clarice lispector

 

revelación de un mundo

descoberta do mundo

 

 

 

 

traducción: Amalia Sato

Adriana Hidalgo editora 2005

Buenos Aires

 

 

 

 

 

de la naturaleza de un impulso

o entre los números uno

o la computadora

 

 

 

 

 

Sé que lo que voy a contar es difícil, pero ¿qué voy a hacerle, si se me

ocurrió con tanta naturalidad y precisión? Es así:

No era nada más que un impulso. Para ser más exacta, era sólo impulso,

y no un impulso.

No se puede decir que este impulso mantenía a la mujer porque mantener

recordaría un estado y no se podría hablar de estado cuando el impulso lo

que hacía era llevarla continuamente.

Es claro que, por la costumbre de llegar, ella hacía que el impulso la llevara

alguna parte o a algún acto.

Lo que daba una ligerísima incomodidad de traición a la naturaleza intransitiva

del impulso.

Sin embargo, no se puede ni lejanamente hablar de gratuidad del impulso,

sólo por haber hablado de algo intransitivo.

Con el hábito de “comprar y vender”, actos que permiten el suspiro de una

conclusión, terminamos pensando que aquello que no se concluye, lo que

no se termina, acaba en cabo suelto, queda interrumpido.

Cuando, en verdad, el impulso iba siempre. Lo cual, nuevamente, puede 

llevar a querer suponer el problema de distancia: iba lejos o cerca. Y adónde.

Cuando esto por cierto ya caería en el caso del que hablamos antes, sobre

la ligerísima incomodidad que resulta de confundir la aplicación del impulso

con el impulso propiamente dicho. No, no quiere decir que la aplicación

del impulso provoque malestar. Por el contrario, el impulso no aplicado durante

un cierto tiempo puede convertirse en uno de una intensidad cuya incomodidad

sólo se alivia con una aplicación fáctica de aquél.

Después de que la intensidad se alivia, lo que nosotros llamaríamos residuo de

impulso ya no es residuo, sino impulso propiamente dicho —es el impulso sin

la carga del llanto (llanto en el sentido de acumulación, acumulación en el sentido

de cantidad superpuesta), es el impulso sin la urgencia (urgencia en el sentido de

modificación de ritmo del tiempo, y, en verdad, modificación de ritmo es 

modificación del tiempo en sí).

Pero, considerando que nosotros somos un hecho, es decir, que cada uno de

nosotros es un hecho —al menos, ¿cómo lidiar con nosotros mismos sin, como

andamio necesario, no tratarnos como a un hecho?—, como estaba diciendo,

considerando que cada uno de nosotros es un hecho, la tendencia es transformar

lo que es (existe) en hechos, en transformar el impulso en su aplicación.

Y hacer que lo atonal se vuelva tonal. Y dar un finito al infinito, en una serie de

finitos (infinito no se usa aquí como cantidad mensurable, sino como cualidad

inmanente).

La gran aflicción viene porque, por larga que sea la serie de finitos, ella no agota

la calidad residual de infinito (que en realidad no es residual, es el propio infinito).

El hecho de no agotar no acarrearía ninguna aflicción si no existiera la confusión

entre ser y el uso del ser.

El uso del ser es temporal, aunque parezca continuo: es continuo en el sentido

en que, acabado un uso, aparece inmediatamente otro.

Pero la verdad es que sería más correcto decir: aparece mediatamente y no

inmediatamente: incluso entre el número uno y el número uno, hay, como se

puede adivinar, un uno.

Ese uno, entre los dos unos, sólo podría llamarse residuo si quisiéramos

llamar arbitrariamente a los dos números uno más importantes que el “uno

entre”.

Ese “uno entre” es atonal, es impulso.

Como se puede imaginar, la mujer que estaba pensando en eso no estaba

en absoluto propiamente pensando. Estaba lo que se dice absorta, ausente.

