

cuando él se dio cuenta, era un amado. A la hora del almuerzo, la comida fue puro amor equivocado y

estable: bajo los ojos tiernos de la prima, él se adaptó con curiosidad al gusto extraño de aquella comida,

tal vez una marca de aceite de oliva diferente se adaptó al amor de una mujer, amor nuevo que no se

parecía al amor de los otros adultos: era un amor pidiendo realización, porque a la prima le faltaba la

gravidez, que ya es en sí un amor materno realizado. Pero era un amor sin la previa gravidez. Era un amor

pidiendo, a posteriori, la concepción. En fin, el amor imposible.

El día entero el amor exigiendo un pasado que redimiera el presente y el futuro. El día entero, sin

una palabra, ella exigiendo de él que hubiese nacido en su vientre. La prima no quería nada de él, sino

eso. Quería del niño de anteojos que ella no fuese una mujer sin hijos. Ese día, pues, él conoció una de

las raras formas de estabilidad: la estabilidad del deseo irrealizable. La estabilidad del ideal

inalcanzable. Por primera vez, él, que era un ser destinado a la moderación, por primera vez se sintió

atraído por lo inmoderado: atracción por lo extremo, imposible. En una palabra, por lo imposible. Y por

primera vez tuvo entonces amor por la pasión.

Y fue como si la miopía pasara y él viese claramente el mundo. La visión más profunda y simple que

tuvo de la especie de universo en que vivía y donde viviría. No una rápida visión de pensamiento. Fue

tan sólo como si se hubiera quitado los anteojos, y justamente la miopía fuese lo que lo hiciera ver con

dificultad. Tal vez fue a partir de entonces cuando adquirió una costumbre para el resto de la vida: cada

vez que la confusión aumentaba y él veía poco, se quitaba los anteojos con el pretexto de limpiarlos y, sin

las gafas, miraba al interlocutor con una fijeza reverberada de ciego.

evolução de una miopia

Se era inteligente, não sabia. Ser ou não inteligente dependia da

instabilidade dos outros. Às vezes o que ele dizia despertava de repente nos

adultos um olhar satisfeito e astuto. Satisfeito, por guardarem em segredo o

fato de acharem-no inteligente e não o mimarem; astuto, por participarem

mais do que ele próprio daquilo que ele dissera. Assim, pois, quando era

considerado inteligente, tinha ao mesmo tempo a inquieta sensação de

inconsciência: alguma coisa lhe havia escapado. A chave de sua inteligência

também lhe escapava. Pois às vezes, procurando imitara si mesmo, dizia coisas

que iriam certamente provocar de novo o rápido movimento no tabuleiro de

damas, pois era esta a impressão de mecanismo automático que ele tinha

dos membros de sua família: ao dizer alguma coisa inteligente, cada adulto

olharia rapidamente o outro, com um sorriso claramente suprimido dos

lábios, um sorriso apenas indicado com os olhos, “como nós sorriríamos

agora, se não fôssemos bons educadores” — e, como numa quadrilha de

dança de filme de faroeste, cada um teria de algum modo trocado de par e

lugar. Em suma, eles se entendiam, os membros de sua família; e

entendiam-se à sua custa. Fora de se entenderem à sua custa,

desentendiam-se permanentemente, mas como nova forma de dançar uma

quadrilha: mesmo quando se desentendiam, sentia que eles estavam

submissos às regras de um jogo, como se tivessem concordado em se

desentenderem.

Às vezes, pois, ele tentava reproduzir suas próprias frases de sucesso,

as que haviam provocado movimento no tabuleiro de damas. Não era

propriamente para reproduzir o sucesso passado, nem propriamente para

provocar o movimento mudo da família. Mas para tentar apoderar-se da

chave de sua “inteligência”. Na tentativa de descoberta de leis e causas,

porém, falhava. E, ao repetir uma frase de sucesso, dessa vez era recebido

pela distração dos outros. Com os olhos pestanejando de curiosidade, no

começo de sua miopia, ele se indagava por que uma vez conseguia mover a

família, e outra vez não. Sua inteligência era julgada pela falta de disciplina

alheia?

Mais tarde, quando substituiu a instabilidade dos outros pela própria,

entrou por um estado de instabilidade consciente. Quando homem,

manteve o hábito de pestanejar de repente ao próprio pensamento, ao mesmo

tempo que franzia o nariz, o que deslocava os óculos — exprimindo com esse

cacoete uma tentativa de substituir o julgamento alheio pelo próprio, numa

tentativa de aprofundar a própria perplexidade. Mas era um menino com

capacidade de estática: sempre fora capaz de manter a perplexidade como

perplexidade, sem que ela se transformasse em outro sentimento.

Que a sua própria chave não estava com ele, a isso ainda menino

habituou-se a saber, e dava piscadelas que, ao franzirem o nariz,

deslocavam os óculos. E que a chave não estava com ninguém, isso ele foi

aos poucos adivinhando sem nenhuma desilusão, sua tranqüila miopia

exigindo lentes cada vez mais fortes.

Por estranho que parecesse, foi exatamente por intermédio desse

estado de permanente incerteza e por intermédio da prematura aceitação de

que a chave não está com ninguém — foi através disso tudo que ele foi

crescendo normalmente, e vivendo em serena curiosidade. Paciente e

curioso. Um pouco nervoso, diziam, referindo-se ao tique dos óculos. Mas

“nervoso” era o nome que a família estava dando à instabilidade de

julgamento da própria família. Outro nome que a instabilidade dos adultos

lhe dava era o de “bem comportado”, de “dócil”. Dando assim um nome não

ao que ele era, mas à necessidade variável dos momentos.

Uma vez ou outra, na sua extraordinária calma de óculos, acontecia

dentro dele algo brilhante e um pouco convulsivo como uma inspiração.

Foi, por exemplo, quando lhe disseram que daí a uma semana ele iria

passar um dia inteiro na casa de uma prima. Essa prima era casada, não

tinha filhos e adorava crianças. “Dia inteiro” incluía almoço, merenda,

jantar, e voltar quase adormecido para casa. E quanto à prima, a prima

significava amor extra, com suas inesperadas vantagens e uma incalculável

pressurosidade — e tudo isso daria margem a que pedidos extraordinários

fossem atendidos. Na casa dela, tudo aquilo que ele era teria por um dia

inteiro um valor garantido. Ali o amor, mais facilmente estável de apenas

um dia, não daria oportunidade a instabilidades de julgamento: durante um

dia inteiro, ele seria julgado o mesmo menino.

Na semana que precedeu “o dia inteiro”, começou por tentar decidir se

seria ou não natural com a prima. Procurava decidir se logo de entrada diria

alguma coisa inteligente — o que resultaria que durante o dia inteiro ele

seria julgado como inteligente. Ou se faria, logo de entrada, algo que ela

julgasse “bem comportado”, o que faria com que durante o dia inteiro ele

seria o bem comportado. Ter a possibilidade de escolher o que seria, e pela

primeira vez por um longo dia, fazia-o endireitar os óculos a cada instante.

Aos poucos, durante a semana precedente, o círculo de possibilidades

foi se alargando. E, com a capacidade que tinha de suportar a confusão — ele

era minucioso e calmo em relação à confusão — terminou descobrindo que

até poderia arbitrariamente decidir ser por um dia inteiro um palhaço, por

exemplo. Ou que poderia passar esse dia de um modo bem triste, se assim

resolvesse. O que o tranqüilizava era saber que a prima, com seu amor sem

filhos e sobretudo com a falta de prática de lidar com crianças, aceitaria o

modo que ele decidisse de como ela o julgaria. Outra coisa que o ajudava era

saber que nada do que ele fosse durante aquele dia iria realmente alterá-lo.

Pois prematuramente — tratava-se de criança precoce — era superior à

instabilidade alheia e à própria instabilidade. De algum modo pairava acima

da própria miopia e da dos outros. O que lhe dava muita liberdade. Às vezes

apenas a liberdade de uma incredulidade tranqüila. Mesmo quando se

tornou homem, com lentes espessíssimas, nunca chegou a tomar consciência

dessa espécie de superioridade que tinha sobre si mesmo.

A semana precedente à visita à prima foi de antecipação contínua. Às

vezes seu estômago se apertava apreensivo: é que naquela casa sem meninos

ele estaria totalmente à mercê do amor sem seleção de uma mulher. “Amor

sem seleção” representava uma estabilidade ameaçadora: seria permanente, e

na certa resultaria num único modo de julgar, e isso era a estabilidade. A

estabilidade, já então, significava para ele um perigo: se os outros errassem no

primeiro passo da estabilidade, o erro se tornaria permanente, sem a

vantagem da instabilidade, que é a de uma correção possível.

Outra coisa que o preocupava de antemão era o que faria o dia inteiro na

casa da prima, além de comer e ser amado. Bem, sempre haveria a solução

de poder de vez em quando ir ao banheiro, o que faria o tempo passar mais

depressa. Mas, com a prática de ser amado, já de antemão o constrangia

que a prima, uma estranha para ele, encarasse com infinito carinho as suas

idas ao banheiro. De um modo geral o mecanismo de sua vida se tornara

motivo de ternura. Bem, era também verdade que, quanto a ir ao banheiro,

a solução podia ser a de não ir nenhuma vez ao banheiro. Mas não só seria,

durante um dia inteiro, irrealizável como — como ele não queria ser julgado

“um menino que não vai ao banheiro” — isso também não apresentava

vantagem. Sua prima, estabilizada pela permanente vontade de ter filhos,

teria, na não ida ao banheiro, uma pista falsa de grande amor.

