inventos

 

el hospital enfermo

 

 

Cuando entré en la clínica Ophelia —al día siguiente iban a quitarme la vesícula biliar— el portero me acompañó

al despacho del médico de turno. Era éste un hombre de unos cuarenta años, delgado y pálido. Se levantó de la

butaca quitándose un termómetro de la boca.

—Perdone, ¿eh? Pero tengo casi treinta y nueve de fiebre.

—¿Gripe?

—Quien sabe…

A pesar del febrón, me condujo a mi habitación y me aconsejó que me acostase en seguida. Luego entró

una agradable enfermera para ponerme una inyección calmante. Cojeaba.

—Si supiese, señor —me confió con una dulce sonrisa—, si supiese, con la humedad que hace hoy, cómo

se pone la ciática…

Más tarde llega el doctor Trizzi, el que tendrá que operarme mañana: una figura joven, vigorosa, simpática.

—Usted, señor, permítame que se lo diga, ha tenido suerte. En materia de vesículas biliares creo sinceramente

que nadie sabe más que yo. ¡Y pour cause! ¡Pour cause! —soltando una carcajada—. Mañana seré yo quien

trabaje sobre usted. Pasado mañana trabajarán los otros. Sobre mí, ¿comprende? Mi vesícula también, ¡kaputt!

—y hace el gesto de arrojar un desecho—. Mucho peor que la suya, mucho peor. Porque en su caso ahora ya

sabemos exactamente cómo está. Mientras que en el mío… En mi caso la situación, ¿cómo podríamos decir?,

está bastante enredada. Ah sí, ¡sabemos por donde cortar, pero no sabemos con qué nos vamos a encontrar!

—otra estentórea carcajada—. El refrán de mi viejo maestro Ripellini sigue siendo válido, ¡a pesar de todos los

progresos de la ciencia! —Se lleva una mano a la derecha del estómago, apretando, y hace una mueca de

dolor—. Ay, ay… tengo miedo de que… discúlpeme si me siento… sólo unos segundos… son punzadas pasajeras…

Pero no se preocupe, por favor… Sólo las tengo por la tarde, por la mañana nunca, absolutamente nunca…

 

Se queda un rato charlando amigablemente; al despedirse me dice:

—A propósito, nuestro director, el boss de esta clínica, quería darle la bienvenida, me lo dijo expresamente.

Le pide disculpas por no haberlo hecho. Desgraciadamente esta mañana… desgraciadamente ha tenido…

Bueno no se puede decir exactamente un infarto, pero la tranquilidad, ya sabe usted, es lo principal en todos los

cuadros cardiacos…

 

Cuando más tarde viene la enfermera jefe de la noche, observo que sigue restregándose febrilmente la mano derecha

sobre la mejilla.

—¿Dolor de muelas? —pregunto por pura cortesía.

—No me hable. Le deseo de todo corazón que no le duela nunca el trigémino… Es para volverse loca, se lo juro,

para volverse loca… Menos mal que, como me toca el turno de noche, no me va a costar nada

permanecer despierta—. E incluso consigue sonreír.

Yo la miro perplejo:

—Perdone, señorita: aquí en la clínica Ophelia, quiero decir, el personal sanitario, quiero decir,

¿están todos enfermos?

Levanta la cabeza, asombrada:

—Claro que sí, señor. Por algo es la casa de salud más famosa de Europa.

—No comprendo.

—¿Cómo? ¿No lo sabe usted? Psicoterapia, psicoterapia. Éste es el centro de psicoterapia más avanzado que

existe. Dígame: ¿nunca había estado usted en un hospital?

—Realmente no.

—Por eso, a lo mejor, no lo entiende. ¿Qué es lo peor del hospital? ¿La enfermedad, tal vez? No. Lo peor

del hospital es ver a todos los demás, que no están enfermos. Cuando llega la noche, nosotros condenados

a la cama, y los médicos, las enfermeras, los camilleros, etc. echan a volar como pájaros por la ciudad,

unos a su casa, otros a ver a los amigos, unos al restaurante, otros al cine, otros al teatro, otros a hacer el amor;

y esto deprime terriblemente, créame, le hace sentirse a uno minusválido, influye sobre el curso de la enfermedad

de forma decisiva. En cambio, si uno está moribundo y los demás ya están todos muertos, se siente un emperador.

Y es así, precisamente, como realizamos el milagro.

Para empezar, nada de visitas de familiares y de amigos, para evitar desagradables comparaciones.

Y luego, luego… médicos, asistentes, cirujanos, anestesistas, enfermeras, etc., todos seriamente enfermos. Los

pacientes, en comparación, se sienten señores, se sienten sanos. ¿Se sienten? Se ponen buenos. A veces se

curan sin ni siquiera una sola pastilla. Y a lo mejor cuando entraron estaban más en el otro mundo que en este.

 

 

 

 

 

 

 

Las noches difíciles

Dino Buzzati

«LE NOTTI DIFFICILI»

Traducción Carmen Artal

 

Arnoldo Mondadori. 1971

Edición en lengua castellana, propiedad de

Editorial Argos Vergara, S. A.

Barcelona- (España)

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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