ernest hemingway

 

 premio nobel de literatura 1954

  

 

 

  

 

la alquimia del escritor

 

 

 

 

  Sin tener facilidad de expresión, ni dominio de la oratoria, ni ningún conocimiento de la retórica,

deseo agradecer este premio a los administradores de la generosidad de Alfred Nobel.

  Ningún escritor que conozca a los grandes autores que no han recibido este homenaje, puede

aceptarlo con otra cosa que humildad.

  No es preciso citar a estos escritores.

  Cada uno de los presentes puede hacer su propia lista de acuerdo con sus conocimientos y su

conciencia.

  Sería excesivo que yo pidiera al embajador de mi país leer un discurso que dijera todas las cosas

que están en mi corazón. Ellas no serían inmediatamente discernibles en su escritura, y a veces

esto es afortunado para el autor, pero con el tiempo se develan por entero, y es por estas cosas,

y por un grado de alquimia que el escritor posee, que sobrevivirá o será olvidado.

  En el mejor de los casos, la vida de un escritor es solitaria.

Las instituciones pueden aliviar esta dolencia pero nunca mejoran su obra. Su estatura pública crece

conforme se deshace su soledad, y a menudo su obra se deteriora.

  Porque hace su obra solo, y si es un escritor lo suficientemente profundo, debe encarar cada día

la eternidad o la falta de ella. Para el verdadero creador cada libro debe ser un nuevo principio,

en el que proponga nuevamente algo que está más allá de toda capacidad.

  Debe intentar aquello que nunca se haya hecho o que otros emprendieron sólo para fracasar.

Entonces, algunas veces, con gran suerte, tendrá éxito.

  Qué sencillo sería hacer literatura si sólo fuera necesario narrar de otra manera lo que se ha escrito

bien, pero ya que hemos tenido tan grandes autores en el pasado, un escritor está obligado a avanzar

mucho más allá, ingresando en un espacio donde nadie podrá ayudarlo.

  He hablado demasiado para un escritor. Un escritor tiene que escribir lo que debe decir, y nunca

hablar de ello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Copyright © 1954, The Nobel Foundation

 

    Discurso traducido por Fernando Aristizábal

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Deja un comentario