Artículo

deshacer en poemas el periódico

Enero 2005 – Nueva Revista número 97 

 

Resumen

Colección de poemas de diversos autores cuya temática relaciona la prensa y la poesía como

manifestaciones parejas, literarias, que comunican las realidades que nos atañen.

Autor:

Jesús García Calero 

Es verdad que la prensa no hace mucha justicia a la cultura, pero no es un problema de

profundidad. Porque se trata de la misma falta de justicia que se hace a cualquier otra

actividad, desde la prensa, cuando no se actúa rigurosamente. La cultura no es una torre de

marfil; a su modo, contiene política, economía, globalización y frivolidad. Aceptemos que

cualquier periodista es mejor cuando más cerca del humanismo trabaja, cuanto más se

acerca al prójimo para contar su historia. Entonces, en términos periodísticos, una huelga o

un simposio han de ser tomados con idéntico talante. Al final, lo que contamos son esas

historias, que están por todas partes.

Por ende, la poesía y la prensa sólo parecen entenderse como disyuntiva: o es prensa o es

poesía de lo que hablamos. En la letra, en la forma, la prensa y la poesía están notablemente

alejadas en modos, armonía, intención estética… En el espíritu, en el fondo, no dejan de ser

dos manifestaciones parejas, literarias, del mismo animal fonante: nosotros. La prensa, como

la poesía, trata de llegar a sus lectores con un fin semejante: alcanzar, de forma fidedigna, a

comunicar realidades que nos atañen, nuevas tan antiguas como el hombre.

Yo querría llegar a un acuerdo con el lector: se puede escribir un poema desconstruyendo un

periódico y que se puede escribir fácilmente un periódico de poemas. ¿Por qué la simulada

demolición del periódico y la construcción, a su costa, del poema? Porque a mi corazón llega

el dolor y la alegría del mundo entero. El atentado en un tren negro de marzo, el incendio en

un colegio de la India, el amor convertido en traición y egoísmo sanguinario contra las

mujeres… están conmigo más que un día, más que un rato en que yo ojeo mi periódico. No

querría olvidarlos tan rápido. Además los repiten en la tele y en la radio, pero eso no mitiga el

dolor. En fin, hay en mi corazón niñas que nunca soñaron que alguien se cruzara en su

camino, un pederasta o un marido asesino. Resuenan torres cayendo, bombas en las

ciudades del desierto de Las mil y una noches y siento que, cada mañana, cada amanecer,

tiene que mantenerse un hilo de cordura y de conciencia en los periódicos, como la voz de

Sherezade, que nos permita pisar con ojos limpios la dudosa luz del día.

Alguien que escribe periódicos no puede romper aún la fe en la palabra publicada, en el peso

de los actos comprobables, en el valor de dar voz a quien no la tenía o mantener la firmeza

ante la veracidad. En cultura, igual que en el resto de las secciones. El periodista, como el

clásico Terencio, es un hombre y nada humano le es ajeno.

Si nada humano nos fuera ajeno, nos interesaría lo nuestro y lo del prójimo, los sentimientos

y los logros, el consuelo y la felicidad. La cultura es lo que nos da sentido, es lo que queda de

los hombres que han perdido todo. Al día siguiente de la caída de las Torres Gemelas, un

deprimido Jonathan Brown me decía desde la herida ciudad de Nueva York: «¿Qué puedo

hacer o decir yo ahora, un pobre profesor de arte español?». Entonces hablamos largamente

y vimos que esa cultura que él enseña y en la que todos nos movemos es mucho más sutil y

más fuerte que toda aquella catástrofe. Es lo único que nos puede empujar hacia delante. No

hablábamos del valor histórico, ni mucho menos del económico de Las meninas, por ejemplo,

sino de la libertad que ha crecido en nosotros gracias a ellas, y gracias a Goya y su visión de

la guerra, y gracias a Don Quijote, mitad locura, mitad lucidez, y gracias a esa poesía que

solamente habita, que sólo anida, en la libertad irreductible de nuestra mente y nuestro

corazón.

Así que, ¿aún lo dudan?, ¿por qué escribir poemas con periódicos? También porque somos

capaces de sentir la alegría enorme, como de ballena, cuando pensamos en que los arpones

deberán seguir callados en los mares que hoy llamamos santuarios. Y miramos con ilusión de

niño el vuelo de la sonda Cassini y sus fotos de los anillos de Saturno, anillos de compromiso

con la ciencia y con el progreso del hombre, con su futuro; con la curiosidad que quiero

mantener de pie para que no todo sean los rehenes degollados de la tierra y los agujeros

negros dentro de corazones fanáticos. ¿Saben que la sonda ha llegado a Saturno como

tirada por onda, que ha dado la vuelta varias veces alrededor de Venus y del Sol para ser

lanzada contra ese Goliat tan lejano? ¿Saben que la inteligencia tiene más fuerza que el

odio?

El periódico lo hacemos las personas, los buenos y los malos, es una plaza sobre el papel,

donde cabe todo lo que los hombres acarrean sobre los hombros: la valentía y la risa, la

deslealtad y el miedo, el hambre de amar y el de saber, la sed de justicia y la de venganza.

Por eso hay que desconstruirlo, si me lo permiten, para poder reconocernos en él y tal vez,

corregir alguna cosa.

Porque también me indigno cuando escucho a los políticos pensando que somos todos

estúpidos, cuando son incapaces de pedir perdón por sus eminentísimos errores, en lugar de

regalar su desprecio ante la crítica, convertir el diálogo en pelea de gallos y terminar

excavando sus líneas arguméntales como trincheras de autistas; o también cuando he

contemplado el desarrollo de la comisión del Congreso sobre los atentados del 11-M y sus

protagonistas olvidan el silencio de las víctimas y se ponen a hacer ese ruido mediático y

vergonzoso que gana las portadas y nos hace a todos mirar con cierto asco. Y, sobre todo,

cómo no, quiero romper el periódico en mil poemas y reconstruirlo con algo que recuerde los

latidos porque creo que los periodistas también hemos llegado -también no, hemos llegado

los primeros porque hemos buscado la primera fila- a ese lugar en el que hoy estamos,

donde el servicio público de la voz lanzada, dada a luz, para la sociedad que la precisa, es

cada vez, paradójicamente, menos precisa, más turbia, fácil o indulgente con nuestros fallos

y nuestra posición. No somos protagonistas de la vida pública, pero a veces lo creemos; no

estamos más allá del bien y del mal, pero a veces lo creemos; nos defendemos fieramente de

las críticas, cruelmente en ocasiones, demostrando, si me lo permiten, que somos también un

poema, pero de los tristes, cuando lo hacemos.

En fin, no creo que nadie albergue ya dudas de que la poesía puede resumir lo mejor de

nuestro pensamiento casado con nuestro corazón en una voz humana, intensamente animal

y racional. En la poesía habla nuestra naturaleza, y no hay mejora en el hombre a espaldas

de ella. Eso lentamente lo vamos aprendiendo. Y piénsenlo bien: nadie estuvo más cerca de

lo sagrado que un poeta, Juan de Yepes, nuestro santo compatriota; ni más cerca estuvo el

amor de ningún Dios de nuestro corazón que en la clara espesura de sus versos. ¿Lo

escucharemos aún, seremos capaces, incluso en el fragor de una redacción? ¿Incluso en el

fatuo orgullo de firmar una exclusiva?

Ojeemos el periódico que los poemas reinventan, que para eso lo hemos traído. Tiene

titulares, pero lo mejor, les confieso, es colocar algunos poemas a modo de entradillas. Como

tenemos que venderlo bien, en la portada yo pondría de todo: la comisión de marras, el

deporte, la situación en Irak, la estabilidad monetaria y las amenazas y las esperanzas de la

salud, los estrenos de cine… Todo ello tiene cabida, oigan, que tiene que interesarles a

muchos para que venda ejemplares. Pero en un rincón, ya que están aquí, con esa promesa

que supone decir «más información en páginas interiores», yo pondría este titular,

especialmente indicado para poetas y para periodistas: «El poeta debe ser más útil que ningún

ciudadano de su tribu».

Y abrimos el periódico.

Con lo más importante, el editorial que hoy nos ha escrito un hombre apellidado persona:

Pessoa. Ya saben que el editorial no lleva firma, por eso les propongo que Pessoa seamos

todos:

Me duelen la cabeza y el universo. Los dolores físicos, más claramente dolores

que los morales, desarrollan, por un reflejo en el espíritu, tragedias no contenidas

en ellos. Nos traen una impaciencia por todo que, por ser por todo, no excluye a

ninguna de las estrellas. No comulgo ni nunca comulgué ni podré, supongo,

comulgar nunca, con aquel concepto , bastardo según el cual somos, como

almas, consecuencia de una cosa material llamada cerebro, que existe, de

nacimiento, dentro de otra cosa material llamada cráneo. No puedo ser

materialista, que es como creo que se llama ese concepto, porque no puedo

establecer una relación nítida -una relación visual, digamos- entre una masa

visible de materia cenicienta, o de otro color cualquiera, y esta cosa que soy yo

que por detrás de mi mirada ve los cielos y los piensa e imagina cielos que no

existen. Pero, aunque nunca pueda caer en el abismo de suponer que una cosa

pueda ser otra sólo porque se encuentran en el mismo lugar, como la pared y mi

sombra sobre ella, o que el depender el alma del cerebro signifique algo más que

el depender yo, para mis trayectos, del vehículo que uso para realizarlos, creo,

sin embargo, que hay entre lo que en nosotros es sólo espíritu y lo que en

nosotros es espíritu del cuerpo una relación de convivencia en la que pueden

aparecer discusiones. Y la que vulgarmente aparece es la de que la persona más

ordinaria incomode a la que lo es menos. Hoy me duele la cabeza y creo que es

desde el estómago desde donde me duele.

Pessoa, Libro del desasosiego

Entre las cartas al director, querría destacarles esta, recibida desde Lima, vía París. La firma

César Vallejo y trata de explicarnos con un lenguaje llano que hay problemas muy

complicados a los que no debemos negar la atención:

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

César Vallejo, Los heraldos negros

Y entremos en la sección política. Tal vez aquí el poeta debe siempre dotarse de la fina ironía

de la sátira. Frecuentemente, al político no le gusta lo que diga su Fígaro o su Pobrecito

hablador. En este caso invitamos a un ruso, el amigo Ossip Mandelstam, que se atrevió con

Stalin en un retrato que iba a costarle la vida pero que representa bastante bien al poder que

ha perdido su contacto con la realidad y crea otra realidad a su medida:

Vivimos sin sentir el país bajo nuestros pies,

nuestras voces a diez pasos no se oyen.

Y cuando osamos hablar a medias,

al montañés del Kremlin siempre evocamos.

Sus gordos dedos son sebosos gusanos

y sus seguras palabras, pesadas pesas.

De sus mostachos se carcajean las cucarachas,

y relucen las cañas de sus botas.

Una taifa de pescozudos jefes le rodea,

con los hombrecillos juega a los favores:

uno silba, otro maulla, un tercero gime.

Y sólo él parlotea y a todos, a golpes,

un decreto tras otro, como herraduras, clava:

en la ingle, en la frente, en la ceja, en el ojo.

Y cada ejecución es una dicha

para el recio pecho del oseta.

