Entrevistas Breves Con Hombres Repulsivos

Brief interviews with hideous men

Traductor: Calvo, Javier

David Foster Wallace

2001, Mondadori

Literatura Mondadori, 162

 

 

 

otro ejemplo más de la

porosidad de ciertas fronteras (XXIV)

 

 

Entre una ventana de la cocina empañada por el vapor cálido de los fogones y por nuestro

aliento, un cajón abierto y el daguerrotipo dorado que representaba a dos niños idénticos

flanqueando a un padre ciego con chaleco que colgaba en un nicho cuadrado situado sobre

el sitio de la radio, mi madre estaba de pie cortándome el pelo largo, en medio de aquel calor

desigual.

En la nuca, que iba quedando al descubierto, yo notaba el aliento y el calor de los cuerpos

y la energía de los fogones calientes.

Se oía el crujido lunático de la radio yendo de una emisora a otra mientras papá buscaba la

sintonía correcta. Yo no podía moverme: las toallas colocadas sobre mis hombros desnudos

se iban llenando de pelo y mamá daba vueltas en torno a la silla, guiando su corte con los 

bordes de una palangana y cortando con unas tijeras sin afilar.

En un extremo de mi campo visual uno de los cajones para utensilios permanecía abierto y

en el otro podía ver un trozo de papá, su cabeza inclinada junto al dedo que movía el dial

luminoso.

Y justo enfrente, delante de mí y al otro lado del hule resplandeciente de la mesa, como

una lengua entre los dientes que eran las puertas de la despensa abriéndose, apareció la

cara de mi hermano.

Yo no podía mover la cabeza debido al peso de la palangana y de las toallas, a las tijeras de

mamá y a la mano con que ella me mantenía quieto.

Con la mirada gacha, concentrada en su tosca tarea, ella no podía ver la cara de mi hermano

recortándose sobre el fondo negro de la despensa.

Tuve que quedarme quieto y recto como un soldado de plomo y observar cómo su cara asumía,

de forma instantánea y con la gravedad reservada para la crueldad pura, todas las expresiones

que delataba mi cara mientras iba quedando al descubierto.

La cara que asomaba por el umbral de las puertas bien engrasadas, yo inmóvil, la cara sin

cuello y flotando sin puntos de apoyo en el umbral de las puertas entornadas, su expresión

concentrada en una actividad a medio camino entre el deporte y la agresión, la cabeza greñuda de

papá inclinada y mirando con ojos ciegos el dial, dos compases de cuerda distorsionados por la

tormenta y varias ráfagas de voces encontradas y perdidas de nuevo.

Y mamá concentrada en mi cráneo e incapaz de ver la cara blanca enmarcada por el pelo

que reproducía mi propia faz, que me copiaba —porque así era como lo llamábamos, «copiarme»,

y él sabía que yo odiaba aquello— y actuaba solamente para mí.

Y lo hacía con tanta intensidad y me seguía con un intervalo tan pequeño que su cara no imitaba

la mía sino que más bien la satirizaba, volvía instantáneamente distendida y obscena cualquier

posición que asumieran los elementos de mi cara.

Y la cosa fue empeorando, luego, en aquella cocina de cobre y azulejos y madera de pino y llena

de humo de turba quemada y con el aguanieve cayendo sobre la ventana en oleadas ondulantes,

con el aire frío delante de mí y abrasador a mi espalda: a medida que me fui poniendo más nervioso

porque mi hermano me estuviera copiando y que el nerviosismo se reflejó —lo noté— en mi cara, la

cara de mi hermano empezó a imitar y a satirizar ese nerviosismo; y yo notaba que el nerviosismo iba

aumentando gracias a su imitación exacta de la angustia de mi cara, y su cara registraba y 

distorsionaba toda mi nueva angustia, y mientras tanto yo me iba poniendo más y más nervioso

con la boca amordazada por el trapo que mamá me había atado a modo de protesta porque yo

hubiera entorpecido la afirmación de la forma verdadera de mi rostro por parte de sus tijeras.

La imitación se fue intensificando de forma gradual: la breve aparición de mi padre retrocedió

frente al brillo del avance del dial, el cajón de utensilios se alejó de su apertura máxima, la cara

desprovista de cuerpo de mi hermano imitaba y distorsionaba mis intentos desesperados de

conseguir únicamente mediante la expresión de mi cara que mamá apartara la vista de mí y lo viera

a él, y yo ya no notaba los movimientos de los rasgos de mi cara sino que los veía reflejados en

aquella cara blanca gesticulante que se recortaba sobre el fondo negro de la despensa, con los

ojos abultados como si me estuvieran estrangulando y las mejillas abultadas contra la presión de

la mordaza, y mamá se agachó junto a la silla para igualarme el pelo que me bordeaba las orejas,

y mi cara expuesta a los ojos de ambos estaba cada vez más fuera de mi control a medida que

yo iba viendo en su cara gemela lo que todo chiquillo con la cara manchada de caramelo y cogiendo

la mano de su padre ha de ver en un parque de atracciones: la semejanza grotesca y despiadada,

la distorsión en la que se encuentra, diminuto y en el centro, algo cruelmente cierto acerca del

mismo yo que mira con cara lasciva y menea de forma convulsiva el cuello alargado y el cráneo

hundido, esos ojos abultados que se inflan hasta llenar toda la imagen, y a medida que la imitación

se fue intensificando alcanzó cierto nivel en que se convirtió en la parodia de una histeria sudorosa

que hacía que los mechones de pelo cortado se adhirieran al ceño húmedo; y los sollozos del

estrangulado eran ahogados por el trapo, el repiqueteo y el crujido eléctrico de la tormenta y

el murmullo de papá por encima del susurro de unas tijeras pensadas para esquilar ovejas, y una

arcada no vista por nadie hizo que mis ojos se pusieran en blanco una y otra vez presa del terror,

sabiendo sin necesidad de verlo que la cara de mi gemelo adoptaría la misma expresión, para

burlarse de ella, hasta que el último refugio fue el abandono, dejar de luchar por completo y adoptar

la mirada inexpresiva, flácida y amordazada de una máscara —no vista por nadie y tampoco viendo

nada—, enfrentada a un espejo sin el cual no podía conocerme ni sentirme. Nunca más podría.

 

 

 

yet another example of the

porousness of certain borders (XXIV)

 

 

 

 

 

Between a cold kitchen window gone opaque with the stove’s wet heat and the breath of us, an open drawer, and the gilt ferrotype of identical boys flanking a blind vested father which hung in a square recession above the wireless’s stand, my Mum stood and cut off my long hair in the uneven heat.

There was breath and the mugginess of bodies and the force of the hot stove on the back of my emergent neck; there was the lunatic crackle of the wireless’s movement among city stations, Da scanning for better reception.

I could not move: about and around me the towels trapped hair at my shoulders’ skin and Mum circled the chair, cutting against the bowl’s rim with blunt shears. At one edge of my vision’s strain a utensil drawer hung open, at the other the beginning of Da, head cocked past the finger at the glowing dial.

And straight ahead, before me and centered direct across the shine of the table’s oilcloth, like a tongue between the teeth of the pantry’s opening doors, hung my brother’s face. I could not move my head: the weight of the bowl and towels, Mum’s shears and steadying hand— she, eyes lowered, intent on her crude task, could not see the face of my brother emerge against the pantry’s black.

I had to sit still and straight as a tin grenadier and watch as his face assumed, instantly and with the earnestness reserved for pure cruelty, whichever expression my own emerging face betrayed.

The face in the well-oiled doors’ crack hung, I inert, the face neckless and floating unsupported in the cleavage of the angled doors, the concentration of its affect somewhere between sport and assault, Da’s shaggy head cocked and sightless at the tuner, two bars of strings distorted by the storm and snatches of voices found and lost again; and Mum intent on my skull and unable to see the white hair-framed face reproducing my own visage, copying me— for we called it that, ‘copying,’ and he knew how I hated it— and for me alone.

And with such intensity and so little lag in following that his face less mimed than lampooned my own, made instantly distended and obscene whatever position my own face’s pieces assumed. And how it became worse, then, in that kitchen of copper and tile and pine and burnt peat’s steam and static and sleet on the window in undulant waves, the air cold before me and scorching behind: as I became more agitated at the copying and the agitation registered— I felt it— on my face, the face of my brother would mimic and lampoon that agitation; I feeling then the increased agitation at the twinned imitation of my face’s distress, his registering and distorting that new distress, all as I became more and more agitated behind the cloth Mum had fastened over my mouth to protest my disturbing her shears’ assertion of my face’s true shape.

It ascended by levels: Da’s cameo recessed against the glow of the tuner’s parade, the drawer of utensils withdrawn past its fulcrum, the disembodied face of my brother miming and distorting my desperate attempts by expression alone to make Mum look up from me and see him, I no longer feeling my features’ movements so much as seeing them on that writhing white face against the pantry’s black, the throttle-popped eyes and cheeks ballooning against the gag’s restraint, Mum squatting chairside to even my ears, my face before us both farther and farther from my own control as I saw in his twin face what all lolly-smeared hand-held brats must see in the funhouse mirror— the gross and pitiless sameness, the distortion in which there is, tiny, at the center, something cruelly true about the we who leer and woggle at stick necks and concave skulls, goggling eyes that swell to the edges— as the mimicry ascended reflected levels to become finally the burlesque of a wet hysteria that plastered cut strands to a wet white brow, the strangled man’s sobs blocked by cloth, storm’s thrum and electric hiss and Da’s mutter against the lalation of shears meant for lambs, an unseen fit that sent my eyes upward again and again into their own shocked white, knowing past sight that my twin’s face would show the same, to mock it— until the last refuge was slackness, giving up the ghost completely for a blank slack gagged mask’s mindless stare— unseen and -seeing— into a mirror I could not know or feel myself without. No not ever again.

 

 

 

 

 

 

 

Wallace, David Foster. Brief Interviews with Hideous Men: Stories. Little, Brown and Company

 

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