la llave de cristal

 

the glass key

1931

 

dashiell hammett

 

 

 

La llave de cristal: Un cadáver en China Street                                                 Dashiell Hammett

 

 

un cadáver en China Street

 

 

1

 

 

Sobre la mesa verde rodaron dos verdes dados, chocaron juntos contra el borde y saltaron hacia atrás; uno de ellos se detuvo antes, mostrando seis puntos blancos, en dos filas idénticas; el otro, rechazado hacia el centro, sólo mostraba un punto al quedar inmóvil. Ned Beaumont dejó escapar un murmullo apagado.

Los ganadores limpiaron el dinero de la mesa. Harry Sloss recogió los dados y los sacudió con su manaza pálida y velluda.

–¡A dos tiradas! –exclamó, dejando sobre la mesa un billete de veinticinco dólares y otro de cinco.

Beaumont se retiró.

–Sigan con él; yo tengo que reponer fondos.

Cruzó la sala de billar hacia la puerta, donde se encontró con Walter Ivans, que entraba.

–¡Hola, Walter! –saludó.

Hubiera continuado andando si Ivans, cogiéndole de un brazo al pasar, no le hubiese obligado a volverse.

–¿Has haa… bla… do c… con P… Paul?

Al pronunciar la P, de sus labios saltaron unas cuantas gotitas de saliva.

–Voy a verle ahora.

Los ojos azul porcelana de Ivans brillaron en su cara redonda, hasta que Beaumont, observándole con los párpados entornados, añadió:

–No esperes gran cosa. Si te es posible, aguarda aún.

A Ivans le temblaba la barbilla al decir:

–¡Pe… pero si el mes que… que viene va… va a na… nacer la criatura!

Por un momento los ojos de Beaumont mostraron sorpresa. Luego, librándose de las manos del otro, más bajo que él, dio un paso atrás y encogió el labio superior, cubierto por un bigote oscuro.

–No es el momento oportuno, Walt. Te ahorrarás disgustos si tienes paciencia hasta noviembre.

Ivans miró otra vez, contrayendo los párpados.

–Pe… pero si le di… dices…

–Se lo he dicho claramente, y puedes estar seguro de que hará lo posible; ahora se encuentra en una mala situación.

Levantó los hombros y de su cara se borró toda expresión, excepto el brillo penetrante de los ojos.

Ivans se humedeció los labios, parpadeando con insistencia; dio un largo suspiro y con las palmas de las manos empujó levemente el pecho de Beaumont.

–Su… sube en… enseguida –suplicó–. Yo es… espe… peraré aquí.

 

 

 

2

 

 

Beaumont subió por la escalera y encendió un cigarro de faja verde. En el rellano del segundo piso, donde colgaba un retrato del gobernador, torció hacia la fachada principal y llamó con los nudillos a una gran puerta de roble que cerraba el pasillo por aquel lado. Oyó que Paul Madvig decía:

–¡Adelante!

Empujó la puerta y entró.

Madvig estaba solo en la habitación, de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón y la espalda hacia la puerta, contemplando la oscura China Street a través de la persiana. Se volvió lentamente y dijo:

–¡Ah! Por fin se te ve el pelo.

Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, tan alto como Beaumont, pero con cuarenta libras más de peso, sin exagerar. Tenía el pelo de color claro, con raya al medio y perfectamente liso.

 

 

 

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No era mal parecido, rubicundo y más bien basto. Su traje no tenía ni una arruga, tanto por la buena calidad de la tela como por el modo de llevarlo.

Una vez cerrada la puerta, Beaumont dijo:

–Déjame dinero.

Madvig sacó una gran cartera de color avellana del bolsillo interior de su chaqueta.

–¿Cuánto necesitas?

–Un par de cientos.

Le entregó un billete de cien dólares y cinco de veinte.

–¿A los dados?

–Gracias –contestó Beaumont, guardándose el dinero–. Sí.

–Hace mucho tiempo que no ganas, ¿eh? –preguntó Madvig, volviendo a meterse las manos en los bolsillos del pantalón.

–No tanto. Un mes o mes y medio.

–Mucho es eso para perder.

–Para mí, no.

En la voz de Beaumont había una ligera nota de irritación. Madvig hacía sonar el dinero en el bolsillo.

–¿Mucho juego esta noche?

Hablaba sentado en la esquina de la mesa, mirándose los brillantes zapatos castaños. Beaumont le contempló con curiosidad y, meneando la cabeza, repuso:

–¡Bah!

Se acercó a la ventana; al otro lado de la calle, por encima de los edificios, el cielo aparecía oscuro y cargado. Pasando por detrás de Madvig, se acercó al teléfono y marcó un número.

–¡Hola, Bernie! Aquí Ned. ¿A cuánto van las apuestas sobre Peggy O’Toole?… ¿Nada más?… Bien; resérvame quinientos a cada uno… Desde luego… Apuesto a que va a llover, y si es así ganará a Incinerator… Perfectamente, dame entonces otro que se cotice mejor… Eso es.

Colgó el teléfono y se situó de nuevo frente a Madvig.

–¿Por qué no dejas de jugar mientras te dura esa racha de mala suerte? –preguntó Madvig.

–No conseguiría nada; sólo aplazarla. He hecho bien en colocar los mil a un ganador, en lugar de repartirlos. De este modo, lo perderé todo o daré un buen golpe.

Madvig, riendo entre dientes, levantó la cabeza.

–Si puedes soportar la pérdida.

Beaumont torció el gesto con jactancia.

–Yo puedo soportar todo lo que venga.

Se encaminó hacia la puerta y, ya tenía la mano en el picaporte, cuando el otro le dijo:

–En eso sí que tienes razón.

Beaumont, girando en redondo, preguntó irritado:

–¿En qué?

–En eso de soportarlo todo –replicó Madvig, con los ojos puestos en la ventana.

Beaumont se quedó mirándole fijamente, mientras Madvig se removía inquieto haciendo sonar de nuevo las monedas en el bolsillo; después, con ojos inexpresivos, pero poniendo en sus palabras un marcado tono zumbón, Beaumont dijo:

–Según de quien venga.

Madvig enrojeció, se puso en pie y, dando un paso, exclamó:

–¡Vete al cuerno!

Beaumont soltó la carcajada. El otro, sonriendo tímidamente, se enjugó el sudor de la cara con un pañuelo enmarcado por una bastilla verde.

