clarice lispector

 

 

 

CUENTOS REUNIDOS

 

 

 

 

 

 

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

 

 

1974, Onde Estivestes de noite:

A procura de uma dignidade, A partida do trem, Seco estudo de cavalos,

Onde estivestes de noite, O relatório da coisa, O manifesto da cidade,

As maniganças de Dona Frozina, É para lá que eu vou, O morto no mar da Urca,

Silêncio, Esvaziamento, Uma tarde plena, Um caso complicado, Tanta mansidão,

As águas do mar, Tempestade de almas, Vida ao natural

 

 

 

 

«Digo lo que tengo que decir sin literatura»

 

 

la relación de la cosa

 

 

 

Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender.

Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella.

Pues envuelve el tiempo.

Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable.

Pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso se inventó una cosa monstruosa: el reloj.

No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj.

Mi juego es claro: digo en seguida lo que tengo que decir sin literatura.

Esta relación es la antiliteratura de la cosa.

El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador.

La marca es Sveglia, que quiere decir «despierta». Despierta para qué, Dios mío.

Para el tiempo. Para la hora. Para el instante.

Ese reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma tranquila.

 

No es de pulsera, está suelto, por tanto. Tiene dos centímetros y está de pie

en la superficie de la mesa. Yo quería que se llamara Sveglia, tal cual. Pero la dueña

del reloj quiere que se llame Horacio. Poco importa.

Pues lo principal es que él es el tiempo.

Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una persona, pero es

más gente que mucha gente.

¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, por lo que parece.

Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá a allí.

Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros relojes, como el mío

de pulsera, es antichoque, puede mojarse a placer. Ésos son hasta más que personas.

Por lo menos, son de la Tierra.

El Sveglia es de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que

debía ser este reloj. Estoy escribiendo sobre él pero todavía no lo he visto.

Va a ser el Encuentro. Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto.

Es importante estar despierta para ver.

Pero también es importante dormir para soñar con la falta de tiempo.

Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula.

¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces

hay personas que también vienen de Marte.

Están ocurriéndome cosas, desde que supe de la existencia del Sveglia, que más

parecen un sueño.

Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. Pero es que la realidad parece un sueño.

Estoy melancólica porque estoy feliz. No es paradójico.

Después del acto del amor, ¿no viene una cierta melancolía? La de la plenitud. Estoy con

deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene circunstancias.

¿Será que su energía tiene peso?

Duerme, Sveglia, duerme un poco, yo no soporto tu vigilia. Tú no paras de ser.

Tú no sueñas. No se puede decir que tú «funcionas»:

tú no eres funcionamiento, tú sólo eres.

Tú eres muy delgado. Y nada te sucede. Eres tú quien hace acontecer las cosas.

Acontéceme, Sveglia, acontéceme. Estoy necesitando un determinado acontecimiento

sobre el cual no puedo hablar. Y dame otra vez el deseo, que es el resorte de la vida animal.

Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme vigilada. Y tú eres un ojo único abierto siempre

como un ojo suelto en el espacio.

Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien.

¿Será que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de amor? ¿Soy una cosa?

Sé que estoy con poca capacidad de amar.

Mi capacidad de amor fue demasiado pisoteada, Dios mío.

Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que éste se fortifique.

Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte importa.

 

Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse, vivir corrompiéndose importa mucho.

Un vivir seco: un vivir esencial. Si él se descompusiera ¿creería que ha muerto?

No, simplemente sería que salió de sí mismo. Pero tú tienes flaquezas, Sveglia. Yo supe

por tu dueña que necesitas una capa de cuero para protegerte de la humedad. Supe también,

en secreto, que una vez te detuviste. La dueña no se asustó: te dio unos golpecitos muy simples

y tú nunca más te has parado. Yo te entiendo, te perdono: tú viniste de Europa y necesitabas

un mínimo de tiempo para aclimatarte, ¿no? ¿Quiere decir que tú también eres mortal, Sveglia?

¿Tú eres tiempo que para?

