edgardo dobry

 

asado en soldini

 

 

Fue para mí una maravillosa sensación
                                                                                 el encontrarme apoyado en las 
                                                                                 almohadas,  en un cuarto

débilmente 
                                                                                 iluminado.

G.E. Hudson, Allá lejos y hace tiempo

  

 

 

 

La escena debe mirarse
con algo que está 
más adentro de los ojos 
o quizás en ninguna parte,
es un atributo de esta luz.
Hoy en Soldini, cerca de la Ciudad Nativa,
los perros saciados de restos de asado
se revuelcan en el pasto y los chicos
se revuelcan con los perros
en un nudo de risa salvaje,
las remeras sucias de clorofila
y las redondas bocas mordiendo una rosada
luz horizontal. Mis primos mayores mostraban
la tristeza: hijos que se van o planean irse
a Sydney, Amsterdam, Vancouver,
y yo, quince años después 
de haber dejado este paisaje
con una ligereza de pronto inexplicable,
no sé cómo se puede
no vivir acá, no vivir aquí.
Luca ahora juega al fútbol con su primo Pablo
en una canchita entre una yegua que mete
el hocico hasta los ojos en un balde celeste 
—“se llama Rubia” va a decir su ama, 
una mujer robusta sonriente, 
que podría ser india o tirolesa,
que debe ser una mezcla de las dos— 
y el tren de carga más lento del mundo
coronado de un copete quieto de vapor. 
Tengo que ir a Buenos Aires, 
dejar a Luca con su abuela 
y tengo al mismo tiempo ganas infinitas 
de no hacer nada, de quedarme 
respirando el ascua de este cielo rosa, 
dormir en la que fue mi habitación
con mis libros de antaño, Los siete locos, 
la Poesía de Almafuerte, 
el Antiedipo, Los gauchos judíos, 
Trilce (has venido temprano
A otros asuntos y ya no estás), Allá lejos 
y hace tiempo, cortado a rodajas 
por la persiana entreabierta
quedarme leyendo Luz de agosto: 
una chica con hatillo y abanico
que camina de Alabama a Jefferson
buscando al padre de su hijo.
Y así, en duermevela sobre la frazada a flecos,
soy yo, soy yo el que camina,
cargo una mochila de libros deshojados,
por declives bromurados voy
de un mundo a otro,
llevo un niño de la mano.