Miss Algrave

 

 

Estaba sujeta a juicio. Por eso no le contó nada a nadie. Si lo contara, no creerían en la realidad. Pero ella, que vivía en Londres, donde los fantasmas existen en las callejuelas oscuras, sabía la verdad.

El viernes, su día, había sido igual a los demás. Únicamente sucedió el sábado por la noche. Pero el viernes hizo todo igual como siempre. Aunque la atormentaba un recuerdo horrible: cuando era pequeña, más o menos a los siete años de edad, jugaba al marido y a la esposa con su primo Jack, en la cama grande de la abuela. Y ambos hacían todo para tener hijitos sin lograrlo. Nunca más volvió a ver a Jack ni quería verlo. Si era culpable, él también lo era.

Soltera, queda claro; virgen, también. Vivía sola en una buhardilla en Soho. Ese día había hecho sus compras de comida: legumbres y frutas. Porque comer carne lo consideraba pecado. Cuando pasaba por Picadilly Circus y veía a las mujeres esperando a los hombres en las esquinas, sólo le faltaba vomitar. ¡Además por dinero! Era demasiado para soportarlo. Y esa estatua de Eros, ahí, indecente.

Después del almuerzo fue al trabajo: era una mecanógrafa perfecta. Su jefe nunca la miraba y afortunadamente la trataba con respeto, llamándola Miss Algrave. Su nombre de pila era Ruth. Y descendía de irlandeses. Era pelirroja, usaba los cabellos recogidos sobre la nuca en un severo moño. Tenía muchas pecas y la piel tan clara y fina que parecía de seda blanca. Las cejas y pestañas también eran pelirrojas. Era una mujer bonita. Se sentía muy orgullosa de su físico: bien formada de cuerpo y alta. Pero nunca alguien le había tocado los senos.

Acostumbraba cenar en un restaurante barato en el mismo Soho. Comía macarrones con salsa de tomate. Nunca había entrado en un pub: cuando pasaba frente a uno, el olor a alcohol le causaba náuseas. Se sentía ofendida por la humanidad.

Cultivaba geranios rojos que eran un deleite en la primavera. Su papá había sido pastor protestante y la mamá vivía aún en Dublín con el hijo casado. Su hermano estaba casado con una verdadera perra llamada Tootzi. De vez en cuando Miss Algrave escribía una carta de protesta al Time. Y ellos la publicaban. Veía con mucho gusto su nombre: atentamente, Ruth Algrave.

Se bañaba únicamente una vez por semana, el sábado. Para no ver su cuerpo desnudo, no se quitaba ni las bragas ni el sostén. El día que sucedió era sábado y, por tanto, no era día de trabajo. Se despertó muy temprano y tomó té de jazmín. Después rezó. Luego salió a tomar el fresco. Cerca del hotel Savoy casi la atropellan. Si eso hubiera sucedido y hubiera muerto, habría sido horrible porque nada le habría acontecido en la noche.

Fue al ensayo de canto coral. Tenía una voz maravillosa. Sí, era una persona privilegiada. Después fue a almorzar y se permitió comer gambas: estaban tan buenas que hasta parecían pescado. Entonces se dirigió a Hyde Park y se sentó en el césped. Había llevado la Biblia para leer. Pero —que Dios la perdonara— el sol estaba tan guerrillero, tan bueno, tan cálido, que no leyó nada, permaneció únicamente sentada en el suelo sin tener el valor para acostarse. Procuró no mirar a las parejas que se besaban y se acariciaban sin la menor vergüenza.

Luego regresó a la casa, regó las begonias y se bañó. Entonces visitó a Mrs. Cabot, que tenía noventa y siete años. Le llevó una rebanada de pastel con pasas y tomaron té. Miss Algrave se sentía muy feliz, aunque… Entonces se puso a tejer un suéter para el invierno. De un color esplendoroso: amarillo como el sol. A las siete volvió a casa. Antes de dormir, tomó más té de jazmín con galletas, se cepilló los dientes, se cambió de ropa y se metió a la cama. Sus cortinas de chifón, ella misma las había hecho y las había colgado. Era mayo. Las cortinas se balanceaban con la brisa de esa noche tan singular. ¿Singular por qué? No lo sabía.

