cuento a dos voces

 

 

Al viejo médico Nunzio Toro, hombre excepcionalmente inteligente y simpático, aunque algunos le consideren peligroso, le gusta distraer a sus amigos con el juego del «cuento a dos voces». Uno empieza, el otro interviene desarrollando la historia a su antojo, luego vuelve a tomar la palabra el primero, y así sucesivamente. Sin hacer trampa, por supuesto, de lo contrario el relato se convertiría en seguida en una fantochada. Pero siempre es él, de una forma u otra, quien mueve los hilos.

Ejemplo. Estamos sentados, él y yo, bajo el porche de su casita de campo. Las seis de la tarde de un día inquieto, con idas y venidas de nubes y de sol. Él es quien empieza, como de costumbre:

Un marido y una mujer ancianos, bien vestidos, tristes, hablan del hijo que se ha labrado una posición en Perú.

—No sé —dice el marido—, cuanto más lo pienso, menos tranquilo estoy. Para él será una desagradable sorpresa.

—¿Por qué desagradable?

—Porque no sabe que llegamos, y nos va a considerar un maldito estorbo.

—¡Con esa gran mansión que se ha comprado!

—Eso da igual. Olvidas que está su mujer, que está la familia de su mujer.

—Hubiera sido mejor escribirle antes.

—Estupendo. Para que nos contestase en seguida con un rotundo no.

—Te equivocas. Franco es generoso. Franco nos adora. Ya verás, se alegrará de vernos…

—Basta, ahora te toca a ti.

Yo prosigo:

Mientras los dos hablan, algo apartado, un eclesiástico en clergyman está dando los últimos toques a un discurso con el que mañana abrirá el congreso internacional de geofísica. Es monseñor Estogarratz, conocido sismólogo, actualmente considerado por la mayoría como superado. Y él lo sabe. Y se da cuenta de que ha llegado a la presidencia del congreso gracias al apoyo de los «viejos», como Dorflinger, Stoliepcin, Estancieros, Mandruzzato. Y en el discurso no puede decepcionar a estos últimos porque sería una infame ingratitud, por otra parte tiene interés en mostrarse de acuerdo con las posiciones de vanguardia, especialmente por lo que se refiere a las innovaciones de la estadística por compensación. En el segundo folio, en efecto, hay un párrafo problemático que…

Nunzio Toro tiene los ojos resplandecientes.

—¡Muy bien! —me interrumpe—. La idea del monseñor es óptima. Parece que hayas leído en mi pensamiento. Ahora sigo yo:

Pero no puede concentrarse en su labor, el sismólogo, por el parloteo de dos señoras que, justo detrás de él, hablan como si les hubiesen dado cuerda. En torno a los cuarenta, todavía atractivas, bronceadas. Dicen:

—Entonces, ¿tú también lo has notado?

—Terrible. A primera vista ni siquiera le reconocí.

—Destruido en el plazo de pocos meses. Pobre Giancarlo. No sabes cómo lo siento. Qué angustia. Nunca he tenido un amigo como él.

—Apuesto a que no llega al invierno…

—Cállate. No digas eso. ¿Te das cuenta qué injusta es la vida? Un hombre importante como él, en esas condiciones, y yo, pobre infeliz, que nunca he hecho nada que valga la pena, con una salud de hierro…

—¿A mí me lo dices? Sabes que en el último check up me han encontrado, palabras textuales, como una jovencita, perfecta de pies a cabeza, por dentro y por fuera…

El doctor Toro se interrumpe y con la mano me invita a proseguir. Yo, sin vacilar:

Monseñor es molestado también por dos jovencitos en extraño atuendo deportivo, muy excitados, con ganas de hacerse notar.

—¿Tienes la ampliación? —pregunta uno en voz alta.

—Eso espero. Lo difícil va a ser encontrarla, en medio de este laberinto de papelotes.

Rebusca en una gran carpeta de piel, al poco rato saca una fotografía 32 por 24; es una gigantesca pared de roca y hielo en forma de pera. Justo en el centro, el joven señala un punto con el dedo.

—Aquí está. En formato pequeño no se veía. Naturalmente habrá que verlo para poder juzgar, pero todo parece indicar que esta cornisa que cae a plomo en realidad esté separada de la pared y que detrás haya como un pasadizo, un canal. Juraría que por allí se puede pasar…

El doctor Toro se echa a reír.

