manifiesto poético

Por Dylan Thomas

Usted quiere saber por qué y cómo empecé a escribir y qué poetas o tipo de poesía me emocionaron

e influyeron en mí.

Para responder a la primera parte de esta pregunta diría en primer lugar que quería escribir poesía

porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles,

y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras.

Lo que las palabras representan, simbolizan o querían decir tenía una importancia secundaria; lo

que importa era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible

gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo.

Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado

milagrosamente el oído, los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores

del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado,

el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana.

No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre

Oca y a todos los demás; me importaba las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían

sus acciones creaban en mis oídos; me importaba los colores que las palabras arrojaban a mis ojos. Me doy

cuenta de que quizás, mientras repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las simples y

hermosas palabras de esos poemas puros, pero eso es todo lo que honestamente puedo recordar, aunque

el tiempo haya podido falsear mi memoria.

Me enamoré inmediatamente -esta es la única expresión que se me ocurre-, y todavía estoy a merced

de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir

levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles.

Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras. Y cuando yo mismo empecé a leer los

poemas infantiles, y, más tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más importantes

que podía existir para mí.

Allí estaban, aparentemente inertes, hechas solo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio ser,

surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas las demás abstracciones imprecisas que

tornan peligrosas, grandes y soportables nuestra vidas efímeras.

De ellas surgían los transportes, gruñidos, hipos y carcajadas de la diversión corriente de la tierra; y

aunque a menudo lo que las palabras significaban era deliciosamente divertido por sí mismo, en aquella

época casi olvidaba que me parecían mucho más divertidas la forma, el matiz, el tamaño y el ruido de las

palabras a medida que tarareaban, desafinaban, bailoteaban y galopaban.

Era la época de la inocencia; las palabras estallaban sobre sí, despojadas de asociaciones triviales

o portentosas; las palabras eran su propio ímpetu, frescas con el rocío del Paraíso, tales como aparecían

en el aire. Hacían sus propias asociaciones originales a medida que surgían y brillaban. Las palabras

“Cabalga en un caballito de manera hasta Banbury Cross” (Ride a cock-horse to Bandury Cross), aunque

entonces no sabía qué era un caballito de madera ni me importaba un bledo donde pudiera estar Bandury

Cross, eran tan obsesionantes como lo fueron más tarde líneas como las de John Donne: “Ve a recoger

una estrella errante. Fecunda raíz de mandrágora” (Go and catch a falling star. Get with child a mandrake root),

que tampoco entendí cuando leía por primera vez.

Y a medida que leía más y más, y de ninguna manera eran sólo versos, mi amor por la verdadera vida

de las palabras aumentó hasta que sabía que debía vivir con ellas y en ellas siempre. Sabía, en verdad, que

debía ser un escritor de palabras y nada más. Lo primero era sentir y conocer sus sonidos y sustancia; que

haría con esas palabras, como iba a usarlas, que diría a través de ellas, surgiría más tarde.

Sabía que tenía que conocerlas mas íntimamente en todas sus formas y maneras, sus altibajos, partes

y cambios, necesidades y exigencias. (Temo que estoy empezando a hablar vagamente. No me gusta escribir

sobre las palabras, porque entonces uso palabras malas, equivocadas, anticuadas y fofas. Me gusta tratar

las palabras como el artesano trata la madera, la piedra o lo que sea, tallarlas, labrarlas, moldearlas, cepillarlas

y pulirlas para convertirlas en diseños (secuencias, esculturas, fugas de sonidos que expresan algún impulso

lírico, alguna duda o convicción espiritual, alguna verdad vagamente entrevista que tenga que alcanzar y

comprender).

Cuando era niño y empezaba a ir a la escuela, en el estudio de mi padre, ante deberes que nunca hacía,

empecé a diferenciar una clase de escritura de otra, una clase de bondad, una clase de maldad. Mi primera y

mayor libertad fue la de poder leer de todo y cualquier cosa que quisiera. Leí indiscriminadamente, todo ojos.

No había soñado que en el mundo encerrado dentro de las tapas de los libros pudiese ocurrir cosas semejantes,

tales tormentas de arenas y tales ráfagas heladas de palabras, tales latigazos a la charlatanería y también tanta

charlatanería, una pez tan tambaleante, una risa tan enorme, tantas y tan brillantes luces enceguecedoras que

se abrían paso a través de los sentidos recién despiertos y se diseminaban por todas las páginas en un millón

de añicos y pedazos que eran todos palabras, palabras, palabras, cada una de las cuales estaba viva para

siempre en su propia delicia, gloria, rareza y luz.

Escribía infinitas imitaciones, aunque no las consideraba imitaciones sino más bien cosas maravillosamente

originales, como huevos puestos por tigres. Eran imitaciones de lo que estuviera leyendo en ese momento;

Sir Thomas Browne, de Quincey, Henry Newbolt, las Baladas, Blake, la Baronesa Orczy, Marlowe, Chums,

los imaginistas, la Biblia, Poe, Keats, Lawrence, los Anónimos y Shakespeare.


