Daniela está entre amparada y desamparada junto la ventana por la que entra la luz blanca del universo.

Nos mira como si la mirásemos o nos mira para obligarnos a mirarla a los ojos: se siente como una rosa

desenroscada.

Vestidas o desnudas, algunas mujeres llevan puesto un hogar; otras, son más bien como un domicilio,

o como un apartado –muy apartado- de correos: llevan dentro o encima algo anónimo o general, numérico

o embotellado.

Vestidas o desnudas, algunas mujeres ya decidieron, cuando entonces, con los órganos duros de la decisión,

todo lo que había que decidir, todo lo que iba a ser su vida para siempre, y se fueron entornando como puertas

que un golpe de viento acabó de cerrar, se fueron abrochando el impermeable de Armani con adornos de

amianto, se hicieron opacas.

Vestidas o desnudas, algunas mujeres se toman el café con leche delante del espejo, detrás del espejo,

dentro del espejo: no por narcisismo, sino buscando en su imagen y en sus maneras lo insospechado,

lo novísimo, lo otro, lo distinto que las suba más alto en el caballo de sí mismas.

Vestidas o desnudas, algunas mujeres, después de abanicarse las tetas y refrescarse los muslos con agua

de vichy, que les hace cosquillas, se visten de majas y salen a comerse unos churros o a buscar novio,

lo que pase antes, marchosas y cachondas como la vida misma, espléndidas y generosas como un almirante,

suaves y sencillas como el que toca los platillos en la orquesta.

Parece que Daniela, de momento, ya no bajará la guardia.