 

Ya oí al Sveglia, por teléfono, dar la alarma. Es como en el interior de las personas:

uno se despierta de dentro hacia fuera. Parece que su electrónico-Dios se comunica con nuestro

cerebro electrónico-Dios: el sonido es suave, sin la menor estridencia. Sveglia marcha como

un caballo blanco suelto y sin silla.

Yo supe de un hombre que poseía un Sveglia y a quien le dio un acontecimiento Sveglia.

Él caminaba con el hijo de diez años, de noche, y el hijo dijo: Cuidado, papá, hay macumbé 

ahí. El padre retrocedió (¿no sería que pisó de lleno en la vela encendida, apagándola?). No pareció

haber ocurrido nada, lo que también es mucho de Sveglia. El hombre se fue a dormir. Cuando despertó

vio que uno de sus pies estaba hinchado y negro. Llamó a los amigos médicos, que no vieron ninguna

señal de herida: el pie estaba intacto, sólo negro y muy hinchado, de aquella inflamación que deja

la piel toda estirada. Los médicos llamaron a otros colegas. Y nueve médicos decidieron que era

gangrena. Tenían que amputar el pie. Lo determinaron para el día siguiente, a una hora exacta.

El hombre se durmió. Y tuvo un sueño terrible. Un caballo blanco quería agredirlo y él huía como un loco.

Todo eso pasaba en el Campo de Santana.

El caballo blanco era lindo y enjaezado con plata. Pero no tuvo habilidad. El caballo le golpeó el pie,

pisándolo. En ese momento, el hombre despertó gritando. Pensaron que estaba nervioso, le explicaron

que eso sucedía cuando se estaba cerca de una operación, le dieron un sedante, se durmió otra vez.

Cuando despertó, miró inmediatamente hacia el pie. Gran sorpresa: el pie estaba blanco y del tamaño

normal. Vinieron los nueve médicos y no lo supieron explicar. Ellos no conocían el enigma del Sveglia

contra el cual sólo un caballo blanco puede luchar. No había motivo para hacer la operación. Sólo que

no podía apoyarse en ese pie: flaqueaba. Era la marca del caballo de arreos de plata, de la vela apagada,

del Sveglia. Pero Sveglia quiso triunfar y ocurrió una cosa.

La esposa de ese hombre, en perfecto estado de salud, en la mesa del comedor, empezó a sentir

fuertes dolores en los intestinos. Interrumpió la cena y se fue a acostar a la cama.

El marido, preocupadísimo, fue a verla. Estaba blanca, exangüe. Le tomó el pulso: no tenía. La

única señal de vida era que su frente se perlaba de sudor. Llamaron al médico, quien dijo que podía ser

un caso de catalepsia. El marido no se conformó. Le descubrió el vientre e hizo sobre él movimientos simples,

como él mismo los había hecho cuando el Sveglia se había parado, movimientos que no sabía explicar.

La mujer abrió los ojos. Estaba perfectamente bien de salud. Y continúa viva, que Dios la guarde.

 

Eso tiene que ver con el Sveglia. No sé cómo. Pero que tiene que ver, claro.

¿Y el caballo blanco del Campo de Santana, que es plaza de pájaros, palomas y cuatíes? 

Muy enjaezado, con adornos de plata, de crines altivas y erizadas.

Corriendo rítmicamente contra el ritmo del Sveglia. Corriendo sin prisa.

Estoy en perfecta salud física y mental. Pero una noche estaba durmiendo profundamente y me

oyeron decir en voz alta: ¡Quiero tener un hijo con Sveglia!

Yo creo en el Sveglia. Él no cree en mí. Piensa que miento mucho. Y miento justamente.

En la Tierra se miente mucho.

Yo pasé cinco años sin una gripe: eso fue por el Sveglia. Y cuando la tuve, duró tres días. Después

me quedó una tos seca. Pero el médico me recetó un antibiótico y me curé. El antibiótico es el Sveglia.

 

Ésta es una relación. El Sveglia no admite cuento o novela u otra cosa. Sólo permite transmisión.

Apenas admite que yo llame a esto relación.

