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dino buzzati

las noches

difíciles

«LE NOTTI DIFFICILI»

Traducción Carmen Artal

Edición en lengua castellana

Editorial Argos Vergara, S. A.

Barcelona (España)

1983

 

 

deseos falaces

A menudo los hombres persiguen una felicidad que la simple sensatez podría demostrar de antemano inasequible. Tres ejemplos.

 

el trus

 

En aquel país, el trus no quiero decir que estuviese condenado, lo que sería absurdo siendo el trus una necesidad vital, pero sí era mirado con recelo y controlado, como si fuese peligroso socialmente.

Trusar estaba permitido a condición de algunos requisitos: tener una determinada edad, obtener un permiso gubernativo, etc.; algunos tipos de trus estaban además severamente prohibidos, considerándose delictivos. No obstante el trus era deseado más que ninguna otra cosa en el mundo.

Cansados de tanta angustia, que ya duraba siglos, un buen día los jóvenes se pusieron a protestar, y su ímpetu era tal que saltó todas las barreras. La autoridad fue destituida, los innovadores se hicieron con el poder, eligieron un presidente, y fue promulgada una ley que abolía las antiguas rémoras, poniendo el trus a disposición de cualquier ciudadano, varón o hembra, de forma que todos pudieran trusar a su antojo.

La conquista fue celebrada con una fiesta pública en las plazas y en las calles, donde toda clase de trus era dispensada sin cortapisas. Era la felicidad codiciada desde hacía milenios. Todos se precipitaron con avidez. A millones, hombres y mujeres trusaban alegremente, unos a la vista de los otros.

Sin embargo, tras escasamente media hora, cundió un sentido de saciedad y desilusión. Y se oyeron voces de protesta:

«Nos han timado. Éste no es el trus de antes. ¡Nos habéis enredado!» Se enarbolaron pancartas. Manifestaciones de protesta. Una multitud exacerbada se dirigió al palacio del nuevo gobierno.

El presidente salió al balcón. Se hizo el silencio. Dijo:

—¿A qué viene tanta furia? El trus que se ha puesto a vuestra disposición no se diferencia en nada del que anteriormente estaba casi prohibido. Pero todos hemos calculado mal, y yo el primero. Lo que resultaba suprema delicia cuando era difícil, ahora que puede obtenerse sin ningún esfuerzo, ha quedado despojado de todo placer. La culpa también es mía. Presento la dimisión. No habíamos pensado que en este mundo, desdichadamente, todo se paga hasta el último copec.

el genio ante litteram

 

 

Fabio Ternaz, joven pintor de óptima escuela pero falto de ideas, hizo un viaje hasta el lejano Frnland donde funcionaba uno de los más potentes cerebros electrónicos de la tierra, especializado en cuestiones culturales.

«La fantasía no será mi fuerte», pensaba, «pero se me ha ocurrido una idea extraordinaria, la de preguntarle al poderoso ordenador cuál será el arte que imperará dentro de un siglo. Él necesariamente tiene que responderme y en base a sus instrucciones yo estaré en condiciones de anticiparme a mis colegas exactamente cien años, seré proclamado un genio, me haré rico y famoso.»

 

Al llegar a Frnland, pagó la tarifa de cuatrocientos dólares y entregó una hoja con su solicitud al técnico designado a tal efecto. La solicitud, traducida a términos cibernéticos, fue introducida en el vientre del monstruo el cual, tras aproximadamente dos horas de laboriosos borborigmos, emitió una cartulina en la que se hallaba reproducido un cuadro. Con gran estupor, Ternaz la miró por todos lados. Era un desnudo de mujer, joven, provocativa y hermosísima, recostada sobre un diván; estaba pintada con una precisión y un amor por los detalles que ni siquiera Ingres habría podido igualar.

 

El asunto era embarazoso. Sin embargo el joven, sin dudar del robot, volvió volando a casa y se puso a reproducir en grandes dimensiones el cuadro del lejano futuro. Llegó a hacer más de treinta cuadros del mismo estilo, y cuanto más insistía, más se convencía de que aquella forma de pintar era una consoladora liberación.

 

Con todos aquellos cuadros hizo una exposición, luego dos, tres, diez, en las ciudades más insignes. Pero todos se rieron. Ésta es una pintura más vieja que la sarna —decían—. Y reproponerla hoy es una vergüenza.

 

A lo que Ternaz, enfurecido, subió de nuevo al avión rumbo a Frnland para contestar al ordenador.

 

—Te había preguntado cómo se pintará dentro de cien años y tú me has dado un desnudo de mujer. Yo lo he copiado tal cual, y todos me han dicho que soy un ridículo pasadista. Evidentemente te has equivocado, por lo tanto te ruego que me devuelvas los cuatrocientos dólares.

 

El cerebro respondió:

 

—Tú eres quien se ha equivocado, muchacho. Los grandes artistas ya es mucho si son reconocidos como tales veinte años después de su muerte. ¿Cómo puedes pretender tú que el mundo acepte una pintura que le precede en un siglo?

 

la poesía

 

 

A bordo de su yacht, Giorgio Kam, propietario de minas, tuvo ocasión de salvar a un chico que se debatía entre las olas. Era un jovencito de extraordinaria belleza y resultó ser hijo de Dios. El cual, sintiéndose obligado, hizo llamar a Kam y le dijo que le pidiese lo que quisiera.

—Agradezco tu ofrecimiento —respondió el minero—, pero ¿por qué me lo dices con ese tono resentido?

—La contemplación de ricachones como tú tiene la virtud de sacarme un poco de quicio. Pero no hagas caso, cada uno tiene sus manías. Expresa un deseo. Por difícil que sea, haré todo lo que esté en mi mano.

Kam, que se las daba de intelectual y a menudo invitaba a sus veladas a filósofos, escritores, pintores y músicos, quiso quedar bien:

—Me gustaría que me hicieras un regalo de poesía.

—¿Qué clase de poesía?

—La poesía de Walter Tribolanti. En los últimos tiempos había oído hablar mucho de este joven poeta del que había leído incluso alguna cosa, aunque sin entender nada.

—Es demasiado poco —dijo Dios—. Las poesías de Tribolanti se venden en las librerías, al precio, si mal no recuerdo, de mil quinientas liras.

—No me refería a esto. Me gustaría que me concedieras el placer que algunos de mis amigos juran que les proporcionan esos versos y que yo he intentado en vano obtener.

Dios meneó la cabeza:

—No son cosas para ti, créeme. Te convendría pedir otra cosa.

—¿Qué otra cosa podría pedir? —fue la respuesta del magnate—. Todo lo demás ya lo tengo. Sólo la poesía se me resiste.

—Si es así —dijo el omnipotente—, serás complacido. Y de debajo del manto sacó un paquetito envuelto en papel azul y atado con una cinta de oro.

—Aquí está la poesía que deseas. Pero no te lamentes si no te da el resultado que esperas.

Kam, después de hacer una reverencia, se fue con su paquete, que casi parecía vacío, de tan ligero. Se metió de nuevo en el coche y se dirigió a la Dirección General. Debido a la divina llamada, había tenido que aplazar muchos compromisos urgentes.

De hecho, nada más poner los pies en su despacho, entró por una puertecita el secretario con una montaña de documentos, en el mismo momento sonó el teléfono anunciándole una fisura en el pozo n.° 27, al que sería conveniente acudir en seguida a echarle un vistazo. Pero al otro lado, en la primera salita de espera, aguardaba desde hacía una hora Thaddeus Fantuskha, venido expresamente desde Praga para proponerle un proyecto de trust. Y en la salita número dos bramaba de impaciencia otro preocupante personaje, Molibio Saturp, plenipotenciario de las juntas sindicales, que en su cartera de piel tenía con que hacer estallar una huelga quinquenal que podía acabar a tiros.

De manera que Kam, metiendo el paquete de la poesía en un cajón de su escribanía, se dejó arrastrar por el hediondo huracán que él mismo tanto tiempo atrás había desencadenado, el día en que, miserable minero, había extraído de las entrañas de la tierra un diamante así de grande.

Los compromisos, las entrevistas, las llamadas telefónicas, las reuniones, las negociaciones, los pour-parler, los jet de un extremo a otro del mundo, las recepciones, los contratos, las citas, las llamadas telefónicas, las reuniones, las llamadas telefónicas una y otra vez sin interrupción y ¡bang!, de repente ahí le vemos de nuevo, en su despacho de presidente, viejo y cansado, mirando a su alrededor con mirada extraviada porque actualmente es el hombre de negocios más importante del sistema planetario, y sin embargo exhala largos suspiros como si fuese (pardon) desdichado. Y del asunto de la poesía, con todas las cosas importantísimas que han pasado por su cabeza, no conserva ni el menor recuerdo.

Entonces, buscando una pastilla energética americana a las que recurre desde hace algún tiempo, abre el segundo cajón de la derecha. La mano encuentra algo, es un paquete, bastante polvoriento, envuelto en un papel azul. Lo sopesa con su mano derecha, perplejo, no encontrando en los archivos craneales la más mínima referencia al respecto. Concluye: «Vete a saber quién habrá metido aquí esta cretinez.» Y la tira a la papelera.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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