Fritz J. Raddatz

el proceso de ezra pound

Revista Quimera

nº 49, mayo de 1985

Traducción de Juanjo Fernández

A mediados de 1945, el periodista Norbert Miller llamó a la redacción del Herald Tribune en París

para hablar con Halderman, Feature-Editor, sobre la situación de Pound.

Meses después, el editor Sr. Laughlin se puso en contacto con el abogado Julien Cornell para que

se encargara de la defensa del poeta.

Si no hacían algo, en cualquier momento lo podrían condenar sumariamente a muerte.

De lo que hicieron, se produjo el debate judicial, para intentar que no se le considerase responsable

de sus actos. Conseguido el objetivo, fue enviado a un psiquiátrico muy duro, del que lo trasladaron

al St. Elizabeth, un lugar agradable donde fue recuperando las libertades de leer, escribir y recibir

visita largo tiempo.

Era el año 1946 y estuvo privado de libertad hasta 1958. Cuando salió, se fue a Italia con su mujer.

Fue entrevistado en Venecia, a petición del periodista Norbert Fishman, del Estudio III de de la CBS

de Nueva York por el poeta beat judío Allen Ginsberg.

 

[Ha empezado el debate judicial para dilucidar si su estado permite juzgarlo]:

… El Sr. Pound está sentado ante ustedes. Le ruego, Sr. Pound, que se levante y mire al jurado.

Díganos su identidad, por favor.

[Ezra Pound, con voz a la vez hostil y desganada]:

No soy nadie, mi nombre es nadie.

[Robert Frost hace un alegato sobre la importancia de Pound en la literatura.

Al terminar, se producen las declaraciones siguientes]:

El presidente: Muchas gracias, Sr. Frost. Y ahora, una pregunta que formulo al Sr. Pound.

¿Tiene algo que añadir a lo que acaba de declarar Robert Frost?

[Ezra Pound (recitando uno de sus poemas)]:

y un olor de menta bajo los toldos de las tiendas

sobre todo después de la lluvia

y un buey blanco en el camino a Pisa

como encarándose con la torre,

carneros negros en el campo de maniobras y los

[días de lluvia, nubes

sobre las montañas, como bajo las garitas.

Una lagartija me tenía en vilo

las aves del campo detestan el pan blanco

4 gigantes en 4 esquinas

tres hombres jóvenes  ante la puerta

y han cavado una zanja a mi alrededor

para que la humedad no roa mis huesos…

[Tras un momento de silencio, el presidente con una tosecilla de compromiso:

¡Ejem!… hum. Bueno. Y bien… Deseo ahora solicitar la presencia de… ]

Robert Frost: Desde 1908, Ezra Pound se marchó de América. A partir de entonces, contando 23 años,

se convirtió en el ministro sin cartera, el descubridor y promotor de la gran literatura europea.

Siendo secretario de William Butler Yeats, en 1913 descubrió a James Joyce: en aquel caso, a través de

un poema juvenil y sus primeras tentativas de prosa; a raíz de este encuentro nació una amistad que duró

decenas de años; solo gracias a la mediación de Pound fue posible que se publicara la gran novela Ulysses.

Al mantener una infatigable correspondencia con editores e incontables pequeñas revistas literarias –a las

que asesoraba e incluso, si era preciso, financiaba-, se esforzó por hacer publicar esta novela, ocupándose

también de que Joyce cobrara derechos de autor y de que la crítica le prestara atención.

Fue Pound quien escribió los primeros grandes ensayos sobre Joyce: hizo lo mismo  con D.H. Lawrence,

Wyndham Lewis y T.S Eliot; es más, a los consejos literarios de Pound y a su depuración estilística debemos

la obra maestra del propio Eliot, The Waste Land. El gran escritor ruso Isaac Babel ha calificado a Pound

como personaje ejemplar. Ernest Hemingway ha declarado que había “aprendido Pound más que de nadie

en el mundo, que de él había aprendido cómo se debía escribir y cómo no se debía”. Pound proclamó los

méritos de los Trópicos de Henry Miller cuando nadie, en aquel tiempo, se atrevía a incluirlos en la literatura.