Lo llamo descripción del misterio. Y hago lo posible porque sea un relato seco como la champaña

ultraseco. Pero a veces —pido disculpas— se moja. ¿Podría hablar con más dureza en relación con Sveglia?

No, él sólo es. Y en verdad, Sveglia no tiene nombre íntimo: conserva el anonimato.

Además, Dios no tiene nombre: conserva el anonimato perfecto: no hay lengua que pronuncie

su verdadero nombre.

Sveglia es estúpido: actúa clandestinamente, sin meditar.

Voy a decir ahora algo muy grave que parecerá herejía: Dios es burro. Porque Él no entiende,

no piensa, sólo es. Ciertamente, su estupidez se ejecuta a sí misma. Pero Él comete muchos errores.

Y sabe que los comete. Basta mirarnos a nosotros mismos, que somos un error grave.

Basta ver el modo como nos organizamos en sociedad e intrínsecamente, de tú a tú. Pero hay

un error que Él no comete: Él no muere.

Sveglia tampoco muere. Todavía no vi a Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado verlo.

Sé todo con relación a él. Pero la dueña no quiere que yo lo vea. Tiene celos.

Los celos llegan a gotear, de tan húmedos.

Además, nuestra Tierra corre el riesgo de mojarse de sentimientos.

El gallo es Sveglia. El huevo es puro Sveglia. Pero sólo el huevo entero, completo, blanco,

de cascarón seco, completamente oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer la yema

cruda es Sveglia.

 

¿Quieren ver qué es Sveglia? El fútbol. Pero Pelé, en cambio, no es. ¿Por qué? Imposible de

explicar. Quizá porque no ha respetado el anonimato.

La disputa es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. Yo dije: Ya que tú no quieres

dejarme ver el Sveglia, descríbeme sus discos. Entonces ella se puso furiosa —eso es Sveglia— y dijo

que tenía muchos problemas —tener problemas no es Sveglia—. Entonces intenté calmarla y todo quedó

bien. Mañana no la llamaré. La dejaré descansar.

Me parece que escribiré sobre el electrónico sin verlo jamás. Parece que tendrá que ser así.

Es fatal.

 

Tengo sueño. ¿Estará permitido? Sé que soñar no va con Sveglia. El número está permitido.

Aunque el seis no lo sea. Rarísimos poemas están permitidos. De novela, ni se puede hablar.

Tuve una empleada por siete días, llamada Severina, y que había pasado hambre de niña.

Le pregunté si estaba triste. Me dijo que no era alegre ni triste: era así, justamente.

Ella era Sveglia. Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de sentimiento. Suecia es Sveglia.

Pero ahora me voy a dormir, aunque no deba soñar.

 

El agua, a pesar de ser mojada por excelencia, es Sveglia. Escribir es. Pero el estilo no es.

Tener senos es. El órgano masculino es demasiado Sveglia. La bondad no es.

Pero la no bondad, el darse, es. Bondad no es lo opuesto a maldad. ¿Estaré escribiendo mojado?

Me parece que sí. Mi apellido es. Ya mi nombre es demasiado dulce, es para el amor. No tener ningún

secreto —y, sin embargo, mantener el enigma— es Sveglia. En la puntuación, los puntos suspensivos

no lo son. Si alguien llega a entender esta mi irrevelada relación, ese alguien es.

 

Parece que yo no soy yo, de tanto yo que soy. El Sol es, la Luna no. Mi cara es. Probablemente

la suya también es. El whisky es. Y, por increíble que parezca, la Coca-Cola es, pero la Pepsi-Cola nunca

fue. ¿Estoy haciendo propaganda gratis? Eso está mal, ¿sabes, Coca-Cola?

Ser fiel es. El acto del amor contiene en sí una desesperación que es.

 

Ahora voy a contar una historia. Pero antes quiero decir que quien me contó esta historia fue una

persona que, a pesar de ser bondadosísima, es Sveglia.

Ahora me estoy muriendo de cansancio. Sveglia —si uno no tiene cuidado— mata.

