concha garcía

 

los días de la reminiscencia

 

C u a d e r n o s  d e

A L D E E U

        

Tengo un mueble en mi apartamento que dispone de una serie de repisas interiores.

En una de ellas guardo una antigua caja de latón de tamaño mediano lleno de fotografías. Allí está la caja y aquí estoy yo -seguramente está bien colocada porque no la tengo demasiado a mano-. De alguna manera, su existencia dentro del mueble mantiene a mi disposición una reserva de pasados detenidos que voluntariamente puedo revisar o dejar allí sin que me molesten demasiado. Los muebles, que casi siempre disponen de un lugar fijo en el espacio de una vivienda, quizás para contrastar nuestra versatilidad, suelen contener parte de la memoria convertida en objetos.

Hace poco, una tarde de domingo ociosa, me tentó la idea de ordenar el interior del mueble y cuando vi la caja sentí cierta ternura hacia mi, sobre todo, hacia todas las que yo había sido. Multiplicada en diferentes escenas las fotos esparcidas acreditaban una sucesión de personas y de tiempos vibrantes. Con el paso de los años aquellas fotos no carecían de un aura envolvente que me transmitía simultáneamente la alegría de haber vivido y una gran pesadumbre por la misma razón. De manera que no estaba sola sino que la soledad era un espejo que me devolvía otras soledades. Sentí perplejidad ante la caja de fotografías alimentada por el temor de que me devolviese, en fragmentados fogonazos de luz y sombra, el tiempo irremediablemente perdido.

El mueble, metáfora del desván, se convierte en la guarida de las pérdidas, como los galeones yacentes en el fondo del mar, que siglos después de su hundimiento, se niegan a desaparecer del todo para constatar que fueron portadores de otras existencias.

Según cuenta Walter Benjamín, el historiador de arte alemán, Alfred Lichtwark, opinaba hace un siglo que ninguna obra de arte se contempla en nuestro tiempo con tanta atención como los retratos de uno mismo, o de los parientes próximos, o de los amigos a quienes hemos amado. Y no le faltaba razón. Sin embargo, con las nuevas tecnologías, es imposible ese ensimismamiento porque las fotos se multiplican en el ordenador sin permitir la detención que exige la fotografía impresa.

 

 

 

Pero me sitúo en ese desván que todavía se resiste a desaparecer flotando en el cronotopo donde se diluye el espacio y el tiempo. Nadie mejor que un poeta puede dar cuenta de lo que estoy diciendo.

Correspondencias

(fragmento)

La Naturaleza es un templo de pilares vivientes

que a veces deja salir sus confusas palabras;

el hombre la atraviesa entre bosques y símbolos

que le observan con miradas familiares.

Como los largos ecos que de lejos se mezclan

en una tenebrosa y profunda unidad

vasta como la luz, como la noche vasta,

los perfumes, colores y sonidos se responden.

Charles Baudelaire

Las fotografías no guardaban orden alguno. Tampoco pertenecían a una época determinada de mi vida. Estaban amontonadas caprichosamente y encerraban distintas escenas con diferentes personas cuyos rostros, irrecuperables, perversamente asomaban en la cartulina como si de una afrenta se tratara. Yo misma estaba ahí. Veinte, treinta años más joven. Me sobrecogí preguntándome si había perdido todo aquello realmente.

Wallace Stevens, el poeta banquero de vida ordenada que escribió algunos de los mejores poemas de su tiempo, dijo que el poeta siente con abundancia la poesía de todo. En efecto, la poesía refleja el eco de lo que no se repite, y nos gusta porque detiene el tiempo y quizás por eso también nos transforma en seres melancólicos. La melancolía dejó de estar de moda y ahora se le llama depresión. Quien la padece puede aliviarla con ciertos fármacos. La melancolía es una ola del alma, una nostalgia de la que se reciben los ecos en el arte y en la literatura. El estado melancólico es la condición del pensamiento. Con alguna poesía nos llegan saberes de lejos, como si también fuesen tuyos; o experiencias que te conmueven habiéndolas experimentado otro. Quien escribe poesía lo sabe. Sabe que padece de un saber que le duele. Por eso cuando siente el dejà vu llega también un instante gozoso donde el tiempo cae derrotado de su estructura ordenada y lógica, y el pensar, acostumbrado a deambular bajo el mismo ritmo de ir hacia delante, también se desordena. Al poeta se le cae algo. Eso que cae es el poema.

La lógica en la que nos parece que se ordena el mundo llega hasta la conciencia y la mente reprime que la sensación del dejà vu abra paso a las realidades encerradas en las cajas de los días, sin dejarlas salir en un vuelo libre de prejuicios. Pero a veces se produce el milagro: lo que llamamos presente se refleja de un modo tan exacto en el pasado que la percepción retorna instantáneamente a sí misma en forma de recuerdo.

Constaté, ante la visión de algunas fotografías, la extraña movilidad sujeta a cambios incesantes en la que transcurre nuestra vida. De alguna manera, gracias a la poesía, yo quería detener el tiempo, más bien exorcizarlo de su inmediatez. El poema se convertía en una instantánea del estado del alma.

Roland Barthes dejó escrito que la fotografía repite mecánicamente lo que nunca podrá repetirse existencialmente. En su ensayo sobre la fotografía hace referencia a las fotos que aparentemente no tienen nada sorpresivo excepto el lógico paso del tiempo, y lo que más le sorprendía, lo que de alguna manera veía que transmitían algunas fotos, era algo que se escapaba a la lógica. Es lo que él llama la punzada. Una especie de pinchazo, de mini herida que se desvela al mirar la fotografía, como si un detalle aparentemente nimio contuviese lo sorprendente e inaudito, dejando la realidad a contraluz en una “esto fue y no fue,” como si sacásemos el envoltorio de un paquete que dejamos olvidado en algún lugar tiempo atrás.

En una fotografía estoy entre mis padres. Soy un bebé de apenas un año. A mi padre no se le ve más que una parte de la mano. Mi pequeño vestido la semioculta. Mi madre me rodea con el brazo izquierdo. La mano derecha se apoya sobre su falda. De esa foto me punza la pérdida de juventud de mis padres, acaso más que la niña que allí se refleja en la que no me reconozco. ¿Soy yo esa? Mirando la foto un vuelco de tiempo me anuda el corazón y la realidad se desvanece en mero recuerdo haciéndome sentir el primer escalofrío de la pérdida, como escribí en un poema mucho antes de contemplar aquella fotografía con tanta intensidad.

Los rostros de mis padres me devuelven una historia de la que estoy ausente: la de cuando se conocieron. ¿Cómo se puede tener melancolía de un tiempo que no has vivido? En un libro volvía a encontrar la respuesta: “Lo que busco realmente es la infancia misma, tal y como sabía manejaría la mano que colocaba las letras en el atril, donde se enlazaban unas con otras. La mano aún puede soñar el manejo, pero nunca podrá despertar para realizarlo realmente. Así más de uno soñará en cómo aprendió a andar. Pero no le sirve de nada. Ahora sabe andar, pero nunca jamás volverá a aprenderlo” (Walter Benjamin)

Nunca más volveré a aprender a mirar el mundo como entonces. Me hiere un sentimiento de estar viva ya irrecuperable.

Escribir comenzó siendo un ejercicio donde recuperaba aquellos instantes que curiosamente la memoria seleccionaba entre los de mayor dolor. El poema puede captar esos tiempos siempre que los hayas olvidado y regresen de nuevo para mostrarte la lógica del deseo. Forma una ruta en la que te internas rozando el fondo de ti misma. 

 

 

         

Al escribir recuperaba el impulso, la curiosidad, y en algunos casos descubría el cadáver de mis propios gestos inútiles. La poesía se ocupa de eso. Es imposible fingir la realidad: el amor, el dolor, el duelo, el deseo, la ausencia, los celos, el abarrotamiento de sentimientos que oscilan en nuestra memoria no se inventan aunque haya una gran dosis de ficción. La realidad no es otra cosa. El poema, al contrario que la fotografía, repite existencialmente lo que nunca podrá repetirse mecánicamente.

La aparición del impulso del poema puede darse en cualquier momento y por supuesto en cualquier lugar: le antecede una sacudida emotiva, una certeza de algo que va más allá del lenguaje meramente comunicativo. Nunca me ha gustado la poesía social, esa poesía que da cuenta del detalle pormenorizado de una realidad exterior. Por ejemplo cuando alguien se ha levantado una mañana con dolor de cabeza y en el poema nos intenta explicar la causa de dicho dolor: una situación laboral desagradable, el abandono de un ser querido, o el deseo de escapar de uno mismo y del mundo porque no lo soporta. Puede hacer varias cosas con esa certeza o pensamiento, pero si escribe un poema debería ir más allá. Hacer sentir al lector una comprensión vital de dos realidades que se tejen al unísono lo más lejos posible de la racional premisa causa-efecto.

         

Regresemos a la caja de fotografías. Las separo por tiempos. En aquella llevo un jersey de lana azul celeste que me gustaba mucho. De los recuerdos construimos realidades caprichosas y nos hacemos la ilusión de que la fidelidad de los mismos se mantiene en el tiempo. Sería imposible recordarlo todo (pienso en el relato de Borges, Funes el memorioso). Me deleito en la contemplación de la joven sentada sobre un banco ante un recortado río Sena. ¿En qué pensaba? ¿Qué había soñado? ¿Qué cené aquella noche? Me miro y no soy yo. Pero sí soy yo. Una sensación de ser otra y la misma me envuelve agradablemente.

El pensamiento racional niega la repetibilidad del pasado y sostiene, si bien con cierto disgusto, la irreversibilidad del tiempo y la caducidad de todas las cosas. El tiempo no avanza en una dirección. Así lo constatan algunos poemas. La importancia de re-vivir la misma sensación a través de los años, sin la proximidad del sujeto que la padece, porque ya no es el que era, forma un arco de tiempo simultáneo. Me refiero a que esa división: pasado / presente / futuro, no existe. El poema consigue convocar la unidad temporal.

                       

Despertares

Mariano, 29 de junio de 1916

Cada uno de mis momentos

lo he vivido

otra vez

en una época honda

fuera de mí.

Estoy lejos con mi memoria

detrás de esas vidas perdidas

Me despierto en un baño

de queridas cosas cotidianas

sorprendido

y dulcificado.

Persigo las nubes

que se disuelven suavemente

con los ojos atentos

y me acuerdo

de algún amigo

muerto.

¿Qué es Dios?

Y la criatura

aterrada

abre desmesuradamente los ojos

y acoge

gotitas de estrellas

y la llanura muda.

Y se siente

revivir.

G. Ungaretti, El tiempo sepultado

 

 

   

Por cada “yo” que jamás ha sido uno, ni tampoco muchos, sino siempre uno que es muchos, y muchos que siguen siendo uno, ha andado mi curiosidad. No se puede negar que los pensamientos llegan secuenciados en una inmovilidad palpitante. Se salta de lugar a lugar con gran habilidad. Es fácil estar alrededor de la mesa junto a tus hermanas, o sentada ante la ventanilla de un tren mirando el anochecer anunciado por la irrupción a lo lejos del brillo de las luces. O volver a caminar por el aeropuerto buscando a la persona que amas. Las escenas fotografiadas (o pensadas) se acumulan en una dispersión ilógica pero reconocible. Los espacios se alternan con los tiempos y en ellos aparece siempre la presencia de esa lejanía a la que no llegas y en la que recuerdas haber estado. Ya estuve ahí, dices mirándola. Como en el relato “El otro,” Jorge Luis Borges se reconoce a sí mismo en el joven que silba, sentado en su mismo banco. ¿A sí mismo?: No, al otro sí mismo: al Jorge Luis Borges de cuando en 1918 vivía (¿vivía o vive?), o a la vez: ¿vivía y vive? en Ginebra desde hacía catorce años en la casa de la calle Malognou. O en la ciudad de Buenos Aires, cuando era un niño, o después, en cualquiera de sus viajes.

Me coloco ante el pasado no para interrogarlo, sino para volver a estar ahí. En ese “vivió” y vive simultaneado, engarzado, real y delirante. Un eterno retorno sin pruebas de que vaya a realizarse de nuevo. Los jirones de la realidad cuarteada titilan en esas escenas que no dejan de sincronizarse mientras la conciencia está al acecho.

Ante el escaso alivio que la filosofía proporciona cuando buscas respuestas inmediatas, prefiero la abierta pregunta que se interroga en el poema.

La poesía deja constancia de esos sustratos de tiempos detenidos y cambiantes y descubren, como si le robásemos a la cama las sábanas, los temidos y recordados anhelos.

Saqué de la caja otra fotografía en la que sostengo un libro: Ayer y calles. Cuando escribí el poemario, a principios de los años noventa, estaba totalmente identificada con mi voz poética. Mi personaje y yo vivíamos en perfecta armonía. El poema me daba la oportunidad de ser otra en espacios urbanos de Barcelona (autobuses, bares, cafés, un dormitorio, ventanas, máquinas de tabaco, automóviles) donde sentía que la soledad emanaba de aquellos lugares simbolizados en los poemas. Mi soledad estaba construida de literatura y de vida, y en ella se prolongaba haciéndome sentir en perfecta armonía. Según Proust, es cosa del azar que cada uno cobre una imagen de sí mismo para poder adueñarse de su experiencia. Resulta difícil ahora re-vivirme en aquella soledad. Recuerdo que atraída entre la prosa (melancólica) de Baudelaire y la escéptica mirada de un Pessoa dividido en varias personalidades, me recreaba en las calles acompañada de una multitud. Los ecos de sus poemas exaltaban la conciencia de existir para la muerte, y la emoción que surgía, enmarañada al pasado en un complejo nudo, me devolvía el presente con una gastada patina de óxido. Sin duda aquella experiencia provocaba una angustia propia de los que se quedan sin palabras para decir lo que quieren decir.

¿Acaso la imaginación alargaba su sombra mucho más allá de lo previsible? El libro del Desasosiego era mi compañero. La muchacha que abría el libro en un autobús urbano repetía con el protagonista: “Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mi y mi?”

Sensación de ser otra: esa escisión es siempre el punto desde donde empezar el poema. La compañía que me ofrecía aquel libro difícilmente me la podía dar otra cosa. O sí: la obtención de más libros. Pero ¿qué libros buscaba? O mejor dicho, ¿qué estaba buscando? Consciente de que mi subjetividad me gastaba malas pasadas porque siempre estaba anhelante, la búsqueda era una razón para vivir. En su reverso estaba el cotidiano movimiento de la monotonía en una oficina con horario partido. 

     

Gracias a la poesía yo salía de las paredes de mi realidad y podía asomarme a otras, que sin saberlo entonces, no eran más que el eco de una intimidad que coincidía con la intimidad de los otros. Como ha dejado muy bien expresado la poeta uruguaya Ida Vitale en una entrevista le dice al poema: “¿Qué pediría si tuviera que pedir?”:

Austin

(fragmento)

Todo es suma de partes

debería aprender cuáles forman

esto que avanza

o retrocede inescrutable

por la ajena ciudad que me ha aceptado

en sus misterios inasibles:

distancias aún no sumadas y tatuajes,

pocos susurros, arrebatos dementes,

prescindibles noticias aventadas

el oído que caigan,

algo vago que reemplaza las almas.

Ida Vitale

Y ante la pregunta con insistencia de Pessoa, responde Walter Benjamín: “El hada respecto de la cual se tiene derecho a un deseo, existe para todos. Lo que pasa es que muy pocos recuerdan el deseo que han expresado; de modo que, así, pocos son quienes en el curso de su existencia se dan cuenta de su cumplimiento.” Perverso destino. Cada instante se cumple y sin saberlo, se sabe. El poeta lo sabe.

 

Es infinita esa riqueza abandonada

Esa mano no es la mano ni la piel de tu alegría

al fondo de las calles encuentran siempre otro cielo

tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas

nunca terminará esa infinita riqueza abandonada

nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido

después del rostro hay otro rostro

tras la marcha de tu amante hay otra marcha (…)

Edgar Bayley (fragmento)

Cierro Ayer y calles y saco otra fotografía. Estoy con una mujer. Sonreímos junto a otras personas. La vida parece brillar en toda su extensión. No existen límites. La reminiscencia de aquella felicidad me llega y todavía sonrío ante la fotografía con dulzura, sin rencor. Las copas de vino que se reproducen en la foto aún me pertenecen, están dentro de la vitrina. Otro arco de tiempo. Recuerdo y percepción andan juntos. “La formación del recuerdo nunca es posterior a la formación de la percepción, sino simultánea a ella. A medida que se crea la percepción, a su lado se dibuja el recuerdo, como la sombra junto al cuerpo. Pero lo normal es que la conciencia no lo perciba, de la misma manera que el ojo no vería nuestra sombra si la iluminase cada vez que se vuelve hacia ella (Bergson). El dejà vu surge un instante y el poeta vuelve a tener la respuesta.

Advertencia

Si las pequeñas casas blancas

en el sur

por las que has andado

se te abren como capullos

llenos de sol

y te invitan.

Si el mundo

recién despellejado

te llama a salir de casa

enviándote a la puerta

en un unicornio

ensillado.

Entonces debes arrodillarte como un niño

al pie de tu cama

y pedir con humildad.

Si todo te invita,

ése es el momento

en que todo te abandona.

Hilde Domin

A diferencia de la experiencia onírica, escribe Demo Bodei, en el dejà vu uno se convierte en víctima de un sueño al revés, anulándose las diferencias entre los tres dimensiones del tiempo, es decir: lo que ha sido, lo que es, y lo que será. Aparece la sensación de que aquello ya lo viviste, la ciudad que se perfila en una postal que te enviaron hace muchos años, ya la visitaste. El perfil de los edificios alejándose desde el barco, ya lo viste. “Casi nunca había encontrado un lugar o una cosa cuya primera visión no fuese para mi un recuerdo” (Lamartine).

Cuando me preguntan por la utilidad de la poesía en estos tiempos donde ya no tiene cabida el ser melancólico (¿acabará desapareciendo entre las redes?), me sorprendo de la pregunta. La poesía nos da un conocimiento completo en sus estructuras cambiantes. El poema deja la condición humana al descubierto en lo oculto. En los momentos más críticos envuelve y penetra en nuestro ser vulnerable con un lenguaje que abarca lo realmente real. Incluso con sus trampas irónicas tiende su red al paso del tiempo sin atraparlo del todo. Aunque también es cierto que la poesía vive del olvido y los versos no son sentimientos sino experiencias. Hay que olvidarlos y tener la paciencia de que vuelvan.

De las fotografías sobresalen algunas de mayor tamaño. Las dejo a un lado. Me recreo en una de pequeño formato. Debo tener unos siete años. Estoy enfadada y no miro a la cámara. Llevo puesta una falta plisada muy corta y un jersey de lana con unos rombos que tricotaron las manos de mi madre. Se mezclan diversas sensaciones que desembocan en interrogarme acerca del tiempo que empleó mi madre en hacer el pequeño jersey; en la catedral de Barcelona que se ve a lo lejos; en las dos trenzas de mi cabello negro. ¿Qué sabe esa niña?

La confronto conmigo. ¿Qué sé yo ahora? El saber se diluye en una pregunta que no deja de ser poco esperanzadora: ¿qué será de mí?

Conciencia, espíritu, alma, lo que llamamos interioridad, todo eso está junto, unido por las cuerdas que ataban los antiguos paquetes. No hay movimiento de dedos si no existe el impulso. No me dirijo al supermercado sino lo he decidido antes. No me mueve el amor si no lo siento. El poema aclara mucho más que la filosofía y avanza en una dirección que se conjuga en un aquí y ahora (Barthes) de fugas constantes. Ese tiempo no es lineal, es centrípeto. Y a veces llega la respuesta sin haber formulado la pregunta . Para ello acudir a Rilke es recomendable.

