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La presente antología autorizada por la Fundación Nobel, es el tributo de Común Presencia al pensamiento de once grandes creadores contemporáneos.

La versión íntegra de sus discursos leídos ante la Academia Sueca, ha sido compilada y bellamente traducida de sus idiomas originales, con el criterio de mostrar sus reveladoras y vigentes reflexiones sobre nuestro trágico acontecer.

Es enriquecedor entregar por primera vez en español este importante y poético testimonio humanístico, que amplía la percepción sobre el acto creativo, y nos compromete a “inventar en el planeta una paz que no sea la de la servidumbre” (Albert Camus), “para que al fin las puertas de la percepción se entreabran y aparezca el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia” (Octavio Paz).

 

 

josé saramago

Premio Nobel de Literatura 1998; primero que se concede a un escritor de lengua portuguesa.

 

 

de cómo un personaje llegó a ser el maestro y el autor de su aprendiz

 

 

 

   

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la reducida crianza de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo.

  Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y ambos eran analfabetos. En el invierno, cuando el frío de la noche asediaba hasta el punto en que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y los llevaban a su cama. Debajo de las mantas rústicas, el calor de los humanos libraba a los animalillos del congelamiento, de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por la belleza de su alma compasiva que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar más de lo que es indispensable.

  Ayudé muchas veces al abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor. Cavé con frecuencia la tierra del huerto anexo a la casa y corté leña para la lumbre. En muchas ocasiones, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro. Muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, abastecidos de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir como lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera.

  Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor y la más antigua, por ser la de siempre, era para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después iría a conocer y a saber lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía tras de una hoja, y mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la vía láctea, el Camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo tiempo que suavemente me acunaba.

Nunca pude saber si él callaba cuando descubría que me había dormido, o si continuaba hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía al relato: ¿Y después? Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con nuevos artilugios. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que este abuelo era dueño de toda la ciencia del mundo. Cuando con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta y descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.

  Mi abuela, ya levantada antes que todos, me daba una gran taza de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: No hagas caso, en sueños no hay firmeza. Pensaba entonces que ella, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, que tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando él ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, vine a comprender que también la abuela creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que una noche sentada ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores, hubiese dicho estas palabras: El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir.

No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesado y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviera recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada, justo allí en su casa, tan especial en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bello, gente como mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

  Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa (omití decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando a las personas comunes en personajes literarios y que esa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de una cotidianeidad opaca y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor frente a la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos un tapete florido. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas. Y terminaba: Tendría que llegar un día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegado del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato. ¿Qué otra genealogía puede importarme? ¿En qué mejor árbol me apoyaría?

 

 

 

  Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo, y aquella en que poco a poco me he convertido.

  Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga… A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba alguien que ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, que apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, que ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes —de otro modo— constructores de mi vida, estaba sin darme cuenta, trazando el camino por donde los seres que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo desafortunado, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos.

  En cierto sentido se podría decir que letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido sucesivamente implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de expectativa no consiguió pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

  Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía guiar de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra h., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro), titulada Manual de pintura y caligrafía, que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: pues sin poder ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.

  Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y en condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames, padeciendo una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser, llamamos según las ocasiones: preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los latifundistas. Gente permanentemente vigilada por la policía. Gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que titulé: Levantado del suelo, y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y una vez más destruirnos.

  No tengo la certidumbre de haber asimilado de manera satisfactoria, aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida.

 

 

  

  Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

  ¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las rimas y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de Os Luisiadas, que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra Literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camõens de ella? Ninguna enseñanza a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender, salvo la más simple que podría darme el hombre Luis Vaz de Camõens en su extrema humanidad, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quién esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos.

Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camõens, aunque no escriban las redondillas de Sobolos Rios… Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, a donde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el palco de la pieza de teatro llamada Que farei con este livro? (¿Qué haré con este libro?), en cuyo final resuena otra pregunta, aquella que importa verdaderamente, aquella que nunca llegará a tener respuesta suficiente: “¿Qué haréis con este libro?”. Humildad orgullosa fue esa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, la de pensar para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá no estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.

  Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. Él se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después, porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna, y que sólo la presencia conjunta y armoniosa de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra. Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que la voluntad humana, aquella que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto.

Son tres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que estaba escondido. Y también se acerca una multitud de millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Mientras los sonidos que estamos oyendo son del clavicordio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del Memorial del convento, un libro donde el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, que no carecen de alguna poesía: Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres, si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo. Que así sea.

 

 

 

 

  De las lecciones de poesía, algunas cosas sabía ya el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros de arte poética en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar libros y catálogos sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde El año de la muerte de Ricardo Reis comenzó a ser escrito.

  Allí encontró un día este aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista —Atena era su título— en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho, había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y que llamaba heterónimos, palabra que no figuraba en los diccionarios de la época; por lo que le costó tanto saber su significado. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis: Para ser grande sé íntegro, por cuanto es mínimo lo que haces, pero no podía resignarse, a pesar de ser tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo. Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con los cabellos blancos y un poco más sabio de sus propias sabidurías, se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las Odas algo de lo que era el espectáculo del mundo, en ese año de 1936, en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renânia por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: “He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría…”.

  El año de la muerte de Ricardo Reis terminaba con unas palabras melancólicas: “Aquí donde el mar acabó y la tierra espera”. Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sino el destino de una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir: fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí —La balsa de piedra— separó del continente europeo a toda la península Ibérica, transformándola en una gran isla flotante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, “masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, selvas bravías, campos cultivados con su gente y sus animales”, camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así —a tanto se atrevió mi estrategia— el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes.

  Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el sur de manera que, expiando sus abusos coloniales antiguos y modernos, pueda ayudar a equilibrar el mundo. Es decir, Europa finalmente como ética. Los personajes de La balsa de piedra, dos mujeres, tres hombres y un perro viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las nuevas personas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta.

  Se acordó entonces el aprendiz que en otros tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en La balsa de piedra hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría Historia del cerco de Lisboa, en la que un corrector trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un un no, subvirtiendo la autoridad de las “verdades históricas”. Raimundo Silva —nombre del corrector—, es un hombre simple, vulgar que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa.

 

 

 

De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: “Le recuerdo que los correctores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo aclaro, es de historia, No es mi propósito apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura, La historia también, La historia sobre todo, sin querer ofender, Y la pintura, y la música, La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va, otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia, Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles, Espero que no se haya olvidado que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir, Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños, Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, Sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era, Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador, Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas, Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas. 

Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad, Entonces métase a filósofo, Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia, Soy irónico, sólo en la vida real, Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más, Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia, Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real, Lo creo, sí, Que la historia fue vida real, quiero decir, No tengo la menor duda, Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor”.

   

 

 

 

  Añadiré que el aprendiz conoció con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora. Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir El Evangelio según Jesucristo. Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del corrector el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del Nuevo Testamento a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones.

Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese por primera vez, la descripción de la matanza de los inocentes y habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que tuvo que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella; no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén, siendo él precisamente la única persona que lo podría haber hecho; no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que se pudiese salvar la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes.

En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo. El Evangelio del aprendiz no es, por tanto, otra leyenda edificante de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de la culpa que nunca más lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo, refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, o quizá recordando en su última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró. Como se ve, el aprendiz había hecho un largo viaje cuando en el herético Evangelio escribió las últimas palabras del diálogo ocurrido en el templo entre Jesús y el escriba: “La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que te devore, Y tú, en tu vida, fuiste comido o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba”.

  Si el emperador Carlomagno no hubiera establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no fuera el origen de la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló In nomine Dei. Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz penetró en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, aquellas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios.

 

 

 

  Ciegos por sus propias creencias los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros creían en él. La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones, nunca sirvieron para aproximar a los hombres, y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo.

  Ciegos. El aprendiz pensó: “estamos ciegos”, y se sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a sus lectores, que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después el aprendiz, intentando exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que hallar a un ser humano. El libro se llama Todos los nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.

  Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdóneseme si les pareció poco esto que para mí es todo.

 

 

 

 

 

Copyright © 1998, The Nobel Foundation

 

Discurso traducido por Alberto Cáceres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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