el viaje de los magos

   «Buen frío que pasamos con aquello,

exactamente el peor momento del año

para un viaje, y un viaje tan largo:

los caminos ahondados y el tiempo que mordía,

lo peor mismo del invierno.»

Y los camellos irritados, llagados en las patas, recalcitrantes,

tirándose en la nieve que se fundía.

Hubo veces que añorábamos

los palacios de verano en laderas, las terrazas,

y las muchachas sedeñas trayendo sorbetes.

Además, los camelleros maldiciendo y gruñendo

y escapándose, y queriendo sus tragos y mujeres.

Y las hogueras nocturnas apagándose, y la falta de cobijo,

y las ciudades hostiles y los pueblos poco amistosos

y las aldeas sucias y cobrando precios altos:

muy duro que lo pasamos.

Al final preferíamos viajar toda la noche,

durmiendo a trechos,

con las voces que cantaban en nuestros oídos, diciendo

que todo eso era locura.

 –

   Entonces, al amanecer bajamos a un valle templado,

húmedo, bajo la línea de las nieves, oliendo a vegetación,

con un arroyo que corría y una aceña golpeando la oscuridad,

y tres árboles en el cielo bajo.

Y un viejo caballo blanco salió al galope por el prado.

Entonces llegamos a una taberna con hojas de vid sobre el dintel,

seis manos en una puerta abierta jugándose a los dados monedas de plata,

y pies dando patadas a cueros de vino vacíos.

Pero no hubo información, así que seguimos

y llegamos al anochecer, ni un momento antes de tiempo

para encontrar el sitio: fue (podría decirse) satisfactorio.

 –

   Todo eso pasó hace mucho, lo recuerdo.

Y lo volvería a hacer, pero escribid

esto escribid

esto: ¿se nos llevó tan lejos a buscar

Nacimiento o Muerte? Había un Nacimiento, es cierto,

tuvimos pruebas sin duda. He visto nacimiento y muerte,

pero había creído que eran muy diferentes; este Nacimiento fue

dura y amarga angustia para nosotros, como Muerte,

nuestra muerte.

Volvimos a nuestros sitios, estos Reinos,

pero ya no más a gusto aquí, en el viejo estado de cosas,

con una gente extraña aferrándose a sus dioses.

Me alegraría de otra muerte.

T.S. Eliot

De Poemas de Ariel (1927-1932)
incluido en Poesías reunidas (1909-1962)
Versión de José María Valverde
Ed. Alianza Editorial
Madrid, 1999


 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario