david foster wallace

entrevistas breves con hombres repulsivos

con hombres repulsivos

foster wallace

breves

 

pensar

 

 

     

Ella tiene el cierre del sujetador por delante. Las arrugas de la frente de él se disipan de pronto. Él considera la posibilidad de arrodillarse. Pero sabe lo que ella puede pensar si él se arrodilla. Lo que ha hecho que se disiparan las arrugas de su frente ha sido una especie de revelación.

A ella se le han salido los pechos del sujetador. El piensa en su mujer y en su hijo. Los pechos de ella se han liberado. Ella es la hermana menor de la compañera de habitación de su mujer en la universidad. Todos los demás se han ido al centro comercial, unos de compras y otros a ver una película en el multicine del centro comercial.

De pie junto a la cama, la hermana con pechos tiene una mirada decidida y una ligera sonrisa, ligera y humosa, aprendida en el cine o la televisión. Ella ve que él se ruboriza y que se le alisa la frente como si hubiera tenido una revelación: por qué ella ha insistido en no ir al centro comercial, el significado de ciertos comentarios, miradas y momentos distendidos a lo largo del fin de semana que él había pensado que eran fruto de su vanidad y su fantasía.

Vemos esas cosas una docena de veces al día en la tele, pero pensamos que nuestras propias fantasías son descabelladas. Otro hombre diría que lo que ha visto era que ella se llevaba la mano al sujetador y se liberaba los pechos. Las piernas de él tiemblan un poco cuando ella le pregunta en qué está pensando. La expresión de ella está sacada de la página 18 del catálogo de Victoria’s Secret.

Él piensa que ella es de esas mujeres que se dejarían puestos los zapatos de tacón si él se lo pidiera. Incluso si nunca antes se hubiera dejado puestos los zapatos de tacón, ella le dedicaría una sonrisa cómplice y humosa, sacada de la página 18. Visto fugazmente de perfil cuando ella se gira para cerrar la puerta, su pecho es una media esfera por debajo y la curva de una pista de saltos de esquí por encima.

El gesto lánguido con que ella hace girar la puerta y la empuja están cargados de significado. El se da cuenta de que ella está reproduciendo la escena de alguna película que le gusta. En el retablo que ocupa la imaginación de él, su mujer tiene la mano en el hombro diminuto de su hijo en un gesto casi paternal.

No es que él decida arrodillarse, simplemente le parece notar una fuerza que le hace doblar las rodillas. Su posición puede hacerle pensar a ella que él quiere quitarle la ropa interior. Cuando ella se le acerca, la ropa interior le queda a la altura de la cara. Él casi nota la textura de la tela de sus pantalones y el tacto de la alfombra que tiene debajo, contra las rodillas. La expresión de ella es una combinación de seducción y excitación, además de un revestimiento ligeramente burlón destinado a denotar sofisticación, la pérdida de todas las ilusiones hace mucho tiempo.

Cuando él junta las manos delante del pecho queda claro que se ha arrodillado para rezar. Tiene la cara de un color muy subido. Cuando ella deja de caminar, sus pechos detienen su ligero temblor y su balanceo. Ella sigue estando en el mismo lado de la cama, pero todavía no está encima de él. El clava una mirada suplicante en el techo. Sus labios se mueven sin hacer ruido. Ella parece confusa.

La conciencia de su propia desnudez se convierte en una clase distinta de conciencia. La hermana de ella, su marido y sus niños, la mujer y el hijo del hombre han cogido la furgoneta de este para ir al centro comercial. Ella se cruza de brazos y mira fugazmente hacia atrás: hacia la puerta, su blusa, el sujetador y el tocador de anticuario de la esposa salpicado de la luz del sol que entra a través de las hojas de la ventana.

Ella puede intentar, solo por un momento, imaginar lo que está pasando por la cabeza de él. El extremo de una báscula de baño sobresale ligeramente junto a los pies de la cama, por debajo del dobladillo vaporoso del edredón. Por un solo instante, ella puede intentar ponerse en el lugar de él.

La pregunta de ella hace que a él se le arrugue la frente y se le escape una mueca de dolor. Ella ha cruzado los brazos. Es una pregunta de tres palabras.