Leyó un poco el periódico matutino y apagó la luz de la cabecera. A través de la ventana abierta veía el resplandor lunar. Era noche de luna llena.

Suspiró mucho porque era difícil vivir sola. La soledad la oprimía. Era terrible no tener una sola persona con quien conversar. Era la criatura más solitaria que conocía. Hasta Mrs. Cabot tenía un gato. Ruth Algrave no tenía un solo animal: eran demasiado bestiales para su gusto. No tenía televisión por dos motivos: le faltaba dinero y no quería permanecer viendo las inmoralidades que aparecían en la pantalla.

En la televisión de Mrs. Cabot había visto a un hombre besando a una mujer en la boca. Y eso sin hablar del peligro de la transmisión de microbios. ¡Ah! Si pudiera, escribiría todos los días una carta de protesta al Time. Pero, por lo visto, de nada serviría protestar. La falta de vergüenza estaba en el ambiente. Hasta ya había visto un perro haciéndolo con una perra. Quedó impresionada. Pero si Dios así lo quería, pues entonces que así sucediera. Pero nadie la tocaría jamás, pensó. Permanecía soportando la soledad.

Hasta los niños eran inmorales. Los evitaba. Y lamentaba mucho haber nacido de la incontinencia de su padre y de su madre. Sentía vergüenza de que ellos no hubieran tenido pudor. Como dejaba granos de arroz en la ventana, los palomos venían a visitarla. A veces entraban en la habitación. Eran enviados por Dios. Tan inocentes. Arrullando. Pero era medio inmoral su arrullo, aunque menos que ver una mujer casi desnuda en la televisión. Mañana sin falta escribiría una carta, protestando contra las malas costumbres de esa maldita ciudad que era Londres. Una vez, llegó a ver una fila de viciosos junto a la farmacia, esperando su turno para que les aplicaran la dosis. ¿Cómo es que la Reina permitía eso? Misterio. Escribiría otra carta denunciando a la propia Reina.

Escribía bien, sin errores gramaticales y escribía las cartas en la máquina de la oficina cuando tenía un momento de descanso. Mr. Clairson, su jefe, elogiaba mucho sus cartas publicadas. Hasta le había dicho que ella, algún día, podría llegar a ser escritora. Se sintió muy orgullosa y se lo agradeció mucho. Estaba así acostada en la cama con su soledad. Pensando.

Fue entonces cuando sucedió.

Sintió que por la ventana entraba una cosa que no era una paloma. Tuvo miedo. Habló muy fuerte:

—¿Quién es?

Y la respuesta llegó en forma de viento:

—Yo soy un yo.

—¿Quién es usted? —preguntó trémula.

—Vine de Saturno para amarte.

—¡Pero yo no estoy viendo a nadie! —gritó.

—Lo que importa es que tú me estás sintiendo.

Y lo sentía realmente. Tuvo un estremecimiento electrónico.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó con miedo.

—Poco importa.

—¡Pero quiero llamarlo por su nombre!

—Llámame Ixtlan.

Ellos se entendían en sánscrito. Su contacto era frío como el de una lagartija, tenía escalofríos. Ixtlan portaba sobre la cabeza una corona de culebras entrelazadas, mansas por el terror de poder morir.

El manto que cubría su cuerpo era del más resignado color morado, era oro barato y púrpura coagulada.

 

  

Él dijo:

—Quítate la ropa.

Ella se quitó el camisón de dormir. La luna estaba enorme dentro del cuarto. Ixtlan era blanco y pequeño. Se acostó a su lado en la cama de hierro. Y pasó las manos por sus senos. Rosas negras. Nunca había sentido lo que sintió. Era demasiado rico. Tenía miedo de que acabara. Era como si un lisiado arrojara al aire su bastón.

Empezó a suspirar y se dirigió a Ixtlan:

—¡Yo te amo, mi amor! ¡Mi gran amor! —y pues sí, así sucedió.

Ella quería que no se acabara nunca. Fue tan rico, Dios mío. Tenía ganas de más, más y más. Ella pensaba: ¡acéptame!

O entonces: «Yo me ofrezco». Era el dominio del «aquí y ahora». Le preguntó: ¿cuándo vuelves?

Ixtlan le respondió:

—La próxima luna llena.

—¡Pero yo no puedo esperar tanto!

—Es el chiste —dijo él, hasta de una manera fría.

—¿Voy a quedar esperando un bebé?

—No.

—Pero ¡te voy a extrañar mucho! ¿Cómo hago?

—Úsate.

Él se levantó, la besó castamente en la frente. Y salió por la ventana. Empezó a llorar bajito. Parecía un triste violín sin arco. La prueba de que todo eso había sucedido realmente era la sábana manchada de sangre. La guardó sin lavarla y podría mostrarla a quien no la creyera.

Vio que nacía la madrugada toda color de rosa. En la bruma, los primeros pajaritos empezaban sus trinos con dulzura, aún sin alborozo.

Dios iluminaba su cuerpo. Pero como una baronesa Von Blich, nostálgicamente recostada en el dosel de satín de su lecho, fingió tocar la campanilla para llamar al mayordomo, quien le traería café caliente, fuerte, fuerte.

Ella lo amaba e iba a esperar ardientemente hasta la nueva luna llena. No quiso bañarse para no quitarse el sabor de Ixtlan. Con él no había sido pecado pero sí un deleite. No quería ya escribir ninguna carta de protesta: ya no protestaría. Y no fue a la iglesia. Era una mujer realizada. Tenía marido. El domingo, entonces, a la hora del almuerzo, comió un filete miñón con puré de patata. La carne roja era excelente. Y tomó vino tinto italiano. Era realmente privilegiada. Había sido escogida por un ser de Saturno.

Le había preguntado por qué la había escogido. Él le dijo que por ser pelirroja y virgen. ¡Se sentía fenomenal! No tenía ya asco de los animales. Que éstos se amaran era lo mejor del mundo. Y ella esperaría a Ixtlan. Él volvería: lo sé, lo sé, lo sé, pensaba ella. Tampoco experimentaba ya repulsión por las parejas de Hyde Park. Sabía lo que ellos sentían. Qué bueno era vivir. Qué bueno era comer carne roja. Qué bueno era tomar vino italiano bien astringente, medio amargando y restringiendo la lengua.

Era ahora impropia para menores de dieciocho años. Y se deleitaba, se regocijaba de gusto en ello. Como era domingo, fue al canto coral. Cantó mejor que nunca y no se sorprendió cuando la escogieron como solista. Cantó su aleluya. Así: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Después fue a Hyde Park y se acostó en el césped cálido, abrió un poco las piernas para que el sol entrara. Ser mujer era algo soberbio. Sólo quien era mujer lo sabía. Pero pensó: ¿será que tendré que pagar un precio muy alto por mi felicidad? No le importunaba. Pagaría todo lo que tuviera que pagar. Siempre había pagado y siempre había sido infeliz. Y ahora se había acabado la infelicidad.

¡Ixtlan! ¡Vuelve inmediatamente! ¡Ya no puedo esperar! ¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Pensó: ¿será que le gusté porque soy un poco estrábica? La próxima luna llena le preguntaría. Si fuera por eso, no tendría duda: forzaría la mano y se volvería completamente bizca. Ixtlan, todo lo que quieras que yo haga, lo hago. Sólo que lo extrañaba muchísimo. Vuelve, my love. Sí. Pero hizo una cosa que era traición. Ixtlan la comprendería y la perdonaría. A fin de cuentas, la persona tenía que darse una ayuda, ¿no es así?