La historia es la siguiente:

 

Sucede en una localidad llamada Coelho Neto, en Guanabara. La mujer de la historia era muy

desgraciada porque tenía una herida en la pierna y la herida no cerraba. Trabajaba mucho y el marido

era cartero. Ser cartero es Sveglia. Tenían muchos hijos. Y casi nada para comer. Pero ese cartero tomó

sobre sí la responsabilidad de hacer feliz a su mujer. Ser feliz es Sveglia. Y el cartero resolvió la situación.

Le mostró a una vecina, quien era estéril y sufría mucho por eso. No había modo de tener un hijo.

Le enseñó a su mujer cómo era feliz por tener hijos. Y ella se volvió feliz, aun con la poca comida.

Le enseñó también el cartero que otra vecina tenía hijos pero el marido bebía mucho y la golpeaba, a ella

y también a los hijos. Mientras que él no bebía y nunca había golpeado a su mujer o a sus hijos. Lo que la

hizo feliz.

Todas las noches ellos sentían lástima por la vecina estéril y por la que era golpeada por el marido.

Todas las noches ellos eran muy felices. Y ser feliz es Sveglia. Todas las noches.

Yo quería llegar a la página 9 en la máquina de escribir. El número 9 es casi inalcanzable.

El número 13 es Dios. La máquina de escribir es. El peligro de que llegue a no ser más Sveglia

es cuando se mezcla un poco con los sentimientos de la persona que está escribiendo.

Me repugnó el cigarrillo Cónsul, que es mentolado y dulce. En cambio, el cigarrillo Carlton es seco,

es duro, es áspero, y sin complicidad con el fumador. Como cada cosa es y no es, no me molesta hacer

propaganda gratis al Carlton. Pero, en cuanto a la Coca-Cola, no perdono.

Quiero mandar esta relación a la revista Señor y quiero que me paguen muy bien.

Como usted es Sveglia, juzgue si mi cocinera, que cocina bien y canta el día entero, es. Me parece

que voy a concluir esta relación esencial para explicar los fenómenos enérgicos de la materia.

Pero no sé qué hacer. Ah, me voy a vestir.

 

Hasta nunca más, Sveglia. El cielo es muy azul. Las olas blancas de espuma del mar son más

que mar. (Ya me despedí del Sveglia, sólo continuaré hablando por vicio, tengan paciencia.) El olor del mar

mezcla masculino y femenino y nace en el aire un hijo que es.

La dueña del reloj me dijo hoy que él es el dueño de ella. Me dijo que él tiene unos agujeritos

oscuros por donde sale el sonido suave como una ausencia de palabras, sonido de satín. Tiene un disco

interior dorado. El disco exterior es plateado, casi sin color, como una aeronave en el espacio, metal

volando.

 

¿La espera es o no es? No sé responder porque sufro de urgencia y quedo incapacitada para

juzgar esta pregunta sin implicarme emocionalmente. No me gusta esperar.

Un cuarteto de música es muchísimo más que una sinfonía. La flauta es. El clavicordio tiene un

elemento de terror: los sonidos salen abiertos y quebradizos. Cosa de alma de otro mundo.

Sveglia, ¿cuándo me dejarás en paz finalmente? ¿Me vas a perseguir toda la vida, transformando

la claridad en insomnio perenne? Ya te odio. Ya querría poder escribir una historia: un cuento o novela o

una transmisión. ¿Cuál va a ser mi próximo paso en la literatura? Temo que no escribiré más.

 

Pero también es cierto que otras veces supuse que no escribiría más, y escribí. No obstante,

¿qué he de escribir, Dios mío? ¿Me contaminé con la matemática de Sveglia y sólo sabré hacer relaciones?

Ahora voy a terminar esta descripción de misterio. Ocurre que estoy muy cansada. Voy a bañarme

antes de salir y me perfumaré con un perfume que es un secreto mío. Sólo digo una cosa de él: es agreste

y un poco áspero, con una dulzura escondida. Él es.

 

Adiós, Sveglia. Adiós para siempre jamás. Hay una parte de mí que tú ya mataste.

Ya he muerto y me estoy pudriendo. Morir es.

Y ahora, ahora adiós.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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