—No es lo que estás pensando —dice él.

Su mirada no se desvía del punto medio entre el techo y ellos dos. Ella acaba de fijarse en su propia postura, en lo idiota que puede parecer desde una ventana. No es la excitación lo que le ha endurecido los pezones. También a ella se le forma una línea perpleja en la frente.

—No tengo miedo de lo que estás pensando —dice él.

Y qué pasaría si ella se arrodillara en el suelo con él, así sin más, unidos en actitud suplicante: así sin más.

 

 

 

think

 

 

 

Her brassiere’s snaps are in the front. His own forehead snaps clear. He thinks to kneel. But he knows what she might think if he kneels. What cleared his forehead’s lines was a type of revelation. Her breasts have come free. He imagines his wife and son.

Her breasts are unconfined now. The bed’s comforter has a tulle hem, like a ballerina’s little hem. This is the younger sister of his wife’s college roommate. Everyone else has gone to the mall, some to shop, some to see a movie at the mall’s multiplex. The sister with breasts by the bed has a level gaze and a slight smile, slight and smoky, media-taught. She sees his color heighten and forehead go smooth in a kind of revelation— why she’d begged off the mall, the meaning of certain comments, looks, distended moments over the week-end he’d thought were his vanity, imagination.

We see these things a dozen times a day in entertainment but imagine we ourselves, our own imaginations, are mad. A different man might have said what he’d seen was her hand moved to her bra and freed her breasts. His legs might slightly tremble when she asks what he thinks. Her expression is from Page 18 of the Victoria’s Secret catalogue. She is, he thinks, the sort of woman who’d keep her heels on if he asked her to. Even if she’d never kept heels on before she’d give him a knowing, smoky smile, Page 18. In quick profile as she turns to close the door her breast is a half-globe at the bottom, a ski-jump curve above.

The languid half-turn and push of the door are tumid with some kind of significance; he realizes she’s replaying a scene from some movie she loves. In his imagination’s tableau his wife’s hand is on his small son’s shoulder in an almost fatherly way. It’s not even that he decides to kneel— he simply finds he feels weight against his knees. His position might make her think he wants her underwear off.

His face is at the height of her underwear as she walks toward him. He can feel the weave of his slacks’ fabric, the texture of the carpet below that, over that, against his knees. Her expression is a combination of seductive and aroused, with an overlay of slight amusement meant to convey sophistication, the loss of all illusions long ago. It’s the sort of expression that looks devastating in a photograph but becomes awkward when it’s maintained over real time.

When he clasps his hands in front of his chest it’s now clear he is kneeling to pray. There can now be no mistaking what he’s doing. His color is very high. Her breasts stop their slight tremble and sway when she stops. She’s now on the same side of the bed but not yet right up against him. His gaze at the room’s ceiling is supplicatory. His lips are soundlessly moving. She stands confused. Her awareness of her own nudity becomes a different kind of awareness. She’s not sure how to stand or look while he’s gazing so intently upward. His eyes are not closed.

Her sister and her husband and kids and the man’s wife and tiny son have taken the man’s Voyager minivan to the mall. She crosses her arms and looks briefly behind her: the door, her blouse and brassiere, the wife’s antique dresser stippled with sunlight through the window’s leaves. She could try, for just a moment, to imagine what is happening in his head. A bathroom scale barely peeking out from below the foot of the bed, beneath the gauzy hem of the comforter. Even for an instant, to try putting herself in his place.

The question she asks makes his forehead pucker as he winces. She has crossed her arms. It’s a three-word question.

‘It’s not what you think,’ he says.

His eyes never leave the middle distance between the ceiling and themselves.

She’s now aware of just how she’s standing, how silly it might look through a window. It’s not excitement that’s hardened her nipples. Her own forehead forms a puzzled line. He says,

‘It’s not what you think I’m afraid of.’

And what if she joined him on the floor, just like this, clasped in supplication: just this way.

 

 

 

 

 

 

Wallace, David Foster. Brief Interviews with Hideous Men: Stories .Little, Brown and Company

 

 


 

 

 

 

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