Ocurrió lo siguiente: al no aguantar más, se encaminó hacia Picadilly Circle y se aproximó a un hombre velludo. Lo llevó a su habitación. Le dijo que no necesitaba pagar. Pero él impuso su decisión y antes de irse le dejó en su escritorio una libra completa. Bien que ella necesitaba el dinero. Quedó furiosa, no obstante, cuando él no quiso creer su historia. Le mostró, casi en sus narices, la sábana manchada de sangre. Se rió de ella.

El lunes por la mañana se decidió: ya no trabajaría como mecanógrafa, tenía otros dones. Mr. Clairson que se fuera a la porra. Iría a quedarse en las calles y llevar hombres a su cuarto. Como era buena en la cama, le pagarían muy bien. Podría beber vino italiano todos los días. Tenía ganas de comprarse un vestido muy rojo con el dinero que el velludo le había dejado. Se había soltado los densos cabellos que por lo pelirrojo eran una belleza. Parecía un clamor.

Había aprendido que valía mucho. Si Mr. Clairson, el fingido, quisiera que ella trabajara para él, tendría que ser de otro modo mejor. Primero compraría el vestido rojo escotado y después iría a la oficina llegando a propósito, por primera vez en su vida, muy retrasada. Y hablaría así con el jefe: «¡Basta de mecanografía! ¡Usted no me venga con otro de sus fingimientos! ¿Quiere saber una cosa? ¡Acuéstese conmigo en la cama, desgraciado!, y además: ¡Págueme un buen salario mensual, imbécil!».

Tenía la certeza de que él aceptaría. Estaba casado con una mujer pálida e insignificante, Joan, y tenía una hija anémica, Lucy. «Lo vas a disfrutar conmigo, hijo de perra.» Y cuando llegara la nueva luna llena, se daría un baño para purificarse de todos los hombres y estaría lista para el festín con Ixtlan.

 

 

Miss Algrave

 

Ela era sujeita a julgamento. Por isso não contou nada a ninguém. Se contasse, não acreditariam porque não acreditavam na realidade. Mas ela, que morava em Londres, onde os fantasmas existem nos becos escuros, sabia da verdade. Seu dia, sexta-feira, fora igual aos outros. Só aconteceu sábado de noite. Mas na sexta fez tudo igual como sempre. Embora a atormentasse uma lembrança horrível: quando era pequena, com uns sete anos de idade, brincava de marido e mulher com seu primo Jack, na cama grande da vovó. E ambos faziam tudo para ter filhinhos sem conseguir. Nunca mais vira Jack nem queria vê-lo. Se era culpada, ele também o era.

Solteira, é claro, virgem, é claro. Morava sozinha numa cobertura em Soho. Nesse dia tinha feito suas compras de comida: legumes e frutas. Porque comer carne ela considerava pecado.

Quando passava pelo Picadilly Circle e via as mulheres esperando homens nas esquinas, só faltava vomitar. Ainda mais por dinheiro! Era demais para se suportar. E aquela estátua de Eros, ali, indecente.

Foi depois do almoço ao trabalho: era datilógrafa perfeita. Seu chefe nunca olhava para ela e tratava-a felizmente com respeito, chamando-a de Miss Algrave. Seu primeiro nome era Ruth. E descendia de irlandeses. Era ruiva, usava os cabelos enrolados na nuca em coque severo. Tinha muitas sardas e pele tão clara e fina que parecia uma seda branca. Os cílios também eram ruivos. Era uma mulher bonita.

Orgulhava-se muito de seu físico: cheia de corpo e alta. Mas nunca ninguém havia tocado nos seus seios. Costumava jantar num restaurante barato em Soho mesmo. Comia macarrão com molho de tomate. E nunca entrara num pub: nauseava-a o cheiro de álcool, quando passava por um. Sentia-se ofendida pela humanidade.

