el manifiesto de la ciudad

 

 

 

¿Por qué no intentar en este momento, que no es grave, mirar por la ventana? Éste es el puente. Éste el

río. He ahí la Penitenciaría. Ahí está el reloj. Y Recife. Y el canal. ¿Dónde está la piedra que siento? La

piedra que aplastó la ciudad. En la forma palpable de las cosas. Porque ésta es una ciudad realizada. Su

último terremoto se pierde en la memoria. Extiendo la mano y sin tristeza rodeo de lejos la piedra. Algo

aún se evade de la rosa de los vientos. Algo se endureció en la flecha de acero que indica el rumbo de:

Otra Ciudad.

Este momento no es grave. Aprovecho y miro por la ventana. He ahí una casa. Palpo tus escaleras,

las que subí en Recife. Después, la pilastra corta. Estoy viéndolo todo extremadamente bien. Nada se me

escapa. La ciudad trazada. Con qué ingeniosidad. Albañiles, carpinteros, ingenieros, escultores de santos,

artesanos (éstos contaron con la muerte). Estoy viendo cada vez más claro: ésta es la casa, la mía, el

puente, el río, la Penitenciaría, los bloques cuadrados de edificios, la escalera vacía, la piedra.

Pero he ahí que surge un caballo. Es un caballo con cuatro patas y cascos duros de piedra, pescuezo

potente, y cabeza de caballo. He ahí un caballo.

Si ésta fue una palabra haciendo eco en el suelo duro, ¿cuál es tu sentido? Qué hueco es este corazón

en el pecho de la ciudad. Busco, busco. Casas, aceras, escalones, monumento, poste, tu industria.

Desde la más alta muralla, miro. Busco. Desde la más alta muralla no recibo ninguna señal. Desde

aquí no veo, pues tu claridad es impenetrable. Desde aquí no veo, pero siento que algo está escrito con

carbón en la pared. En una pared de esta ciudad.

 

 

 

LA ROSA BLANCA

 

 

Pétalo alto: qué extrema superficie. Catedral de vidrio, superficie de superficie, inalcanzable por la

voz. En tu tallo dos voces, a la tercera, a la quinta y a la novena se unen, niños sabios abren sus bocas por

la mañana y entonan espíritu, espíritu, superficie, espíritu, superficie intocable de una rosa.

Extiendo la mano izquierda que es más delgada, mano oscura que luego recojo sonriendo de pudor.

No te puedo tocar. Tu nuevo entendimiento de hielo y gloria mi rudo pensamiento quiere cantar.

Intento acordarme en la memoria, entenderte como se ve la aurora, una silla, otra flor. No temas, no

quiero poseerte. Me alzo en dirección a tu superficie que ya es perfume.

Me elevo hasta alcanzar mi propia apariencia. Empalidezco en esa región asustada y fina, casi

alcanzo tu superficie divina…

En la caída ridícula las alas de un ángel rompí. No bajo la cabeza balbuceante: quiero al menos

sufrir tu victoria con el sufrimiento angélico de tu armonía, de tu alegría. Pero me duele el corazón

grosero como de amor por un hombre.

Y de las manos tan grandes sale la palabra avergonzada.