—Formidable. Esta noche estamos en vena. Los fragmentos, aparentemente inconexos, encajan de forma perfecta en el leit-motiv: el futuro. Marido y mujer, monseñor, los dos amigos, los dos alpinistas, todos piensan en el porvenir, confían ciegamente en él. Pero ahora, para que la historia se desarrolle y encuentre un sentido, habrá que ambientar a estos personajes. ¿A ti qué te parece: dónde los podríamos situar?

—Ah no —digo yo—, esta vez no me cogerás. No soy muy listo pero desde las primeras palabras ya he adivinado donde querías ir a parar. Y me he divertido siguiéndote la corriente. Pero ahora se acabó. Está más claro que el agua: marido y mujer, el monseñor, las dos amigas, los dos alpinistas, están viajando. ¿A dónde? A América del Sur, se desprende del episodio de los dos cónyuges. ¿Con qué medio? ¿En barco tal vez? No, en barco no, porque a bordo de un barco monseñor tendría todo el tiempo que quisiera para resolver tranquilamente su problema recluido en su camarote. ¿Pues con qué viajan? En avión, por supuesto. No cabe otra posibilidad. Y entonces sucederá, ¿no es así?, el accidente, la caída, la catástrofe fulminante, con lo que las conversaciones y las preocupaciones descritas, todas ellas dirigidas al futuro, adquirirán un significado grotesco y cruel. Y esto es algo, querido doctor Toro, que no me esperaba de ti. Demasiado banal, realmente indigno de ti que por lo general haces gala de una discreta fantasía. No, nada de avión. Será mejor que volvamos a empezar desde el principio.

El viejo doctor me respondió con una de sus maliciosas sonrisas.

—No es culpa mía —exclama—. Personalmente, te lo juro, me guardaría muy bien, pero…—Y con el dedo índice señala el cielo.

Yo miro. De una gran nube borrascosa en plena huida —de hecho el cielo está serenándose— a una altura apreciable no superior a los tres mil metros, está asomando la cabeza en aquellos momentos un cuatrimotor cuya ala derecha deja tras de sí una tenue y compacta estela de humo negro. Ha habido alguna avería, y el avión está perdiendo altura en busca de un eventual aterrizaje.

Helado de estupor por la diabólica coincidencia, permanezco en silencio. Pasan tres o cuatro segundos y vemos una cosa negra y humeante desprenderse del avión y, tras una brevísima parábola curva, caer en picado con fulminante rapidez.

—¡Dios mío, eso es un motor!

El doctor Toro hace señas de que sí.

El aeroplano, un poco menos humeante, prosigue su ruta sin dar bandazos, y yo ya estoy tranquilizándome, cuando de repente empieza a dar vueltas sobre sí mismo y las alas, como aspas de molino, describen cuatro, cinco, ocho rapidísimas circunferencias.

Después de lo cual, como si llevase a cabo un plan suicida cuidadosamente meditado, el cuatrimotor apunta el morro contra la superficie de la tierra, precipitándose verticalmente, diríase, con la máxima furia.

El gigantesco ataúd desaparece tras el cerro de una colina no muy lejana. Y eso es todo. No se oye ningún estruendo ni ninguna explosión. No se ven llamas ni humo.

—Es espantoso —digo yo, casi sin aliento—. Realmente eres el dios del mal.

Se dirige a mí, pálido pero sosegado:

—Estaban allí.

—¿Quiénes? ¿Los cónyuges, el monseñor, las amigas, los alpinistas?

Asiente.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Cómo lo sabemos, querrás decir. Tú también has contribuido. Es muy sencillo, nosotros le hemos hecho caer.

—No. En nuestra historia el desastre no estaba. Sólo hemos referido unas conversaciones.

—Pero el contenido de las conversaciones presagiaba el desastre; es más, lo hacía inevitable, desde el punto de vista narrativo. Tú mismo lo has reconocido.

—¡Un cuerno! Tú estás loco. Y en cualquier caso yo no tengo nada que ver. Tú eras quien pensaba en el avión, desde las primeras palabras. Yo no tengo nada que ver. Yo no tengo nada que ver.

—Cálmate. No te lo tomes así. Incluso sin catástrofe aérea, para ellos habría sido lo mismo.

—¿Qué quieres decir?

—Absolutamente lo mismo. El futuro, los cálculos sobre el porvenir, los proyectos… Infelices. Has visto, no, cómo ha caído aquel chisme. ¿Acaso crees que las horas, los días, los meses, los años, que caen sobre nosotros son menos veloces?