clarice lispector

descubrimientos

crónicas inéditas

Traducción y prólogo de Claudia Solans

2ª edición en Argentina: noviembre de 2010

2ª edición en España: noviembre de 2010

Adriana Hidalgo editora S.A., 2010

Buenos Aires

 

 

perfil de un ser elegido

 

Aun muy joven, era un ser que elegía. Entre las mil cosas que podría haber sido, había ido eligiéndose.

En un trabajo para el cual usaba lentes, entreviendo lo que podía y palpando con las manos húmedas

lo que no veía, el ser había ido eligiendo y por eso indirectamente se elegía. De a poco

se había juntado para ser. Separaba, separaba. En relativa libertad, si se descontara el furtivo determinismo

que había dirigido discreto sin dar un nombre. Descontado ese furtivo determinismo, el ser se elegía libre. 

Separaba, separaba la llamada cizaña del trigo, y lo mejor, lo mejor el ser lo comía.

A veces comía lo peor: la elección difícil era comer lo peor.

Separaba peligros del gran peligro, y era con el gran peligro que el ser, aunque con miedo, se quedaba: sólo

para sopesar con susto el peso de las cosas.

Apartaba de sí las verdades menores que terminó por no llegar a conocer: quería las verdades difíciles de soportar.

Por ignorar las verdades menores, el ser ya comenzaba a parecer a los otros como rodeado de misterio:

por ser ignorante, era un ser misterioso.

Se había convertido en una mezcla de lo que pensaban de él y de lo que él realmente era: un sabido ignorante,

un sabio ingenuo; un olvidado que muy bien sabía de otras cosas; un sonso honesto; un pensativo distraído;

un nostálgico sobre lo que había dejado de saber; un nostalgioso por lo que definitivamente, al elegir, había perdido;

un valiente por ser demasiado tarde y ya haberse elegido.

Todo eso, contradictoriamente, le dio al ser una alegría discreta y saludable de campesino que sólo lidia con lo básico.

Y todo eso le dio la austeridad involuntaria que todo trabajo vital da. Elección y ajuste no tenían hora precisa

de comenzar ni terminar, duraban en realidad el tiempo de una vida.

Todo eso, contradictoriamente, fue dando al ser la alegría profunda que necesita manifestarse, exponerse y comunicarse.

Pasó a darse a través de la pintura. En esa comunicación el ser era ayudado por su don innato de gustar.

Y eso ni lo había juntado ni lo había elegido, en efecto, era un don. Le gustaba la profunda alegría de los otros, por el don

innato descubría la alegría de los otros. Por don, también era capaz de descubrir la soledad que los otros tenían.

Y también por don, sabía profundamente jugar el juego de la vida, transformándola en colores y formas.

Sin siquiera sentir que usaba su don, el ser se manifestaba: daba sin percibir, amaba sin percibir que a eso llamaban

amor.

El don era como la falta de camisa del hombre feliz: como el ser se sentía muy pobre y no tenía qué dar, el ser se daba.

Se daba en silencio, y daba lo que había juntado de sí, así como quien llama a los otros para que también vean.

Poco a poco el equívoco pasó a rodear al ser: los otros miraban al ser como a una estatua, como a un retrato.

Un retrato muy rico. No comprendieron que para el ser, haberse reunido, había sido trabajo de despojamiento y

no de riqueza. Por equívoco, el ser era festejado. Pero sentirse amado sería reconocerse a sí mismo en el amor recibido,

y aquel ser era amado como si fuera un otro ser. El ser vertió las lágrimas de una estatua que de noche en la plaza

llora sin moverse. Nunca la oscuridad había sido mayor en la plaza.

Hasta que de nuevo amanecía y el ser renacía. El ritmo de la tierra era tan generoso que amanecía.

Pero de noche, cuando llegaba la noche, de nuevo oscurecía. La plaza de nuevo crecía en soledad.

De miedo, los que lo habían elegido dormían: ¿miedo porque pensaban que tendrían que vivir en la soledad de la plaza?

No sabían que la soledad de la plaza había sido sólo el lugar de trabajo del ser. Pero que él también se sentía solo.

