ocho monólogos

dario fo

Título original: Tutta casa, Ietto e chiesa, e altri

LA VELA LATINA

Tercera edición: octubre de 1990

EDICIONES JÚCAR, 1990

3.el despertar

 

(En el espacio escénico están situados los siguientes elementos: una cama de matrimonio, una mesilla con lámpara y despertador, una cómoda, una mesa, una cocina de gas, un frigorífico, un fregadero, etc.; y una cuna con un muñeco. En la cama duermen un hombre y una mujer; ella está soñando en voz alta, como si tuviera una pesadilla.)

 

Tres piezas, una soldadura, un golpe de taladro…, dos tuercas, una soldadura, un golpe de sierra… (Grita.) ¡Dios mío, me he cortado los dedos! Mis dedos…, voy a recogerlos, que al patrón no le gusta, dice que no quiere ver desorden… (Se despierta de golpe: sigue bajo el efecto de la pesadilla.) Mis dedos… (Se mira la mano.)

Si los tengo…, he soñado! Tiene gracia la cosa, ahora resulta que trabajo hasta soñando…, como si no me bastara con la fábrica… ¿Qué hora será? (Mira el despertador.) ¿Las seis y media? (Se levanta rápidamente y se pone las zapatillas y la bata.) Ese maldito trasto no ha sonado. Madre mía, con lo tarde que es. (Corre a la cuna y coge al niño.) Animo, nene, que ya empieza nuestro día. (Se dirige a la mesa junto al fregadero.) Despierta, ratoncito de tu mamá, que nos vamos. Te has vuelto a mear, y no hace ni ties horas que te mudé, meón, más que meón. [Con la prisa que tengo! Tenemos que correr a la guardería, que como lleguemos después de las siete la hermana nos manda a casita, menuda es. (Desnuda al muñeco.) Ahora mamá te lava el culete… (abre el grifo) …con agua c a l e n t t t a . . q u é va, si no hay agua caliente…, qué te apuestas que el despistado de tu padre se ha dejado el calentador desenchufado. (Coge al niño en brazos y va al fregadero.) Vamos a lavarte la carita, calla, no llores que despiertas a papá…, vamos a dejarle que duerma media horita más, vaya suerte, que luego tiene que salir corriendo a lo Sandokan: aaaaaaahaaahaaa… (se da cuenta de que está gritando, repite el grito en voz baja) …aaahaha…, corre al autobús, al tren, y hala, a la fábrica… (deja al niño en la mesa y lo seca con una toalla) …a la cadena de montaje, a hacer gimnasia como un mono amaestrado… (realiza los movimientos de la cadena de montaje): un dos tres… (Ríe.) Ja, ja, cómo se ríe mi niño, re gusta mamá haciendo el monito, ¿eh? Ahora te seco bien… (coge un tarro de talco) …una rociadita… (horrorizada se da cuenta del error) …¡de queso rallado! Pero ¿quién me habrá puesto el queso rallado en el sitio del talco? Hay que ver qué desorden. Espera que lo recoja…, como para tirarlo, con lo caro que está… (Mima que recoge el queso del culito del muñeco.) ¡El culito de mi nene ya está limpito! (Viste rápidamente al niño.)

De prisa, de prisa, meoncete mío…, ¡ya estás, listo! ¿Qué hora es? ¡Dios mío, qué tarde! Quédate quietecito un momento que mamá también se va a lavar un poco. (Va al fregadero, abre el grifo, mimando que se jabona las manos y la cara. Canta.) Lux, el jabón de las estrellas… Lux, el  jabón de…, ¡maldición, si no sale agua! ¡Une familia como ésta, que vive en una casa como ésta, con otras trescientas familias como ésta! ¡Y todas se lavan a la misma hora! ¿Y con qué me lavo yo ahora? ¡Coño!