Cultivava gerânios vermelhos que eram uma glória na primavera. Seu pai fora pastor protestante e a mãe ainda morava em Dublin com o filho casado. Seu irmão era casado com uma verdadeira cadela chamada Tootzi. De vez em quando Miss Algrave escrevia uma carta de protesto para o Time. E eles publicavam. Via com muito gosto o seu nome: sincerely Ruth Algrave.

Tomava banho só uma vez por semana, no sábado. Para não ver o seu corpo nu, não tirava nem as calcinhas nem o sutiã.

No dia em que aconteceu era sábado e não tinha portanto trabalho. Acordou muito cedo e tomou chá de jasmim. Depois rezou. Depois saiu para tomar ar.

Perto do Savoy Hotel quase foi atropelada. Se isso acontecesse e ela morresse teria sido horrível porque nada lhe aconteceria de noite. Foi ao ensaio do canto coral. Tinha voz maviosa. Sim, era uma pessoa privilegiada.

Depois foi almoçar e permitiu-se comer camarão: estava tão bom que até parecia pecado.

Então dirigiu-se ao Hyde Park e sentou-se na grama. Levara uma Bíblia para ler. Mas — que Deus a perdoasse — o sol estava tão guerrilheiro, tão bom, tão quente, que não leu nada, ficou só sentada no chão sem coragem de se deitar. Procurou não olhar os casais que se beijavam e se acariciavam sem a menor vergonha.

Depois foi para casa, regou as begônias e tomou banho. Então visitou Mrs. Cabot que tinha noventa e sete anos. Levou-lhe um pedaço de bolo com passas e tomaram chá. Miss Algrave sentia-se muito feliz, embora… Bem, embora.

Às sete horas voltou para casa. Nada tinha a fazer. Então tricotou uma suéter para o inverno. De cor esplendorosa: amarela como o sol.

Antes de dormir tomou mais chá de jasmim com biscoitos, escovou os dentes, mudou de roupa e meteu-se na cama. Suas cortinas de gaze ela mesma fizera e pendurara.

Era maio. As cortinas se balançavam à brisa dessa noite tão singular. Singular por quê? Não sabia.

Leu um pouco o jornal da manhã e fechou a luz da cabeceira. Pela janela aberta via o luar. Era noite de lua cheia.

Suspirou muito porque era difícil viver só. A solidão a esmagava. Terrível não ter uma só pessoa para conversar. Era a criatura mais solitária que conhecia. Até Mrs. Cabot tinha um gato. Ruth Algrave não tinha bicho nenhum: eram bestiais demais para o seu gosto. Nem tinha televisão. Por dois motivos: faltava-lhe dinheiro e não queria ficar vendo as imoralidades que apareciam na tela. Na televisão de Mrs. Cabot vira um homem beijando uma mulher na boca. E isso sem falar no perigo da transmissão de micróbios. Ah, se pudesse escreveria todos os dias uma carta de protesto para o Time. Mas não adiantava protestar, ao que parecia. A falta de vergonha estava no ar. Até já vira um cachorro com uma cadela. Ficou impressionada. Mas se assim Deus queria, que então assim fosse. Mas ninguém a tocaria jamais, pensou. Ficava curtindo a solidão. Até as crianças eram imorais. Evitava-as. E lamentava muito ter nascido da incontinência de seu pai e de sua mãe. Sentia pudor deles não terem tido pudor.

Como deixava arroz cru na janela, os pombos vinham visitá-la. Às vezes entravam-lhe no quarto. Eram enviados por Deus. Tão inocentes. Arrulhando. Mas era imoral o arrulho deles, embora menos do que ver mulher quase nua na televisão. Ia amanhã sem falta escrever uma carta protestando contra os maus costumes daquela cidade maldita que era Londres. Chegara uma vez a ver uma fila de viciados junto de uma farmácia, esperando a vez de tomarem uma aplicação. Como é que a Rainha permitia? Mistério. Escreveria mais uma carta denunciando a própria Rainha.