Una considerable correspondencia da fe de la amistad que le unió con Cocteau y Louis Aragon.

*****

El secretario: Sr. Hemingway, se le ruega que diga su nombre y profesión.

Ernest Hemingway: Puede usted irse al carajo con sus formulismos, amigo. Soy Ernest Hemingway y Ezra Pound

es amigo mío. Con eso basta. Tampoco he entendido ni una puñetera palabra de todas esas eruditas chorradas y

chocheces que se acaban de soltar sobre sexo, fascismo y élites.

El presidente: Sr. Hemingway, lo lamento pero…

Ernest Hemingway: ¡No me interrumpa! Me trae sin cuidado lo que usted pueda lamentar. Yo, lo que lamento es la

manera como se trata aquí a Ezra Pound. Seré sincero: quiero sacarle de aquí y voy a contar dos o tres cosas sobre él.

Ezra Pound y yo siempre hemos estado muy unidos… El estudio en el que vivía con su mujer, Dorothy, en París, era tan

modesto como señorial era el de Gertrude Stein. A su propia actividad poética no dedicaba más que la quinta parte de su

tiempo… El restante lo dedicaba a mejorar la situación material de sus amigos y las condiciones de su trabajo artístico.

Les defendía cuando eran atacados. Les ayudaba a publicar en revistas, los sacaba de chirona. Les prestaba dinero, vendía

sus cuadros, organizaba conciertos. Convencía a los editores para que les publicaran sus libros. Y cuando ellos creían

hallarse a las puertas de la muerte, se quedaba con ellos toda la noche y era testigo de su testamento. Les pagaba las

facturas del hospital y les disuadía del suicidio. Y, en pago a todo ello, sólo algunos de ellos renunciaban a darle una

puñalada por la espalda a la primera ocasión.

¡Vean, señores, el tipo tan extraordinario que era! Y de lo que la matasanos esa ha contado, sus rollos sobre cerebro y cojones,

todo eso me la suda. ¿Loco? ¿Y qué? ¡Claro que está loco!… como mínimo desde 1933.

*****

Sr. Williams, ¿conoce usted a Ezra Pound desde la época en que ambos estudiaban juntos?

William Carlos Williams: Exacto. Nunca explicar nada, esa era su divisa. Era fiel a ella y siguió siéndolo cuando,

más adelante, se puso a escribir poemas. Lisa y llanamente, él vivía en más altas esferas que los demás habitantes

del planeta, en esferas fuera de lo común. Hasta creo que se trata de un rasgo de su personalidad… que ha terminado

por causar su perdición. Intentó hacerse sitio en el firmamento. Y, con un poco más de fortuna en lo financiero, lo habría

conseguido. Desde aquella época, pero también luego en Londres, se entregó en cuerpo y alma a la vida bohemia de

los artistas, adoptando sus poses extravagantes y toda su característica parafernalia: aretes turcos, chaquetas de terciopelo

y melena flamígera. De cuando en cuando, él y yo discutíamos acerca de cuál debía ser el objetivo que debía perseguir

un poeta: ¿el caviar o el pan? Yo estaba a favor del pan, Ezra a favor del caviar. Creía vivir una vida de poeta de hoy, y

por ello entendía un tren de vida que solo muy pocos de los que actualmente nos dedicamos a esta noble actividad 

nos atreveríamos a llevar.

