eloy tizón

 

velocidad de los jardines

 

 

Voces / Literatura nº 237

Editorial Páginas de Espuma

 

escenas en un picnic

 

ella olía como los árboles

w. faulkner

 

 

 

La tarde transcurrida entre los sauces.

En el servicio de té el bosque es el reflejo de un incendio y una abeja zumba sobre el pastel. Las cintas de tu pamela

agitan los brazos en el aire que vibra. El vestido ciñe los muslos poderosos. Voy vestido de blanco, a juego con la muerte.

Un árbol seco hace las funciones de perchero. Los frutos son echarpes y levitas.

El coronel relata en una rueda informativa lejanas cacerías. Todo el mundo se aburre. En el siglo pasado todo el mundo

se aburría pero yo voy a escenificarte algo que ocurre por las noches en mi internado. Guardé en tu sombrerera una

carta que solo podrá ser abierta tras mi suicidio.

Hermana mía, hermana mía, uno de tus guantes ha caído en la champañera. Tu preceptora despertaría a todos si supiera

con qué avidez leemos a Sacher-Masoch, todo un escándalo en las cocheras. Poder tener quince años un verano no es

un dato despreciable.

Perderé la vida por algo insignificante, como una escena de baile pintada en un abanico.

¿Un pistoletazo en la sien, una caída poco feliz de la montura? Como jinete dejaba mucho que desear, ya escucho

los comentarios de tu madre, una mujer absurda, proclive al embarazo. La pobrecilla desentona con los manteles.

O viviré de incógnito; seré un viejo prestamista con gorro de astracán y tú me bajarás la comida a mi perrera.

Hermana mía, tu desnudo esmalta mis insomnios.

Hermana mía, le encargué a un retratista que te pintara en un camafeo siguiendo mis indicaciones; tuve que abofetearle.

El color de los senos no era el apropiado. He mandado que le tatúen tus iniciales en el cielo de la boca.

Querida mía, vuestro profesor de canto parece un pararrayos. Es perfectamente encantadora la manera con que

efectúa la autopsia del pavo frío y el borgoña: ha traído su merienda dispersa en paquetitos y ahora busca por

el césped una bolsa capaz de contener las bolsas.

Mi hermana, mi salud, tienes la espalda recta de contemplar palmeras. Eres orgullosa como sal depositada en una

herida.

Cuando pierda la memoria me entretendré recordando los veranos de San Sebastián o Brighton, camas que crujen.

He destrozado el estilo de mi escritura por complacer al mundo, y el mundo no merece más que insultos.

Mis días se terminan entre abogados criminalistas y saltimbanquis, mis días se terminan en el vinagre de los camarotes,

se terminan cuando tú te traslades a bordo de un expreso, más lánguida, más vieja, y un lacayo a sueldo te

entregue un telegrama y yo estaré boca arriba en la ambulancia y alguien aplicará un fonendoscopio a mi pechera

almidonada en exceso, no late.

Si caigo en la campaña de Crimea, ¿enviarás a tus amigas un cablegrama diciendo que fue un final heroico para

un espíritu atormentado que siempre detestó la escuela naturalista?