Durante a semana que precedeu “o dia inteiro”, não é que ele sofresse

com as próprias tergiversações. Pois o passo que muitos não chegam a dar

ele já havia dado: aceitara a incerteza, e lidava com os componentes da

incerteza com uma concentração de quem examina através das lentes de um

microscópio.

À medida que, durante a semana, as inspirações ligeiramente

convulsivas se sucediam, elas foram gradualmente mudando de nível.

Abandonou o problema de decidir que elementos daria à prima para que

ela por sua vez lhe desse temporariamente a certeza de “quem ele era”.

Abandonou essas cogitações e passou a previamente querer decidir sobre o

cheiro da casa da prima, sobre o tamanho do pequeno quintal onde

brincaria, sobre as gavetas que abriria enquanto ela não visse. E finalmente

entrou no campo da prima propriamente dita. De que modo devia encarar

o amor que a prima tinha por ele?

No entanto, negligenciara um detalhe: a prima tinha um dente de

ouro, do lado esquerdo.

E foi isso — ao finalmente entrar na casa da prima — foi isso que

num só instante desequilibrou toda a construção antecipada.

O resto do dia poderia ter sido chamado de horrível, se o menino

tivesse a tendência de pôr as coisas em termos de horrível ou não horrível.

Ou poderia se chamar de “deslumbrante”, se ele fosse daqueles que esperam

que as coisas o sejam ou não.

Houve o dente de ouro, com o qual ele não havia contado. Mas,

com a segurança que ele encontrava na idéia de uma imprevisibilidade

permanente, tanto que até usava óculos, não se tornou inseguro pelo fato de

encontrar logo de início algo com que não contara.

Em seguida a surpresa do amor da prima. É que o amor da prima não

começou por ser evidente, ao contrário do que ele imaginara. Ela o recebera

com uma naturalidade que inicialmente o insultara, mas logo depois não o

insultara mais. Ela foi logo dizendo que ia arrumar a casa que ele podia ir

brincando. O que deu ao menino, assim de chofre, um dia inteiro vazio e

cheio de sol.

Lá pelas tantas, limpando os óculos, tentou, embora com certa isenção,

o golpe da inteligência e fez uma observação sobre as plantas do quintal.

Pois quando ele dizia alto uma observação, ele era julgado muito observador.

Mas sua fria observação sobre as plantas recebeu em resposta um “pois é”,

entre vassouradas no chão. Então foi ao banheiro onde resolveu que, já que

tudo falhara, ele iria brincar de “não ser julgado”: por um dia inteiro ele não

seria nada, simplesmente não seria. E abriu a porta num safanão de

liberdade.

Mas à medida que o sol subia, a pressão delicada do amor da prima

foi se fazendo sentir. E quando ele se deu conta, era um amado. Na hora do

almoço, a comida foi puro amor errado e estável: sob os olhos ternos da

prima, ele se adaptou com curiosidade ao gosto estranho daquela comida,

talvez marca de azeite diferente, adaptou-se ao amor de uma mulher, amor

novo que não parecia com o amor dos outros adultos: era um amor pedindo

realização, pois faltava à prima a gravidez, que já é em si um amor materno

realizado. Mas era um amor sem a prévia gravidez. Era um amor pedindo,

a posteriori, a concepção. Enfim, o amor impossível.

O dia inteiro o amor exigindo um passado que redimisse o presente e

o futuro. O dia inteiro, sem uma palavra, ela exigindo dele que ele tivesse

nascido no ventre dela. A prima não queria nada dele, senão isso. Ela

queria do menino de óculos que ela não fosse uma mulher sem filhos. Nesse

dia, pois, ele conheceu uma das raras formas de estabilidade: a estabilidade do

desejo irrealizável. A estabilidade do ideal inatingível. Pela primeira vez, ele,

que era um ser votado à moderação, pela primeira vez sentiu-se atraído pelo

imoderado: atração pelo extremo impossível. Numa palavra, pelo impossível.

E pela primeira vez teve então amor pela paixão.

E foi como se a miopia passasse e ele visse claramente o mundo. O

relance mais profundo e simples que teve da espécie de universo em que

vivia e onde viveria. Não um relance de pensamento. Foi apenas como se

ele tivesse tirado os óculos, e a miopia mesmo é que o fizesse enxergar.

Talvez tenha sido a partir de então que pegou um hábito para o resto da vida:

cada vez que a confusão aumentava e ele enxergava pouco, tirava os óculos

sob o pretexto de limpá-los e, sem óculos, fitava o interlocutor com uma

fixidez reverberada de cego.

 

 

Lispector, Clarice

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

A Bela e a Fera

Clarice Lispector

Rocco

1979, A Bela e a Fera: Historia interrompida, Gertrudes pede um conselho, Obsessão, O delirio,

A fuga, Mais dois bêbedos, Um dia a menos, A bela e a fera ou a ferida grande demais


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