las noches difíciles

dino buzzati

«LE NOTTI DIFFICILI»

Traducción Carmen Artal

Editorial Argos Vergara, S. A.

Barcelona (España) 1983

El coco – Soledades – Equivalencia – El escollo- Una carta aburrida –

Contestación global – Accidentes de tráfico – Boomerang –

Delicadeza El médico de las fiestas – La torre – El ermitaño –

En la consulta del médico – Deseos falaces La albondiguilla –

El sueño de la escalera – Crescendo – La mariposita – Tic-tac –

Cuento a dos voces – Delicias modernas – Icaro – Inventos –

La alienación – Progresiones – Carta de amor –

Los viejos clandestinos – La elefantiasis – Plenilunio – La mujer con alas

 

equivalencia

 

     
    

En un momento dado el famoso doctor, en la habitación del enfermo, hizo una imperceptible señal a la mujer del enfermo y con una dulce sonrisa se encaminó a la puerta. La señora intuyó.

Cuando se hallaron en el pasillo, el doctor adoptó una expresión que hacía al caso, profundamente humana y comprensiva. Carraspeó:

—Señora —dijo—, es mi deber ineludible, muy a mi pesar, poner en su conocimiento… su marido…

—¿Es grave?

—Señora —dijo él—, desgraciadamente… la situación es tal… Hay que darse cuenta de que…

—¡No, no me diga eso!… Usted quiere decir que…

—En absoluto, señora… No debemos, no debemos de ninguna manera precipitar las cosas… pero digamos… digamos… dentro de tres meses… sí, sí, podemos decir tres meses…

—¿Condenado?

—La providencia no tiene límites, querida señora. Pero por lo que se refiere a nuestra humilde ciencia… le repito… tres meses como máximo… tres meses…

Un violento estremecimiento la recorrió de arriba a abajo. Pareció enroscarse sobre sí misma. Ocultó su cara entre las manos. Salvajes sollozos la sacudían.

—¡Dios mío, Dios mío, mi pobre Giulio!

 

Entonces la eminencia, que estaba a la cabecera del enfermo, con un leve gesto invitó a la mujer del internado a salir. Y ella comprendió.

Una vez fuera, el médico cerró lentamente la puerta de la habitación. Después se dirigió a la mujer con la voz aterciopelada de las grandes ocasiones:

—Señora —dijo—, para un médico es éste un deber extraordinariamente ingrato. Sin embargo, debo serle franco… su marido…

—¿Está muy mal?

—Señora —dijo el otro bajando más todavía el tono de su voz—, me causa un profundo malestar… pero es sin embargo imprescindible que usted…

—Entonces, me parece comprender…

—Entendámonos: sería totalmente improcedente adelantar los acontecimientos… Nos queda, supongo, un cierto margen… eso… un año… un año por lo menos…

—¿Incurable, entonces?

—Nada es imposible, señora, ni siquiera los milagros. Pero por lo que la ciencia me permite entender… diría que un año…

A la pobrecilla le dio un vuelco el corazón, bajó la cabeza, se tapó los ojos con las manos y estalló en un llanto desesperado:

—¡Oh, mi dulce prenda querida!

 

Pero hubo un momento en que las miradas de la autoridad clínica y las de la mujer del enfermo se encontraron. Y ella entendió que el hombre la invitaba a salir.

Dejaron así al enfermo solo. Ya fuera, después de haber cerrado la puerta, el doctor, con acento grave y a la vez henchido de participación afectiva, murmuró:

—Es muy triste, créame, para un médico desempeñar determinadas e indeseables obligaciones… Mire, señora, no tengo más remedio que hacerle saber que… su marido…

—¿Corre peligro?

Respondió el doctor terapeuta:

—Una mentira en estos casos, señora, no sería una buena acción… no puedo ocultarle que…

—Doctor, doctor, hábleme con el corazón en la mano, dígamelo todo…

—A ver si nos entendemos, señora… no pongamos el carro delante de los bueyes… No es inminente… tampoco puedo ser muy preciso… pero como mínimo… tenemos una tregua de tres años…

—Así, ¿no hay esperanza?

—Sería una ligereza por mi parte ofrecerle inútiles ilusiones… desgraciadamente la situación es clara… dentro de tres años…

La desdichada no pudo dominarse. Lanzó un lastimero gemido, y luego se deshizo en llanto gritando:

—¡Ah, mi marido… mi pobre marido!

 

Pero en la habitación del enfermo se hizo un silencio. Y entonces, casi por transmisión telepática, la mujer supo que el célebre médico deseaba salir de la habitación junto con ella.

Salieron en efecto. Y cuando estuvo seguro de que el enfermo no podía oírle, el patólogo, inclinándose hacia la señora, le susurró al oído:

—Lo siento, señora, éste es para mí un momento muy penoso… No puedo dejar de ponerla al corriente… su marido…

—¿Ya no hay esperanza?

—Señora —dijo el hombre—, sería tonto y deshonesto si con eufemismos intentase…

—¡Pobre de mí… y yo que me había hecho ilusiones… pobre de mí!

—Cuidado, señora, justamente al igual que yo no pretendo ocultarle nada, tampoco quiero que sea usted la que dramatice prematuramente… Desde luego veo acercarse el término fatal… pero no antes… no antes de veinte años…

—¿Condenado irremisiblemente?

—En cierto sentido sí… No puedo disimularle, señora, la amarga verdad… veinte años como máximo… más de veinte años no se los puedo asegurar…

Fue más fuerte que ella. Para no caer tuvo que apoyarse en una pared, sollozando. Y musitaba:

—¡No, no, no puedo creerlo, mi pobre Giulio!

 

Con una tosecita diplomática el doctor miró de una cierta forma a la mujer del cliente, que estaba ante él, al otro lado de la cama: era evidentemente una invitación.

Apenas en el vestíbulo, la señora agarró por un brazo al famoso oráculo, preguntándole, con aprensión:

—¿Doctor?

A lo que él respondió con voz de juicio universal:

—Señora, es para mí un deber serle franco… Su marido…

—¿Tengo que resignarme?

Dijo el médico:

—Tenga la seguridad de que si se vislumbrase siquiera una vaga posibilidad… Pero en cambio…

—¡Dios mío, es terrible… Dios mío!

—La comprendo, señora… y créame que comparto su dolor… Por otra parte no se trata de una forma galopante. Estimo que, para cumplirse, la funesta parábola empleará… empleará unos cincuenta años.

—¿Cómo? ¿No hay salvación?

—No, señora, no… y se lo digo con el corazón encogido, créame… Hay un margen, pero no mayor de cincuenta años…

Hubo una pausa. Luego el grito lacerante de ella, como si un carbón encendido le hubiese penetrado en las entrañas:

—¡Uhhhh! ¡Uhhhh!… ¡No, no!… ¡mi marido!

De pronto se reanimó. Miró fijamente a los ojos a la eminencia. La cogió de la muñeca:

—Doctor, discúlpeme, pero entonces… Me ha dicho una cosa terrible. Pero, quiero decir, dentro de cincuenta años, digo yo… medio siglo… dentro de cincuenta años también yo… también usted.. En el fondo, entonces es una condena para todos, ¿no?

—Exactamente, señora. Dentro de cincuenta años todos nosotros estaremos bajo tierra, por lo menos eso es lo más probable. Pero hay una diferencia, la diferencia que nos salva, a nosotros dos, y que en cambio condena a su marido… Para nosotros dos, que se sepa, no hay nada establecido todavía… Nosotros podemos seguir viviendo, en una beatífica estulticia tal vez, como cuando teníamos diez o doce años. Nosotros podríamos morirnos dentro de una hora, dentro de diez días, dentro de un mes: no tiene importancia, es otra cosa. Él no. Para él la sentencia ya existe. La muerte, en sí misma, tal vez no sea algo tan horrible, a fin de cuentas. A todos nos llegará. Lo peor es saber, aunque sea dentro de un siglo, de dos siglos, el momento exacto en que se presentará.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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