Dani está artísticamente descolorida, desteñida, de modo que, más que los colores, vemos los

trascolores, los trasuntos del color rubio del pelo, del color piel de su piel blanca, de sus ojos

sin color, de sus labios pálidos. Solamente el blanco del vestido blanco se salva de la degradación

sumaria de los colores, tal vez están sufriendo trescientos sesenta grados de congelación y no

pueden vibrar a tal temperatura, sólo temblar o tiritar, que todavía son movimientos incoloros,

más bien polares y antárticos.

Dani nos muestra sobre todo sus acetatos, sus ganas de colorete, y expresa su frustración con

la mirada, con la caída lenta de los rasgos faciales, que viene a decirnos sin palabras que no se

lo tengamos en cuenta, que no es cosa suya, que no la han avisado de que la iban a desteñir a

fondo, que le iban a ordeñar la leche de los colores como a una vaca.

Nos quedan sus movimientos, las caídas, las arrugas, las intenciones: Dani está hermosa de pelo

larguísimo que le cae por la espalda dorsal como la cola de un caballo; está hermosa de actitud y

de brazos despreocupados; está hermosa de enormes ojos que mantienen la mirada aunque hayan

perdido el color.