*****

T.S. Eliot: Es sobradamente conocida la estrecha relación que me une a Ezra Pound, y quizá sea más apropiado que

me permitan ceñirme a un único aspecto de su personalidad, o sea, sus incesantes esfuerzos por sustituir el mundo real

por su contrario, el mundo de la pura forma: estos esfuerzos fueron los que gestaron su obra. A medida que cobraba cuerpo

este segundo mundo se volvía una necesidad vital para él poder encontrar compañeros que tomaran en serio sus

pretensiones elitistas y que incluso las compartieran. La opción existencial que escogió, por su cuenta y riesgo, de hecho no

era más que la elección de un “personaje”, o, dicho de otro modo, de una “máscara”. Es decir, había optado por existir para

los otros, en lugar de existir “en sí”. Seguramente, ustedes ya sabrán que uno de sus principales conjuntos de poemas lleva

el título de Personae-máscaras. Llegamos aquí a lo más hondo de las razones que le hicieron dedicarse en cuerpo y alma

a los escritores y artistas contemporáneos, quienes “normalmente” hubieran sido sus rivales. En él era costumbre el implorarles;

les pedía que escribieran bien, les obligaba a ello si era preciso, hasta tal punto que a veces daba la impresión de alguien que

intentaba explicar a un sordomudo que su casa estaba ardiendo. Pero esto no era solo consecuencia de su talante de pedagogo:

también se debía a su ardiente deseo no solo de escribir bien él mismo, sino de además vivir rodeado de mentes con un poder

creativo que igualara el suyo. Señoras y señores, muchas gracias por prestarme atención.

El 2 de mayo de 1945, Ezra Pound fue detenido por partisanos en su casa de las afueras de Roma, por su colaboración radiofónica con Mussolini.

Traspasado a las fuerzas norteamericanas, fue tratado con tal dureza que muchos intelectuales se horrorizaron y trataron de aliviar su condición.

El intelectual alemán F.J. Raddatz cuenta esto en un guión radiofónico sobre ese debate judicial (previo a decidir si se le juzgaba o se le consideraba loco)

que la revista Quimera publicó en mayo de 1985, en su número 49.

Le ruego responda a esta pregunta, Sr. Allen: ¿fue usted testigo del trato recibido por el Sr. Pound en el campo disciplinario del ejército, en Pisa?

Robert R. Allen: Sí. Pound fue encerrado aparte de los otros prisioneros, dentro de una jaula de acero construida

especialmente para él en el patio de la prisión. Él desconocía si su destino era pudrirse en esa jaula o salir de ella para

ser ahorcado por traición…. A ninguno de los demás prisioneros les estaba permitido acercársele o hablarle, ni siquiera

decirle una sola palabra. No contentos con privar a Pound de cualquier contacto humano, le negaron también cualquier

lectura que pudiera servir de consuelo a su agitado espíritu. Para matar el tiempo solo contaba con un texto de Confucio,

en chino, que iba traduciendo: esto era todo cuanto disponía para alejar sus pensamientos tenebrosos, sus inquietudes,

sus angustias.

Pero sus sufrimientos no se limitaban a estas torturas mentales. Estábamos entonces en pleno verano y el sol italiano caía

a plomo: el recalentado pavimento del patio de la prisión se calentaba hasta lo insoportable. Por las inmediaciones pasaba

una concurrida carretera militar y Pound estaba permanentemente expuesto al ruido y el polvo, careciendo de protección.

Mientras los demás presos eran trasladados bajo la tiendas para protegerlos del soy el polvo, Pound permanecía abandonado

a la intemperie, de tal manera que ni uno solo de sus gestos escapara a la vigilancia de los guardianes. Los demás detenidos

podían salir de sus celdas para la comida y las sesiones de ejercicio físico, pero Pound no. También estaba privado de la ayuda

que comporta, en cierto modo, la vida en colectividad. Estaba solo.

Tampoco la noche le aportaba el descanso y el sueño necesarios tras semejantes jornadas de sufrimiento bajo un implacable

sol tropical: unos reflectores apuntaban a la jaula y, durante toda la noche, su cegadora luz hacía arder sus pobres ojos inyectados

en sangre. En esa jaula de barrotes de acero, ni un solo mueble. Pound dormía sobre el suelo de asfalto, envuelto en mantas,

calcinado por el sol, empapado por las lluvias.


 

 

 

 

 

 

 

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