baudelaire: historia de un alma

1949

 

            Todavía hoy resulta muy fácil ser injusto con la poesía de Baudelaire, desde que todo gran poeta se adelanta a su tiempo pero negándose a renunciar a él, apoyándose con firmeza en su suelo para dar el salto.

Basta poner la crítica al nivel del terreno (París, 1850) para invalidar fundadamente mucho de Les Fleurs du Mal.

La injusticia está precisamente en tener una razón pedestre cuando el único plano posible debe ser el de la operación poética que transforma un golpe de talón (con sus salpicaduras) en un movimiento de puro curso aéreo. Es interesante advertir que la injusticia para con Baudelaire obedece hoy a motivos distintos de los contemporáneos; se presenta con mayor aparato crítico y avisada finura.

Brevemente cabría afirmar que el criterio revelado en el proceso de Les Fleurs du Mal veía en el libro una impureza extrapoética, una mezcla de inmoralidad y poesía; actualmente (y apoyándose paradójicamente en la gran lección baudeleriana) se reprocha a Les Fleurs ser una combinación inextricable, una poesía insalvablemente impura.

Nociones tales como «mal gusto» o «corrupción», se consideraban en 1857 actitudes morales y estéticas de Baudelaire; ahora se sospecha que sean caracteres de su obra. Aunque más fina, esta injusticia actual nacería de una insuficiente discriminación entre lo que la poesía baudeleriana refleja y lo que proyecta. Dicho de otro modo, entre lo que Les Fleurs tienen de relativo y de absoluto.

            Precisemos: entiendo por relativo la circunstancia histórica de Baudelaire, el hecho de coexistir con la declinación del romanticismo, con Hugo, Musset y Lamartine de un lado, Vigny en el centro, y Gautier, Leconte y Banville en el ala izquierda.

Pero estar inmerso en esa circunstancia y cometer otro tipo de faltas que las sancionadas por el gusto del tiempo, muestra ya en Baudelaire un lúcido rechazo de autoridades y su aceptación valerosa de una manera personal de ser. Este frecuente cobarde fue el más valiente de los poetas en un período de tantas entregas y ex-hijos pródigos. Mendiga críticas favorables, teme a Sainte-Beuve, pero escribe, publica y padece Les Fleurs; aspira a la Academia, a la vez que hace la crítica más lúcida y audaz sobre el arte de su tiempo.

De manera que los reparos relativos a su poesía deberán limitarse a la inevitable influencia periférica sobre una obra que, aun en lo peor, es original y nueva; a ciertos movimientos oratorios, alguna caída de compromiso (tipo Le Calumet de la Paix) y una exacerbación demasiado llena de escotillones.

Conviene señalarlo porque —pese a la situación magistral de Baudelaire en la poesía moderna— es frecuente oír reparos a Les Fleurs fundados en principios de pureza poética. Más razón tenían después de todo sus detractores de 1857, que hacían de su encono una cuestión moral antes que un interrogante poético.

Lo paradójico —lo apunté ya— es que el mismo Baudelaire pone las armas en las manos de quienes (pensando desde la enrarecida perspectiva de Mallarmé y su descendencia) denuncian la impureza de su obra; porque es él quien descubre de una vez para siempre la esencialidad incontaminable de la poesía; es él quien aprehende su misterio en el acto mismo de la formulación verbal; y si la ganga personal y circunstante le veda replicar exactamente a su intuición con su obra, es él quien nos alcanza, desde Les Fleurs du Mal, una poesía ya a salvo de todo malentendido futuro, de toda confusión con la estética o la ética.

Así es que, gracias a su herencia, estamos hoy en condiciones de encontrar impuro a Baudelaire; y la peor injusticia hacia el poeta consiste en circunscribir su importancia al famoso volumen, innegablemente vulnerado por el prodigioso avance de la poesía que él mismo desencadena. Su pureza excede el verbo, es motor espiritual mostrándose aquí y allá en poemas y críticas, iniciando el movimiento interno, de esencia a expresión y adherencia de ésta a aquélla, que signa el entero decurso de la poesía posterior a la suya.

 

        

            La riqueza del mundo baudeleriano es de las que no se dejan alcanzar fácilmente. Poco a poco, examinando la obra misma o midiendo la hondura de sus raíces por la variedad y número de sus frutos en el tiempo, se han desentrañado los elementos que su escasa producción escrita conjura. No me parece inútil resumir los que se proyectan con mayor fuerza sobre la conciencia poética de nuestro siglo, y constituyen la verdadera herencia de Les Fleurs du Mal.

En primer término, la situación humana de Baudelaire. En un país cuyo decurso poético había consistido en un benévolo regalo del Verbo a los oídos profanos, cuyos poetas procedían de arriba hacia abajo expidiéndose al modo olímpico aun en sus formas más modestas, y descendiendo con cada poema como Moisés con el decálogo, Baudelaire parece recoger el perdido signo que desde lo profundo le hace François Villon, y su conducta poética se ordena bajo el signo contrario; todo, temática, lenguaje, posición se instala resueltamente al nivel del suelo, que es el del hombre, y desde allí alza la flecha del poema. También el Olimpo puede ser un nivel humano, y Baudelaire lo sabía; pero no estaba dispuesto a dos cosas: a fingir que ése era su nivel como tanto vate mesiánico, y a producir una poesía que planeara en las nubes para terminar gimiendo por una tragedia más o menos doméstica (Lamartine, Vigny).

            Esta lealtad invariable se continúa en Baudelaire por rasgos que escandalizaron a sus coetáneos pero que son coherentes y necesarios: ordenación y postulado de un mundo poético donde lo gratuito (naturaleza, paisaje, «legumbres santificadas», puestas de sol al uso) fuera sustituido por productos del arte, por un artificio bien entendido: el hombre en su reino —aunque fuese un pobre reino—. El perceptible platonismo de Baudelaire en sus páginas críticas no lo aleja un solo instante del «laboratorio central». Su clara intuición de la trascendencia por la analogía, la teoría del símbolo tan inolvidablemente propuesta luego de su contacto con la obra de Poe, en nada lo inducen a recetarnos la permanencia áulica en el orden de las Ideas. Y si por la poesía tiene él la revelación de la inmortalidad del hombre, su decepcionada inteligencia lo lleva a adelantar, tantos años atrás, lo que es hoy razón de ser del surrealismo: el prestigio poético está en el deseo de apoderarse, sur cette terre même, de un paraíso revelado. Sólo que nuestra poesía entiende la conquista en términos de construcción.

  

            Creo que la lealtad a la condición humana en lo que tiene de más provisional y frágil, explica la grandeza de Baudelaire y lo levanta por sobre la tramoya romántica de muchas de sus concepciones. Creo también que es esa adherencia creadora (pese a la rémora de sus ideas pesimistas y cínicas, siempre más débiles que su infalible intuición poética) la que lo ha colocado en el inconmovible sitial de maestro de la poesía moderna.

«Él es la estatua de bronce en la plaza central de nuestra memoria», dijo bellamente Ramón, y en verdad la memoria colectiva de la poesía contemporánea lo lleva en su centro como el motor inmóvil de su rueda. El solo prestigio de sus poemas y la hondura teórica no hubieran valido a Baudelaire su lento pero incontenible ingreso en nuestra conciencia (¿conciencia?) poética.

El niño Rimbaud sospechaba en una carta famosa que la forma era «mezquina» en Baudelaire, pero dos líneas antes había visto en él al primer vidente, rey de los poetas, un verdadero Dios; ¿por qué?

Su ascendiente sobre el joven Mallarmé, su acceso al análisis de los críticos apasionados que explican y encomian sus descubrimientos a la generación cansada de los Faguet y compañía, ¿en qué secreta fuerza halla su movimiento?

Gide, Maritain, Valéry, han acumulado las más extraordinarias elucidaciones de ese misterio; creo que coinciden esencialmente al ver en Baudelaire el primer poeta moderno que busca el máximo de poesía con los medios más próximos, más adheridos a su humanidad, a su carnalidad, a su espiritualidad; sin acudir a esa fácil prostituta, la imaginación, sin treparse a los tejados en procura de un falso horizonte; sin fatigar el verbo más allá de su precisa correlación con el dictado poético. Este realismo último de Baudelaire, al recortar de la poesía todo lo que le sobraba y la enfangaba, permitió a su descendencia seguir sus caminos propios partiendo de una verdad que le daba fuerza y alimento. La marcha continúa.

 

            El trabajo de François Porche sobre el poeta será útil a quienes deseen ubicarlo históricamente y conocer con minucia las alternativas de su vida. En posesión de los elementos recientes de la investigación baudeleriana, Porche logra un retrato espiritual y anecdótico en el que ninguna gazmoñería estilo Paterne Berrichon viene a empañar nuestro contacto con el desdichado Baudelaire.

            Atento a ese encarnizado combate consigo mismo que arranca uno a uno los poemas y las prosas críticas, Porche examina analíticamente la evolución intelectual del poeta, las sutiles sustancias culturales que la condicionan; así, el capítulo VI de la cuarta parte, resume muy bien los elementos básicos de esa «nueva arte poética», y largas citas de importantes poemas o pasajes en prosa (correspondencia, crítica) se insertan a lo largo del volumen para que sea el mismo Baudelaire quien se explique.

Está ahí, naturalmente, lo peor y lo mejor del «homo dúplex» que el autor cree ver en su sujeto; la importancia de la madre del poeta en su evolución psíquica, los sucesivos ambientes por los que cruza solitario y evasivo, la guerra contra la idiotez ambiente, y, en especial, la fecunda revelación de Edgar Poe son estudiados acabadamente; además Porche conoce el especial valor de las figuras de segundo plano, de los amigos episódicos, y para todos tiene la ubicación justa y el párrafo revelador; su enfoque de M. Ancelle, por ejemplo, hace debida justicia al meritorio curador de Baudelaire.

            No me parece que el subtítulo de esta buena biografía —«Historia de un alma»— se justifique en el texto. Al alma de Baudelaire se accede por caminos no discursivos, y Porche es demasiado concienzudo para renunciar a un criterio histórico que lo lleva a excelentes resultados de conjunto, pero no más allá. Vemos vivir a Baudelaire, tocamos muy de cerca su dimensión humana, su inteligencia admirable, su sensibilidad de desollado. El resto escapa a la capacidad del mejor biógrafo, y sólo se da en la aprehensión directa de la obra baudeleriana. Lo bueno del libro de Porche es que favorece un tal contacto, provee las mejores aproximaciones y asegura un enfoque justo; como en las ceremonias de iniciación, nos lleva de la mano hasta el umbral de los misterios y nos alza las vendas de los ojos.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario