UNA AMISTAD SINCERA

No es que fuésemos amigos desde hacía mucho tiempo. Nos conocimos tan sólo en el último año de la escuela. Desde

ese momento estábamos juntos a cualquier hora. Hacía tanto que necesitábamos a un amigo que nada había que no nos

confiáramos el uno al otro. Llegamos a un punto de amistad en que ya no podíamos esconder un pensamiento: en seguida

uno llamaba por teléfono al otro, marcando una cita inmediata.

Después de la charla, nos sentíamos tan contentos como si nos hubiéramos regalado a nosotros mismos. Ese estado

de comunicación continua llegó a tal exaltación que, el día en que nada teníamos para confiamos, buscábamos con cierta

aflicción un asunto. Sólo que el asunto tenía que ser serio, pues no cabría en cualquiera la vehemencia de la sinceridad

experimentada por primera vez.

Ya en ese tiempo aparecieron las primeras señales de perturbación entre nosotros. Algunas veces uno llamaba por

teléfono, nos encontrábamos, y nada teníamos que decirnos. Éramos muy jóvenes y no sabíamos quedarnos callados. Desde

el principio, cuando comenzó a faltarnos tema, intentamos comentar sobre las personas.

Pero bien sabíamos que ya estábamos adulterando el núcleo de la amistad. Tratar de hablar sobre nuestras mutuas

novias también estaba fuera de la cuestión, pues un hombre no hablaba de sus amores. Probamos quedamos callados; pero

nos poníamos inquietos a poco de separarnos.

Mi soledad, a la vuelta de tales encuentros, era grande y árida. Llegué a leer libros tan sólo para poder hablar de ellos.

Pero una amistad sincera deseaba la sinceridad más pura. Buscándole, comenzaba a sentirme vacío. Nuestros encuentros

eran cada vez más decepcionantes. Mi sincera pobreza se revelaba poco a poco. También él, yo lo sabía, había llegado al

punto muerto de sí mismo. Fue entonces cuando, habiéndose mudado mi familia para São Paulo, y viviendo él solo, pues su

familia era de Piauí, fue entonces cuando lo invité a vivir en nuestro apartamento, que había quedado bajo mi custodia. Qué

alborozo de alma. Radiantes, arreglábamos nuestros libros y discos, preparábamos un ambiente perfecto para la amistad.

Después de que todo estuvo listo, henos aquí dentro de casa, de brazos caídos, mudos, llenos tan sólo de amistad.

Queríamos tanto salvar al otro. La amistad es materia de salvación. Pero todos los problemas ya habían sido tratados,

todas las posibilidades estudiadas. Tan sólo teníamos esa cosa que habíamos buscado sedientos hasta entonces y finalmente

encontrado: una amistad sincera. Único modo, sabíamos, y con qué amargura lo sabíamos, de salir de la soledad que un espíritu

encierra en el cuerpo.

Pero cómo se nos revelaba sintética la amistad. Como si quisiéramos desparramar en un largo discurso una evidencia que

una palabra agotaría. Nuestra amistad era tan insoluble como la suma de dos números: inútil querer desarrollar para más de un

momento la certeza de que dos y tres son cinco. Intentamos organizar algunas juergas en el apartamento, pero no sólo los

vecinos protestaron, sino que no sirvió de nada.

Si al menos pudiéramos hacernos favores uno al otro. Pero no había oportunidad ni creíamos en pruebas de una amistad

que no precisaba de ellas. Lo más que podíamos hacer era lo que hacíamos: saber que éramos amigos. Cosa que no bastaba

para llenar los días, sobre todo las largas vacaciones.

Data de esas vacaciones el comienzo de la verdadera aflicción.

Él, a quien yo nada podía dar más que mi sinceridad, él llegó a ser una acusación de mi pobreza. Para colmo, la soledad de

uno al lado del otro, oyendo música o leyendo, era mucho mayor que cuando estábamos solos. Y, por encima de todo, incómoda.

No había paz. Yendo después cada uno hacia su cuarto, con alivio ni nos mirábamos.

Es verdad que hubo una pausa en el curso de las cosas, una tregua que nos dio más esperanzas de las que en realidad

cabría esperar. Fue cuando mi amigo tuvo un pequeño problema con la alcaldía. No es que fuese grave, pero nosotros lo hicimos

grave para usarlo mejor. Porque entonces ya habíamos caído en la facilidad de hacernos favores.

Anduve entusiasmado por las oficinas de los conocidos de mi familia, consiguiendo influencias para mi amigo. Y cuando

comenzó la fase de sellar papeles, corrí por toda la ciudad: puedo en conciencia decir que no hubo firma que se legalizase sin

ser a través de mi mano. En esa época nos encontrábamos de noche en casa, exhaustos y animados: contábamos las hazañas

del día, planeábamos los ataques siguientes.

No profundizábamos mucho en lo que estaba sucediendo, bastaba que todo eso tuviese la marca de la amistad. Creí

comprender por qué los novios se hacen regalos, por qué el marido se empeña en dar comodidades a la esposa, y ésta le prepara

afanosa la comida, por qué la madre exagera los cuidados al hijo. Fue, por otra parte, en ese periodo cuando, con algún sacrificio,

di un pequeño broche de oro a la que hoy es mi mujer. Sólo mucho tiempo después iba a comprender que estar también es dar.

Terminado el problema con la alcaldía —de paso sea dicho, con nuestra victoria—, seguimos uno al lado del otro, sin

encontrar aquella palabra que entregaría el alma. ¿Entregaría el alma? Pero a fin de cuentas, ¿quién quería entregar el alma?

Vaya, vaya.

Finalmente, ¿qué queríamos? Nada. Estábamos fatigados, desilusionados.

Con el pretexto de unas vacaciones con mi familia, nos separamos. Por otra parte, también él se iba a Piauí. Un apretón de

manos conmovido fue nuestro adiós en el aeropuerto. Sabíamos que no nos veríamos más, sino por casualidad. Más que eso:

que no queríamos volver a vernos. Y sabíamos también que éramos amigos. Amigos sinceros.

UMA AMIZADE SINCERA

Não é que fôssemos amigos de longa data. Conhecemo-nos apenas no último ano da escola. Desde esse momento

estávamos juntos a qualquer hora. Há tanto tempo precisávamos de um amigo que nada havia que não confiássemos um

ao outro.

Chegamos a um ponto de amizade que não podíamos mais guardar um pensamento: um telefonava logo ao outro,

marcando encontro imediato. Depois da conversa, sentíamo-nos tão contentes como se nos tivéssemos presenteado a nós

mesmos. Esse estado de comunicação contínua chegou a tal exaltação que, no dia em que nada tínhamos a nos confiar,

procurávamos com alguma aflição um assunto. Só que o assunto havia de ser grave, pois em qualquer um não caberia a

veemência de uma sinceridade pela primeira vez experimentada.

Já nesse tempo apareceram os primeiros sinais de perturbação entre nós. Às vezes um telefonava, encontrávamo-nos,

e nada tínhamos a nos dizer. Éramos muito jovens e não sabíamos ficar calados. De início, quando começou a faltar assunto,

tentamos comentar as pessoas.

Mas bem sabíamos que já estávamos adulterando o núcleo da amizade. Tentar falar sobre nossas mútuas namoradas

também estava fora de cogitação, pois um homem não falava de seus amores.

Experimentamos ficar calados – mas tornávamo-nos inquietos logo depois de nos separarmos.

Minha solidão, na volta de tais encontros, era grande e árida. Cheguei a ler livros apenas para poder falar deles. Mas uma

amizade sincera queria a sinceridade mais pura. A procura desta, eu começava a me sentir vazio. Nossos encontros eram cada

vez mais decepcionantes. Minha sincera pobreza revelava-se aos poucos. Também ele, eu sabia, chegara ao impasse de si

mesmo.

Foi quando, tendo minha família se mudado para São Paulo, e ele morando sozinho, pois sua família era do Piauí, foi

quando o convidei a morar em nosso apartamento, que ficara sob a minha guarda. Que rebuliço de alma. Radiantes, arrumávamos

nossos livros e discos, preparávamos um ambiente perfeito para a amizade. Depois de tudo pronto – eis-nos dentro de casa, de

braços abanando, mudos, cheios apenas de amizade.

