dino buzzati

las noches difíciles

«LE NOTTI DIFFICILI»

Traducción Carmen Artal

Editorial Argos Vergara, S. A.

Barcelona

1983

el médico de las fiestas

 

   

Desde luego no es ninguna ganga hacer de médico de las fiestas.

Para empezar nos llaman a las horas más intempestivas de la noche. Levantarse, vestirse, ponerse en camino en la oscuridad, a veces con hielo, bandidos, lluvia. De día, cuando los cristianos trabajan, nunca. Casi nunca.

Una vez efectivamente, hará de eso seis años, me llamaron a las dos de la tarde. Era para una fiesta lejana. Allá arriba, en Val di Genova, bajo los glaciares. Muy lejos. Una fiesta de cazadores de osos, en el casino de caza del conde Essálide. Llego en moto cuando ya está anocheciendo. ¿Qué pasa? Pregunto. Dos tipos se habían puesto a discutir de política; habían acabado a golpes. Pero ahora todo se había calmado. Menuda gracia hacer todo ese camino para nada, con el corazón en la garganta. «Bueno» dijo Essálide «no se lo tome a mal, doctor, aunque haya hecho el viaje inútilmente, quédese a comer con nosotros». Entonces me quedé, aunque los cazadores nunca me han gustado, ¿a quién pueden gustarle los asesinos?

Por suerte, nada más sentarnos a la mesa, aquellos dos volvieron a las andadas, y esta vez también los otros se metieron de por medio, y en pocos minutos aquello fue el infierno. El conde Essálide me miraba con ojos implorantes que decían: «Doctor, doctor, sólo usted puede sacarme de este aprieto.» A lo que yo, con un golpe de genio —en la universidad nunca se había estudiado un caso parecido— me puse a gritar: «¡Fuego! ¡Fuego! ¡Sálvese quien pueda!» Al mismo tiempo, para darle credibilidad al asunto, provoqué un incendio que en menos de una hora destruyó todo el casino de caza y quemó vivas a diecinueve personas (cazadores); con plena satisfacción del anfitrión, que estaba asegurado por todos lados.

Pero por lo general los médicos de las fiestas trabajamos de noche, hasta las últimas horas, hasta que empieza a amanecer. Galopamos en la oscuridad con nuestras potentes motos porque nadie del gremio —e ignoro el motivo— emplea el coche. Por ejemplo la mansión de los Drusi, matrimonio joven y brillante, deseosos de triunfar en sociedad. Han cometido el error de la inexperiencia; para dar lustre a su primera fiesta han invitado a la flor y nata de la ciudad, personajes de alto copete, mucho más importantes que ellos; y estos leones y tigres naturalmente se divierten ignorando a la joven pareja que además tiene que expiar el imperdonable pecado de poseer una hermosa apariencia. En fin, como si los dos ni siquiera existiesen, salvo para pagar el banquete, los músicos, los regalos, los exquisitos vinos. Él, el abogado Drusi, me espera en la entrada con los cabellos desordenados por el viento.

Y yo:

—Por el tono de la llamada ya he intuido la situación. Sabes, olfato clínico. Deja de preocuparte, mira quien llega.

Justo detrás de mí avanza en efecto un autobús nocturno de lujo con sus sirvientes y estandartes, y de él bajan reyes, reinas, príncipes, princesas, cantantes y futbolistas de la más alta alcurnia, y es por eso que a veces mis servicios cuestan tan caros. Con lo que los señores de dentro, que se daban aquellos aires, se quedan achantados por los recién llegados.

Y la fiesta acaba siendo un maravilloso triunfo.

O bien me llama a la una de la madrugada mi viejo amigo Giorgio Califano, mecenas de las artes. Ha dado una fiesta en honor de Puta Legrenzi, la aspirante a actriz, su último gran amor. Nada más llegar, me doy cuenta de que el nombre de la beldad en realidad lleva dos, la proterva muchachita se divierte haciendo enloquecer de celos al ricachón, pero yo debo simular no enterarme.

—Hola, Giorgio —le digo—, ¿qué pasa?

—Te juro que para mí es un misterio —responde—. He reunido aquí a la mejor gentuza de la ciudad, y sin embargo la velada languidece, compruébalo por ti mismo. ¿No está completamente desinflada y podrida?

Yo miro pero nada es verdad, es más, me parece una velada de lo más lograda, las mujeres casi todas jóvenes, con acusada personalidad carnal, hasta los hombres están borrachos en el punto justo y desencadenados.

—Y además ella, Putina, se ha ido —añade como si fuese un detalle sin importancia.

—¿Por qué se ha ido?

—Está claro. Porque estaba hasta el moño.

Pero yo ya la he visto, a la mala puta, en un rincón del jardín, detrás de una pirámide de boj, mientras se deja manosear por un tipo. En derredor, música, alegría, despreocupación, delirio. Y él me dice:

—Entonces, doctor, ¿puedes arreglarme la velada o no?

—La velada está perfectamente, mejor no podría ir. Eres tú el que no funcionas, por dentro. Es a ti a quien habría que arreglar. Pero yo sólo soy un médico de las fiestas. Yo no sirvo para un corazón maltratado como el tuyo. Ni siquiera Barnard. Ni siquiera el gran penitenciario de las conciencias universales. Sólo el tiempo, aquel tipo de la clepsidra y la barba blanca. Pero en estos casos, él, que normalmente viaja como el viento, se convierte en un caracol. Adiós.

El cliente más gratificante es una cliente, Leontina Delhorne, sobre cuyos frágiles hombros una viudez y dos divorcios han depositado hay quien dice cuarenta hay quien dice cincuenta mil millones. Ingeniosa, vivaracha, esnob, y maravillosamente desdichada como sólo consiguen serlo los millonarios, no tiene un ubi consistam, condenada a pasar sin tregua de una ciudad a otra, de un continente a otro, quedarse quieta tres días en un mismo sitio para ella significa la muerte civil. Por eso, cuando da una fiesta, pone en marcha su tren privado compuesto de un vagón salón de baile, un confortable vagón con restaurante, baños, sala de gimnasia, y un vagón alcoba para quien siente deseos de aislarse. Y a correr, durante dos, tres, cuatro días, incluso cruzando fronteras, sin jamás detenerse, lo que es una desesperación para los técnicos que deben organizar los recorridos y los horarios.

Por lo que a mí se refiere, Leontina requiere mi presencia precisamente por el terror a posibles paradas. Sólo ha ocurrido una vez, en las afueras de Zagabria, por una avería en la línea a causa de un aluvión. Por radio nos avisaron de que tendríamos que esperar cuatro o cinco horas. Eran las tres de la madrugada. En seguida Leontina entró en crisis, colgándose de mis hombros. Yo pedí media hora de tiempo. Por suerte en aquellos parajes disponía de algunas buenas conexiones. A Leontina ya iban a darle las convulsiones cuando de la oscuridad que nos envolvía, perfectamente aleccionada por mí, surgió una banda de hippies, armados de puñales y pistolas. En menos que canta un gallo saltaron sobre el tren, dejaron a todos los viajeros sin un céntimo ni una mísera cadenita de oro, abusando, por supuesto, de todas las presentes, incluida Leontina. La cual concibió por mí eterna gratitud.

Las más de las veces, sin embargo, los médicos de las fiestas podemos hacer bien poco. Ahí está la fatídica llamada hacia las dos, cuando la vitalidad del hombre alcanza su límite más bajo. Ahí está el palacete, el jardín privado, el ritmo convulsivo de la música en la cálida noche de junio. Los dueños de la casa, desolados, se dan cuenta de que la fiesta ha empezado a perder puntos, demasiadas parejas se han refugiado en las habitaciones y en los pasillos, el conjunto beat ya está derrengado, una docena de invitados por lo menos se ha despedido a la inglesa, y se advierte próximo, en el aire, el triste momento de los agradecimientos y de las despedidas.

El deber del médico es animar al enfermo. Yo tomo el pulso, ausculto, me limito benévolamente a unas cuantas vaguedades.

—No creo, querida señora, que tenga usted de qué preocuparse. Los invitados tienen un aspecto inmejorable, parecen divertirse como locos. El hecho de que algunos estén tirados por el suelo o sobre los divanes, créame, es un síntoma tranquilizador contrariamente a lo que usted cree.

Pero de la copa de un plátano la abubilla emite su reclamo y de las incalculables lejanías de la llanura llega un largo y quejumbroso silbido de locomotora; lo cual es una señal fatídica. ¿Qué puedo hacer? Azuzar a los músicos con un fajo de billetes, pulverizar a diestro y siniestro con el spray un brebaje drogado? Podría hacerlo, en efecto, ¿pero con qué objeto? Ay de mí, el tiempo de repente se ha puesto a correr vertiginosamente. El desmoronamiento se precipita. ¿Qué puedo hacer? Pálida, la anfitriona me hace un gesto con la mano, como diciéndome: Granuja, así pues ¿te niegas a ayudarme? No me atrevo a responderle. Hacia aquel lado, detrás de los árboles, si se mira atentamente, el cielo ya no está tan negro como hace escasos minutos. Y un soplo de aire gélido ha hecho ondular suavemente las hojas.

Más allá de los setos, se oyen zumbar los motores de los coches que se ponen en marcha para volver a casa. La gran mesa del buffet devastada y desierta, el último camarero desaparecido. Sólo cuatro espectros se obstinan en sacudirse y desmadejarse a ritmo shake bajo el palco de la música ya agonizante.

¿Qué puedo hacer? No puedo disimular mi confusión ante la anfitriona, de pie junto a mí al borde de la escalinata despidiendo a los amigos. En este preciso instante se oye un runrún desde calles remotas, como un jadeo, que va subiendo. Sobre el cono de luz de las lámparas se desparraman, todavía titubeantes, los primeros copos de nieve.

—De todas formas —dice con una extraña voz— ha sido una fiesta preciosa. ¿Verdad?

—Sí. Una fiesta inolvidable.

—Creo que no se verán muchas más como esta.

Miro a mi alrededor.

—También yo lo creo —respondo.

Se ha ido el último invitado. También el anfitrión ha desaparecido. Los sirvientes apagan las luces. Vasos por el suelo, pastelitos por el suelo, cigarros, colillas, desorden, suciedad; mañana, la vacuidad del mañana, el cansancio, la náusea. Ahora está verdaderamente sola. Visible a la primera gélida luz del día.

Una fiesta preciosa. Pero de las profundidades se va acercando un sonoro tintineo de campanilla. A través del boscaje se adivina algo blanco que se mueve, algo rojo: como una túnica sacerdotal, por ejemplo, como una sombrilla de brocado carmesí.

¿Será un pequeño regalo para ella?

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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