spoon river anthology

edgar lee masters

 

Antología de Spoon River (Edición completa)

Traducción, prólogo y notas de Jaime Priede

Bartleby Editores, 2012, 376 pp

 

 

 

 

 

henry phipps

 

 

 

I WAS the Sunday-school superintendent,

The dummy president of the wagon works

And the canning factory,

Acting for Thomas Rhodes and the banking clique;

My son the cashier of the bank,

Wedded to Rhodes, daughter,

My week days spent in making money,

My Sundays at church and in prayer.

In everything a cog in the wheel of things—as—they-are:

Of money, master and man, made white

With the paint of the Christian creed.

And then:

The bank collapsed.

I stood and hooked at the wrecked machine—

The wheels with blow-holes stopped with putty and painted;

The rotten bolts, the broken rods;

And only the hopper for souls fit to be used again

In a new devourer of life,

When newspapers, judges and money-magicians

Build over again.

I was stripped to the bone, but I lay in the Rock of Ages,

Seeing now through the game, no longer a dupe,

And knowing “‘the upright shall dwell in the land

But the years of the wicked shall be shortened.”

Then suddenly, Dr. Meyers discovered

A cancer in my liver.

I was not, after all, the particular care of God

Why, even thus standing on a peak

Above the mists through which I had climbed,

And ready for larger life in the world,

Eternal forces

Moved me on with a push.

 

 

henry phipps

 

 

 

Fui inspector de la Escuela Dominical,

presidente testaferro de la compañía de vagones

y de la fábrica de conservas,

gracias a Thomas Rhodes y a su camarilla del banco.

Mi hijo, cajero en el banco,

se casó con la hija de Rhodes,

y yo me pasaba los días laborales ganando dinero

y los domingos rezando en la iglesia.

Era una pieza en el perfecto engranaje del las cosas-como-son.

Amo y señor del dinero blanqueado

con la pintura del credo cristiano.

De pronto

el banco se hundió. Me quedé mirando la máquina destruida:

las rajas de las ruedas tapadas con masilla y pintadas;

los pernos oxidados, los vástagos rotos

y solo la tolva para almas dispuesta para usarse otra vez

en un nuevo devorador de vidas,

cuando los periódicos, jueces y magos del dinero

construyeran de nuevo.

Me quedé sin un céntimo, pero me apoyaba en la Piedra Secular,

entendiendo ya de qué iba el juego, sin dejarme engañar más,

sabiendo que «los justos vivirán en la tierra,

pero los años de los malvados están contados».

Y entonces el doctor Meyers me descubrió

un cáncer de hígado.

¡Dios no se ocupaba mucho de mí, al parecer!

Así, cuando estaba en la cumbre,

por encima de las nieblas entre las que había subido

y dispuesto a alcanzar una vida más amplia en el mundo,

las fuerzas eternas

me pusieron en marcha de un empujón.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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