Escrevia bem, sem erros de gramática e batia as cartas na máquina do escritório quando tinha um instante de folga. Mr. Clairson, seu chefe, elogiava muito as suas cartas publicadas. Até dissera que ela poderia um dia vir a ser escritora. Ficara orgulhosa e agradecera muito.

Estava assim deitada na cama com a sua solidão. O embora.

Foi então que aconteceu.

Sentiu que pela janela entrava uma coisa que não era um pombo. Teve medo.

Falou bem alto:

— Quem é?

E a resposta veio em forma de vento:

— Eu sou um eu.

— Quem é você? perguntou trêmula.

— Vim de Saturno para amar você.

— Mas eu não estou vendo ninguém! gritou.

— O que importa é que você está me sentindo. E sentia-o mesmo. Teve um

frisson eletrônico.

— Como é que você se chama? perguntou com medo.

— Pouco importa.

— Mas quero chamar seu nome!

— Chame-me de Ixtlan.

Eles se entendiam em sânscrito. Seu contato era frio como o de uma lagartixa, dava-lhe calafrios. Ixtlan tinha sobre a cabeça uma coroa de cobras entrelaçadas, mansas pelo terror de poder morrer. O manto que cobria o seu corpo era da mais sofrida cor roxa, era ouro mau e púrpura coagulada.

Ele disse:

— Tire a roupa.

Ela tirou a camisola. A lua estava enorme dentro do quarto. Ixtlan era branco e pequeno. Deitou-se ao seu lado na cama de ferro. E passou as mãos pelos seus seios. Rosas negras.

Ela nunca tinha sentido o que sentiu. Era bom demais. Tinha medo que acabasse. Era como se um aleijado jogasse no ar o seu cajado. Começou a suspirar e disse para Ixtlan:

— Eu te amo, meu amor! meu grande amor!

E — é, sim. Aconteceu. Ela queria que não acabasse nunca.

Como era bom, meu Deus. Tinha vontade de mais, mais e mais. Ela pensava: aceitai-me! Ou então: “Eu me vos oferto.” Era o domínio do “aqui e agora”.

Perguntou-lhe: quando é que você volta? Ixtlan respondeu:

— Na próxima lua cheia.

— Mas eu não posso esperar tanto!

— É o jeito, disse ele até friamente.

— Vou ficar esperando bebê?

— Não.

— Mas vou morrer de saudade de você! como é que eu faço?

— Use-se.

Ele se levantou, beijou-a castamente na testa. E saiu pela janela. Começou a chorar baixinho. Parecia um triste violino sem arco. A prova de que tudo isso acontecera mesmo era o lençol manchado de sangue. Guardou-o sem lavá-lo e poderia mostrá-lo a quem não acreditasse nela.

Viu a madrugada nascer toda cor-de-rosa. No fog os primeiros passarinhos começavam a pipilar com doçura, ainda sem alvoroço. Deus iluminava seu corpo.

Mas, como uma baronesa Von Blich, nostalgicamente recostada no dossel de cetim de seu leito, fingiu tocar a campainha para chamar o mordomo que lhe traria café quente, forte, forte. Ela o amava e ia esperar ardentemente pela nova lua cheia. Não quis tomar banho para não tirar de si o gosto de Ixtlan. Com ele não fora pecado e sim uma delícia. Não queria mais escrever nenhuma carta de protesto: não protestava mais.

E não foi à igreja. Era mulher realizada. Tinha marido. Então, no domingo, na hora do almoço, comeu filet mignon com purê de batata. A carne sangrenta era ótima. E tomou vinho tinto italiano. Era mesmo privilegiada. Fora escolhida por um ser de Saturno. Tinha lhe perguntado por que a havia escolhido. Ele dissera que era por ela ser ruiva e virgem. Sentia-se bestial.