 

Elegía VIII (fragmentos)

Lo que hay fuera lo sabemos por el semblante

del animal solamente, porque al temprano niño

ya le damos la vuelta y le obligamos a que mire

hacia atrás, a las formas, no a lo Abierto, que

en el rostro del animal es tan profundo. Libre de muerte.

A ella sólo nosotros la vemos; el animal libre

tiene siempre su ocaso, detrás de sí

y ante sí tiene a Dios, y cuando anda, anda

en la eternidad, como andan las fuentes.

Nosotros nunca tenemos, ni siquiera un solo día,

el espacio puro ante nosotros, al que las flores

se abren infinitamente. Siempre hay mundo

y nunca Ninguna Parte sin No: lo puro,

no vigilado que el hombre respira y sabe

infinitamente y no codicia. Cuando niño

se pierde en silencio en esto y le

despiertan violentamente. O aquel muere y es esto.

Pues cerca de la muerte uno ya no ve la muerte

e irá fijamente hacia fuera, quizás con una gran

mirada de animal […]

 

     

Sabemos que nos vamos a morir. Sabemos que esa distancia cada día es menor y sospechas que a medida que falten tus seres queridos, los hermanos de tu tiempo, no tendrás modo de compartir la soledad, porque la soledad es reflexiva. Lo que no sabes que sabes: eso es el poema.

En la escritura existe una correspondencia entre los estados simultáneos, y la conexión entre estos no es de causa-efecto sino de homología de fenómenos que ocurren en un mismo instante. Para ello se debe estar atenta. Muchas veces me han preguntado acerca de la génesis del poema. Hay que esperarlo, llega sin avisar. Pero llega rodeado de un resto de experiencias depuradas hasta la pura emoción. Se produce una empatía (de origen griego, que significa “sentir dentro”), la cual penetra en los significados secretos de las cosas. Es, como he dicho, una rara sensación de haber estado ya en el sitio donde jamás se ha estado.

La distancia entre la fotografía que miro, en el momento de mirarla, me hace sentir que, efectivamente, nunca estuve allí. Pero sí estuve. En un poema se deja constancia de ello. El poema nace cuando “sentir dentro” es el afuera convertido en palabras. Para que resuenen en otro debe haber una afinidad emocional que la pueda sentir no sólo los hermanos de tu tiempo. El poema da volteretas y sale de los racionales estudios generacionales. Escribí Dos poemas sobre la pobreza mirando una fotografía en la que estoy ante unas adelfas en el pueblo andaluz donde nací.

 

Dos poemas sobre la pobreza

Hay varios melocotones en su rama,

una longitud de cielo abarca

el sendero de árboles.

La niña hace en el suelo

un dibujo con hierba.

Si se replegasen las nubes, si hubiese

un poco de agua, si se inclinase

algún tronco. No lo parece.

Años más tarde. No, años no.

Fue al caérsele.

II

Lo mismo es en una habitación.

Objetos marcan su ruta.

Habría que dejar que el sol la inundase.

Eso piensa. Eso no piensa.

Resol en las áreas vacías.

Coincidencia. Las mondas del fruto

y todo el ahínco que pone

para que no se dispersen

en el plato.

Recuerdo que, cuando era niña, me gustaba mirar en un atlas las fotografías de algunos lugares del mundo que me llamaban la atención por sus imponentes paisajes captables, incluso a través del papel. Intentaba adentrarme en las fotos a fuerza de fijar la vista en un mismo punto en un ejercicio de concentración inconsciente. Estar dentro era lo que deseaba. Que no existieran seres o situaciones claramente delimitables. Estar dentro y estar fuera formaban parte del mismo campo conceptual y emocional . Cuando capto campos de fuerzas que varían de intensidad sé que en su interacción se producen ligeros cambios en la imperceptible existencia rotunda. En un mundo siempre en movimiento es absurdo detener el instante. La fotografía lo capta, el poema lo detiene. Una vez entras en el mismo vas a sentirte en ese día, y cada vez que lo leas, vas a estar atenta a la polisemia de su interpretación y capturamos sólo retazos de sentido.

 

Burt Norton

(fragmento)

En el punto fijo del mundo giratorio. Ni carnal ni sin carne.

Ni desde ni hacia, en el punto fijo, allí está la danza,

pero ni detención ni movimiento. Y no lo llaméis fijeza,

donde se reúnen pasado y futuro. Ni movimiento desde

ni hacia,

ni subida ni bajada. Excepto por el punto, el punto fijo,

no habría danza, y sólo está la danza.

Sólo puedo decir, ahí hemos estado; pero no puedo decir

dónde.

Y no puedo decir cuánto tiempo, pues eso es situarlo en

el tiempo.

T.S. Eliot

La mirada curiosa que recorría el bordeado irregular de algunos mapas me producía un desconocido placer. Aquellas impresiones, tiempo después, serían vividas con la misma intensidad. Estoy ante los acantilados de Rügen. La fotografía es pequeña y de mala calidad. Ha perdido luminosidad. Recuerdo que hice aquel viaje a finales de los años ochenta seducida por los espectaculares paisajes de David Friedrich. Estoy sonriente, como en casi todas. No hay pose. El deseo de la niña que miraba el atlas se ha realizado y allí estoy, ya adulta, dentro de un mapa de tiempo. Siento de nuevo la punzada melancólica. El tiempo ha pasado. No recuerdo quién dijo que lo esencial de la pérdida no es que yo pierda algo, sino que algo que es de mi propiedad y al mismo tiempo parte del mundo cambia su posición en el conjunto de cuanto existe, de tal modo que no solo se modifica su situación, sino también mi existencia. La pérdida llama la atención sobre la eterna inconstancia de la existencia. Un poliedro de yoes se superpone y me ratifico en el movimiento imperceptible del poema

 

La derrota da pruebas de que estamos vivos

Recuerdo dos horas seguidas.

Luego un abatimiento. Se filtraba

la luz, pero anochecía. Yo era otra.

¿Dónde estará aquella ropa?

Era la misma que soy ahora.

Menos cosas que recordar

menos vida, o más vida, o poca

vida. O ninguna vida por delante

ni hacia atrás. Mi vida. ¿Qué es mi vida?

Estaba sentada en otra silla, lo recuerdo,

estructura de madera recubierta de lona.

Sobre una mesa con un cristal resquebrajado

escribí un poema, ¿o era el mismo

poema? Un ansia de recordar

lo invade todo y decido escribir

cinco o seis poemas más. Me llevan

a raros lugares donde estuve. No sufro.

Sufría. ¿Mejor o peor? Abatimiento

porque recuerdo la misma soledad.

La misma soledad no me convierte en otra persona.

Será ese el hilo, mi fantasma, mi amor,

el que me eleva y me deshace, pero no

me perturba. Sería cuestión

de sentir distintas soledades. Varias soledades.

Que muchas soledades se agolpasen de pronto

para ir al supermercado, o sintiendo

deseos de ir al mar. Que todas las soledades

se dispersaran para confundir ésta tan real.

Y al ser tantas, podría elegir matices,

colores, estelas, varios poemas para varios estados

y no escribiría el mismo poema

al repetir esta exhalación que sólo oyen

ciertas solitarias al chafar la colilla

con la punta del zapato.

(Ayer y calles)

Muchos escritores y poetas han dejado constancia de ese dejà vu. La marcha en paralelo de lo que ha sido, lo que es y lo que será, anulando las diferencias, como vengo diciendo. He pasado épocas en las que leía poemas sangrantes, realistas, figurativos, dolorosos. La realidad de sus palabras no me afecta hoy como entontes. La pintora Maruja Mallo dijo que la medida del ser humano se da en el grado de soledad que puede soportar. Ya no se puede aprender, sólo estar más atenta, quizás, desprenderse, llegar a sentir el vacío que, según la estética taoísta, es una de las cualidades del ser.

