la quinta historia

Esta historia podría llamarse «Las estatuas». Otro nombre posible es «El asesinato». Y también «Cómo matar cucarachas».

Entonces haré por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola serían

mil y una, si me dieran mil y una noches.

La primera, «Cómo matar cucarachas», comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la

receta de cómo matarlas. Que mezclase en partes iguales azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar las atraerían, el yeso les

quemaría lo de adentro. Así hice: murieron.

La otra historia es justamente la primera, y se llama «El asesinato». Comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora

me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que sólo en abstracto me había quejado de las cucarachas,

que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban las cañerías del edificio hasta nuestro hogar. Sólo a la hora de preparar

la mezcla fue cuando se volvieron también mías. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una

concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había invadido, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles

y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba

yo preparándoles el veneno de noche. Meticulosa, ardiente, preparaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio

mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería fríamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por las

cañerías mientras una, cansada, sueña. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como para cucarachas astutas como yo,

esparcí hábilmente el polvo hasta que éste más parecía formar parte de la naturaleza.

Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el patio de servicio donde la oscuridad

dormía, sólo un mantel despierto en la cuerda de la ropa. Desperté horas después en un sobresalto de atraso. Ya era de madrugada.

Atravesé la cocina. Allí en el piso del patio estaban ellas, tiesas, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nombre nuestro,

amanecía.

En el morro, un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de «Las estatuas». Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas.

Después viene la misma señora. Prosigue hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y todavía soñolienta atravieso

la cocina. Más soñoliento que yo está el patio en su perspectiva de azulejos. Y en la oscuridad de la aurora, un tinte violáceo que

distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se desparraman rígidas. Las cucarachas que se habían

endurecido de dentro hacia afuera. Algunas con la barriga para arriba. Otras a la mitad de un gesto que no se completaría jamás.

En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy el primer testimonio del amanecer en Pompeya. Sé cómo fue esta última noche;

sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con

movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ávidamente las alegrías de la noche, tratando de huir de dentro de sí

mismas. Hasta que se vuelven de piedra, en un espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de afligida censura.

Otras, súbitamente asaltadas por el propio interior, sin siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba:

ésas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre de amor en vano, en

la noche de verano cantaban. Mientras aquella otra, la de antena marrón, sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que

se había momificado justamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita del en vano: «Es que miré demasiado

hacia adentro de mí; es que miré demasiado hacia adentro de…», desde mi fría altura de gente miro la destrucción de un mundo.

Amanece. Una que otra antena de cucaracha muerta tiembla seca con la brisa.

De la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: me quejé de las cucarachas. Va hasta el

momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro hacia las cañerías, por donde esta misma noche ha de

renovarse una población lenta y viva en fila india.

¿Renovaría entonces todas las noches el azúcar letal?, como quien ya no duerme sin la avidez de un rito.

¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón?, en el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi

noche sudada levantaba. Me estremecí de placer ruin ante la visión de aquella doble vida de hechicera.

Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que haría estallar mi molde interno. Áspero instante

de elección entre dos caminos que, pensaba, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi

alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: «Esta casa fue fumigada».

La quinta historia se llama «Leibniz y la trascendencia del amor en la Polinesia». Comienza así: me quejé de las cucarachas.

a quinta história

Esta história poderia chamar-se “As Estátuas”. Outro nome possível é “O Assassinato”. E também “Como Matar Baratas”. Farei

então pelo menos três histórias, verdadeiras, porque nenhuma delas mente a outra. Embora uma única, seriam mil e uma, se mil e

uma noites me dessem.

A primeira, “Como Matar Baratas”, começa assim: queixei-me de baratas. Uma senhora ouviu-me a queixa. Deu-me a receita

de como matá-las. Que misturasse em partes iguais açúcar, farinha e gesso. A farinha e o açúcar as atrairiam, o gesso esturricaria

o de-dentro delas. Assim fiz. Morreram.

A outra história é a primeira mesmo e chama-se “O Assassinato”. Começa assim: queixeime de baratas. Uma senhora ouviu-me.

Segue-se a receita. E então entra o assassinato. A verdade é que só em abstrato me havia queixado de baratas, que nem minhas

eram: pertenciam ao andar térreo e escalavam os canos do edifício até o nosso lar. Só na hora de preparar a mistura é que elas se

tornaram minhas também. Em nosso nome, então, comecei a medir e pesar ingredientes numa concentração um pouco mais intensa.

Um vago rancor me tomara, um senso de ultraje. De dia as baratas eram invisíveis e ninguém acreditaria no mal secreto que roía casa

tão tranqüila. Mas se elas, como os males secretos, dormiam de dia, ali estava eu a preparar-lhes o veneno da noite. Meticulosa,

ardente, eu aviava o elixir da longa morte. Um medo excitado e meu próprio mal secreto me guiavam. Agora eu só queria gelidamente

uma coisa: matar cada barata que existe. Baratas sobem pelos canos enquanto a gente, cansada, sonha. E eis que a receita estava

pronta, tão branca. Como para baratas espertas como eu, espalhei habilmente o pó até que este mais parecia fazer parte da natureza.

De minha cama, no silêncio do apartamento, eu as imaginava subindo uma a uma até a área de serviço onde o escuro dormia, só

uma toalha alerta no varal. Acordei horas depois em sobressalto de atraso. Já era de madrugada. Atravessei a cozinha. No chão da

área lá estavam elas, duras, grandes. Durante a noite eu matara. Em nosso nome, amanhecia.

No morro um galo cantou.

A terceira história que ora se inicia é a das “Estátuas”. Começa dizendo que eu me queixara de baratas. Depois vem a mesma

senhora. Vai indo até o ponto em que, de madrugada, acordo e ainda sonolenta atravesso a cozinha. Mais sonolenta que eu está a

área na sua perspectiva de ladrilhos. E na escuridão da aurora, um arroxeado que distancia tudo, distingo a meus pés sombras

e brancuras: dezenas de estátuas se espalham rígidas. As baratas que haviam endurecido de dentro para fora. Algumas de barriga

para cima. Outras no meio de um gesto que não se completaria jamais. Na boca de umas um pouco da comida branca. Sou a

primeira testemunha do alvorecer em Pompéia. Sei como foi esta última noite, sei da orgia no escuro. Em algumas o gesso terá

endurecido tão lentamente como num processo vital, e elas, com movimentos cada vez mais penosos, terão sofregamente

intensificado as alegrias da noite, tentando fugir de dentro de si mesmas.

Até que de pedra se tornam, em espanto de inocência, e com tal, tal olhar de censura magoada. Outras – subitamente assaltadas

pelo próprio âmago, sem nem sequer ter tido a intuição de um molde interno que se petrificava! – essas de súbito se cristalizam,

assim como a palavra é cortada da boca: eu te… Elas que, usando o nome de amor em vão, na noite de verão cantavam. Enquanto

aquela ali, a de antena marrom suja de branco, terá adivinhado tarde demais que se mumificara exatamente por não ter sabido usar

as coisas com a graça gratuita do em vão: “é que olhei demais para dentro de mim! é que olhei demais para dentro de…” – de

minha fria altura de gente olho a derrocada de um mundo. Amanhece. Uma ou outra antena de barata morta freme seca à brisa.

Da história anterior canta o galo.

A quarta narrativa inaugura nova era no lar. Começa como se sabe: queixei-me de baratas. Vai até o momento em que vejo os

monumentos de gesso. Mortas, sim. Mas olho para os canos, por onde esta mesma noite renovar-se-á uma população lenta e viva

em fila-indiana. Eu iria então renovar todas as noites o açúcar letal? como quem já não dorme sem a avidez de um rito. E todas as

madrugadas me conduziria sonâmbula até o pavilhão? no vício de ir ao encontro das estátuas que minha noite suada erguia.

Estremeci de mau prazer à visão daquela vida dupla de feiticeira. E estremeci também ao aviso do gesso que seca: o vício

de viver que rebentaria meu molde interno.

Áspero instante de escolha entre dois caminhos que, pensava eu, se dizem adeus, e certa de que qualquer escolha seria a

do sacrifício: eu ou minha alma. Escolhi. E hoje ostento secretamente no coração uma placa de virtude: “Esta casa foi dedetizada”.

A quinta história chama-se “Leibnitz e a Transcendência do Amor na Polinésia”. Começa assim: queixei-me de baratas.

Lispector, Clarice, 1925-1977

Felicidade clandestina: contos / Clarice Lispector

Rio de Janeiro: Rocco, 1998

EDITORA ROCCO LTDA.

Rio de Janeiro, RJ

estabelecimento do texto

MARLENE GOMES MENDES

(Dra. em Literatura Brasileira pela USP /

Profa. de Crítica Textual da UFF)

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

1974, Lispector, Clarice

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275


 

 

 

 

 

 

 

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