clarice lispector

 

revelación de un mundo

 

 

a descoberta do mundo

traducción: Amalia Sato

Adriana Hidalgo editora

octubre de 2005

Buenos Aires

 

 

 

 

escándalo inútil

 

 

 

Sé que corro el riesgo de escandalizar a lectoras y lectores.

No sé explicar por qué, más a los lectores que a las lectoras.

¿Cómo empezar, sino por el principio? Y el principio es un poco brutal. Prepárense.

Yo simplemente entrevisté a una dueña de pensión de mujeres, de una casa de las llamadas de mala vida.

Lo dije.

Les aseguro sin embargo que no deben temer: mis motivos eran y son límpidos. Soy inocente.

No puedo contar cómo conseguí el número de teléfono y el nombre de ésta que pasaré a llamar “doña Y” —no deseo identificarla para no causarle problemas con la policía, si es que no los tiene. Conseguí el número de teléfono, le telefoneé.

Al principio de nuestra conversación hubo un mínimo de desconfianza de su parte: no sabía bien lo que yo quería, y sólo Dios sabe lo que pensó que yo quería. Pero enseguida ya me decía: “pues sí, mi bien”.

Le dije que tenía muchas ganas de conocerla personalmente, y si podíamos tomar un té juntas, donde ella me dijera. Sugirió que yo fuera a verla a su casa. Preferí, “mi bien”, que no.

Tampoco sé por qué combinó un encuentro conmigo frente a la Farmacia Jaci, en la Plaza José de Alencar.

Es, por otra parte, un lugar pésimo: pasan hombres a granel y sospechan de lo que está haciendo una mujer allí parada.

¿Mis motivos para desear conocerla? Es que fui una adolescente confusa y perpleja que tenía una pregunta muda e intensa: “¿cómo es el mundo? y ¿por qué este mundo?”.

Después fui aprendiendo muchas cosas. Pero la pregunta de la adolescente siguió muda e insistente.

¿Y qué aprendí en la tierra, bastándome para eso abrir un poco mis ojos estrechos?

Vi que el problema de la prostitución es obviamente de orden social.

Pero, detrás de él, también, hay otro profundo: es que muchos hombres prefieren pagar, precisamente para no tener afecto ni sentimiento, precisamente para humillar y ser humillados.

Huirle al amor es un hecho. Se paga para huir. Hasta el hombre casado quiere, a veces, sostener la casa para transformar a la esposa en objeto pago.

Bien. La mañana del día en que me encontraría con doña Y, le telefoneé. Pero dijo que estaba por ir al médico. Le pregunté qué tenía.

Tenía lo que toda dueña de pensión de mujeres forzosamente debía tener: el corazón enfermo. Quedé en llamarla más tarde. Costó: el teléfono siempre ocupado, Dios sabe en qué, y nosotros también: se trata de una casa de familia, como me dijo, y muy discreta, motivo por el cual los encuentros se combinan por teléfono. Al final logré la comunicación y doña Y dice: estoy peor, voy a acostarme, llámeme a las cuatro de la tarde.

Pensé: no se me va a morir esta criatura antes de que yo la vea. 

No. No me fue fácil decidirme a verla. Al primer contacto telefónico me agarré un dolor de cabeza violento que se me pasó sólo después de que comprendí que era causado por la idea de que yo cometía un pecado. Esa noche, además, tuve una pesadilla en la cual doña Y me decía que era leprosa. Y yo no quería tocarla. Me desperté asustada. ¿Por qué entonces seguí con la obstinación de querer verla? Porque yo tenía que buscar la respuesta imposible de responder. 

Me quedé una hora y media frente a la Farmacia Jaci. Y nada. Volví a casa, la llamé, ella me dijo que me había esperado media hora. Perdí el interés. Pasaron semanas sin que yo ni siquiera me acordara de ella. Pero soy de las que desean ir hasta el fin de lo que quieren. Le telefoneé de nuevo. Y de nuevo el encuentro combinado frente a la Farmacia Jaci. Esta vez ella quiso que fuera a las diez de la mañana; de tarde estaba muy ocupada.

Esperé un poco. Por la mañana sólo pasan mujeres con bolsas de compras. Ella vino vestida tal como me había avisado. Y era distinguida.

Probablemente más distinguida que yo, que no necesito aparentar distinción.

Enseguida me empezó a explicar que su casa era realmente de familia. Que la persona que cuidaba de los negocios era un cuñado viudo, que tampoco él vivía solamente con eso. Le pregunté más tarde si ganaba algo. Me dijo que no. Mentira. Fuimos a tomar un refresco en una casa de té que estaba abriendo a esa hora, y pedí lo que ella pidió: jugo de uva.

Oh Dios, pero qué cosa sin gracia. Ella tiene una hija que estudia ballet. Ya por falta de temas, hablamos de incendios. Dijo que había sufrido varios, pero que había lanzado el colchón incendiado por la ventana.

Lo más gracioso es que le caí bien. Dijo: ahora que nos conocemos, telefonéeme siempre para charlar un poco. Pensé: nunca, no me interesa.

Me dijo que, pobrecitos, los hombres necesitan de un lugar seguro.

Que afortunadamente el Mangue se había acabado. El Mangue era algo malo. Sí.

¿Qué más digo? Nada. Ella tenía todavía tiempo para quedarse, yo también. Pero la que se levantó para irse fui yo. Y pagué los jugos de uva. Ese día perdí el apetito para el almuerzo.

¿Qué esperaba yo al final? ¿La pregunta adolescente había muerto? ¿El mundo carece de gracia? ¿O soy yo la sin gracia? ¿O es doña Y la sin gracia? Probablemente todo.

Sentí que el día se había arruinado.

Un amigo mío, a quien le había contado el tipo de encuentro que quería tener, me había dicho sin espantarse y tranquilo: es ahí donde entra la escritora. Pero es que no soy escritora. Soy una persona que estaba interesada por el mundo. Y que, por lo menos ese día, ya no lo estaba. E incluso sin apetito. 

Ah, ella me dijo que el tipo de chicas que buscan esta clase de trabajo quieren mucho dinero y que eso es horrible. Vaya obviedad. Y hasta aquí llega la entrevista que falló. Todos nosotros fallamos casi siempre.

 

 

 

 

 

escândalo inútil

 

 

 

Sei que corro o risco de escandalizar leitoras e leitores.

Não sei explicar por quê, mais aos leitores que as leitoras.

Como começar, senão pelo princípio? E o início é um pouco brutal.

Preparai-vos. Eu simplesmente entrevistei uma dona de pensão de mulheres, de uma chamada casa suspeita.

Está dito. Asseguro-vos porém que não deveis me temer: meus motivos eram e são límpidos. Sou inocente.

Não posso contar como consegui o número do telefone e o nome daquela que passarei a chamar de “dona Y”

– não desejo identificá-la para não lhe causar problemas com a polícia, se é que os há. Consegui o número do

telefone, telefonei-lhe.

No começo de nossa conversa houve um mínimo de desconfiança da parte dela: não sabia bem o que eu queria,

e só Deus sabe o que pensou que eu queria. Mas em breve já me dizia: “pois é, meu bem.” Disse-lhe que tinha

muita vontade de conhecê-la pessoalmente, e se podíamos tomar chá juntas, onde ela marcasse. Sugeriu que

eu fosse vê-la na sua casa. Preferi, “meu bem”, que não.

Também não sei por que marcou encontro comigo defronte da Farmácia Jaci, na Praça José de Alencar. É, aliás,

um ponto péssimo: passam homens em penca e não sabem o que uma mulher parada está fazendo ali.

Meus motivos de ter vontade de conhecê-la? É que fui adolescente confusa e perplexa que tinha uma pergunta

muda e intensa: “como é o mundo? e por que esse mundo?”

Fui depois aprendendo muita coisa. Mas a pergunta da adolescente continuou muda e insistente.

E o que foi que aprendi na terra, bastando-me para isso abrir um pouco meus olhos estreitos? Vi que o problema

da prostituição é obviamente de ordem social. Mas, atrás dele, também, há outro profundo: é que muitos homens

preferem pagar, exatamente para não terem afeto nem sentimento, exatamente para humilharem e serem humilhados.

A fuga ao amor é um fato. Paga-se para fugir. Até homem casado gosta, às vezes, de sustentar a casa para

transformar a esposa em objeto pago.

Bem. Na manhã do dia em que eu me encontraria com dona Y, telefonei-lhe. Mas disse que estava de saída para

o médico. Perguntei o que tinha. Tinha o que toda dona de pensão de mulheres por força devia ter: coração doente.

Fiquei de chamá-la mais tarde. Foi um custo: telefone ocupadíssimo, Deus sabe com que e nós também: trata-se

de casa de família, como me disse, e muito reclusa, motivo pelo qual os encontros são combinados por telefone.

Afinal consegui a ligação e dona Y diz: estou pior, vou-me deitar, telefone às quatro da tarde.

Pensei: não me vá essa criatura morrer antes de eu vê-la. Não. Não me foi fácil decidir-me a vê-la.

Ao primeiro contato telefônico arranjei uma dor de cabeça violenta que só passou depois que entendi que era

causada pela ideia de que eu cometia um pecado.

Nessa noite, ainda, tive um pesadelo no qual dona Y me dizia ser leprosa. E eu não queria tocá-la. Acordei

assustada. Por que então continuei na obstinação de querer vê-la? Porque eu tinha que procurar a resposta

irrespondível.

Fiquei hora e meia defronte da Farmácia Jaci. E nada. Voltei para casa, telefonei-lhe, ela me disse que me

esperara meia hora. Perdi o interesse. Passaram-se semanas sem eu sequer lembrar-me dela. Mas sou

daquelas que deseja ir até o fim do que quer. Telefonei-lhe de novo. E de novo o encontro marcado defronte

da Farmácia Jaci.

Dessa vez ela quis que fosse às dez horas da manhã, de tarde estava ocupada demais. Esperei um pouco.

De manhã só passam mulheres com sacos de compras. Ela veio vestida como me avisara. E é distinta.

Provavelmente mais distinta do que eu, que não preciso aparentar distinção.

Foi logo me explicando que sua casa era mesmo de família. Que a pessoa que cuidava dos negócios era um

cunhado viúvo, e que também esse não vivia só daquilo. Perguntei mais tarde se ela ganhava alguma coisa.

Disse que não. Mentira.

Fomos tomar um refresco numa casa de chá que estava se abrindo naquela hora, e pedi o que ela pediu:

suco de uva.

Oh Deus, mas que coisa sem graça. Ela tem uma filha que estuda balé. Já por falta de assunto, falamos de

incêndios. Disse ela que sofrera vários, mas jogara o colchão incendiado pela janela.

O mais engraçado é que ela gostou de mim. Disse: agora que nos conhecemos, me telefone sempre para

conversarmos um pouco. Pensei: nunca, não me interessa.

Disse-me que, coitadinhos, os homens precisam é de um lugar seguro. Que felizmente o Mangue acabara.

O Mangue era ruim. Pois é.

Que mais digo? Nada. Ela ainda tinha tempo de ficar, eu tinha tempo. Mas quem se levantou para ir embora

fui eu. E paguei os sucos de uva. Nesse dia perdi a fome para o almoço.

Que afinal esperava eu? A pergunta da adolescente morrera? O mundo é sem graça? Ou eu

sou sem graça? Ou dona Y é sem graça? Tudo provavelmente. Senti que eu estava com aquele dia

estragado.

Um amigo meu, a quem eu contara a espécie de encontro que eu pretendia ter, dissera-me sem espanto e

tranquilo: é aí que entra a escritora. Mas é que não sou escritora. Sou uma pessoa que estava interessada

pelo mundo. E que, pelo menos naquele dia, não estava mais.

Até sem fome

Ah, ela me disse que o tipo de moças que procuram esse gênero de trabalho querem muito dinheiro e isso

é horrível. Mas que coisa óbvia.

E aqui fica a entrevista que falhou.

Nós todos falhamos quase sempre.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

5 Comentarios

  1. Me gustaría que alguien agrandara mi ignorancia sugiriéndome donde, en realidad quiero decir cómo, debería leer a y sobre C. Lispector.

  2. Justo: soy Narciso. No sé si esa pregunta, o petición, tiene una respuesta general; me temo
    que no. Así que voy a decirte lo que me salga como me salga.
    Supongo que conocí a clarice lispector con los 2 primeros libritos de relatos que se publicaron en
    España: Silencio y Felicidad clandestina. Aunque eran realmente un aperitivo -Silencio tiene unas 60 páginas-
    prendieron la mecha del mercado.
    Leí un prólogo de Cristina Peri Rossi, que era la traductora, donde decía aquello de Clarice: digo lo que tengo
    que decir sin literatura. Sin saberlo, ya estaba envenenado. Después leí los libritos, me gustan más los cuentos
    extraños, atípicos de Clarice: seco estudio de caballos, relación de la cosa, alguno de la legión extranjera.
    Lo demás es historia. Tardé bastante a leer la pasión según GH.
    Si quieres leer sobre, recientemente encontré un monográfico, que empecé a colgar aquí, de la revista de la
    Universidad Complutense de Madrid, Espéculo, puede ser el número 53. La gente que tuvo la iniciativa del monográfico
    ama a Clarice. Para mí es excesivo, no me interesa apenas la teoría Clarice, me basta con leerla: relatos primero, novelas
    después y los artículos de Descubrimiento de un mundo y tal, para no perder el contacto Clarice, es una escritora muy
    cálida, [me] llega mucho.
    No te puedo decir mucho más, pero tú mismo, por aquí estamos para lo que podamos hacer por ti o, simplemente, para
    comentar la experiencia Clarice.

    Un saludo (cordial)

    Narciso

    Mmmm: Perdonando a Dios, Dónde estuviste de noche, Es allí adonde voy…

    • Gracias por tu respuesta. “Digo lo que tengo que decir sin literatura” es muy esclarecedor y es todo un propósito ético que te lleva a preguntarte por la literatura y los gestos y el estilo.
      Le doy vueltas a lo de Perdonando a Dios … De noche estuve perdido en las calles escenificando preguntas sin respuesta Después una brutal y terrible resaca y lo que creía revelaciones. Sé que estuve vivo.
      No podría perdonar a Dios pero me gustaría hacerle sonreír con mi manera de hacer el tonto.
      Gracias otra vez Narciso, gracias por compartir.

  3. Gracias a ti, Justo.
    No voy a destripar el relato de Perdonando a Dios, pero en un momento dado,
    Clarice dice -más o menos-: hay poca gente, pocas personas que hayan perdonado
    de verdad a dios, sin guardársela para más tarde.

    Es mucha Clarice.

    Un saludo

    Narciso

  4. Justo: es decir, que Clarice también te envenenó con eso de escribir sin literatura y
    además con esas observaciones, preguntas, asuntos que deja caer como si nada:
    parece que tuviste lo que se podría llamar una experiencia clarice en toda regla,
    porque suelen ser experiencias muy peculiares que quedan en memoria ram o rem
    o en las dos.

    Bien, bien. Un saludo. Veremos si ya te deja en paz sigue destilando en ti su poderoso
    veneno… jejjejjej

    Un abrazo

    Narciso

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