Queríamos tanto salvar o outro. Amizade é matéria de salvação.

Mas todos os problemas já tinham sido tocados, todas as possibilidades estudadas. Tínhamos apenas essa coisa que havíamos

procurado sedentos até então e enfim encontrado: uma amizade sincera. Único modo, sabíamos, e com que amargor sabíamos,

de sair da solidão que um espírito tem no corpo. Mas como se nos revelava sintética a amizade. Como se quiséssemos espalhar

em longo discurso um truísmo que uma palavra esgotaria. Nossa amizade era tão insolúvel como a soma de dois números: inútil

querer desenvolver para mais de um momento a certeza de que dois e três são cinco.

Tentamos organizar algumas farras no apartamento, mas não só os vizinhos reclamaram como não adiantou. Se ao menos

pudéssemos prestar favores um ao outro. Mas nem havia oportunidade, nem acreditávamos em provas de uma amizade que

delas não precisava. O mais que podíamos fazer era o que fazíamos: saber que éramos amigos. O que não bastava para encher

os dias, sobretudo as longas férias.

Data dessas férias o começo da verdadeira aflição.

Ele, a quem eu nada podia dar senão minha sinceridade, ele passou a ser uma acusação de minha pobreza. Além do mais,

a solidão de um ao lado do outro, ouvindo música ou lendo, era muito maior do que quando estávamos sozinhos. E, mais que

maior, incômoda. Não havia paz.

Indo depois cada um para seu quarto, com alívio nem nos olhávamos. É verdade que houve uma pausa no curso das coisas,

uma trégua que nos deu mais esperanças do que em realidade caberia. Foi quando meu amigo teve uma pequena questão com a

Prefeitura. Não é que fosse grave, mas nós a tornamos para melhor usá-la. Porque então já tínhamos caído na facilidade de

prestar favores. Andei entusiasmado pelos escritórios dos conhecidos de minha família, arranjando pistolões para meu amigo.

E quando começou a fase de selar papéis, corri por toda a cidade – posso dizer em consciência que não houve firma que se

reconhecesse sem ser através de minha mão.

Nessa época encontrávamo-nos de noite em casa, exaustos e animados: contávamos as façanhas do dia, planejávamos os

ataques seguintes. Não aprofundávamos muito o que estava sucedendo, bastava que tudo isso tivesse o cunho da amizade.

Pensei compreender por que os noivos se presenteiam, por que o marido faz questão de dar conforto à esposa, e esta prepara-lhe

afanada o alimento, por que a mãe exagera nos cuidados ao filho.

Foi, aliás, nesse período que, com algum sacrifício, dei um pequeno broche de ouro àquela que é hoje minha mulher. Só

muito depois eu ia compreender que estar também é dar.

Encerrada a questão com a Prefeitura – seja dito de passagem, com vitória nossa -continuamos um ao lado do outro, sem

encontrar aquela palavra que cederia a alma. Cederia a alma? mas afinal de contas quem queria ceder a alma? Ora essa.

Afinal o que queríamos? Nada. Estávamos fatigados, desiludidos.

A pretexto de férias com minha família, separamo-nos. Aliás ele também ia ao Piauí. Um aperto de mão comovido foi o

nosso adeus no aeroporto. Sabíamos que não nos veríamos mais, senão por acaso. Mais que isso: que não queríamos nos

rever. E sabíamos também que éramos amigos. Amigos sinceros.

Lispector, Clarice, 1925-1977

Felicidade clandestina: contos / Clarice Lispector

Rio de Janeiro: Rocco, 1998

EDITORA ROCCO LTDA.

Rio de Janeiro, RJ

estabelecimento do texto

MARLENE GOMES MENDES

(Dra. em Literatura Brasileira pela USP /

Profa. de Crítica Textual da UFF)

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

1974, Lispector, Clarice

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275


 

 

 

 

 

 

 

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