–¿Por qué no vienes por casa? –le preguntó al fin–. Mamá decía anoche que hace un mes que no te ve.

–Puede que me deje caer por allí cualquier noche de esta semana.

–Harás muy bien. Ya sabes cuánto te quiere mamá. Ven a cenar.

 

 

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Al decir esto, Madvig se guardó el pañuelo. Beaumont se encaminó otra vez hacia la puerta, lentamente, mirando a Madvig con el rabillo del ojo. Con la mano en el picaporte le preguntó:

–¿Sólo querías verme para eso?

–Sí –dijo Madvig, frunciendo el ceño–. Es decir… –añadió carraspeando–. Bueno; hay otra cosa.

De pronto se diría que la timidez le abandonaba y que estaba recobrando el dominio de sí mismo.

–Tú sabes mucho más que yo de esas cosas –continuó–: El jueves es el cumpleaños de la chica de Henry. ¿Qué crees que debo regalarle?

Beaumont retiró la mano del picaporte. Sus ojos miraron de frente a Madvig y, soltando una bocanada de humo, le preguntó:

–¿Celebran el cumpleaños?

–Sí.

–¿Estás invitado?

Madvig movió la cabeza negativamente.

–Pero mañana por la noche –dijo– iré a cenar con ellos.

Beaumont miró primero la punta de su cigarro y, levantando la cabeza, preguntó:

–¿Vas a apoyar al senador, Paul?

–Creo que sí, le apoyaremos.

–¿Por qué? –preguntó Beaumont con voz y sonrisa suaves.

–Porque si le apoyamos –contestó Madvig sonriendo también– derrotará a Roan y con su ayuda seremos aquí los amos, sin que nadie pueda echarnos la zancadilla.

Beaumont volvió a ponerse el cigarro en la boca y, hablando aún con dulzura, preguntó:

–Y ¿sin que –marcó el pronombre– le apoyes podrá ganar esta vez las elecciones?

–Ni mucho menos –replicó Madvig con seguridad.

–¿Lo sabe él? –preguntó Beaumont, después de una pausa.

–Debería saberlo mejor que nadie. Y si no lo sabe… Pero ¿qué diablos te sucede?

Beaumont soltó una carcajada llena de sarcasmo.

–Si no lo supiese, tú no irías mañana a cenar con él, ¿eh?

Madvig preguntó de nuevo, frunciendo el ceño:

–¿Qué diablos te sucede? Dímelo.

Beaumont apartó de su boca el cigarro, cuya punta había convertido en flecos a fuerza de morderla.

–A mí no me pasa nada.

Y agregó pensativo:

–¿No crees que ese hombre debería ayudar también al resto de sus partidarios?

–Ya saben todos que su ayuda no es cosa que pueda prodigarse –dijo Madvig, como sin dar importancia a sus palabras–, pero sin ella podremos salir adelante hasta el final.

–¿Le has hecho ya alguna promesa?

–Todo está convenido –dijo Madvig, haciendo con los labios un gesto de suficiencia.

Beaumont bajó la cabeza, mirando de soslayo a su interlocutor y palideciendo.

–¡Abandónale, Paul! –dijo con voz ronca–. ¡Déjale que se hunda!

Madvig, apoyando los puños en las caderas, contestó con voz débil e incrédula:

–¡Cómo! ¿Qué estás diciendo?

Beaumont pasó por delante de Madvig, se acercó a la mesa y con mano temblorosa aplastó la brasa del cigarro en un cenicero de cobre troquelado. Madvig le contempló hasta que el otro, terminada la operación, se enderezó y dio la vuelta. Su mirada era afectuosa y desesperada al mismo tiempo.

–¿Qué es lo que se te ha metido en la cabeza, Ned? –le preguntó con una mueca que quería ser una sonrisa–. ¡Hasta ahora parecías tan contento y, de repente, quieres echarlo todo por la borda! ¡Maldito si te entiendo!

–Muy bien; no te preocupes –dijo Beaumont con un gesto de disgusto.

Pero enseguida volvió al ataque con una pregunta cargada de escepticismo.

–¿Crees que, después de ser reelegido, va a partir peras contigo?

 

 

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–Le tendré en la mano –contestó Madvig, enfadado.

–Es posible, pero no olvides que a ese hombre no le ha puesto nadie el pie encima en toda su vida.

Madvig hizo un expresivo ademán de asentimiento.

–Desde luego; y ésa es una de las principales razones que tengo para apoyarle.

–No; no es ésa, Paul –dijo Beaumont con vehemencia–. Es otra muchísimo peor. Piénsalo bien, aunque te duela. ¿Hasta qué punto te ha engatusado la niña del senador, esa rubia despampanante?

–Con esa señorita voy a casarme –dijo Madvig muy serio.

Beaumont frunció los labios como para lanzar un silbido, que no llegó a sonar, y, contrayendo los párpados, dijo:

–¿Es una parte del convenio?

–Nadie lo sabe aún –dijo Madvig con una sonrisa juvenil–, excepto tú y yo.

Las delgadas mejillas de Beaumont se cubrieron de color al decir con la mejor de sus sonrisas:

–Puedes estar seguro de que no me iré de la lengua, pero voy a darte un consejo. Si esa boda es lo que deseas, exige un compromiso por escrito ante notario y un depósito para respaldarlo; o mejor aún: insiste en celebrarla antes de las elecciones. Así estarás seguro, al menos, de sacar tajada.

Madvig movía los pies, inquieto, evitando la mirada de Beaumont y diciendo al mismo tiempo:

–No sé por qué te empeñas en hablar del senador como si se tratase de un bandido. Es un caballero, y…

–Pero ándate con ojo. Lee lo que dice de él el Post: «Uno de los pocos aristócratas que quedan en la política americana…». Y la hija es también una aristócrata. Por eso te aconsejo que cuando vayas a verlos te amarres bien los calzones; de lo contrario, saldrás de allí sin plumas y cacareando, pues tú, para ellos, eres un quídam a quien no son aplicables las reglas de la hidalguía.

Madvig, dando un suspiro, comenzó a decir:

–Vamos, Ned, no seas tan suspicaz…

Pero Beaumont, que había recordado otro argumento, siguió diciendo con ojos llenos de malicia:

–Y no olvidemos que el hijo, Taylor Henry, también es aristócrata, razón por la cual has prohibido a tu hija Opal, probablemente, que ande con él por ahí. ¿Qué va a suceder cuando sea tu cuñado? ¿Dejarás que continúe jugando con tu hija?

–Tú no me comprendes bien, Ned –dijo Madvig, bostezando–. No te he preguntado nada de eso, sino solamente qué debo regalar a esa señorita.

La expresión de Beaumont perdió animación, tomando un tinte sombrío.

–¿En qué situación te encuentras con ella? –preguntó en tono indiferente.

–En ninguna. He estado en su casa media docena de veces para hablar con su padre. Unas veces la veo y otras no, pero siempre me limito a saludarla como lo haría otro cualquiera de los que van por allí. Comprenderás que aún no he tenido ocasión de decirle nada.

Durante un momento los ojos de Beaumont brillaron burlones, pero sólo un instante; luego preguntó, atusándose el bigote:

–¿Mañana será la primera vez que comas allí?

–Sí; aunque espero que no sea la última.

–¿Y no te han hecho indicación alguna para asistir a la celebración del cumpleaños?

–No –dijo Madvig vacilante–, aún no.

–Entonces, mi respuesta no va a gustarte.

–¿Cuál es? –preguntó impertérrito Madvig.

–No le regales nada.

–¡Vete al demonio, Ned!

–Pues haz lo que quieras –dijo Beaumont, encogiéndose de hombros–. Tú me lo has preguntado.

–Pero ¿por qué?

–Porque se entiende que nadie hace regalos a otra persona, a menos que sepa que serán bien recibidos.

–A todo el mundo le gustan…

 

 

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–Quizá, pero la cosa tiene mayor alcance. El hacer un regalo a una persona es como declarar explícitamente que de antemano conoce uno su satisfacción por aceptarlo.

–¡Ah! Ya te entiendo –dijo Madvig rascándose la barbilla–. Y creo que estás en lo cierto; sin embargo, ¿cómo voy a perder esta oportunidad?

–Llévale flores, pues –repuso con viveza Beaumont– o algo por el estilo; eso estará bien.

–¿Flores? ¡No me digas! Yo querría…

–Claro, tú querrías regalarle un roadster o una sarta de perlas de dos varas. Ya tendrás ocasión de hacerlo más adelante. Poco a poco hilaba la vieja el copo.

Madvig hizo un gesto de hombre avisado.

–Tienes razón, Ned. Tú sabes de esto más que yo. Flores, eso es.

–Y no demasiadas.

Dicho esto, sin cambiar la entonación, agregó:

–Walt Ivans anda diciendo a quienquiera oírlo que tú estás obligado a poner en libertad a su hermano.

Madvig agarró un botón de la chaqueta de Beaumont y le dio un tironcito, al tiempo que decía:

–Pues que se entere de que su hermano Tim va a seguir encerrado hasta después de las elecciones.

–¿Vas a permitir que comparezca ante el Jurado?

–Claro que sí –replicó Madvig, y añadió más acalorado –: Demasiado sabes que no puedo evitarlo, Ned. Con la gente preparada para las elecciones y los clubes femeninos dispuestos a meter las narices en todas partes, sería dar un salto en el vacío sacar ahora a relucir el caso de Tim.

Beaumont, sonriendo con sarcasmo, contestó arrastrando las palabras:

–Antes, cuando no nos tratábamos con la aristocracia, no nos preocupábamos de los clubes femeninos.

–Pero ahora sí –contestó Madvig con ojos inexpresivos.

–La mujer de Tom va a dar a luz el mes que viene.

–¡Cuántas complicaciones! –exclamó Madvig resoplando–. ¿Por qué no piensan en todo eso antes de buscarse disgustos? No tiene sentido común ninguno de ellos.

–Tienen votos, en cambio.

–Eso es lo malo –gruñó Madvig.

Durante unos momentos guardó silencio, sin levantar los ojos del suelo; luego, alzando la cabeza, prosiguió:

–Nos ocuparemos de él tan pronto termine el escrutinio; pero hasta entonces, nada.

–Eso va a sentar muy mal a los muchachos –dijo Beaumont, mirando de reojo al rubio–. Con sentido común o sin él, están acostumbrados a que les echen una mano.

Madvig, sacando un poco la barbilla, fijó en Beaumont sus ojos azules e inexpresivos.

–¿Y qué?

Beaumont, sonriendo y con voz tranquila, le contestó:

–Con unos cuantos incidentes como éste no me extrañaría que empezaran a hablar de lo distintas que eran antes las cosas, cuando no te habías aliado con el senador.

–¿Sí?

Ned Beaumont, sin dejar de sonreír y sin alterar la voz, mantuvo su posición.

–Dentro de poco dirán que Shad O’Rory es quien se preocupa de verdad de su gente.

Madvig, que había escuchado atentamente, habló con una entonación deliberadamente tranquila:

–Sé muy bien, Ned, que no serás tú quien inicie esas murmuraciones, y que puedo contar contigo para cortarlas en seco si llegaran a tus oídos.

Permanecieron callados unos instantes, mirándose a la cara sin cambiar de expresión. Beaumont interrumpió el silencio:

–No estaría de más ocuparse de la mujer de Tim y de la criatura.

–Eso es otra cosa –replicó Madvig, bajando un poco la cabeza y con mirada más humana–. ¿Quieres cuidarte de ello? Dales lo que te parezca.

 

 

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3

 

 

Walter Ivans aguardaba a Beaumont al pie de la escalera, brillándole los ojos de esperanza.

–¿Qué… que ha di… dicho?

–Lo que te anuncié; no puede hacer nada. Después de las elecciones se hará todo lo necesario para sacar a Tim, pero hasta entonces no hay que remover el asunto.

Walter Ivans dejó caer la cabeza y un sordo gruñido brotó de su pecho. Beaumont, poniéndole una mano en el hombro, le dijo:

–Es desagradable y para nadie lo es más que para Paul, pero no puede impedirlo. Dile, de su parte, a tu cuñada que no pague ninguna cuenta. Todas deben serle remitidas a él…: alquiler, comida, médicos, hospital…

–¡Di… Di… Dios se lo pague!

Se le humedecieron los ojos.

–Pe… pe… pero qui… quisiera ver li… libre a Tim.

–Siempre es posible que se presente una coyuntura favorable.

Luego, soltando su mano de las de Ivans, se despidió:

–Ya te veré cualquier día.

