Entrevistas breves

con hombres repulsivos

Brief interviews with hideous men

DAVID FOSTER WALLACE

Traducción de Javier Calvo

2001 de la edición castellana para todo el mundo:

MONDADOR! (Grijalbo Mondadori, S.A.)

 

 

 

 

la muerte no es el final

 

 

 

 

       

El poeta americano de cincuenta y seis años, Premio Nobel, conocido en los círculos literarios americanos como «el poeta de poetas» o simplemente como «el Poeta», estaba tumbado afuera en la terraza, con el torso desnudo, haciendo gala de un ligero sobrepeso, en una hamaca parcialmente inclinada, bajo el sol, leyendo, haciendo gala de un sobrepeso moderado, aunque no grave, ganador de dos National Book Awards, de un National Book Critics Circle Award, de un Lamont Prize, de dos subvenciones del National Endownient For the Arts, de un Prix de Rome, de una Beca de Investigación de la Fundación Lannan, de una Medalla McDowell y de un Premio Vitalicio Harold Strauss de la American Academy and Institute of Arts and Letters, presidente emérito del PEN Club, poeta al que dos generaciones distintas de americanos habían proclamado la voz de su generación, de cincuenta y seis años, ataviado con un bañador seco Speedo de la talla XL, tumbado en una hamaca de lona de inclinación graduable en la terraza embaldosada adyacente a la piscina de la casa, poeta que estuvo entre los diez primeros americanos que recibieron una «subvención para genios» de la prestigiosa Fundación John D. y Catherine McArthur, uno de los tres únicos americanos vivos que cuentan en su haber con un Premio Nobel de Literatura.

[También era el primer poeta nacido en América en los noventa y cuatro años de historia de los prestigiosos
Premios Nobel que recibía el codiciado Premio Nobel de Literatura.

2. Sin embargo, nunca recibió una beca de la Fundación John Simon Guggenheim: después de ser tres veces
rechazado al principio de su carrera, tuvo razones para creer que existía alguna campaña personal y/o política que
involucraba al comité de las Becas Guggenheim, así que decidió que lo mandaba a tomar viento y que se dejaría
morir de hambre antes que volver a contratar a un ayudante licenciado para rellenar por triplicado los agotadores
formularios de las Becas de la Fundación Guggenheim y pasar de nuevo por aquella deleznable y agotadora farsa
de la consideración objetiva.]

De metro setenta y noventa kilos, pelo y ojos castaños, frente desigualmente despejada debido a la aceptación/rechazo inconsistente de diversos sistemas de regeneración del cabello/trasplantes capilares, sentado, o tumbado —o tal vez sería más preciso decir simplemente «reclinado»— con un bañador negro Speedo junto a la piscina en forma de riñón de la casa, en la terraza embaldosada de la piscina, en una hamaca portátil cuyo respaldo estaba ahora inclinado cuatro muescas en un ángulo de 35 grados respecto al mosaico de baldosas de la terraza, a las 10.20 del 15 de mayo de 1995, el cuarto poeta más antologado de la historia de las belles lettres americanas, junto a un parasol pero no en la misma sombra del parasol, leyendo la revista Newsweek, usando la ligera curva de su abdomen como soporte inclinado para la revista, provisto también de unas chanclas, con una mano detrás de la cabeza y la otra colgando a un lado y rozando la decoración afiligranada pardusca y ocre del caro embaldosado de cerámica española de la terraza, humedeciendo ocasionalmente un dedo para pasar la página, con unas gafas de sol graduadas cuyas lentes habían sido tratadas químicamente de la luz a la que estuvieran expuestas, con un reloj de pulsera de calidad y precio medios en la mano colgante, con chanclas de imitación de goma en los pies, con las piernas cruzadas a la altura del tobillo y las rodillas ligeramente separadas,bajo el cielo sin nubes y cada vez más luminoso a medida que el sol matinal se elevaba hacia lo alto y hacia la derecha, humedeciendo un dedo no con saliva ni sudor sino con la condensación del esbelto vaso de té helado que ahora reposaba al borde de la sombra de su cuerpo en la parte superior izquierda de la silla y que pronto habría que mover para que continuara estando dentro de aquella sombra fresca, pasando ociosamente un dedo por el costado del vaso antes de llevar ese mismo dedo húmedo ociosamente hasta la página, pasando de vez en cuando las páginas del ejemplar del 19 de septiembre de 1994 de la revista Newsweek, leyendo sobre la reforma del sistema sanitario de Estados Unidos y sobre el trágico vuelo 427 de USAir, leyendo un sumario y una reseña favorable de los populares libros de no ficción Zona caliente de Richard Preston y La plaga que viene de Laurie Garrett, pasando eventualmente varias páginas de una vez, saltándose ciertos artículos y sumarios, eminente poeta americano a quien ahora le faltaban cuatro meses para su quincuagésimo séptimo cumpleaños, poeta a quien la principal competidora de Newsweek, la revista Time, una vez había calificado absurdamente de «lo más parecido a un inmortal literario que vive hoy en día», con las espinillas casi desprovistas de pelo, con la sombra elíptica del parasol haciéndose un poco más densa cada vez, con la goma de las chanclas provista de granitos por los dos lados, la frente llena de gotitas de sudor, el bronceado intenso y oscuro, la parte interior de los muslos casi desprovista de pelo, con el pene enroscado sobre sí mismo en el interior del bañador ajustado, con la barba en punta casi al rape, con un cenicero sobre la mesa de hierro, sin beberse su té helado, carraspeando de vez en cuando, cambiando de postura a intervalos en la hamaca de color pastel para rascarse ociosamente el empeine de un pie con el dedo gordo enorme del otro pie sin sacarse las chanclas y sin mirarse los pies, aparentemente concentrado en la revista, con la piscina azul a su derecha y la gruesa puerta corredera de cristal de la casa en ángulo oblicuo a su izquierda, con una mesa redonda de barrotes blancos de hierro entrelazados entre él y la piscina, empalada en el centro por un enorme parasol de playa cuya sombra ahora ya no tocaba la piscina, poeta de talento indiscutible, leyendo su revista en su silla en su terraza junto a su piscina de detrás de su casa.

           La piscina y la terraza de la casa están rodeadas en tres de sus lados por árboles y arbustos. Los árboles y los arbustos, plantados años atrás, están densamente enmarañados y enredados y cumplen el mismo cometido esencial que un seto de secoyas o un muro de piedra. Ya está avanzada la primavera, y los árboles y arbustos tienen todas las hojas y hacen gala de un verde intenso y están inmóviles y dibujan sombras caprichosas; el cielo es azul intenso y está inmóvil, de manera que el retablo que forman la piscina, la terraza, el poeta, la silla, la mesa, los árboles y la fachada trasera de la casa permanece inmóvil y bien compuesto y casi por completo en silencio, siendo los únicos ruidos el suave zumbido de la bomba y el desagüe de la piscina y el ruido ocasional del poeta carraspeando o pasando las páginas del Newsweek; no hay un solo pájaro, no se oyen cortadoras de césped a lo lejos ni a nadie podando los setos ni máquinas de desbrozar hierbas ni aviones en lo alto ni el ruido lejano y amortiguado de las piscinas de las casas adyacentes a la del poeta; nada salvo la respiración de la piscina y la carraspera ocasional del poeta, todo inmóvil y bien compuesto y cerrado en sí mismo, sin ni siquiera un asomo de brisa para agitar las hojas de los árboles, los arbustos o la vegetación circundante viviente y silenciosa de un color verde inmóvil, nítido e inescapable al que nada en el mundo se puede comparar en apariencia o capacidad de sugestión. [Esto no es del todo cierto.]

 

 

 

death is not the end

 

 

 

 

