Me enamoré de un mago, o un brujo, un aprendiz de alquimista
un alma vieja, un guerrero, como quieras llamarlo
y como no me ando con apuestas pequeñas, para Navidad le regalé
un reloj de arena, y una carta.

En la carta le decía que le regalaba aquello más preciado que tenía
un poco porque soy de Capricornio, el mito de Cronos, ya se sabe
y otro poco porque recién venía de entregar en una guerra contra el cáncer
un tercio de mis intestinos.
Te regalo esto que recién descubro, le dije: eso que se termina
eso que, cuando estás por cerrar los ojos y entrar a un quirófano suponés
que ya no hay más: te regalo mi futuro, le dije
cada grano de arena de mi tiempo
esa materia que recién descubrí me conforma y me dio tanto miedo de perder.

Me temo que el hombre en cuestión es un poco desprolijo
y el reloj de arena se le rompió incluso antes de llegar a su casa.
A los pocos meses se cansó de mí y se fue porque
por más que se autodenomine mago, brujo, chaman o alquimista, o la profesión que sea
los hombres se aburren de determinada clase de mujeres entre las que me incluyo
De todos modos, el regalo tuvo una tremenda importancia para mí en aquel
fugaz momento –siempre hice grandes gestos, terribles apuestas
y por más que, después de todo, haya sido sólo otra breve historia de mi vida
no puedo evitar pensar, con melancolía
en el regalo que le hice y él perdió/ y yo con él, lo perdí, vaya redundancia, para siempre.

 

 

 

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María Laura Prelooker

 


 

 

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