Y dando media vuelta entró en la sala de billares. El local estaba vacío. Tomó el abrigo y el sombrero, se acercó a la puerta principal y salió. En China Street caía oblicuamente un chubasco de agua grisácea. Mirando hacia la lluvia, dijo entre dientes:

–¡Bendita seas; tres mil doscientos cincuenta me vales!

Volvió a entrar y pidió un taxi.

 

 

4

 

 

Ned Beaumont, apartando sus manos del muerto, se enderezó. La cabeza del cadáver rodó un poco hacia la izquierda, separándose del bordillo de la acera, de tal modo que la cara quedó iluminada por el farol de la esquina. Era un rostro joven y su expresión de ira se acentuaba a causa del surco oscuro que le cruzaba la frente en diagonal, desde el arranque de los rubios cabellos hasta una ceja.

Beaumont perforó las sombras con una mirada. No había un alma al alcance de su vista en uno de los sentidos. En el opuesto, dos manzanas más abajo, frente al Log Cabin Club, dos hombres salieron de un automóvil estacionado delante del edificio y caminaron hacia Beaumont hasta que entraron en el club.

Después de observar el automóvil unos segundos, Ned Beaumont volvió rápidamente la cara para mirar de nuevo en dirección contraria; luego giró sobre los talones y subió a la acera, cobijándose a la sombra del árbol más próximo. Resopló un poco; a la luz del farol, las manos se le pusieron brillantes de sudor y, estremeciéndose, se subió el cuello del abrigo.

Permaneció medio minuto a la sombra del árbol, con una mano apoyada en el tronco. Después, decidiéndose de pronto, empezó a caminar hacia el Log Cabin Club. Avanzaba deprisa, inclinado hacia delante, y había iniciado casi un trotecito cuando por el otro extremo de la calle vio a un hombre que se acercaba. Inmediatamente, disminuyendo la velocidad del paso, adoptó una posición más erguida. Antes de cruzarse con Beaumont, el hombre entró en el club.

Cuando Beaumont llegó a la puerta del club, ya no resoplaba; tenía los labios aún descoloridos. Sin detenerse, observó el automóvil desocupado y, subiendo los escalones de acceso entre los dos faroles de la puerta, entró en el edificio.

Harry Sloss y otro hombre cruzaban en aquel momento el vestíbulo procedentes del guardarropa. Se detuvieron y dijeron a la vez:

–Hola, Ned.

Y Sloss añadió:

–He oído que ganaste apostando por Peggy O’Toole.

–Sí.

–¿Mucho?

 

 

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–Tres mil doscientos.

Sloss se pasó la lengua por el labio inferior.

–No está mal. ¿No haces de banca esta noche?

–Más tarde, quizá. ¿Está dentro Paul?

–No lo sé. Acabamos de llegar. No tardes; he prometido a la chica llegar pronto.

–Bien –dijo Beaumont, y, entrando en el guardarropa, preguntó al encargado–: ¿Está Paul?

–Sí; desde hace unos diez minutos.

Beaumont miró el reloj de pulsera. Eran las diez y media. Subió al apartamento central del segundo piso. Madvig, vestido para comer, estaba ante la mesa con una mano extendida hacia el teléfono en el momento en que entraba Beaumont.

Retiró la mano y dijo:

–¿Cómo estás, Ned?

Su cara ancha y plácida parecía sofocada.

–Peor podría estar.

Cerró la puerta y se sentó en una silla, no lejos de Madvig.

–¿Cómo ha ido esa comida con los Henry?

Madvig frunció un poco los labios.

–Peor podría haber ido –dijo.

Las manos de Beaumont, mientras tomaban por la punta un cigarro de hojas moteadas con manchitas claras, temblaban, en contraste con la firmeza de su voz al preguntar:

–¿Estaba allí Taylor?

Y, sin levantar la cabeza, miró a Madvig.

–En la comida, no. ¿Por qué?

Ned Beaumont, arrellanándose, cruzó las piernas, se acomodó en la silla y moviendo en arco, con naturalidad, la mano que sostenía el cigarro, dijo:

–Está muerto ahí, junto a la acera, en la calle.

–¿De veras? –preguntó Madvig sin inmutarse.

Beaumont se inclinó hacia delante, tensos los músculos de la cara. La vitola del puro quedó desgarrada entre los dedos, con un crujido.

–¿Has comprendido lo que te digo? –preguntó irritado.

–¿Y qué? –contestó Madvig, después de hacer lentamente un ademán afirmativo.

–Le han matado.

–Bueno –replicó Madvig–. ¿Quieres que me eche a llorar?

Beaumont se enderezó en la silla.

–¿Llamo a la policía? –preguntó.

–¿No lo saben? –dijo Madvig, levantando un poco las cejas.

Beaumont contempló tranquilamente a su rubicundo amigo.

–Cuando le descubrí no había nadie alrededor. Quería verte antes de hacer nada. ¿No importará decir que lo he encontrado yo?

Las cejas de Madvig descendieron y replicó con indiferencia:

–¿Por qué ha de importar?

Beaumont se puso en pie, dio dos pasos hacia el teléfono y, deteniéndose, miró de nuevo a su amigo. Luego, recalcando las palabras, le dijo:

–Su sombrero no estaba allí.

–Ya no lo necesita –dijo Madvig irónico, y añadió–: ¡Qué loco estás, Ned!

–No sé cuál de los dos lo está más –dijo Beaumont, acercándose al teléfono.

 

 

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5

 

 

Taylor Henry, Asesinado

El cuerpo del hijo del senador aparece

en China Street

 

Anoche, pocos minutos después de las diez, Taylor Henry, de veintiséis años, hijo del senador Ralph Bancroft Henry, apareció muerto en China Street cerca de la esquina de Pamela Avenue, al parecer víctima de un atraco.

El juez William J. Hoops afirma que la muerte del joven Henry fue debida a la fractura del cráneo y a una conmoción cerebral producidas por el golpe de la cabeza contra el bordillo de la acera, tras ser derribado por un golpe de porra u otro instrumento contundente en la frente.

Se dice que el cadáver fue descubierto por Ned Beaumont, que vive en Randall Avenue, 914, quien se dirigió al Log Cabin Club, dos manzanas más allá, para telefonear a la policía; mas antes de que consiguiese comunicar con la comisaría, el agente de servicio Michael Smith había encontrado ya el cuerpo del joven Henry.

El jefe de policía, Frederick M. Rainey, ordenó inmediatamente una redada de sospechosos en toda la ciudad e hizo circular órdenes para no dejar piedra por mover hasta que, lo antes posible, se detenga al asesino o asesinos.

Los miembros de la familia del difunto dicen que Taylor salió de su casa de Charles Street hacia las nueve y media…

 

Beaumont, dejó a un lado el diario, sorbió el café que aún quedaba en la taza y, dejándola con su plato en la mesilla, se recostó sobre la almohada. Su cara estaba pálida y cansada. Tiró de la colcha y se tapó hasta el cuello; cruzó las manos por detrás de la cabeza y miró con desagrado la luz que penetraba por una rendija de la ventana.

Permaneció quieto durante media hora, sin mover más que los párpados. Después recogió el periódico y releyó la noticia y, al hacerlo, el disgusto que denunciaban ya sus ojos se extendió por toda su cara. Volvió a dejar el diario, se levantó perezosamente y enfundó su cuerpo esbelto, cubierto con un pijama blanco, en un batín de adornos castaños y negros, metió los pies en las zapatillas y, tosiendo un poco, entró en el cuarto de estar.

Era una habitación grande, a la antigua, alta de techo y con amplio ventanal; sobre la chimenea había un espejo enorme y los muebles estaban tapizados con telas en las que predominaba el rojo. Tomó un cigarro de una caja y se acomodó en el gran sillón. Sus pies descansaban en un paralelogramo iluminado por el sol de la mañana; al soltar el humo del cigarro se formó una nube que pareció tomar cuerpo al interceptar el haz de rayos solares. Frunciendo el ceño, cuando no chupaba el cigarro se metía en la boca el dedo meñique.

En la puerta sonaron unos golpes y él, enderezándose y alerta, exclamó:

–¡Pase!

Entró un mozo vestido con chaqueta negra.

–¡Ah, muy bien! –dijo Beaumont, como quien experimenta una molestia, e inmediatamente volvió a descansar en el sillón rojizo.

El mozo cruzó la habitación y entró en el dormitorio. Recogió la bandeja del servicio y salió de nuevo. Beaumont, tirando la colilla del cigarro al fuego de la chimenea, se metió en el cuarto de baño. Cuando se hubo afeitado, bañado y vestido, su cara perdió el aspecto demacrado y, casi por completo, el de cansancio.

 

 

6

 

 

No era aún mediodía cuando Beaumont dejó sus habitaciones. Caminó a lo largo de ocho manzanas hasta llegar a una casa de vecinos, de fachada gris claro, en Link Street. Oprimió un botón en el portal. Al girar el pestillo, entró y subió en un pequeño ascensor hasta el sexto piso.

Llamó al timbre incrustado en el marco de la puerta 611, que abrió en el acto una muchachita que apenas parecía alcanzar las veinte primaveras. Tenía los ojos oscuros y malhumorados, la cara pálida, excepto las cuencas de los ojos, y el gesto de enfado.

–¡Ah, hola! –exclamó.

Sonriendo débilmente, hizo un vago ademán como disculpándose de su mal talante. Su voz aguda tenía un tono metálico. Llevaba puesto un abrigo castaño, de piel, pero no sombrero. El pelo

 

 

 

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corto, casi negro, brillante, se le aplastaba contra la cabeza. De las orejitas le colgaban unos pendientes de cornalina montados en oro. Dando un paso atrás, dejó libre la entrada.

Ned Beaumont cruzó el umbral.

–¿Se ha levantado Bernie?

Otra vez brilló la ira en los ojos de la muchacha, que exclamó con voz chillona:

–¡El muy sinvergüenza!

Beaumont, sin volverse, cerró la puerta La chica, acercándose a él, le cogió los brazos tratando de sacudirle, mientras decía:

–¡Tú sabes cuánto he hecho yo por ese granuja! Dejar la mejor de las casas, abandonar a un padre y a una madre, que era una santa. ¡Bien me aconsejaban ellos! Todo el mundo me decía lo acertados que estaban al hablarme de ese hombre, pero yo era demasiado tonta para comprenderlo. Ahora ya sé que es un…

El resto de la frase fue una retahíla de obscenidades. Ned Beaumont, inmóvil, escuchaba gravemente. Sus ojos no denotaban en aquel momento la menor debilidad. Cuando, sin aliento, ella tuvo que hacer una pausa, le preguntó:

–¿Qué es lo que ha hecho?

–¿Qué ha hecho? Pues dejarme plantada, el muy…

Y continuó con su serie de invectivas, imposibles de reproducir. Beaumont se echó atrás, y en sus labios se extinguió la sonrisa que insinuaban.

–¿No dejó algo para mí?

Ella acercó su cara a la de Beaumont apretando los dientes.

–¿Te debía dinero? –preguntó, abriendo mucho los ojos.

–He ganado… –se interrumpió para toser–. Creo que he ganado tres mil doscientos cincuenta pavos en la cuarta carrera de ayer.

La chica, riendo con sarcasmo, apartó su mano del brazo de Beaumont.

–¡Anda, a ver si le encuentras! ¡Mira!

Levantando las manos, mostró en la izquierda una sortija de ágata. Después se tocó los pendientes.

–Estas porquerías son las únicas joyas que me quedan, y también me las hubiera quitado si no las llevase siempre encima.

Beaumont preguntó en tono reticente:

–¿Y… cuándo ha ocurrido eso?

–Anoche, aunque no me he enterado hasta hoy por la mañana: pero no creas que voy a permitir que ese hijo de perra me deje en la estacada.

Se metió una mano por el escote y sacó el puño cerrado: al abrirlo mostró en la palma de la mano tres pedazos de papel arrugados. Beaumont trató de apoderarse de ellos, pero la chica, apretando los dedos, dio un paso atrás y escondió la mano.

Él hizo con la boca un gesto de impaciencia y dejó caer su propia mano al costado.

–¿Has leído –preguntó ella excitada– lo que esta mañana decía el periódico acerca de Taylor Henry?

–Sí –dijo Beaumont con aparente calma, aunque con la respiración agitada.

–Pues ¿sabes lo que es esto? –preguntó ella, mostrando otra vez los papeles.

Beaumont negó con la cabeza, mirándola con ojos brillantes a través de los párpados entornados.

–¡Son pagarés de Taylor! –dijo la chica con aire triunfal–. ¡Por mil doscientos dólares!

Él iba a decir algo, pero se contuvo; al hablar, su entonación era indiferente.

–Ahora que ha muerto, no valen ni cinco centavos.

La mujer se metió los pagarés en el escote y se acercó a Beaumont.

–Escucha –dijo–. Nunca han valido ni un centavo. ¡Por eso ha muerto!

–¿Lo supones?

–Deja que te diga una cosa. Bernie llamó a Taylor el viernes pasado para decirle que le daba sólo tres días de plazo.

–¿No fantaseas? –preguntó él, atusándose el bigote.

 

 

 

La llave de cristal: Un cadáver en China Street                                                 Dashiell Hammett

 

 

 

–¿Crees que estoy loca? –dijo ella enfadada–. Sí, loca; lo bastante para entregarle a la policía. Eso es lo que voy a hacer ahora mismo. Pero tonto serás si piensas que son mentiras mías.

–¿De dónde has sacado esos papeles? –preguntó él sin dejarse convencer.

–De la caja de caudales.

Con un movimiento, la bruñida cabeza señaló hacia el interior del piso.

–¿A qué hora salió anoche?

–No lo sé. Llegué a casa a las nueve y media y le esperé sentada casi toda la velada. Hasta hoy por la mañana no empecé a sospechar. Eché una ojeada y vi que había dejado la casa limpia de dinero, hasta el último centavo, y que, además, se había largado con todas mis joyas, menos las que llevo puestas.

Pasándose la uña del pulgar por el bigote, Beaumont preguntó:

–¿Adónde crees que habrá ido?

Ella, dando patadas en el suelo y agitando los puños, empezó a maldecir a Bernie con voz chillona y furiosa.

–¡Basta ya! –le dijo Beaumont, sujetándole las muñecas. Y sin soltarla prosiguió–: Si no vas a hacer más que dar gritos, entrégame esos papeles y yo me encargaré del asunto.

Ella se soltó de un tirón.

–A ti no pienso darte nada. Se los daré a la policía.

–Muy bien, hazlo. ¿Adónde crees que habrá ido, Lee?

Ella, con mucho sarcasmo, replicó que no sabía adónde habría ido, pero si adónde hubiera ella querido que fuese.

–Pues ahí aprieta el zapato. El adivinarlo nos va a convenir mucho a ti y a mí. ¿Crees que habrá vuelto a Nueva York?

–¡Yo qué sé!

De pronto sus ojos se tornaron agresivos. Ned Beaumont enrojeció de ira.

–¿Qué te propones? –preguntó suspicaz.

–Nada –contestó ella con cara inocente–. ¿Qué quieres decir?

Él, inclinándose y hablando con vehemencia al mismo tiempo que movía la cabeza desafiándola, exclamó:

–¡No te figures que vas a ahorrarte la visita a la policía, Lee, pues te aseguro que irás!

–¡Claro que sí!

 

 

7

 

 

Beaumont utilizó el teléfono de la tienda, en la planta baja de la casa. Marcó el número de la comisaría y preguntó por el teniente Doolan.

–¡Oiga! ¿El teniente Doolan?… Llamo de parte de la señorita Lee Wilshire… Vive con Bernie Despain en el número 1666 de Link… Al parecer, Despain se ausentó anoche, olvidándose unos pagarés de Taylor Henry… Eso es; dice que le oyó amenazar a Taylor hace un par de días… Sí; quiere verle a usted lo antes posible… No, mejor es que venga o envíe a alguien tan pronto como pueda… Eso es indiferente; usted no me conoce. Hablo en su nombre porque ella no quiere llamar desde su casa…

Escuchó un momento más y, sin añadir una palabra, colgó el aparato y salió de la tienda.

 

 

8

 

 

Beaumont se encaminó a una casa de ladrillos rojos, muy nuevos, situada en el centro de una hilera de edificios idénticos de Thames Street. A su llamada, le fue franqueado el paso por una joven negra que sonreía con todos sus dientes.

–¿Cómo está usted, señor Beaumont?

Parecía invitarle afectuosamente a entrar.

–¡Hola, June! –dijo él–. ¿Hay alguien en casa?

–Sí, señor; aún están a la mesa.

 

 

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Beaumont pasó al comedor, donde Paul Madvig y su madre, sentados frente a frente, ocupaban una mesa cubierta con un mantel rojo y blanco. Había una tercera silla, pero estaba vacía, y tanto los platos correspondientes como los cubiertos aparecían intactos.

La madre de Paul Madvig era una mujer alta y lozana, cuya cabellera rubia no se había vuelto aún enteramente blanca a sus setenta y tantos años. Tenía los ojos tan claros, azules y jóvenes como su propio hijo; más jóvenes aún, podría decirse, cuando brillaban mirando al recién llegado. Sin embargo, las arrugas de su frente se hicieron algo más profundas al decir:

–¡Por fin has venido! Eres un mal muchacho al olvidar a las viejas como yo.

Beaumont le sonrió.

–Bien, mamá; pero ya estoy muy crecido y tengo que ocuparme de mis asuntos.

Levantó una mano para saludar a Madvig.

–¡Hola, Paul!

–Siéntate –dijo éste–. A ver si June te encuentra algo de comer.

Beaumont se inclinó para besar la huesuda mano que la señora Madvig había alargado hacia él, pero la anciana, retirándola, continuó regañándole:

–¿Dónde has aprendido a portarte tan mal?

–Ya le he dicho que en lo sucesivo voy a ser un buen muchacho.

Dirigiéndose después a Madvig, se disculpó:

–Gracias; hace sólo unos minutos que he comido. ¿Dónde está Opal?

–Echada –contestó la anciana–. No se encuentra bien.

–¿Cosas sin importancia? –preguntó Beaumont cortésmente a Madvig.

–Jaqueca, o algo así –contestó éste con un gesto de indiferencia–. Me parece que esa niña baila demasiado.

–Te creo demasiado buen padre –dijo la anciana– para que des tan poca importancia a los dolores de cabeza de tu hija.

Madvig entornó un poco los ojos.

–No seas malintencionada, mamá.

Y volviéndose a Beaumont, le preguntó:

–¿Qué hay de bueno por ahí?

Beaumont, pasando por detrás de la señora Madvig, fue a ocupar la silla vacía y, una vez sentado, contestó:

–Bernie Despain se fugó anoche con mis ganancias procedentes de la carrera de Peggy O’Toole.

El rubio abrió los ojos de par en par.

–Y se dejó olvidados –prosiguió el otro– unos pagarés de Taylor Henry por mil doscientos dólares.

Madvig hizo un vivo gesto, contrayendo los párpados.

–Dice Lee –prosiguió Beaumont– que Despain había llamado a Taylor y le dio tres días de plazo.

–¿Quién es Lee? –preguntó Madvig, tocándose la barbilla con el dorso de la mano.

–La amiga de Bernie.

–¡Ah!

Y como el otro no dijera nada, Madvig preguntó:

–Y en caso de que Taylor no respondiese, ¿qué se proponía Bernie?

–No lo sé.

Beaumont apoyó el antebrazo sobre la mesa y se inclinó hacia el rubio para decirle:

–Haz que me nombren delegado del fiscal, o algo por el estilo, Paul.

–¡Por Dios, Ned! –exclamó Madvig, parpadeando–. ¿Y para qué?

–Eso me facilitará las cosas. Tengo que perseguir a ese tipo, y con el nombramiento que te pido puedo evitarme un disgusto.

Madvig observó a su amigo con ojos preocupados.

–¿Qué es lo que te tiene desazonado?

–Mis tres mil doscientos cincuenta dólares.

 

 

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–Muy bien; eso sí –dijo Madvig, hablando lentamente–. Pero anoche, antes de saber que te habían desplumado, ya parecías inquieto.

Beaumont hizo un ademán de impaciencia.

–¿Esperas –preguntó– que me encuentre de repente con un muerto y que me quede tan tranquilo? Pero dejemos eso. No es lo que ahora me preocupa. Se trata de encontrar a ese individuo. Eso es lo que tengo que hacer.

Estaba pálido; el gesto duro de la cara y el tono de la voz reflejaban la vehemencia de sus deseos.

–Escucha, Paul –dijo–. No es sólo por el dinero, que ya es bastante; aunque se tratase de quinientos pavos sería igual. Llevo dos meses sin ganar una apuesta y esto me tiene desconcertado. ¿Para qué sirvo, si se me acaba la suerte? Si me sitúo bien, al menos en apariencia, volveré a levantar cabeza y me sentiré persona otra vez, no un ser al que todo el mundo pueda dar una patada. El dinero tiene importancia, pero no lo es todo. El perder continuamente me tiene a mal traer. ¿No lo comprendes? Y ahora, cuando creía que la mala racha había pasado, ese individuo me trata como a un pazguato. ¡No lo puedo aguantar! Si paso por ello, estoy perdido, dejo de ser hombre. ¡Y no lo aguantaré! Tengo que echarle el guante. Lo haría de tonos modos, pero si tú me apoyas, todo saldrá mejor.

Madvig apartó bruscamente la cara desencajada de Beaumont con la palma de la mano.

–Claro, Ned; cuenta con mi ayuda. Lo único que no me gusta es verte mezclado en asuntos como ése, ¡qué demonio! Si las cosas son como tú las pintas, lo mejor será nombrarte agente especial de la fiscalía. Dependerás de Farr, que no meterá las narices en lo que hagas.

La señora Madvig se puso en pie con un plato en cada una de sus esqueléticas manos, y dijo muy sería:

–Si no tuviera por norma no mezclarme en los asuntos de los hombres, os diría algo de esos negocios sucios ¡Dios sabe de qué se trata!, que no pueden traer más que trastornos.

Beaumont sonrió a la anciana hasta que ésta salió de la habitación, pero enseguida volvió a ponerse serio.

–¿Quieres arreglarlo –preguntó a Madvig– para esta misma tarde?

–Desde luego –contestó el otro levantándose–. Telefonearé a Farr, y si hay algo más que yo pueda hacer, ya sabes dónde me tienes.

–Muy bien.

Madvig salió de la habitación y al mismo tiempo llegó la joven negra para recoger los manteles.

–¿Duerme la señorita Opal? –le preguntó Beaumont.

–No, señor; acabo de llevarle un té con tostadas.

–Corre a preguntarle si puedo verla un momento, ¿quieres?

–Sí, señor; con mucho gusto.

Cuando la muchacha hubo salido, Beaumont se levantó de la mesa y comenzó a pasear de un extremo a otro de la habitación. Los pómulos de su delgado rostro se habían teñido de color. Al entrar Madvig, se detuvo.

–¡Listo! –dijo Madvig–. Si no está Farr, ve a Barbero. Te lo arreglará todo sin que tengas que decirle nada.

–Gracias –dijo Beaumont, mirando a June, que regresaba.

–Dice que vaya enseguida –le comunicó la muchacha.

 

 

9

 

 

En la habitación de Opal Madvig predominaba el azul. Ella, que vestía una bata azul y plata, se recostaba sobre las almohadas. Azules eran sus ojos, como los del padre y los de la abuela; alta como ellos y de rasgos firmes, su cutis era claro y rosado, de tez infantil. En aquel momento tenía los ojos enrojecidos.

Dejando sobre la bandeja que descansaba en su regazo la tostada que estaba a punto de morder, alargó la mano a Beaumont, descubriendo con una sonrisa su dentadura fuerte y sana.

–¡Hola, Ned!

La voz no era muy segura.

 

 

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Él, sin tomarle la mano, dio con la suya unos golpecitos sobre la que ella le tendía, y le dijo:

–¡Hola, pequeña!

Y se sentó a los pies de la cama, cruzando las piernas y extrayendo un cigarro del bolsillo.

–¿Te dolerá la cabeza si fumo?

–No, no.

Pero él, haciéndose a sí mismo un ademán afirmativo y guardándose otra vez el cigarro, abandonó su aire de indiferencia. Para mirarla más de frente, se volvió con los ojos húmedos de simpatía, y con voz ronca le dijo:

–Ya lo has sabido, chiquilla; es desagradable.

Ella le contempló con ojos infantiles.

–No; ahora no me duele tanto la cabeza, ni me encuentro tan mal.

La voz ya no le temblaba.

–¿También yo soy un extraño para ti? –le preguntó Beaumont, sonriendo ligeramente.

–No sé qué quieres decir, Ned –dijo ella, arrugando la frente.

–Me refiero a Taylor –dijo él, con mirada dura. Aunque la bandeja tembló un poco sobre las rodillas, la cara de Opal no varió de expresión.

–Sí –contestó–, pero ya sabes que hace meses que no le veía; desde que papá…

Beaumont se puso en pie bruscamente.

–Bueno, bueno –dijo mirándola por encima del hombro mientras se acercaba a la puerta.

La muchacha seguía guardando silencio. Él salió de la habitación y bajó por la escalera. En el vestíbulo inferior, Paul Madvig, que estaba poniéndose el abrigo, dijo:

–Tengo que ir al despacho a examinar esos contratos de alcantarillado. Si quieres, te dejaré de paso en las oficinas de Farr.

–Perfectamente –dijo Beaumont.

En aquel momento llegó a sus oídos la voz de Opal.

–¡Ned, oh, Ned!

–¡Enseguida! –gritó él, y dirigiéndose a Madvig, añadió–: No me esperes si tienes prisa.

–Tengo que echar a correr –contestó Madvig–. ¿Te veré en el club esta noche?

Ned Beaumont contestó entre dientes algo ininteligible y subió de nuevo la escalera.

Opal, que había empujado la bandeja hasta los pies de la cama, le dijo:

–Cierra la puerta.

Y cuando él hubo obedecido, Opal se apartó haciéndole sitio para que se sentara en la cama, a su lado.

–¿Por qué te portas así? –le preguntó entonces.

–No deberías engañarme –contestó él, tomando asiento.

–¡Pero, Ned…!

Los ojos azules de la muchacha trataron de leer en los ojos castaños del hombre.

–¿Desde cuándo no has visto a Taylor? –preguntó él.

–¿Te refieres a hablarle?… Hacía varias semanas, y…

Sus ojos y su voz mostraban una candidez perfecta. De nuevo volvió él a levantarse repentinamente y a mirarla por encima del hombro, al tiempo que se encaminaba hacia la puerta.

Ella le dejó marchar, pero un paso antes de que alcanzara la salida, exclamó:

–¡Por Dios, Ned, no me pongas en apuros!

Él se volvió lentamente, con la cara impasible.

–¿Somos amigos? –le preguntó ella.

–Claro que sí –contestó Beaumont sin gran entusiasmo–, pero no lo parece cuando nos mentimos recíprocamente.

La muchacha se recostó en la cama y apoyó la mejilla en la almohada. Rompió a llorar silenciosamente. Sus lágrimas caían sobre la tela, dejando una huella húmeda.

Beaumont se sentó a su lado y, tomándole la cabeza entre las manos, la apoyó en el hombro.

Ella siguió llorando silenciosamente durante unos minutos. Después, con voz ahogada por la presión de la chaqueta de Beaumont contra sus labios, empezó a hablar:

 

 

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–¿Sabías… que él y yo nos veíamos?

–Sí.

Alarmada, ella se enderezó en el acto.

–¿Lo sabía papá?

–No creo, pero no lo sé.

Ella escondió otra vez la cabeza y la voz apagada llegó de nuevo a los oídos de Ned.

–¡Oh, Ned! Ayer… estuve con él toda la tarde.

Él la oprimió un poco con su brazo, pero no despegó los labios. Después de otra pausa, ella preguntó:

–¿Quién…, quién crees tú que podrá haber sido?

Él hizo un gesto ambiguo, y Opal, levantando la cabeza, volvió a preguntar sin mostrar esta vez ni un asomo de debilidad:

–¿Lo sabes tú, Ned?

Él, vacilante, se humedeció los labios.

–Creo que sí.

–¿Quién? –preguntó ella con fiereza.

Beaumont, titubeando nuevamente, evitó su mirada y contestó con otra pregunta:

–¿Prometes guardar el secreto hasta el momento oportuno?

–Sí –contestó ella con viveza.

Pero cuando él iba a hablar, la muchacha le detuvo, agarrándole por un hombro con ambas manos.

–¡Espera! No prometeré nada, a menos de que tú me asegures que no escapará, sino que será detenido y condenado.

–Eso no puedo prometerlo. Ni yo, ni nadie.

Opal se le quedó mirando, mordiéndose los labios; después volvió a hablar.

–Bueno; entonces te lo prometo de todos modos. ¿Quién?

–¿Te había dicho Taylor alguna vez que debía a un tal Bernie Despain, un tahúr, más dinero del que podía pagar?

–¿Ha sido…, ha sido ese Despain?

–Creo que sí; pero ¿te habló él de esa deuda?

–Yo sabía que se encontraba en un aprieto. Me lo contó, pero sin decirme de qué se trataba, excepto que había reñido con su padre a propósito de no sé qué dinero y que estaba «desesperado»; ésta fue la palabra que empleó.

–¿No citó a Despain?

–No. ¿Qué le sucedió con él? ¿Por qué crees que le mató?

–Ese hombre tenía unos mil dólares en pagarés firmados por Taylor y no podía cobrarlos. Anoche escapó de la ciudad apresuradamente; ahora le busca la policía.

Bajando la voz y mirándola un poco de reojo, prosiguió:

–¿Querrías ayudar a atraparlo para que confiese su delito?

–Sí. ¿Como?

–Me refiero a una diligencia algo extraña. Como comprenderás, será difícil hacerle confesar; pero si es culpable, ¿serías capaz de tenderle…, bueno, un lazo, con tal de atraparle?

–Lo que sea.

Suspirando, Beaumont hizo un gesto de vacilación.

–¿Qué quieres que haga? –preguntó ella vehemente.

–Que me des uno de sus sombreros.

–¿Cómo?

–Necesito un sombrero de Taylor –dijo Beaumont, enrojeciendo de pronto–. ¿Podrás dármelo?

–Pero ¿para qué, Ned? –preguntó ella extrañada.

–Para cazar al culpable con toda seguridad. Es cuanto ahora puedo decir. ¿Puedes o no puedes dármelo?

–Creo…, creo que sí; pero quisiera…

–¿Cuándo?

 

 

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–Esta tarde, me parece; pero insisto…

Él la interrumpió otra vez:

–No necesitas saber nada más. Cuanto menos sepas, mejor. Y lo mismo te digo respecto al sombrero.

Echándole un brazo por los hombros la atrajo hacia sí, preguntándole:

–¿Le querías de verdad, pequeña, o era sólo porque tu padre…?

–Sí, sí; le quería de verdad –dijo ella sollozando–. Estoy segura de que le quería.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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