clarice lispector

 

 

 

revelación de un mundo

a descoberta do mundo

 

 

traducción: Amalia Sato

Adriana Hidalgo editora

octubre de 2005

Buenos Aires

 

 

 

 

 

bichos [1]

 

 

 

A veces siento un escalofrío por todo el cuerpo al entrar en contacto físico con bichos

o con su simple visión.

Me parece sentir cierto miedo y horror por aquel ser vivo que no es humano y que tiene

nuestros mismos instintos, aunque más libres e indomables.

Un animal jamás sustituye una cosa por otra, jamás sublima como nosotros nos vemos

forzados a hacer.

se mueve, ¡esa cosa viva! Se mueve independiente, por la fuerza misma de eso sin

nombre que es la Vida.

Le hice notar a una persona que los animales no se ríen, y ella me dijo que Bergson tiene

una anotación al respecto en su ensayo sobre la risa.

Aunque a veces el perro, estoy segura, ríe, la sonrisa se transmite por los ojos que se

vuelven más brillantes, por la boca entreabierta que jadea, mientras la cola se mueve.

Pero el gato no ríe nunca. Sin embargo, sabe jugar: tengo una larga práctica con gatos.

Cuando yo era pequeña tenía una gata de un tipo vulgar, matizada con varios tonos

de gris, lista con aquel sentido felino, desconfiado y agresivo que tienen los gatos.

Mi gata vivía pariendo, y cada vez era la misma tragedia: yo quería quedarme con

todos los gatitos y tener un verdadero gaterío en casa. Ocultándomelo, repartían los gatitos

no sé entre quiénes.

Hasta que el problema se hacía más agudo pues yo protestaba demasiado por la ausencia

de los gatitos. Y entonces, un día, mientras yo estaba en la escuela, regalaron a mi gata.

Mi fatal impresión fue tal que me enfermé en cama con fiebre.

Para consolarme me regalaron un gato de paño, lo cual para mí era irrisorio: ¿cómo aquel

objeto muerto y blando y “cosa” podría alguna vez sustituir la elasticidad de una gata viva?

Hablando de gatos vivos, un amigo mío no quiere saber más de gatos, se hartó de ellos para

siempre después de tener una gata con periódicos ataques: eran tan fuertes sus instintos,

tan imperativos, que en la época de celo, después de largos maullidos gimientes que resonaban

por toda la manzana, se ponía de repente medio histérica y se lanzaba de arriba de un

tejado, lastimándose toda en el piso.

“Creo en la Cruz”, se persignó una empleada a quien le conté el hecho.

De la lenta y polvorienta tortuga que carga su pétreo caparazón, no quiero hablar.

Este animal que existe desde la era terciaria, dinosáurico, no me interesa: es demasiado estúpido,

no entra en relación con nadie, ni consigo mismo. El acto de dos tortugas no debe tener calor

ni vida.

Sin ser científico, me aventuro a pronosticar que la especie dentro de unos pocos milenios va

a terminarse.

Sobre gallinas y sus relaciones entre ellas mismas, con las personas y sobre todo con su

gravidez de huevo, escribí toda la vida, y sobre monos también hablé.

De adulta, tuve un perro mestizo que le compré a una mujer de pueblo en medio del bullicio

de una calle de Nápoles porque sentí que había nacido para ser mío, lo que también él sintió

con enorme alegría, al seguirme de inmediato ya sin saudade de su ex dueña, sin siquiera

mirar hacia atrás, moviendo la cola y lamiéndose.

Pero es una historia larga, la de mi vida con ese perro que tenía cara de mulato-malandro

brasileño, a pesar de haber nacido y vivido en Nápoles, y a quien di el rebuscado nombre de

Dilermando por lo que en él había de presumidamente simpático y de bachiller de principios

de siglo.

De este Dilermando tendría mucho que contar. Nuestras relaciones eran tan estrechas,

su sensibilidad estaba de tal modo unida a la mía que él presentía y sentía mis dificultades.