 

“Porque el artista está perpetuamente tratando de arrebatar el tiempo al momento pasajero y construir un monumento al instante que se va. Una de las cualidades que busca el arte taoísta es esa rara sensación de haber estado en un sitio donde jamás se ha estado, de vislumbrar por un momento un estado fuera del tiempo, de penetrar los significados secretos de las cosas” (Luis Racionero).

Como en la poética de Verlaine, el significado oculto lo desvelan las palabras y esas palabras coexisten sin contradicción en la ambivalente muestra de metáforas que preconizan la impresión de una identidad total entre presente y pasado

Caleidoscopio (fragmento)

Una calle, en el corazón de una ciudad soñada

será como cuando uno ya ha vivido:

un instante muy vago y muy agudo

¡Oh, ese sol entre la bruma que se levanta!

¡Oh, ese grito en el mar, esa voz de los bosques!

Será como cuando se ignoran las causas:

un lento despertar después de varias metempsicosis:

las cosas serán más las mismas de antes

en esta calle, en el corazón de la mágica ciudad

donde organillos molerán danzas en las tardes,

en esta calle con gatos sobre aparadores de los cafés

y que atravesarán algunas bandas de música.

será tanto destino que uno creerá morir…

Paul Verlaine

 

Hay que prestar atención al regreso de palabras antiguas. Esas palabras que ya se han dicho y no dejan de oírse, como ecos de un mismo lenguaje, obliga al poeta a sentirse hermanado con el ángel de Rilke que apenas distingue entre pasado, presente y futuro; o entre los vivos y los muertos. En los poemas el tiempo no es el tiempo sino que es repetir contra la razón y el sentido para sacarnos del automatismo del pensamiento, de los juicios aprendidos y memorizados, para extrañificar y llevar el lenguaje al territorio de la música y de la pintura, dotarlo de intensidades repetidas podemos entender que la escritura poética se sitúa en el más alto grado de la comprensión.

La pérdida, inseparable de la existencia, construye un tiempo y un espacio de manera permanente. La escritura intenta, en mi caso, capturar algo de lo que fue y cierro la caja de latón de las fotografías recordando otro de mis poemas Perdí porque nunca supuse que ganar fuese algo.

(Noviembre-diciembre 2010)

OBRAS CITADAS

Baudelaire, Charles. Las Flores del mal. Ed. Alain Verjat y Luis Martínez de Merlo. Madrid: Cátedra, 2004.

Bailey, Edgar. Puentes / Pontes. Poesía argentina y brasileña contemporánea. Trs. Teresa Arijón y Jorge Monteleone. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2003.

Benjamin, Walter. Sobre la fotografía. Valencia: Pre-Textos, 2004.

Bergson, Henri. La evolución creadora. Buenos Aires: Cactus, 2007.

Domin, Hilde. Poemas. Tr. Hans Leopold Davi. Sant Cugat: El Bardo, 2002.

Eliot, T. S. Poesías reunidas (1909-1962). Tr. José María Valverde. Madrid: Alianza, 1984.

García, Concha. Ayer y calles. Madrid: Visor, 1995.

—. Acontecimiento. Barcelona: Tusquets, 2008.

Pessoa, Fernando. El libro del desasosiego. Tr. Ángel Crespo. Barcelona: Seix-Barral, Barcelona, 1984.

Racionero, Luis. Textos de estética taoísta. Madrid: Alianza, 2002.

Remo Bodei. Pirámides del tiempo. Valencia: Pre-textos, 2010.

Rilke, Rainer María. Elegías a Duino. Ed. Eustaquio Barjau. Madrid: Cátedra, 1993.

Verlaine, Paul. Obra poética completa. Tr. Ramón Hervás. Barcelona: Río Nuevo, 1980.

Ungaretti, Giuseppe. La alegría. Tr. Carlos Vitale. Montblanc: Igitur, 1997.

Vitale, Ida. Mella y Criba. Valencia: Pre-textos, 2010.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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