El ser se prepara toda la vida para ser apto del lado de afuera de la plaza. Es verdad que el ser, al sentirse listo, 

así como quien se baña con óleos y perfumes, notó que no le había sobrado tiempo para existir como los otros:

era diferente sin querer.

Algo había fallado porque, cuando el ser se veía en el retrato que los otros habían sacado, se espantaba humilde

frente a lo que habían  hecho de él.

Habían hecho de él nada más, nada menos, que un ser elegido. Es decir, lo habían sitiado. ¿Cómo deshacer el equívoco?

Por simplificación y economía de tiempo, habían fotografiado al ser en una única pose y ahora no se referían a él sino

a la fotografía. Bastaba abrir el cajón para sacar de adentro el retrato. Cualquiera conseguía una copia que, además,

costaba barata.

Cuando le decían al ser: te amo, el ser se perturbaba porque ni siquiera podía agradecer: ¿y yo?, ¿por qué no a mí también?,

¿por qué sólo a mi retrato? Pero no reclamaba, pues sabía que los otros no se equivocaban por maldad.

El ser, a veces, por una cuestión de soledad, intentaba imitar la fotografía, lo que no obstante terminó por volverla

más falsamente auténtica.

A veces él se confundía todo: no aprendía a copiar el retrato, y se había olvidado de cómo era sin el retrato.

De modo que, como se dice del payaso que siempre ríe, el ser a veces, por así decir, lloraba bajo su callada pintura

de bobo de la corte.

Entonces intentó un trabajo subterráneo de destrucción de la fotografía: hacía o decía cosas tan opuestas a la fotografía

que ésta se erizaba en el cajón. Su esperanza era volverse más vivo que la fotografía. Pero, ¿qué ocurrió?

Ocurrió que todo lo que el ser hacía en realidad sólo iba a retocar el retrato, adornarlo. Y así fue yendo, hasta que,

profundamente desilusionado en las más legítimas aspiraciones, el ser moría de soledad.

Pero terminó saliendo de la estatua de la plaza, con gran esfuerzo, teniendo varias caídas, aprendiendo a pasear solo.

Y, como se dice, nunca la tierra le pareció tan bella.

Reconoció que aquella era exactamente la tierra para la cual se había preparado: pues no se había equivocado, el mapa

del tesoro tenía las indicaciones correctas. Paseando, el ser tocaba todas las cosas y, aun solitario, sonreía.

El ser había aprendido a sonreír solo.

 

 

perfil de um ser eleito

 

Ainda muito jovem era um ser que elegia. Entre as mil coisas que poderia ter sido, fora se

escolhendo. Num trabalho para o qual usava lentes, enxergando o que podia e apalpando com as

mãos úmidas o que não via, o ser fora escolhendo e por isso indiretamente se escolhia. Aos poucos

se juntara para ser. Separava, separava. Em relativa liberdade, se se descontasse o furtivo

determinismo que agira discreto sem se dar um nome. Descontado esse furtivo determinismo, o

ser se escolhia livre. Separava, separava o chamado joio do trigo, e o melhor, o melhor o ser comia.

Às vezes comia o pior: a escolha difícil era comer o pior. Separava perigos do grande perigo, e era

com o grande perigo que o ser, embora com medo, ficava: só para sopesar com susto o peso das

coisas. Afastava de si as verdades menores que terminou por não chegar a conhecer: queria as

verdades difíceis de suportar. Por ignorar as verdades menores, o ser já começava a parecer aos

outros como rodeado de mistério: por ser ignorante, era um ser misterioso. Tornara-se uma

mistura do que pensavam dele e do que ele realmente era: um sabido ignorante; um sábio ingênuo;

um esquecido que muito bem sabia de outras coisas; um sonso honesto; um pensativo distraído;

um nostálgico sobre o que deixara de saber; um saudoso pelo que definitivamente, ao escolher,

perdera; um corajoso por já ser tarde demais e já se ter escolhido. Tudo isso, contraditoriamente,

deu ao ser uma alegria discreta e sadia de camponês que só lida com o básico. E tudo isso lhe deu a

austeridade involuntária que todo trabalho vital dá. Escolha e ajustamento não tinham hora certa

de começar nem acabar, duravam mesmo o tempo de uma vida

Tudo isso contraditoriamente, foi dando ao ser a alegria profunda que precisa se manifestar,

expor-se e se comunicar. Passou a dar-se através da pintura. Nessa comunicação o ser era ajudado

pelo seu dom inato de gostar. E isso não juntara nem escolhera, era um dom mesmo. Gostava da

profunda alegria dos outros, pelo dom inato descobria a alegria dos outros. Por dom, era também

capaz de descobrir a solidão que os outros tinham. E também por dom, sabia profundamente

brincar o jogo da vida, transformando-a em cores e formas. Sem mesmo sentir que usava o seu

dom, o ser se manifestava: dava sem perceber, amava sem perceber que a isso chamavam amor. O

dom era como a falta de camisa do homem feliz: como o ser se sentia muito pobre e não tinha o

que dar, o ser se dava. Dava-se em silêncio, e dava o que juntara de si, assim como quem chama os

outros para verem também.

Pouco a pouco o equívoco passou a rodear o ser: os outros olhavam o ser como uma

estátua, como um retrato. Um retrato muito rico. Não compreenderam que para o ser, ter se

reunido, fora trabalho de despojamento e não de riqueza. Por equívoco, o ser era festejado. Mas

sentir-se amado seria reconhecer-se a si mesmo no amor recebido, e aquele ser era amado como se

fosse outro ser. O ser verteu as lágrimas de uma estátua que de noite na praça chora sem se mexer.

Nunca o escuro fora maior na praça. Até que de novo amanhecia e o ser renascia. O ritmo da terra

era tão generoso que amanhecia. Mas de noite, quando chegava a noite, de novo escurecia. A praça

de novo crescia em solidão. De medo, os que o haviam elegido dormiam: medo porque pensavam

que teriam que morar na solidão da praça? Não sabiam que a solidão da praça fora apenas o lugar

de trabalho do ser. Mas que também ele se sentia só. O ser prepara-se a vida toda para ser apto do

lado de fora da praça. É verdade que o ser, ao se sentir pronto assim como quem se banha com

óleos e perfumes, notou que não lhe havia sobrado tempo para existir como os outros: era

diferente sem querer. Alguma coisa falhara, porque, quando o ser se via no retrato que os outros

haviam tirado, espantava-se humilde diante do que haviam feito dele. Haviam feito dele nada

mais, nada menos, que um ser eleito. Isto é, haviam-no sitiado. Como desfazer o equivoco? Por

simplificação e economia de tempo, haviam fotografado o ser numa única pose e agora não se

referiam a ele, e sim à fotografia. Bastava abrir a gaveta para tirar de dentro o retrato. Qualquer um

conseguia uma cópia que custava, aliás, barato.

Quando diziam para o ser: eu te amo, o ser se perturbava porque nem ao menos podia

agradecer: e eu? porque não a mim também? porque só ao meu retrato? Mas não reclamava pois

sabia que os outros não erravam por maldade. O ser às vezes, por uma questão de solidão, tentava

imitar a fotografia, o que no entanto terminou por torná-la mais falsamente autêntica. Às vezes ele

se confundia todo: não aprendia a copiar o retrato, e esquecera-se de como era sem o retrato. De

modo que, como se diz do palhaço que sempre ri, o ser ás vezes, por assim dizer, chorava sobre a

sua caiada pintura de bobo da corte.

Ele tentou então um trabalho subterrâneo de destruição da fotografia: fazia ou dizia coisas

tão opostas à fotografia que esta se eriçava na gaveta. Sua esperança era tornar-se mais vivo que a

fotografia. Mas o que aconteceu? Aconteceu que tudo o que o ser fazia só ia mesmo era retocar o

retrato, enfeitá-lo.

E assim foi indo, até que, profundamente desiludido nas mais legítimas aspirações, o ser

morria de solidão. Mas terminou saindo da estátua da praça, com grande esforço, levando várias

quedas, aprendendo a passear sozinho. E, como se diz, nunca a terra lhe pareceu tão bela.

Reconheceu que era exatamente a terra para qual se preparara: não errara, pois, o mapa do tesouro

tinha as indicações certas. Passeando, o ser tocava em todas as coisas, e, mesmo solitário, sorria. O

ser aprendera a sorrir sozinho.