Lo que pica el Lux ese en el ojo… (Coge una toalla y se quita el jabón.) Bueno, ya me lavaré luego, total, para quien me va a mirar a mí… (Se peina rápidamente.) No me miran, pero me huelen. Me echaré un poco de spray. (Coge un bote de spray.) Vaya invento más bueno esto del spray. (Se echa.) Caray, cómo escuece. ¿Qué me he puesto? (Lee en el bote.) Barniz para radiadores. ¡Tengo el sobaco de plata! ¿Y ahora cómo me lo quito? Lo haré en la fábrica, con el disolvente. (Se viste rápidamente; recoge al niño, lo envuelve en una manta y se dirige a la puerta.) ¡Rápido, vamos, de prisa, a correr! Las seis y cuarenta…, lo hemos conseguido. Ahora cogemos el bolso de mamá…, la chaqueta de mamá… (Va hacia la puerta; se para en seco.) ¿Y la llave? ¿Dónde está la  llave? ¡Todas las mañanas el mismo número de la llave! Tengo que ponerme a buscar la dichosa llave con los minutos contados… (Rebusca frenética en los bolsillos; mira a su alrededor.)

Calma, tranquilidad, no perdamos los nervios. Tratemos de recordar todo lo que hice anoche. Vamos a ver: llegué a casa, y Luis no estaba. Abrí la puerta. El niño estaba en el brazo derecho de mamá, el bolso y la llave en el izquierdo de mamá. El bolso lo dejo ahí… (Señala la mesa.) El niño, a la cuna. Vuelvo a salir. Cojo la bolsa de la compra, con la llave en la mano…, la botella de leche bajo el brazo…, entro en casa…, dejo el bolso ahí…, la leche al frigorífico… ¿Qué te apuestas que dejé la llave en el frigorífico? (Va al frigorífico y lo abre.) Pues no…, ni tampoco en la huevera, ni en la mantequillera…, ni siquiera metí la leche, ya ves…, pero para compensar metí el detergente con limón para la lavadora… Claro, ya se sabe: ¡los limones al frigorífico, que se estropean! Estoy loca. Igual he metido la leche en la lavadora… (Mira.) No está, menos mal… ¿Dónde la habré dejado? En el fuego…, sí, claro, por la papilla del niño…, o sea, que para tener las manos libres para abrir el cartón, me metí la llave entre los dientes… y nunca sabré por qué me metí la llave entre los dientes en lugar de dejarla sobre la mesa. Luego encendí el fuego…, a ver: la leche para el niño está en el fuego, enciendo al niño, quiero decir, enciendo la leche…, enciendo el gas! Dejo la leche a que hierva y me voy a mudar al niño…, a quitarle los pañales. (Va a la cuna, mima todo lo que va diciendo.) Cojo al niño, lo pongo sobre la mesa…, un momento, no, con el niño en brazos voy ai armario y saco la bañerita, con la llave entre los dientes… dejo aquí la bañerita, busco al niño… ¡El niño no está! ¡He perdido al niño! ¿Dónde he metido al niño? (Corre a todos los muebles que va nombrando, abriendo y cerrando rápidamente las puertas.) En el frigorífico, en la lavadora…, ¡en el armario! ¡Había metido al niño en el armario! Suerte que empezó a llorar, o a saber cuándo le hubiera encontrado…, pobrecito mío! Me asusté tanto, que tuve que correr a por un vaso de agua… (Se para en seco, traga saliva, asustada.) ¿A que me tragué la llave? Claro, si la tenía entre los dientes… No, no puedo habérmela tragado…, mi llave tiene un agujero, y me habría pasado toda la noche silbando, y mi Luis me habría montado un número… ¿Dónde metí la llave?

Tranquila, no perdamos la calma. Cojo la bañerita, la lleno de agua caliente, cojo el bicarbonato (coge un bote), que yo siempre le echo dos cucharaditas de bicarbonato al baño de mi niño… ¿A ver si está aquí? (Mira en el bote.) ¡Azúcar! ¿Quién ha metido el azúcar en el bote del bicarbonato? (Mira en otro bote.) ¿Y bicarbonato en el del azúcar? ¡Cuántos días llevaré bañando al niño con azúcar! Claro, ahora comprendo por qué la hermana de la guardería el otro día me dijo: «Tengo que dejar al niño siempre encerrado, que en cuanto lo saco al patio se me llena de moscas y avispas el angelito…» Pobre nene mío… Y Luis, la que me montó por el café…, ¡claro, le había echado bicarbonato! Soltaba cada eructo, el pobre… ¿Y la llave, dónde he metido la llave? Pero qué tonta…, si está todo mal, todo mal.

Nunca llegué a sacarla de la cerradura…, claro, cuando estaba bañando al niño oí a Luís hurgando en la cerradura, porque yo al entrar abrí la puerta, y luego la volví a cerrar, así que él no podía abrirla…, y venga hurgar y venga hurgar, y soltaba cada taco el hombre… Saqué la llave de la puerta, y él entró…, gritaba como un desesperado, yo tenía la llave en la mano, estoy segura…, me planté delante y se la metí entre los ojos, que casi le saco uno…, y le dije: «Me he dejado la llave en la cerradura, ¡qué pasa! ¡Mátame si quieres, mujericida!» «Déjame en paz —me dice él—, si no estoy cabreado por la llave. Es por ese condenado tren, que ha traído un retraso de una hora…, ¡hora y media para veinte kilómetros! Y ese tiempo a mí no me lo paga el patrón…, ni me paga el viaje de ida, ni el de vuelta, ni tampoco me paga el autobús. ¡Y son viajes que hago por él, no por turismo!»

«¿Y te cabreas conmigo? —le digo yo, con la llave en la mano—. Además que ya no se dice patrón, sino “multinacional”. Ahora somos libres! El patrón multinacional te roba tus horas de viaje y te cabreas…, pero en cambio no te cabreas por las horas que me roba a mí…, a mí, que además de trabajar ocho horas como una bestia para él, ¡soy tu criada, y gratis! ¡Para él, para el multinacional!» Y mientras tanto le iba dando la papilla al niño. (Va a la cuna.) Lo cogí en brazos… (Coge al muñeco en brazos y busca en la cuna.) No se me habrá caído aquí… ¡Ay madre, que ha vuelto a mearse! Lo sabía. Av, y encima se ha hecho caca, el muy guarro. ¿Pero cómo tengo que decirte que tienes que hacerte caca en la guardería? (Va a la mesa junto al ¡regadero.) La tienes que hacer a las siete y cinco, para que te cambie la hermana.

(Mientras habla desnuda rápidamente al niño.) ¿Qué hora es? Ay, Dios mío, qué tarde, que no llego…., cagón, mira lo que has hecho…, ¡y además no entiendo cómo con un culo tan pequeño se puede hacer una caca tan gorda! (Mientras lava al niño vuelve a hablar dirigiéndose a Luis.) «A la familia, a esta sagrada familia, se la han inventado precisamente para que todos los que como tú estáis sonados por la neura de los ritmos bestiales de trabajo, encontréis en nosotras, vuestras santas esposas, criadas para todo, un colchón en el que desahogaros.» (Ha terminado de lavar al muñeco, lo seca y lo vuelve a vestir.) Nosotros os recargamos para él, gratis. Para que al día siguiente estéis dispuestos a volver al trabajo bien relajados, para producir mejor para él, el multinacional.

jEs Dios padre en persona! El crea el milagro económico, luego el contramilagro, después la inflación, más tarde la crisis galopante, a continuación la crisis al  trote…, la caída de la moneda, el eurodólar, el petrodólar…, luego abre los brazos y grita: «¿Qué puedo hacer? Es el destino!» Luis se ríe. «Vaya, ahora resulta que tengo una mujer feminista radical, y yo sin enterarme… ¿Desde cuándo vas a reuniones de feministas?» «Oye, estúpido —digo yo—, que no necesito ir a reuniones de feministas para comprender que esta vida que llevamos es una auténtica mierda. Trabajamos como burros, y nunca tenemos un minuto para charlar, un ratito para nosotros.

¿Acaso me preguntas alguna vez: “¿Estás cansada? ¿Quieres que te eche una mano?”? ¿Quién guisa? Yo. ¿Quién friega? Yo. ¿Quién hace la compra? Yo. ¿Quién las pasa moradas para llegar a final de mes? ¡Yo, yo, yo! jPues yo también trabajo, por si no lo sabes! ¿Quién te lava los calcetines? Yo. ¿Cuántas veces me has lavado tú las medias? ¿Y esto es el matrimonio? Yo quiero vivir contigo, no cohabitar contigo. Quiero poder hablar contigo. ¿Es que nunca se te ocurre que yo también puedo tener problemas?

¡Me vale que tus problemas sean los míos, pero también quisiera que los míos fueran tuyos, y no sólo los tuyos míos, y los míos siempre míos! Yo quiero hablar contigo…, pero cuando vuelves del trabajo te vas a dormir. Por las noches: ¡la tele! Los domingos: ¡partido! ¡Total, para ver a veintidós gilipollas en bragas, que se dan patadas alrededor de una pelota, con otro retrasado mental también en bragas, pero con pito y chaqueta, para más inri» Y Luis, cianótico, ofendido como si le hubiera mentado a su madre, me dice: «¡Sabrás tu de deporte!» ¡Que no era en absoluto la respuesta adecuada! Me puse como una fiera, grité como una loca. ¡Lo saqué todo a relucir! Yo gritaba, él gritaba… e iba subiendo el tono de lo que nos decíamos… hasta que yo salté: «Pues si esto es el matrimonio, quiere decirse que he cometido un error.» Cogí al error en brazos… (coge al niño y se dirige a la puerta) …y me fui hacia la calle. Y estoy segura de que en ese momento tenía la llave en la mano, porque abrí la puerta.

Luis se me acercó…, tenía una cara el pobre, estaba blanco, blanco, y hecho polvo… Yo nunca había hecho una escena semejante, y no iba en broma, se había dado cuenta… Me mete en casa: «Vamos, no te pongas así, espera…» «¡Déjame!» «¡Hablemos, primero hablemos, luego si quieres te marchas, pero antes hablemos… ¿Dónde dejas la dialéctica?» Luego me empuja hacia la (indica la cama)  «dialéctica»…, me hace sentar, y me dice que sí, que yo tenía razón…, pero que él estaba acostumbrado a su mamá …, que creía que yo también era como su mamá… que se había equivocado, que tenía que cambiar…, en fin, se hizo la famosa «autocrítica». Pero tan bien, tan bien la hizo, que yo lloraba… Y cuanto más se autocriticaba, más lloraba yo, y él, dale a la autocrítica…, ¡qué bonito era llorar anoche! ¿Y la llave?

(Se acuerda de pronto.)  Claro…, me la cogió él del bolsillo de la chaqueta y se la guardó en el bolsillo… (Busca en la chaqueta.) ¡Aquí están, la mía y la suya! ¿Qué hora es? Las siete menos diez…, aun llegamos.

Vamos, chiquitín, que lo conseguimos. (Coge al niño en brazos mientras se mueve frenética.) El niño de mamá, la chaqueta de mamá, el bolso de mamá… (Va a salir: se para en seco.) El bono del autobús. (Deja al niño en la mesa.) Espera, déjame buscar el bono, que si el autobús viene lleno tengo que dejarte en el suelo y te aplastan… (Busca en el bolso.) Aquí está… (Lo mira distraída.)

¿Seis agujeros? Pero qué día es hoy… (Mira el calendario colgado de la pared. Se queda perpleja. Coge al niño en brazos. Casi sin voz dice:) ¡Domingo! (Grita.) ¡Domingo! (Al niño.) ¿Y no me dices nada? ¡Es domingo! Esto es cosa de locos, quería irme a trabajar hasta en domingo. ¡Estoy loca! Es domingo. (Cantando.) El domingo no se trabaja y se duerme hasta tarde… ¡A la cama, nene, a la cama! ¡A dormir! (Coloca al niño en la cama de matrimonio y avanza a corbata.) Quiero soñar con un mundo en el que todos los días sean domingo…

¡Una vida entera de domingos! Qué maravilla… ¡Ha estallado el domingo eterno! Ya no existen los otros días de la semana… El lunes colgado, el jueves fusilado, el viernes triturado… Todos los días son domingo… ¡A dormir, nene! (Corre a la cama y se mete bajo las sábanas.) ¡A dormir! ¡Y como vuelva a soñar que trabajo, me estrangulo yo sola! ¡A dormir! (En las últimas palabras se tapa con las sábanas, también la cabeza.)

 

 

 

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