Tanto que, tras un determinado instante en que su ausencia (que era un

pensamiento profundo, profundo en el sentido de no pensable y no decible),

tras un determinado instante en que su ausencia flaqueó por un instante,

ella sucumbió al uso de la palabra-pensada (que la transformó en hecho),

a partir del momento en que ella se hizo acto por un segundo en pensamiento

—ella se enganchó un instante en sí misma, se perturbó un segundo como

un sonámbulo que rozara su libertad en una silla, suspiró un instante, en parte

involuntariamente para aliviar lo que se había vuelto de algún modo intenso,

en parte voluntariamente para apresar su propia metamorfosis en hecho.

El hecho (que la hizo suspirar) en que ella se transformó era el de una mujer

con una escoba en la mano. Una infinitesimal rebelión tuvo lugar en ella —no,

como se podría concluir, por ser ella el hecho de una mujer con una escoba

en la mano— sino la infinitesimal rebelión, incluso agradable (pues aire en

movimiento es brisa) en, de manera general, su aplicarse.

Aplicarse era una canalización, canalización era una necesaria limitación,

limitación un necesario desconocer de lo que hay entre el número uno y el

número uno.

Como se dijo, rebelión ligeramente agradable, que se fue intensificando más

y más agradable, hasta que la aplicación de sí misma en sí misma se volvió

tremendamente agradable —y, con el propio atonal, ella se convirtió en lo que

se llama música, vale decir, lo audible.

Naturalmente sobró, como en la boca sobra un gusto, la sensación atonal

del contacto atonal con el impulso atonal.

Lo que hizo que la mujer tuviera una expresión en los ojos que, en el acto,

era la de una vaca. Las cosas tienden a tomar la forma del hecho que se es

(el modo como lo que es se vuelve hecho es un modo infinitesimal rápido).

Con la escoba en una de las manos, pues, ella usó la otra mano para arreglarse

el cabello. Terminó de recoger con la escoba los trozos del vaso roto —en verdad,

la rotura inesperada del vaso es lo que había provocado artificialmente un finito,

y la había hecho deslizarse hacia el uno entre dos unos— terminó de recoger los

trozos con vivacidad de movimientos.

El hombre que estaba en la sala se dio cuenta de la vivacidad de movimientos,

no supo entender lo que había notado pero, como realmente lo había notado,

dijo por decir, sabiendo que no estaba expresando su propia percepción: el piso

ahora está limpio.

 

 

 

 

 

da natureza de um impulso

ou entre os números um

ou computador eletrônico

 

 

 

Sei que o que eu vou falar é difícil, mas que é que eu vou fazer, se me ocorreu com tanta naturalidade e precisão? É assim:

Não era nada mais que um impulso. Para ser mais precisa, era impulso apenas, e não um impulso. Não se pode dizer que este impulso mantinha a mulher porque manter lembraria um estado e não se poderia falar em estado quando o impulso o que fazia era continuamente levá-la.

É claro que, por hábito de chegar, ela fazia com que o impulso a levasse a alguma parte ou a algum ato. O que dava o ligeiríssimo desconforto de uma traição à natureza intransitiva do impulso. No entanto, não se pode nem de longe falar em gratuidade de impulso, apenas por se ter falado de alguma coisa intransitiva. Com o hábito de “comprar e vender”, atos que dão o suspiro de uma conclusão, terminamos pensando que aquilo que não se conclui, o que não se finda, fica em fio solto, fica interrompido.

Quando, na verdade, o impulso ia sempre. O que, de novo, pode levar a se querer presumir o problema de distância: ia longe ou perto. E aonde. Quando isso na verdade já cairia no caso em que falamos acima, sobre o ligeiríssimo desconforto que vem de se confundir a aplicação do impulso com o impulso propriamente dito. Não, não se quer dizer que a aplicação do impulso dá mal-estar.

Pelo contrário, o impulso não aplicado durante um certo tempo pode se tornar de uma intensidade cujo incômodo só se alivia com uma aplicação factual dele. Depois que a intensidade dele é aliviada, o que nós chamaríamos de resíduo de impulso não é resíduo, é o impulso propriamente dito – é o impulso sem a carga de choro (choro no sentido de acúmulo, acúmulo no sentido de quantidade superposta), é o impulso sem a urgência (urgência no sentido de modificação de ritmo de tempo, e, na verdade, modificação de ritmo é modificação do tempo em si).

Mas, considerando que nós somos um fato, quer dizer, cada um de nós é um fato – ou, pelo menos, como lidar conosco mesmos sem, como andaime necessário, não nos tratarmos como um fato? – como eu ia dizendo, considerando que cada um de nós é um fato, a tendência é transformarmos o que é (existe) em fatos, em transformarmos o impulso em sua aplicação.

fazermos com que o atonal se torne tonal. E darmos um finito ao infinito, numa série de finitos (infinito não é usado aqui como quantidade imensurável, mas como qualidade imanente). O grande desconforto vem de que, por mais longe que seja a série de finitos, ela não esgota a qualidade residual de infinito (que na realidade não é residual, é o próprio infinito). O fato de não esgotar não acarretaria nenhum desconforto se não fosse a confusão entre ser e o uso do ser. O Uso do ser é temporário, mesmo que pareça continuado: é continuado no sentido em que, acabado um uso, segue-se imediatamente outro. Mas a verdade é que seria mais certo dizer: segue-se mediatamente e não imediatamente: até entre o número um e o número um, há, como se pode adivinhar, um um. Esse um, entre os dois uns, só se chamaria de resíduo se quiséssemos chamar arbitrariamente os dois números um mais importantes que o “um entre”. Esse “um entre” é atonal, é impulso.

Como se pode imaginar, a mulher que estava pensando nisso não estava absolutamente pensando propriamente. Estava o que se chama de absorta, de ausente. Tanto que, após um determinado instante em que sua ausência (que era um pensamento profundo, profundo no sentido de não-pensável e não-dizível), após um determinado instante em que sua ausência fraquejou por um instante, ela sucumbiu ao uso da palavra-pensada (que a transformou em fato), a partir do momento em que ela factualizou-se por um segundo em pensamento – ela se enganchou um instante em si mesma, atrapalhou-se um segundo como um sonâmbulo que esbarra sua liberdade numa cadeira, suspirou um instante, parte involuntariamente para aliviar o que se tornara de algum modo intenso, parte voluntariamente para apressar sua própria metamorfose em fato.

O fato (que a fez suspirar) em que ela se transformou era o de uma mulher com uma vassoura na mão. Uma revolta infinitesimal passou-se nela – não, como se poderá concluir, por ela ser o fato de uma mulher com uma vassoura na mão – mas a infinitesimal derrota, até agradável (pois ar em movimento é brisa) em, de um modo geral, aplicar-se. Aplicar-se era uma canalização, canalização era uma necessária limitação, limitação um necessário desconhecer do que há entre o número um e o número um.

Como se disse, revolta ligeiramente agradável, que se foi intensificando em mais e mais agradável, até que a aplicação de si mesma em si mesma se tornou sumamente agradável – e, com o próprio atonal, ela se tornou o que se chama música, quer dizer, audível. Naturalmente sobrou, como na boca sobre um gosto, a sensação atonal do contato atonal com o impulso atonal. O que fez a mulher ter uma expressão de olhos que, factualmente, era a de uma vaca. As coisas tendem a tomar a forma do fato que se é (o modo como o que é se torna fato é um modo infinitesimal rápido). Com a vassoura numa das mãos, pois, ela usou a outra mão para ajeitar os cabelos. Acabou de reunir com a vassoura os cacos do copo quebrado – na verdade, o quebrar-se inesperado do copo é o que havia dado artificialmente um finito, e a fizera deslizar para o um entre os dois uns – acabou de reunir os cacos com vivacidade de movimentos. O homem que estava na sala percebeu a vivacidade dos movimentos, não soube entender o que percebera mas, como realmente percebera, disse tentativamente, sabendo que não estava exprimindo sua própria percepção: o chão está limpo agora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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