A media que empecé a amar las palabras y odiar las manos torpes que las zarandeaban, las lenguas

espesas sin sensibilidad para los infinitos sabores, los obtusos y chapuceros escritores mercenarios que las

aplastaban convirtiéndolas en una pasta colorada e insípida, los pedantes que las tornaban moribundas y

pomposas como ellos mismos. Lo que primero me hizo amar el idioma y desear trabajar en él y por el fueron

las canciones infantiles y los cuentos populares, las Baladas escocesas, algunas líneas de los himnos, las

narraciones más famosas de la Biblia y sus ritmos, Los cantos de inocencia de Blake y la casi incomprensible

majestad mágica y desatino de Shakespeare escuchado, leído y casi asesinado en los primeros años de la

escuela.

La pregunta siguiente es si mi empleo de combinaciones de las palabras para crear algo nuevo, “a la

a la manera surrealista, está de acuerdo con una fórmula prefijada o es espontáneo.

Aquí hay una confusión puesto que, la fórmula prefijada de los surrealistas era la de yuxtaponer lo

impremeditado. Trataré de aclarar esto si puedo. Los surrealistas (es decir superrealistas, o sea los que

trabajan por encima del realismo) constituían en la década de 1920 en París un círculo de pintores y

escritores que no creían en la selección consciente de las imágenes.

Para decirlo de otra manera: eran artistas insatisfechos tanto de los realistas (en términos gruesos:

los que trataban de poner dibujos o en palabras una representación real de lo que ellos imaginaban que

era el mundo real en que vivían) como los impresionistas quienes, hablando otra ves en términos gruesos-

trataban de dar una impresión de lo que ellos imaginaban que era el mundo real.

Los surrealistas querían bucear en el subconsciente, en la mente que estaba por debajo de la superficie

consciente, y de allí extraer sus imágenes sin la ayuda de la lógica o la razón y ponerlas, ilógica e irracionalmente,

en colores o en palabras.

Los surrealistas afirmaban que, dado que tres cuartas partes de la mente estaban sumergidas, la función

del artista era la de extraer su material de la mayor, de la masa sumergida de la mente más bien que de esa

cuarta parte que, como el extremo de un iceberg, surgía del océano subconsciente. Uno de los métodos que

empleaban los surrealistas en su poesía era el de yuxtaponer palabras e imágenes que no tenían ninguna relación

racional entre sí y con eso esperaban alcanzar una especie de poesía subconsciente u onírica, que sería más fiel

al mundo real e imaginativo de la mente, sumergido en su mayor parte, de lo que lo es la poesía de la mente

conscientes, que descansa en la relación racional y lógica de ideas, objetos e imágenes.


Este es, muy crudamente, el credo de los surrealistas, con el que estoy en profundo desacuerdo. No me

interesa de dónde se extraen las imágenes de un poema; si quiere se pueden sacar del océano más recóndito

del yo oculto; pero antes de llegar al papel deben atravesar los procesos racionales del intelecto. Los surrealistas,

por otra parte, escriben sus palabras sobre el papel exactamente como emergen del caos; no las estructuran ni

las ordenan; para ellos el caos es la estructura y el orden. Esto me parece excesivamente presuntuoso; los

surrealistas se imaginan que cualquier cosa que rastree en sus subconscientes y pongan en colores o en palabras

debe ser, esencialmente, de algún interés o valor. Yo lo niego. Una de las artes del poeta es la de tornar comprensible

y articular lo que puede emerger de fuentes subconscientes; uno de los usos mayores y más importantes del intelecto

es seleccionar de entre las masa amorfa de imágenes subconscientes aquellas que mejor favorezcan su finalidad

imaginativa, que es escribir el mejor poema posible.


Y la quinta pregunta es, Dios nos ampare, cuál es mi definición de poesía.

Yo sólo leo poesía por placer. Leo sólo los poemas que me gustan. Esto significa, naturalmente, que tengo

que leer una cantidad de poemas que no me gustan antes de encontrar los que me gustan pero cuando los encuentro,

entonces lo único que puedo decir es “Los encontré” y leerlos por placer. 

Lea los poemas que le gusten. No le preocupe el que sean “importantes” o perdurables. Después de

todo, ¿qué importa lo que la poesía es? Si quiere una definición de poesía, diga: “Poesía es lo que me hace

reír o llorar o bostezar, lo que hace vibrar las uñas de mis pies, lo que me hace desear hacer esto, aquello o

nada”, y conténtese con eso. Lo que importa con respecto a la poesía es el placer que proporciona, por

trágico que sea. Lo que importa es el movimiento eterno que está detrás de ella, la vasta corriente subterránea

de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia por modesta que sea la intención del poema.

Puede despedazar un poema para ver que lo hace técnicamente rico y al tener ante sí la estructura,

las vocales, las consonantes, las rimas y los ritmos, decirse a sí mismo: “Sí, es esto. Por esto me conmueve

el poema: Por la artesanía”.

Pero está usted de vuelta en donde empezó. Otra vez se encuentra con el misterio de haber sido conmovido

por las palabras. La mejor artesanía siempre deja agujeros y grietas en la estructura del poema de manera

que algo que no está en el poema pueda arrastrarse, deslizarse, relampaguear o tronar.

La alegría y la función de la poesía es, y ha sido, la alabanza del hombre, que es también la alabanza de Dios. 

Fuente: Dylan Thomas, Manifiesto poético, Ediciones nueva caledonia, pp. 89-100


 

 

 

 

 

 

 

 

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