Cuando yo estaba escribiendo a máquina, se quedaba medio echado a mi lado, exactamente

como la figura de la esfinge, dormitando.

Si yo dejaba de teclear por haber encontrado un obstáculo y me quedaba desanimada, él de

inmediato abría los ojos, levantaba alto la cabeza, me miraba, con una de las orejas paradas,

esperando.

Cuando yo resolvía el problema y seguía escribiendo, se acomodaba de nuevo en su somnolencia

poblada de sueños —porque los perros sueñan, lo comprobé.

Ningún ser humano me dio jamás la sensación de ser tan totalmente amada como lo fui sin

restricciones por este perro.

Cuando mis hijos nacieron y crecieron un poco, les dimos un perro enorme y bello, que

pacientemente dejaba que el niño se le subiera sobre el lomo y que, sin que nadie lo hubiera

instruido, vigilaba mucho la casa y la calle, despertando de noche a todos los vecinos con

sus ladridos de advertencia.

Les di a mis hijos pollitos amarillos que marchaban pegados a nosotros, embrollando nuestros

pasos, como si fuéramos la mamá gallina, aquellas cositas mínimas carecían de madre como

los humanos.

Les di también dos conejos, patos, monos: es que las relaciones entre hombre y bicho son

singulares, no sustituibles por ninguna otra.

Tener bichos es una experiencia vital. Y a quien no convivió con un animal le falta cierto tipo

de intuición del mundo vivo.

Quien se rehúsa a la visión de un bicho tiene miedo de sí mismo.

Pero a veces me erizo ante un bicho. Sí, a veces siento el mudo grito ancestral dentro de mí

al estar con ellos: me parece que ya no sé quién es el animal, si yo o el bicho, y me confundo

toda, me quedo con miedo de encarar mis propios instintos apagados que, ante el bicho,

me veo obligada a asumir, exigentes como son, qué se ha de hacer, pobres de nosotros.

Conocí a una mujer que humanizaba a los bichos, conversando con ellos, prestándoles

sus propias características.

Pero yo no humanizo a los bichos, creo que es una ofensa —hay que respetarles la naturaleza—

soy yo quien me animalizo.

No es difícil, viene de un modo simple, es sólo no luchar en contra, es sólo entregarse.

Pero, yendo a lo más profundo, llego muy pensativa a la conclusión de que no existe nada

más difícil que entregarse totalmente.

Esta dificultad es uno de los dolores humanos.

Tomar un pajarito en el cuenco medio cerrado de la mano es terrible.

Despavorido agita desordenada y velozmente las alas, de repente se tiene en la mano

semicerrada millares de alas finas debatiéndose en su crispación, y de repente se vuelve

intolerable y se abre de prisa la mano liberándolo, o se lo entrega de prisa al dueño para

que le dé la mayor libertad relativa de una jaula.

A los pájaros los quiero en los árboles o volando pero lejos de mis manos.

Tal vez algún día, en contacto más prolongado en Largo do Boticário con los pájaros

de Augusto Rodrigues, llegue a ser íntima de ellos, y pueda gozar de su levísima presencia.

(“Gozar de su levísima presencia” me da la sensación de haber escrito una frase

completa para decir exactamente lo que es, es graciosa la sensación, no sé si tengo o no razón

pero eso ya es otro problema.)

No se me ocurriría nunca tener una lechuza. Pero una amiguita mía encontró en tierra en la

floresta de Santa Teresa un pichón de lechuza, solo, falto de madre.

Lo llevó a su casa, lo abrigó, lo alimentó, le hablaba con susurros, y descubrió que le

gustaba la carne cruda.

Cuando se fortaleció era de esperar que huyera de inmediato pero se demoró en ir en

busca de su propio destino, el de reunirse a los de su raza: es que se había aficionado esa

extraña ave a mi amiguita.

Se resistió mucho, se notaba: se alejaba un poco y enseguida volvía.

Hasta que en un arranque, como si estuviera en lucha consigo mismo, se liberó volando

hacia las profundidades del mundo.

 

 

 

 

 

 

bichos (I)

 

 

 

Às vezes me arrepio toda ao entrar em contato físico com bichos ou com a simples visão deles.

Pareço ter certo medo e horror daquele ser vivo que não é humano e que tem os nossos mesmos

instintos, embora mais livres e mais indomáveis. Um animal jamais substitui uma coisa por outra,

jamais sublima como nós somos forçados a fazer. E move-se, essa coisa viva! Move-se

independente, por força mesmo dessa coisa sem nome que é a Vida.

Fiz notar a uma pessoa que os animais não riem, e ela me falou que Bergson tem uma

anotação a respeito no seu ensaio sobre o riso. Embora às vezes o cão, tenho certeza, ri, o sorriso se

transmite pelos olhos tornados mais brilhantes, pela boca entreaberta arfando, enquanto o rabo

abana. Mas o gato não ri nunca. No entanto sabe brincar: tenho longa prática de gatos. Quando eu

era pequena tinha uma gata de espécie vulgar, rajada de vários tons de cinza sabida com aquele

senso felino, desconfiado e agressivo que os gatos têm. Minha gata vivia parindo, e cada vez era a

mesma tragédia: eu queria ficar com todos os gatinhos e ter uma verdadeira gataria em casa.

Ocultando de mim, distribuíam os filhotes não sei para quem. Até que o problema se tornou mais

agudo pois eu reclamava demais a ausência dos gatinhos. E então, um dia, enquanto eu estava na

escola, deram minha gata. Meu choque foi tamanho que adoeci de cama com febre. Para me

consolarem presentearam-me com um gato de pano, o que era para mim irrisório: como é que

aquele objeto morto e mole e “coisa” poderia jamais substituir a elasticidade de uma gata viva?

Por falar em gata viva, um amigo meu não quer mais saber de gatos, encheu-se para sempre

deles depois que teve uma gata em periódica danação: eram tão fortes os seus instintos, tão

imperativos, que na época de cio, depois dos longos miados plangentes que ecoavam pelo

quarteirão, ficava de repente meio histérica e se jogava de cima do telhado, machucando-se toda

no chão. “Cruz credo”, benzeu-se uma empregada a quem contei o fato.

Da lenta e empoeirada tartaruga carregando seu pétreo casco, não quero falar. Esse animal

que nos vem da era terciária, dinossáurico, não me interessa: é por demais estúpido, não entra em

relação com ninguém, nem consigo próprio. O ato de amor de duas tartarugas não deve ter calor

nem vida. Sem ser cientista, aventuro-me a prognosticar que a espécie vai daqui a poucos milênios

acabar.

Sobre galinhas e suas relações com elas próprias, com as pessoas e sobretudo com sua

gravidez de ovo, escrevi a vida toda, e falar sobre macacos também já falei.

Mulher feita, tive um cachorro vira-lata que comprei de uma mulher do povo no meio do

burburinho de uma rua de Nápoles porque senti que ele nascera para ser meu, o que ele também

sentiu em alegria enorme, imediatamente me seguindo já sem saudade da ex-dona, sem sequer

olhar para trás, abanando o rabo e me lambendo. Mas é uma história comprida, a de minha vida

com esse cão que tinha cara de mulato-malandro brasileiro, apesar de ter nascido e vivido em

Nápoles, e a quem dei o nome rebuscado de Dilermando pelo que nele havia de pernosticamente

simpático e de bacharel do começo do século. Desse Dilermando eu teria muito a contar. Nossas

relações eram tão estreitas, sua sensibilidade estava de tal modo ligada à minha que ele pressentia e

sentia minhas dificuldades. Quando eu estava escrevendo à máquina, ele ficava meio deitado ao

meu lado, exatamente como a figura da esfinge, dormitando. Se eu parava de bater por ter

encontrado um obstáculo e ficava muito desanimada, ele imediatamente abria os olhos, levantava

alto a cabeça, olhava-me, com uma das orelhas de pé, esperando. Quando eu resolvia o problema e

continuava a escrever, ele se acomodava de novo na sua sonolência povoada de que sonhos –

porque cachorro sonha, eu vi. Nenhum ser humano me deu jamais a sensação de ser tão

totalmente amada como fui amada sem restrições por esse cão.

Quando meus filhos nasceram e cresceram um pouco, demos-lhes um cão enorme e belo,

que pacientemente deixava o menino lhe montar o dorso e que, sem que ninguém o tivesse

incumbido, vigiava por demais a casa e a rua, acordando de noite todos os vizinhos com seus

latidos de advertência. Dei a meus filhos pintinhos amarelos que andavam rente atrás de nós,

embaralhando-nos os passos, como se fôssemos a galinha-mãe, aquela coisa mínima carecia de

mãe como os humanos. Dei também dois coelhos, dei patos, dei micos: é que as relações entre

homem e bicho são singulares, não substituíveis por nenhuma outra. Ter bicho é uma experiência

vital. E a quem não conviveu com um animal falta um certo tipo de intuição do mundo vivo.

Quem se recusa à visão de um bicho está com medo de si próprio.

Mas às vezes me arrepio vendo um bicho. Sim, às vezes sinto o mudo grito ancestral dentro

de mim quando estou com eles: parece que não sei mais quem é o animal, se eu ou o bicho, e me

confundo toda, fico ao que parece com medo de encarar meus próprios instintos abafados que,

diante do bicho, sou obrigada a assumir, exigentes como são, que se há de fazer, pobre de nós.

Conheci uma mulher que humanizava os bichos, conversando com eles, emprestando-lhes suas

próprias características. Mas eu não humanizo os bichos, acho que é uma ofensa – há de respeitar

lhes a natura – eu é que me animalizo. Não é difícil, vem simplesmente, é só não lutar contra, é só

entregar-se.

Mas, indo bem mais fundo, chego muito pensativa à conclusão de que não existe nada mais

difícil que entregar-se totalmente. Essa dificuldade é uma das dores humanas.

Segurar um passarinho na concha meio fechada da mão é terrível. Ele espavorido esbate

desordenadamente e velozmente as asas, de repente se tem na mão semicerrada milhares de asas

finas se debatendo esvoaçantes, e de repente se torna intolerável e abre-se depressa a mão

libertando-o, ou entrega-se-o depressa ao dono para que este lhe dê a maior liberdade relativa de

uma gaiola. Enfim, pássaros eu os quero nas árvores ou voando mas longe de minhas mãos. Talvez

algum dia, em contato mais continuado no Largo do Boticário com os pássaros de Augusto

Rodrigues, eu venha a ficar íntima deles, e a gozaar-lhes a levíssima presença. (“Gozar-lhes a

levíssima presença” me dá a sensação de ter escrito frase completa por dizer exatamente o que é, é

engraçada a sensação, não sei se estou ou não com razão mas isso já é outro problema.)

Ter uma coruja nunca me ocorreria. Mas uma amiguinha minha achou por terra na mata

de Santa Teresa um filhote de coruja, todo sozinho, à míngua de mãe. Levou-o para casa,

aconchegou-o, alimentou-o, dava-lhe murmúrios, terminou descobrindo que ele gostava de carne

crua. Quando ficou forte era de se esperar que fugisse imediatamente mas demorou a ir em busca

do próprio destino, o de reunir-se aos de sua raça: é que se afeiçoara essa estranha ave à minha

amiguinha. Relutou muito, via-se: afastava-se um pouco e logo voltava. Até que num arranco,

como se estivesse em luta consigo mesmo, libertou-se voando para as profundezas do mundo.