Y el más difícil todavía, casar poesía con la información de Tribunales. ¿Conocen ustedes a

alguien que fuera capaz de reírse de un tío listo como Cicerón? Yo, a Catulo. En una ocasión,

para agradecerle un servicio jurídico, Catulo le envió secretamente un poema a Marco Tulio,

un epigrama que tenía oculto su veneno. Y como a Cicerón tanto le gustara, él mismo se

encargó de inundar Roma de copias de aquel elogio que llevaba incrustado, o embebed

como dicen de los periodistas en Irak, una ironía más grande. Del consiguiente ridículo a

nadie pudo culpar el letrado más que a sí mismo.

Oh, tú, el más elocuente de los hijos de Rómulo

de los que son y fueron, Marco Tulio,

y de los que serán, te da mil gracias

Catulo, el peor de los poetas,

que es el peor de todos los poetas

en la misma medida

que tú eres el mejor de todos los letrados.

Pasamos, si les parece, a la política internacional. Me gustaría recordarles que en este

periódico no queremos hacer mucha ficción -seamos periodistas serios y poetas serios-, sino

aprender a mirar la realidad con la cultura, a través de la poesía, en el corazón, a ver qué

pasa.

El titular de esta sección pueden ustedes elegirlo entre los que Irak y la guerra desatada por

Estados Unidos han dado lugar. Imaginen que nuestro enviado especial, un salmantino

llamado Aníbal Núñez, ha pisado la desgracia sobre el terreno, y ha visto cómo la llamada

insurgencia se convertía en un avispero y cómo la muerte se saciaba en las calles, a la vista

de todos. Luego ha ido a los foros internacionales donde se trata el asunto, la Casa Blanca

sobre todo, y junto a ese titular que ustedes eligen pongan esta entradilla:

Que me traigan el humo, dijo Ciro,

y le trajeron todas sus victorias.

Aníbal Núñez, Pebetero

No se puede expresar más bellamente. Aquí se ve la dimensión humana de la historia,

dibujada en la sombra. Esa dimensión, que atañe a los grandes sobre todo, no debemos

nunca perderla de vista los periodistas. Nunca nos podemos permitir olvidar que las

personas, grandes o pequeñas, que resultan objeto de nuestras informaciones, sienten y

padecen. Nadie suele querer ser noticia, pero el día que lo es, gusta de ese trato respetuoso

y humano.

Antes de que todo lo de Irak se complicase, España tuvo tropas allí. Todos pudimos ver las

despedidas en los aeródromos militares a esos familiares que iban a un lugar tan peligroso, y

pudimos emocionarnos con ellos; y también vimos cómo les recibían a su vuelta. ¿Se

imaginan, en términos de amor, poder asomarse a esa preocupación, al desvelo y a la alegría

final?

Propongo que observemos primero el desvelo de aquellos familiares, esposas y esposos que

se quedaban esperando el regreso de sus amantes, y tratemos de sentirlo como propio

gracias a un maravilloso poema de amor de Neruda:

No estés lejos de mí un solo día, porque cómo,

porque, no sé decirlo, es largo el día,

y te estaré esperando como en las estaciones

cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

No te vayas por una hora porque entonces

en esa hora se juntan las gotas del desvelo

y tal vez todo el humo que anda buscando casa

venga a matar aún mi corazón perdido.

Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,

ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:

no te vayas por un minuto, bienamada,

porque en ese minuto te habrás ido tan lejos

que yo cruzaré toda la tierra preguntando

si volverás o si me dejarás muriendo.

Y veamos también lo agridulce que puede florecer la alegría tras el regreso de los soldados,

cuando su amor se pregunte por el sentido de su sacrificio, en las palabras de Robert Graves:

Hay un darse más allá del darse:

el tuyo hacia mí

cuando desperté anoche, horas antes del alba,

liberado

por un relámpago intolerable

que abrió el cielo,

para entender lo que el amor niega en el amor

y por qué.

R. Graves, Canción más allá del darse

Pero si entramos en las habitaciones del amor, no podemos hurtarnos las otras noticias, las

más desagradables, como son las de la violencia doméstica. Pónganle la voz de Marina

Tsvietáieva y de san Juan de la Cruz a las dos caras de la moneda: el amor y su fin trágico.

Tal vez a través de estos poemas nos pongamos más en el lugar de las víctimas, tal vez nos

conmueva con más fuerza su tragedia. Descubramos las aristas que antes no habíamos

detectado, descubramos el verdadero nexo de la noticia y el poema.

Me fueron dadas una voz preciosa

y una frente de adorable trazo.

La suerte me besaba en los labios,

a ser la primera me enseñaba.

A los labios pagaba alto tributo,

sobre las tumbas rosas derramaba…

Pero al vuelo me detuvo

la dura mano del destino.

Marina Tsvietáieva. San Petersburgo, 31 de diciembre de 1915

Y de san Juan de la Cruz:

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado;

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.»

San Juan de la Cruz, Noche oscura

Y, para ir a temas más alegres, leamos el siguiente reportaje sobre las oportunidades que los

avances de la ciencia y los cuidados debidos, pueden dar a nuestros ancianos.

Todos sabemos que la tercera edad disfruta hoy de mayor longevidad y que la sociedad

admite cada vez más el disfrute de la vida en los mayores: todos sabemos de viajes y

noviazgos que permiten vivir óptimamente en las postrimerías. Imagínense entonces a

ustedes mismos mirando un día feliz la propia vida desde esas fronteras y gracias a estas

líneas de José Méndez y José Jiménez Lozano.

Estos días de abril

tan claros

viven en la unidad

del mediodía,

quedan en la memoria

de la piel, y juntos,

por un milagro unidos,

formarán al final de nuestra vida

el retrato de un niño.

José Méndez, La luz

Matinales neblinas, tardes rojas,

doradas; noches fulgurantes,

y la llama, la nieve;

canto del cuco, aullar de perros,

silente luna, grillos, construcciones de escarcha;

el traqueteo del tren, del carro, niños,

amapolás, acianos, y desnudos

árboles de invierno entre la niebla;

los ojos y las manos de los hombres, el amor y la dulzura

de los muslos, de un cabello de plata, o de color caoba;

historias y relatos, pinturas y una talla.

Todo esto hay que pagarlo con la muerte.

Quizás no sea tan caro.

José Jiménez Lozano, El precio

Llegamos, no sin ironía, a nuestra página de crítica literaria y volvemos a Catulo y su artículo

sobre el libro del siglo (y pongan a su autor más odiado en lugar de Volusio). Afilen sus

dagas, que no corren buenos tiempos para la crítica.

Anales de Volusio, papel con palominos,

cumplid el voto de mi chica:

que ha prometido a Venus y a Cupido

que, si vuelvo con ella

y ceso de blandir mis fieros yambos,

elegirá, selecta,

de entre toda la obra del poeta peor,

con lo que hacer al dios cojitranco una ofrenda

para que arda mezclada con madera maldita.

Y esto es lo que la pícara, con divertido encanto,

ha juzgado más propio para ofrecer a un dios.

Ahora, oh nacida de las azules ondas,

tú que habitas la Santa

Idalia y la llanura

de Urios y Ancona

y Cnido-en cañas fértily

Golgos y Dirraquio y Amatunte,

albergue del Adriático,

ten a bien este voto, si es ingenioso y lindo.

Y vosotros, venid -mientras- al fuego,

con toda vuestra tosca estupidez,

Anales de Volusio, papel con palominos.

Catulo, XXXVI. Annales Volusi, cacata carta

En Economía daríamos toda la información de la Bolsa y las opas hostiles entre

corporaciones. No supe bien qué poema traerles de esto porque en realidad basta que

leamos cualquier obra teatral de Shakespeare para ponernos a tono con el mundo de las

empresas, sus pugnas, sus traiciones, sus desafíos: Hay Hamlets y Macbeths y existen

Coriolanos en las corporaciones, y en el medio toda la gama posible urdiendo sus propios

planes. Pero si me pidieran un sólo poema, yo me inclinaría en todo caso por Ezra Pound y

su conmovedor «Usura», un toque de atención a nuestra ladera efímera:

Con usura el hombre no puede tener casa de buena piedra

con cada canto de liso corte y acomodo

para que el dibujo les cubra la cara,

con usura

no hay para el hombre paraísos pintados en los muros de su

iglesia

harpes et lux

o donde las vírgenes reciban anuncios

y resplandores broten de los tajos,

con usura

no puede ver el hombre Gonzaga a sus herederos y sus

concubinas

no se pinta cuadro para que dure y para la vida

sino para venderse y pronto

con usura, pecado contra natura,

es tu pan siempre de harapos viejos

es tu pan seco como el papel,

sin trigo de montaña, harina fuerte

con usura, la línea se hincha

con usura no hay demarcación clara

y nadie puede hallar sitio para su morada.

El picapedrero se aparta de la piedra

el tejedor de su telar

con usura

no llega lana al mercado

la oveja nada vale con usura

Usura es un ántrax, usura

mella la aguja en las manos de la muchacha

y detiene la pericia del que hila. Pietro Lombardo

no vino por usura

Duccio no vino por usura

ni Pier della Francesca; Zuan Bellin’ no por usura

ni pintóse La Calumnia.

Angélico no vino por usura; no vino Ambrogio Praedis,

No vino iglesia de piedra cincelada firmada: Adamo me

fecit.

No por usura St. Trophime

No por usura Saint Hilaire,

Usura oxida el cincel

Oxida el oficio y el artesano

Roe los hilos del telar

Nadie aprende a tejer oro en su dibujo;

El azur tiene una llaga por usura; el carmesí sin bordar se

queda

El esmeralda a ningún Memling tiene

Usura asesina al niño en las entrañas

Detiene la corte del mancebo

Ha llevado la perlesía a la cama, yace

entre la joven desposada y su marido

Contra naturam

Han traído putas para Eleusis

Cadáveres se sientan al banquete

invitados por la usura.

Y llegamos ahora a la noticia que anunciábamos en portada. Creo que resume a la

perfección el ánimo de esta desconstrucción del periódico, lo cual es mérito del texto que

paso a ofrecerles. A los poetas nos llama al orden y creo que los periodistas podemos

realizar una lectura muy interesante de todo lo que se dice aquí: lo humano, a primer plano;

nada de cuitas demagógicas o ideológicas. ¡A las cosas mismas! El texto se lo debemos a

Valente:

Un poeta debe ser más útil

que ningún ciudadano de su tribu.

Un poeta debe conocer

diversas leyes implacables.

La ley de la confrontación con lo visible,

el trazado de líneas divisorias,

la de colocación de un rompeaguas

y la sumaria ley del círculo.

Ignora en cambio el regicidio como figura de delito

y otras palabras falsas de la historia.

La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.

Su misión es difícil.

José Ángel Valente, Segundo homenaje a Isidore Ducasse

Por si alguno tuviera aún esperanzas de resultar fidedigno y útil a la sociedad desde la

poesía o desde la prensa, les invito a escuchar con templanza y no con desánimo, con

humildad y no con desdén, este texto final, que debemos también a Ezra Pound.

Escrito en aquel callejón de Venecia sin más salida que la imaginación en el que pasó los

últimos años de su vida, es el último de sus Cantos, la obra a la que dedicó toda su

existencia, resumida en unas pocas líneas. Con mi agradecimiento por haber merecido su

atención, dejaré que me callen sus palabras.

He intentado escribir el Paraíso

No os mováis

Dejad hablar al viento

ése es el Paraíso

Que los dioses perdonen

lo que he hecho

Que aquellos que amo traten de perdonar

lo que he hecho.

Conferencia leída en Avila de los Caballeros, en julio 2004


 

 

 

 

 

 

 

 

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