Não tinha mais nojo de bichos. Eles que se amassem, era a melhor coisa do mundo. E ela esperaria por Ixtlan. Ele voltaria: eu sei, eu sei, eu sei, pensava ela. Também não tinha mais repulsa pelos casais do Hyde Park. Sabia como eles se sentiam.

Como era bom viver. Como era bom comer carne sangrenta. Como era bom tomar vinho italiano bem adstringente, meio amargando e restringindo a língua. Era agora imprópria para menores de dezoito anos. E se deleitava, babava-se de gosto nisso.

Como era domingo, foi ao canto coral. Cantou melhor do que nunca e não se surpreendeu quando a escolheram para solista. Cantou a sua aleluia. Assim: Aleluia! Aleluia! Aleluia!

Depois foi ao Hyde Park e deitou-se na grama quente, abriu um pouco as pernas para o sol entrar. Ser mulher era uma coisa soberba. Só quem era mulher sabia. Mas pensou: será que vou ter que pagar um preço muito caro pela minha felicidade? Não se incomodava. Pagaria tudo o que tivesse de pagar. Sempre pagara e sempre fora infeliz.

E agora acabara-se a infelicidade. Ixtlan! Volte logo! Não posso mais esperar! Venha! Venha! Venha!

Pensou: será que ele gostara de mim porque sou um pouco estrábica? Na próxima lua cheia perguntaria a ele. Se fosse por isso, não tinha dúvida: forçaria a mão e se tornaria completamente vesga. Ixtlan, tudo o que você quiser que eu faça, eu faço. Só que morria de saudade. Volte, my love.

Sim. Mas fez uma coisa que era traição. Ixtlan a compreenderia e perdoaria. Afinal de contas, a pessoa tinha que dar um jeito, não tinha?

Foi o seguinte: não agüentando mais, encaminhou-se para o Picadilly Circle e achegou-se a um homem cabeludo. Levou-o ao seu quarto. Disse-lhe que não precisava pagar. Mas ele fez questão e antes de ir embora deixou na mesa-de-cabeceira uma libra inteira! Bem que estava precisada de dinheiro. Ficou furiosa, porém, quando ele não quis acreditar na sua história. Mostrou-lhe, quase até o seu nariz, o lençol manchado de sangue. Ele riu-se dela.

Na segunda-feira de manhã resolveu-se: não ia mais trabalhar como datilógrafa, tinha outros dons. Mr. Clairson que se danasse. Ia era ficar mesmo nas ruas e levar homens para o quarto. Como era boa de cama, pagar-lhe-iam muito bem. Poderia beber vinho italiano todos os dias. Tinha vontade de comprar um vestido bem vermelho com o dinheiro que o cabeludo lhe deixara. Soltara os cabelos bastos que eram uma beleza de ruivos. Ela parecia um uivo.

Aprendera que valia muito. Se Mr. Clairson, o sonso, quisesse que ela trabalhasse para ele, teria que ser de outro bom modo. Antes compraria o vestido vermelho decotado e depois iria ao escritório chegando de propósito, pela primeira vez na vida, bem atrasada. E falaria assim com o chefe:

— Chega de datilografia! Você que não me venha com uma de sonso! Quer saber de uma coisa? deite-se comigo na cama, seu desgraçado! e tem mais: me pague um salário alto por mês, seu sovina!

Tinha certeza de que ele aceitaria. Era casado com uma mulher pálida e insignificante, a Joan, e tinha uma filha anêmica, a Lucy. Vai é se deliciar comigo, o filho de uma cadela.

E quando chegasse a lua cheia — tomaria um banho purificador de todos os homens para estar pronta para o festim com Ixtlan.

 

 

 

 

1974, A Via Crucis do corpo: Miss Algrave, O corpo, Via Crucis, O homem que apareceu, Ele

me bebeu, Por enquanto, Dia após dia, Ruido de passos, Antes da ponte Rio-Niterói, Praça Mauá, A

língua do ‘p’, Melhor do que arder, Mais vai chover

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

 

 

 

 

 

 


 

 

 

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