ocho monólogos

dario fo

Título original: Tutta casa, Ietto e chiesa, e altri

LA VELA LATINA

Tercera edición: octubre de 1990

EDICIONES JÚCAR, 1990

4.todas tenemos la misma historia

 

(En el centro del escenario vacío, una tarima sobre la que está tumbada una mujer. Luz baja. Habla la mujer.)

 

No, no, por favor,.., por favor, estáte quieto…, así no me dejas ni respirar… Espera… Claro que me gusta hacer el amor, pero con un poco más de…, ¿cómo diría yo?… ¡Que me estás aplastando! Quítate…, ¡basta! Me estás mojando la cara… ¡No, en la oreja no! Sí que me gusta, pero es que pareces una Moulinex, con esa lengua…

Oye, ¿pero cuántas manos tienes? Déjame respirar… ¡Que te levantes te digo! (Se incorpora lentamente, como quitándose de encima el peso del cuerpo del hombre. Se sienta frente al público.) ¡Por fin! Estoy empapada en sudor. ¿Para ti esto es hacer el amor? Sí,claro que me gusta, pero preferiría que hubiera algo más de sentimiento… ¡No estoy hablando de sentimentalismo!

Cómo no, ya sabía que me saldrías con lo de que soy una cursi romántica y antigua… Claro que me apetece hacer el amor, pero a ver sí entiendes que no soy una de esas maquinitas que les metes unos duros y se les encienden las luces, tun tun trin toe toe… ¡drín! Mira, yo, si no se me trata bien, me bloqueo, ¿comprendes? ¿Será posible que si una no se coloca de inmediato en una postura cómoda, falda y bragas fuera, piernas abiertas y bien estiradas, se vuelve una estúpida acomplejada, con los traumas del honor y del pudor, inculcados por una educación reaccionaria-imperialista-capitalista-masónica-catóLica-conformista-y austrohúngara?

¿Que soy pedante? Y una tía pedante os pone muy nerviosas, ¿verdad? Es mejor la mema de risita erótia… (Ríe por lo bajo, en plan erótico-tirado.) ¡Venga, hombre, no te cabrees! No, no estoy ofendida. Está bien, hagamos el amor… (Vuelve a tumbarse de perfil al público.) Y pensar que cuando quieres sabes ser tan dulce…, ¡casi humano! ¡Y un auténtico compañero! (Lánguida, con voz soñadora.) Contigo puedo hablar de cosas que normalmente no sé ni decir… Cosas incluso inteligentes…, eso es, ¡tú consigues que me sienta inteligente!

Contigo me realizo… Y además, tú no vienes conmigo sólo porque te gusta cómo hago el amor…, y además, después te quedas conmigo, y yo hablo, y tú me escuchas… (más y más lánguida) …y yo te escucho…, hablas, hablas, y yo… (Se comprende que está a punto de tener un orgasmo por el tono de voz.) …y yo… (Cambia de tono: de pronto, realista y aterrada.) Por favor, para… ¡que me quedo embarazada! (Implorante.) …para un momento… (Perentoria.) ¡¡¡QUIETO!!! (El hombre por fin se ha parado.) Tengo que decirte algo importante.

No me he tomado la píldora… No, es que ya no la tomo, porque me sienta mal, se me ponen unas tetas como la cúpula de San Pedro… Está bien, sigamos, pero por favor ten cuidado… No olvides lo que ocurrió aquella  vez…, ¡cómo lo pasé de mal! (Cambia de tono.) Sí, ya sé que tú también lo pasaste fatal, pero yo más, si no te importa. Sigamos, pero tú ten cuidado… (Vuelven a hacer el amor. Se queda unos segundos inmóvil, en silencio con los ojos abiertos, luego empieza a mover nerviosa un pie en el suelo. Mira a su compañero imaginario y le susurra con voz llena de aprensión.) ¡Ten cuidado! (Con otro tono.) ¡¡Que tengas cuidado!!! (Molesta.) ¡Que no, que no puedo! Esto del embarazo me ha helado la sangre en las venas…

