Cintia se marcha, tal vez, en el bus de las once, sobre todo porque conviene, con cierta frecuencia,

marcharse en el bus de las once –o de cualquier otra hora-.

La vida, con sutileza, va ocultándonos los buses de las once cuando aún estamos en disposición

de marcharnos con cualquiera de ellos: a los poquísimos años ya no necesita escondernos autobuses

ni ferrocarriles ni aviones: han desaparecido para nosotros como posibilidad, ya no existen como

decisión factible, se han borrado de nuestro planificador.

Cintia está hermosa con su pelo rojo, bastante sauce llorón de volumen y caída; está hermosa adherida

al bus como si estuviera atornillada a la chapa; está hermosa con su bolso de cebra porque casi se ve

a la cebra vendiéndole a Cintia una solapa.

Cuando uno se marcha en el autobús de las once, que no es irse de viaje, sino irse de la vida,

es frecuente que vea caer la noche por uno de esos enormes ventanales: se encienden los neones

de los bares de la carretera, y las luces de los pueblos que se van atravesando, y todo se deja atrás,

que es el sentido del bus de las once, y uno se adormece un rato antes del amanecer.