The fifty-six-year-old American poet, a Nobel Laureate, a poet known in American literary circles as ‘the poet’s poet’ or sometimes simply ‘the Poet,’ lay outside on the deck, bare-chested, moderately overweight, in a partially reclined deck chair, in the sun, reading, half supine, moderately but not severely overweight, winner of two National Book Awards, a National Book Critics Circle Award, a Lamont Prize, two grants from the National Endowment for the Arts, a Prix de Rome, a Lannan Foundation Fellowship, a MacDowell Medal, and a Mildred and Harold Strauss Living Award from the American Academy and Institute of Arts and Letters, a president emeritus of PEN, a poet two separate American generations have hailed as the voice of their generation, now fifty-six, lying in an unwet XL Speedo-brand swimsuit in an incrementally reclinable canvas deck chair on the tile deck beside the home’s pool, a poet who was among the first ten Americans to receive a ‘Genius Grant’ from the prestigious John D. and Catherine T. MacArthur Foundation, one of only three American recipients of the Nobel Prize for Literature now living, 5’8”, 181 lbs., brown/ brown, hairline unevenly recessed because of the inconsistent acceptance/ rejection of various Hair Augmentation Systems– brand transplants, he sat, or lay— or perhaps most accurately just ‘reclined’— in a black Speedo swimsuit by the home’s kidney-shaped pool, 1 on the pool’s tile deck, in a portable deck chair whose back was now reclined four clicks to an angle of 35 ° w/ r/ t the deck’s mosaic tile, at 10: 20 A.M. on 15 May 1995, the fourth most anthologized poet in the history of American belles lettres, near an umbrella but not in the actual shade of the umbrella, reading Newsweek magazine, 2 using the modest swell of his abdomen as an angled support for the magazine, also wearing thongs, one hand behind his head, the other hand out to the side and trailing on the dun-and-ochre filigree of the deck’s expensive Spanish ceramic tile, occasionally wetting a finger to turn the page, wearing prescription sunglasses whose lenses were chemically treated to darken in fractional proportion to the luminous intensity of the light to which they were exposed, wearing on the trailing hand a wristwatch of middling quality and expense, simulated-rubber thongs on his feet, legs crossed at the ankle and knees slightly spread, the sky cloudless and brightening as the morning’s sun moved up and right, wetting a finger not with saliva or perspiration but with the condensation on the slender frosted glass of iced tea that rested now just on the border of his body’s shadow to the chair’s upper left and would have to be moved to remain in that cool shadow, tracing a finger idly down the glass’s side before bringing the moist finger idly up to the page, occasionally turning the pages of the 19 September 1994 edition of Newsweek magazine, reading about American health-care reform and about USAir’s tragic Flight 427, reading a summary and favorable review of the popular nonfiction volumes Hot Zone and The Coming Plague, sometimes turning several pages in succession, skimming certain articles and summaries, an eminent American poet now four months short of his fifty-seventh birthday, a poet whom Newsweek magazine’s chief competitor, Time, had once rather absurdly called ‘the closest thing to a genuine literary immortal now living,’ his shins nearly hairless, the open umbrella’s elliptic shadow tightening slightly, the thongs’ simulated rubber pebbled on both sides of the sole, the poet’s forehead dotted with perspiration, his tan deep and rich, the insides of his upper legs nearly hairless, his penis curled tightly on itself inside the tight swimsuit, his Vandyke neatly trimmed, an ashtray on the iron table, not drinking his iced tea, occasionally clearing his throat, at intervals shifting slightly in the pastel deck chair to scratch idly at the instep of one foot with the big toe of the other foot without removing his thongs or looking at either foot, seemingly intent on the magazine, the blue pool to his right and the home’s thick glass sliding rear door to his oblique left, between himself and the pool a round table of white woven iron impaled at the center by a large beach umbrella whose shadow now no longer touches the pool, an indisputably accomplished poet, reading his magazine in his chair on his deck by his pool behind his home.

           The home’s pool and deck area is surrounded on three sides by trees and shrubbery. The trees and shrubbery, installed years before, are densely interwoven and tangled and serve the same essential function as a redwood privacy fence or a wall of fine stone. It is the height of spring, and the trees and shrubbery are in full leaf and are intensely green and still, and are complexly shadowed, and the sky is wholly blue and still, so that the whole enclosed tableau of pool and deck and poet and chair and table and trees and home’s rear façade is very still and composed and very nearly wholly silent, the soft gurgle of the pool’s pump and drain and the occasional sound of the poet clearing his throat or turning the pages of Newsweek magazine the only sounds— not a bird, no distant lawn mowers or hedge trimmers or weed-eating devices, no jets overhead or distant muffled sounds from the pools of the homes on either side of the poet’s home— nothing but the pool’s respiration and poet’s occasional cleared throat, wholly still and composed and enclosed, not even a hint of a breeze to stir the leaves of the trees and shrubbery, the silent living enclosing flora’s motionless green vivid and inescapable and not like anything else in the world in either appearance or suggestion.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Wallace, David Foster. Brief Interviews with Hideous Men: Stories. Little, Brown and Company

 

 

 

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