¿El diafragma? Sí, lo uso, pero tú no me habías dicho que hoy…, además, esa goma en la tripa no me gusta nada, me da mucha grima…, me parece como si tuviera chicle en el vientre. (El hombre se separa. Ella se sienta, dolida, frente al público.) ¿Te has cortado? ¡Pues lo siento mucho! Tiene gracia, yo no quiero quedarme embarazada y él se corta. (Con rabia.) ¿Y tú eres un compañero? ¡Por favor! ¿Sabes qué clase de compañero eres? Un compañero de la polla. Oh, yes. Porque razonas con ella. Ella es tu compañero. Es ella la que sigue siendo católica imperialista-plutócrata-masónica-reprimida. Mírala bien, y verás como lleva en la cabeza el birrete de cardenal. ¡Con grados de general y un hermoso lazo fascista! ¡Sí, señor, fascista! (Indignada.) ¡Grosero! (Está a punto de llorar.)

No has debido decirme eso..”. (Llora.) Mira que decirme que pienso con el útero… Claro que lloro, porque me has ofendido… (Se echa, como si el hombre la hubiese empujado con fuerza.) ¿Pero esto qué es, yo lloro y tú te excitas? Sí…, sí… (Llena de amor) Yo también te quiero. Ya sé que tú no tienes la culpa… La culpa es de la sociedad, del egoísmo, de la explotación, del imperialismo.. (cada vez más lánguida) …de las multinacionales… (Cambia de tono.) Pero… ¡qué haces! ¡¡¡Para…, paral!! (Se deja caer como sin vida, sin tono, con voz plana.) No te has parado. (Desesperada.) ¡Estoy embarazada! (Aparta al hombre.) Estoy embarazada… (Gritando.) ¡¡¡Estoy embarazada!!!

 

(Cambio de luz: de muy apagada a violenta. La mujer se sienta en el borde opuesto al del hombre antes. Ahora se encuentra en una consulta médica. Habla con una comadrona.) Sí, señora, estoy embarazada… de casi tres meses…, sí, señora, ya me he hecho los análisis… Sí, señora, ya me rumbo… (Lo hace.) Por favor, tenga cuidado. Sí, ya sé que no duele, que sólo es una visita de exploración, pero es que estoy un poco nerviosa…, ya sabe, aquí no estamos muy preparadas… Pues sí, ya he tenido un aborto, hace tiempo. Sin anestesia, ni parcial ni total, despierta…, fue horrible. ¡Qué dolor! Pero lo peor de todo fue cómo me trataban…, ¡como a una puta!

Y ni siquiera podía gritar de dolor. «Calla —me decían—, ¡has pecado, ahora paga!» (Cambia de tono.) Y vaya si pagué… (Indica con los dedos que también con dinero.) Ahora este aborto (se sienta) quiero hacerlo como es debido. No quiero sufrir, anestesia total. ¡Quiero dormir! No quiero sentir lo más mínimo…, no quiero saber nada…, ni siquiera el día en que me lo harán… Ustedes me duermen una semana antes, y luego con calma, cuando les venga bien… (Cambia de tono.) ¿Un millón? ¿Un millón de liras? Han subido los precios, ¿no? Sí, ya me doy cuenta, el anestesista, el riesgo… (Cambia de tono.)

¿Un millón? ¡Ya sé, señora, que está la Ley! Por eso vengo. Ni le cuento las vueltas que he tenido que dar para encontrar a un médico que me hiciera el certificado de aborto, un hospital que me metiera en la lista… Por fin me mandan llamar, entro: ¡todos ellos objetaban! Tan sólo un médico practicaba abortos, y estaba agorado, el pobre…, todos los demás objetaban… Objetaban las enfermeras, los analistas, el cocinero…, ¡ése el que más!

Que de no ser por las mujeres que habían ocupado la planta, nos hubiéramos muerto de hambre… Luego vino  la policía, agarró a las chicas, las sacó de allí… Yo me asusté, y me dije: «Con esta Ley, mi hijo acabará naciendo con veinticuatro años y el servicio militar cumplido. ya en la lista de parados, y preparado para emigrar a Alemania! Me lo voy a hacer clandestino…» (Cambia  de tono.) ¡Un millón! ¿Ahora comprendo por qué los ginecólogos objetan…, ni que fueran tontos! A millón por objeción… ¡y se hacen millonarios con nuestra piel!

(Se levanta, decidida.) No, señora, he pensado que no me lo voy a hacer. No, no es por el dinero, que me lo podrían prestar… Es que no pienso aceptar el chantaje. Hay una Ley, ¡pues respétenla ustedes! (Cambia de tono: reflexiva.) Me lo quedo…, me lo quedo… (En parte para sus adentros y en parte para la comadrona.) Al fin y al cabo, un hijo nunca viene mal (Decidida, por fin.) Me realizo…, ¡eso es, me realizo! (Grita.) ¡Me realizo! (Se sube a la tarima, de espaldas al público.) ¡¡¡Maternidad, maternidad!!! Tercer mes, cuarto mes, quinto raes. (Se vuelve al público.) El pecho crece, el vientre crece… ¡Adelante con los ejercicios de gimnasia preparatoria para una buena gestación! ¡Un, dos, tres, cuatro! Respiración de perro (la hace), aha, aha, aha…, más fuerte. (Respira más de prisa.) Me mareo… (Se desmaya unos segundos.) Qué náuseas, Dios mío… ¡Oohh, se mueve! (Se sienta cara al público.) ¡El niño se mueve!

Es como… un aleteo. (Extasiada.) Qué cosa tan dulce… (Cambia de tono.) Un helado…, quiero un helado… ¡con espaguettis y chorizo! (Tono profesional de una comadrona que le habla.) Grito agudo con el abdomen: aah. Más profundo: aah. (Se queda quieta. Lentamente se tumba en el centro de la tarima. Con la cabeza vuelta hacia el público.) Ya está, ya estamos… Sí, señora, me  echo… Sí, señora, estoy tranquila… Sí, señora, respiración de perro…, ah, ah… Sí, ya empujo…, ay Dios, qué mala estoy…, ay, ay… (Grita de dolor.) No puedo más, hagan algo…, ay, ay… ¿Dónde está él? ¿Fuera? ¿Y qué hace? (Cambia de tono.) ¡Fuma, porque está nervioso! (Se sienta, volviéndose hacia el público.) Pobre, está nervioso…, está tenso. ¿Y no podía haber estado un poco más tenso antes, cuando me dejó embarazada? (Se dirige directamente a las mujeres entre el público.)

No sé qué pensaréis vosotras, pero a raí eso del embarazo de la mujer «siempre», y del hambre «nunca», me sienta fatal. jNo puedo con ello, lo contesto! Lo tengo clavado en la cabeza: hasta sueño con ello por las noches. He soñado que mi hombre tema tetas, unas tetas hermosas, grandes, redondas. Yo quería palpárselas un poco, y él: «¡Déjame! », y me explicó que era un hembro, un hombre-hembro, que es una raza especial de hombres…, que si tienen relaciones sexuales con una mujer sin haber tomado anticonceptivos, se quedan embarazados. (Se vuelve a la derecha como dirigiéndose a su compañero. Mima que le toca el pecho.) ¡Pot, pot! Qué guapo eres…, anda, échate…

(Se tumba como si estuviera encima del hombre.) Anda, desnúdate que tengo que hablar contigo. ¿Qué te ocurre? Estás nervioso, tenso… ¿Has tomado la píldora? ¿No? ¡No importa! Yo te quiero igual, cielo. Pero no te preocupes, que ya tendré yo cuidado…, no importa que no te hayas tomado la píldora. Si te quedas embarazado, yo te organizo el aborto, clandestino, pero con anestesia total, y corro con todos los gastos. (Apremiante.) Anda, vamos a hacer el amor, venga, no importa si te quedas preñado: ¡el hombre se realiza sólo si es madre! (Grita.) ¡Madre! ¡Madreee! (Cambia de postura y se tumba.) ¡Ha nacido! ¡Ha nacido! (Se sienta mirando hacia la izquierda. Esperanzada.) ¿Es niño? (Decepcionada.) ¿No?… (Aterrada.) ¿Pues qué es? (Mima lo que va diciendo. Ahora es la comadrona.)

 

Plaf plaf, azotitos al niño. ¡Llora! ¡Ua ua! Corte del cordón umbilical: ¡chas! ¡Nudo! ¡Inmersión en agua calentita: plaf plaf…! Fría: ¡plaf plaf! Pesar: cuatro ldlos escasos. (Vuelve a ser la madre. La niña está ahora en sus rodillas.) Qué guapa es mi niña… Darle el pecho. ¡Inyección! Vacuna. Otra inyección. Perita. ¡Plaff, cuánta caquita! Vómito. Darle el pecho. Vitaminas. Potitos. Guapa, nena, cómo se ríe. No llores. Echa el aire. Toma los juguetes. Qué bonitos: ¡chin, chin, chin! No, al suelo no, nena mala. Toma la papilla. No se escupe. ¡No se tira la cuchara al suelo! Ahm, qué rica está la papilla de la niña. No vomites. ¡Mala! Crece, crece, nenita guapa de tu mamá.

Ponte aquí, que te voy a contar un cuento muy bonito. (Durante el cuento se mueve y cambia de voz según el personaje que esté interpretando.) Pues érase una vez una niña muy guapa, que tenía una muñeca preciosa. Bueno, en realidad la muñeca no era preciosa, porque estaba sucia, pelona, y era de trapo, pero a la niña le gustaba mucho. Y la niña le hablaba, y la muñeca le contestaba. Sólo que la muñeca contestaba con unas palabrotas terribles, que la niña aprendía y luego repetía. «¿Quién te ha enseñado esas palabrotas tan feas?», le preguntaba su mamá. «¡Mi muñeca», decía la niña. «Eres una mentirosa, las muñecas no dicen palabrotas. Son los chicazos los que las enseñan.» «Que no, que es la muñeca. Anda, muñeca, dile una palabrota a mi mamá.» Y la muñeca, que hacía todo lo que le pedía la niña, porque la quería mucho, decía unos tacos tremendos: «hostia puta, cojones, la madre que me parió, me cago en..,, ¡culo!, ¡cu-lo, cu-lo, cu-lo!» ¡Uyyy! La mamá, roja de ira, arranca la muñeca de manos de la niña, abre la ventana, y zas, la tira al prado a un montón de basura. «Mamá mala, mamá mala», dice la niña, y corre al prado, pero en ese momento pasa un gatazo rojo, que coge la muñeca entre los dientes y se la lleva al bosque.

Sin dejar de llorar, la pobre niña echa a correr detrás del gato. Y busca buscando, camina caminando, se pierde en el bosque. Es de noche, y el bosque se ha convertido en una selva inmensa. De pronto, a lo lejos, la niña ve una lucecita… Era un enanito subido a una seta, que hacía un pis fluorescente. «Enanito, ¿has visto a un gatazo rojo que Llevaba en la boca una muñeca de trapo que dice palabrotas?» «Ahí está», dice el enano soltando un chorro de pis sobre el gato, que cae al suelo fulminado…

Ya se sabe que el pis de enano es un veneno tremendo para los gatos. «¡Gracias, gracias!», grita la niña, abrazando a su muñeca empapada en pis. «¿Quién es ese tonto del culo —grita la muñeca—, ese mariconazo de mierda que ha matado a mi gatazo rojo que yo le quería tanto, que me pegaba y me dejaba el culo como un tomate, me hacía trabajar, me hacía guarrerías pero a mí me gustaba tanto? Me tenía de criada, yo lloraba y sufría, pero me gustaba aún más, porque me hacía sentir una mujer, ¡y tenía a mi macho!  Y ahora, sin mi gatazo, enano bastardo cara de culo, ¿qué hago?» «Uy cómo me gusta esta muñeca tan mal hablada —dice el enano—. ¡Voy a casarme con ella!» «De eso nada, me casaré yo con ella», dice una voz terrible que sale de la oscuridad del bosque…» ¿Quién era? ¡Un lobo tremendo, con unos dientes así de largos! «Yo me casaré con ella.» «No quiero —dice la muñeca, llorando—, no quiero a ese maricón de lobo.» «Pero si soy ingeniero electrónico, convertido en lobo por las malas artes de una bruja malvada. Y si esta niña virgen me besa en la frente, me convertiré eu un joven ejecutivo, buena presencia, sensible y cariñoso, ofrécese para amistad afectuosa.»

Entonces la niña besa al lobo, y… ¡zas!, aparece el Ingeniero guapísimo, que de 1a alegría se tira un pedo tremendo en plena cara del enano, que cae redondo al suelo. Es sabido que los pedos de ingeniero son venenosísimos para los enanos. Al verlo, la niña se enamora del ingeniero: «¡Oh qué guapo, qué guapo!» Y el ingeniero, como había pasado mucho tiempo y la niña había crecido…, le habían salido esas cosas redondas que las mujeres tienen por delante y por detrás…, que los ingenieros se vuelven locos por esas cosas redondas…, ¡por algo eligen esa ..facultad! «Me lo he pensado mejor», dice, «ya no me caso con la muñeca, sino con la niña de las tetitas pimpantes y el culito redondo».

Así que se casaron y vivieron eternamente felices. Al día siguiente, la muñeca dice: «¡Asamblea, asamblea! ¡Queridos novios de mierda! ¡Ya está bien, eternamente felices! Estoy hasta los cojones de veros morreándoos todo el día, y a mí me margináis. Y encima él se larga a electronizar, y tú te quedas lloriqueando hasta que vuelve por la noche, ¡te tumba en la cama, y hala! Y por la mañana, lo mismo, que pone el despertador, ¡y otra vez igual! Y también después de comer, que es malísimo para la digestión.» «Pero es que yo soy muy feliz —dice la niña-mujercita que tenía la tripita hinchadita—, ¡estoy tan enamorada!» «No me vengas con paridas —dice la muñeca de trapo—, “¡Soy feliz! pero si en mi vida he visto una gilipollas tan triste como tú. Gilipollas, sí, como yo cuando estaba con el gatazo rojo… Pero es que además tú, con el electrónico, lo tienes aún peor.

No te pega, pero te deja todo el día aquí sola, no te dirige la palabra, ¿no te das cuenta que es aún peor, tarada?» «Oye, asquerosa muñeca de trapo —gritó el ingeniero buena presencia—, ¡o dejas de lavarle el coco a mi mujer, o te tiro a la taza del water!» «Muy bueno lo tuyo —contestó la muñeca, muy chula y muy basta—¡pero al -water te vas tú a cagar!» ¡Le dijo eso a un electrónico! «De acuerdo, iré al water, pero contigo, para limpiarme el trasero.» Y sin pensárselo dos veces, el ingeniero electrónico coge la muñeca de trapo y se encierra en el water. «¡No, por favor, no lo hagas, maridito mío, no le hagas eso a mi muñeca, pobrecilla, abre!» «No pienso abrir, tengo los pantalones bajados y ahora mismo voy a limpiarme el trasero.» Entonces se oyó un terrible alarido del ingeniero:

«¡Ahahahahab!», un alarido electrónico. ¿Qué es lo que había ocurrido? Que la muñeca, mientras él se limpiaba…, ¡zas!, se le metió dentro, con su cabecita, y sólo le asomaban los pies. «Ayúdame, espesa mía, que ha ocurrido una desgracia. Esa muñeca malvada se me ha metido por el trasero…, {sácamela!» «Ya tiro…, jpero no sale!» «¡Ayyy, qué dolor! Me siento morir…, ¡es como si estuviera pariendo! ¡Socorro! ¡Llama a la comadrona!»

La niña-mujer obedece y va a avisar a la comadrona. No hace más que abrir la puerta de la casa…, las vías del Señor ya se sabe que son infinitas…, que por ahí pasaba precisamente una comadrona, con un mandil que ponía «Comadrona» pero al revés, como en las ambulancias. «Pase, señora comadrona, el cielo la envía, tengo un problema de familia…» Cuando la comadrona vio el trasero del electrónico, preguntó: «¿Es su marido?» «Sí.» «Parto difícil, viene de nalgas.» Y le entró tanta risa, que, como a todas las mujeres, (al público) ya sabéis lo que nos pasa cuando nos entra la risa floja… (Grita.) «¡Que me meo! Soy comadrona, sí, pero estoy embrujada, y hago muchísimo pis… ¡Socorro! No quiero hacer un desastre…, inundaciones… ¡No quiero muertos! Deme un cubo.» Le dan un cubo, y hace todo su pis, muy digna. «Déselo a su marido para que se lo beba. Es pis embrujado. Le ayudará a evacuar.» ¿El ingeniero: «En esta casa os habéis vuelto locas, si pensáis que me voy a beber el pis de una comadrona a la que ni siquiera conozco.»

«Pues yo te la presento.» «¡No! ;No quiero conocerla!»«Pero es que tienes que evacuar…» «Es verdad, de acuerdo, pero añádele un poco de vermut, vino dulce, dos huevos batidos… Qué rico, prueba, está muy rico, ¿no queréis?» «No, tómatelo tu…» Y él, venga beber… y el vientre se le hincha, se le hincha, y ¡burn!, estalla. Y no quedó del ingeniero ni el rotring que llevaba siempre en el bolsillo. En cambio la muñeca estaba enterita, y se reía como una loca. «¿Has visto —le dijo a su amiga la niña crecidita—. pedazo de estúpida? Ahora ya eres libre, dueña de tu cuerpo, de tus elecciones, de ti misma, eres ¡¡¡libreee! Vamos.» La niña crecidita aprieta muy fuerte contra su pecho a su muñeca, y poco a poco la muñeca desaparece dentro de su corazón. Ahora la niña crecidita está sola, en un camino muy largo, muy largo… Caminando, caminando, llega a un árbol muy grande, y debajo del árbol hay muchas niñas creciditas como ella, que la reciben con mucha alegría. «Siéntate —le dicen—, ven con nosotras, nos estamos contando cada una su historia. Empieza tú», le dicen a una rubita. Y la rubita empieza: «Yo cuando era pequeña tenía una muñeca de trapo que decía palabrotas.» «Ja ja —se ríen en coro todas las niñas creciditas—, qué gracia, quién lo hubiera dicho. Tenemos todas la misma historia…,todas: la misma historia que contar.»

(Oscuro – música – canción.)

SI, ME GUSTAS TU

«Sí, me gustas tú,

me gusta el amor contigo,

pero no me quiero preñar,

no, ese hijo no sería para ti,

lo tengo que hacer para el patrón,

para que me lo pueda utilizar

de cansancio entristecer

y hasta a la guerra enviar.

Sólo para él lo tengo que cuidar

alimentar,

de las lombrices y de la tos curar.

Sí, me gustas tú,

me gusta el amor contigo,

y ese hijo lo quiero tener.

No, ese hijo no será para ti,

lo quiero tener para el patrón,

de luchas, de rabia lo quiero alimentar

sólo de rojo lo quiero vestir,

en vino y blasfemias lo quiero mojar

con canciones bastardas lo quiero acunar

¡y armado contra el patrón lo quiero luego enviar!»

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario