eloy tizón

 

velocidad de los jardines

 

editorial Páginas de espuma

Colección voces/literatura 237

 

 

 

la vida intermitente

 

 

En verdad os digo que la vida era perfecta, y existía solo para que ellos dos la consumieran, y ella era Sonia y él era Víctor, vírgenes ambos, qué nervios, y nada de lo que existe puede ser más perfecto de lo que es en este momento en que lo digo: si soy más feliz me desintegro.

¿Se amaban ellos porque estaban en el mismo curso o estaban en el mismo curso porque se amaban?

Sonia compró un canario y se lo mostró. Compró un cuaderno de espiral y se lo mostró.

Le compró a Víctor el regalo diez semanas antes del cumpleaños, no pudo soportar la espera y le entregó el paquete brillantemente envuelto con dos meses de antelación.

Los autobuses eran estupendos, los círculos de café con leche en los mostradores eran sociables y el locutor de Radio Hora era notable, verdaderamente notable.

Estatuas de caudillos muertos vigilaban la prosperidad de los parques.

El mundo parecía recién lavado, el mundo se inflamaba como un pájaro con fiebre, y la vida estaba llena de pequeñas cosas fascinantes.

Los ojos de Sonia eran grises o verdes o pardos, y hacía un buen uso de ellos.

Las tardes eran apropiadas para besarse y los libros para ser adultos y sensatos.

Hacía falta correr un poco por Noviciado para no perder el autobús de las once menos cuarto pero no importaba, les compensaba; Víctor veía a Sonia precipitarse hacia la plataforma con esa sensación de inminencia y desamparo que él detectaba en las mujeres que corren.

Las láminas daban veracidad a los textos ilustrados.

Sonia cubría con su caligrafía amable grandes hojas de apuntes.

Mañana me los dejas.

Para Víctor siempre sería motivo de desconcierto lo ordenada que era Sonia en sus apuntes. Por asignaturas, por temas, por subconjuntos. Grandes llaves expulsaban al exilio ciertos nombres. Síntesis de cada tema se parapetaban en el interior de cuadros sinópticos fuertemente acorazados.

Cuando la materia terminaba con brusquedad y la caligrafía cesaba de fluir al comienzo de una página, Sonia ornamentaba ese vacío dibujando un motivo pintoresco o humano.

Víctor veía en aquel orden de ella que las bases de su amor eran estables.

 

    

 

Sonia tenía una carpeta forrada, con unos separadores de plástico reluciente un poco repugnantes, y cuando cerraba las gruesas anillas se producía en el silencio del aula un seco chasquido resonante.

Bien mirado, muchos otros alumnos poseían ese tipo de carpetas, era normal, a veces la clase entera se llenaba de chasquidos y los profesores solían abandonar el aula en medio de ese ruido de pistoletazos.

Sonia llegó con una tarta y Víctor la imaginó desnuda.

Llegó con una gabardina color beige y Víctor la imaginó, salvaje y dulce y desvalida, abriendo su sexo para él con ojos de santa ahorcada.

Era imposible dejar de imaginar aquellas cosas.

Sonia estaba enamorada a ratos de un profesor canoso, era su ídolo, un cielo de hombre, pero eso no se lo podía decir a Víctor.

Una particularidad de aquel profesor canoso era su costumbre de marcar las páginas escogidas de los libros de clase con cerillas.

Se veían sobresalir las cabezas de los fósforos, de un tono rojo rugiente, señalando tales párrafos imprescindibles. Fue el comentario de la semana en la tercera fila de pupitres.

Lo que Sonia pensaba del sexo de enfrente estaba compuesto a partes iguales por nociones vagas y falta de interés.

Se decía a sí misma que era algo que crecía (¿el sexo o el interés? No lo sabemos. Realmente no podemos saberlo todo).

Digamos que Sonia tenía la vaga conciencia de ser depositaría de un ardiente misterio.

Cada semana había toda clase de votaciones apasionantes, para elegir delegado o el viaje de fin de curso, y ellos el año próximo entrarían en la Universidad y no iban a separarse nunca. Ante ellos se desplegaba un panorama claro y bueno, compuesto por hileras de encerados luminosos y educadores modernos y tolerantes. Había guerra y matanzas, pero en líneas generales el mundo era mejorable.

Los estadistas pensaban por ellos y ellos trabajarían en serio para ofrecer un buen retiro a los estadistas.

Si un policía te pegaba, te amparabas en tus derechos y todo se resolvía entre sonrisas.

Los electrodomésticos eran nuevos y brillantes y fáciles de programar.

 

 

 

Sonia estaba interesada en las viviendas y en el modo en que poblaciones formadas por dos miembros colonizaban esas viviendas.

Víctor meditaba en la literatura y el arte y el cine le daba que pensar.

Víctor era un lector realmente sensible y receptivo, un lector de primera; uno de esos lectores con que sueñan los que escriben.

Durante unas semanas fue el mejor poeta del mundo. Como no perseveró, y la poesía es algo intermitente, nadie se dio cuenta de ello.

Pero es justo que se sepa: en esos cuatro bocetos de poemas mutilados se encuentra la mejor poesía que se escribió esa semana.

Poesía intermitente, desde luego.

El siglo incubaba extraños huevos.

Víctor se representó a Sonia muerta y la sacudida fue tal que tuvo que ir a la cocina a beber no menos de dos vasos de agua.

En una ocasión ella llegó a clase con el pelo mojado y también un poco los hombros, pero afuera no llovía en absoluto, evidente anticiclón, y Víctor no supo a ciencia cierta qué climas o qué isóbaras, qué tormentas imaginarias tenía que atravesar Sonia cada día.

La vio ciega y delirante, luchando en la biosfera. ¿Era el amor residir en un clima diferente al de los otros?

Y un día en el museo de Ciencias Naturales vieron a una princesa azteca embalsamada en la vitrina, con un manto dorado y cielo azul de cartulina, el rostro blanquísimo tras el vidrio, como una taquillera del Tívoli.

Les pareció delicado, estar muerto en la vitrina.

La pequeña momia azteca resumía en su estupor las injurias del tiempo.

Sonia cascabeleó una risa. Víctor aseguró estar sediento.

Muchas veces los vimos de ese modo, juntos y resumidos, envueltos en la luz acristalada de la glorieta de Bilbao o salir parpadeando del cinestudio Griffith, la tarde se alargaba deslizándose hasta el desfallecimiento, hasta la Gran Vía que encendía sus fachadas, su corona musical de rótulos Citizen, Rolex, Manila, secretariado en tres meses.

 

 

En verdad había juventud en el mundo.

Juventud, y la sangre entera era un incendio.

Y la vieja chiflada de Nuevos Ministerios que arrojaba a los gorriones bolsas enteras de pan troceado, una auténtica erupción de migas, cómo nos va a poner el traje, era magnífica y entrañable y fotogénica.

El cielo era importante. Las academias nocturnas tenían buenos horarios y a ningún tren se le habría ocurrido descarrilar, para qué. Las trilogías constaban de tres volúmenes y las películas jamás tenían segunda parte, eran irrepetibles.

Los parlamentos estaban llenos de hermosos gestos nobles.

En los sótanos de Centroplay, por cada tres discos te daban otro de regalo: una oferta interesante.

Sonia y Víctor eran jóvenes hasta el insulto, hasta la raíz de los huesos.

Bebían vino en taza en pequeños locales ambientados con buen gusto.

Llevaban la ropa adecuada para la decoración oportuna y habían nacido en el lado correcto del reparto.

¡Se morían de ganas por hacerse una foto juntos! Eso era lo único que empañaba un tanto la perfección del universo.

Así que se apretaron un poco más y se vieron reflejados, posando, en el espejo de la cabina del fotomatón.

Un horror de cara, les entraba la risa, si me miras no puedo. Ponerse serios costaba una exageración, se interrumpían con besos, nada.

Fue triste.

Esperaron el revelado automático súbitamente indiferentes y luego regresaron en silencio pisando charcos de repente molestos y sin estilo y calles idiotas y comercios donde te estafaban.

La tira de fotos brillaba entre los dedos de Sonia con fulgor de esparadrapo muerto. Se quisieron mucho menos en aquella tarde extraña de amores y odios intermitentes.

Olvídense de las fotos, hagamos una fiesta.

Organizaron la fiesta en el gimnasio.

Apartaron los potros y las cuerdas y los plintos, los altavoces quedaban genial en las espalderas y la directora que en el fondo no era mala persona les había dado permiso hasta la una sin escándalos.

Fue una semana inmejorable.

En el Instituto se creó un ambiente como de conspiración, estaba diferente; la gente se transmitía medio en secreto consignas sobre la fiesta, alguien llamaba a tu casa para decirte que a última hora te había tocado trasladar unas cajas, qué gracia no.

Todo eran sorteos para ver quién se encargaba de las bebidas, quién de las luces discontinuas que luego nos transformaban, en la caja de sombras ciegas del gimnasio, en siluetas esbeltas y duros atractivos, quién de la música.

Yo si traigo discos no me fío. Incluso el profesor canoso que a ratos le gustaba a Sonia apareció distendido y eso que era tan tímido y estudioso con sus libros siempre llenos de cerillas; hasta bromeó un poco sobre esto y aquello y prometió asistir a la fiesta si no le hacían limpiar luego, un cielo de hombre, Sonia le quiso a lo largo de un comentario de texto.

Un alumno que ejercía de portero les estampaba a la salida alegres sellos en las manos para poder volver a entrar sin problemas.

Todo era emocionante y bueno, o bien interesante y cromático.

Líquidos de colores se detenían justo al borde de los vasos y no pasaba nada si te atragantabas fumando.

Los hombres se agarraban a su miedo y las mujeres se agarraban a su belleza.

Ellos estrenaban temores y ellas escote. Grupos de Sonias, con gafas negras y rojas bocas palpitantes, pajareaban en torno a los lavabos donde siempre alguien se desmayaba: esto estaba animadísimo.

La pista de baile se llenaba y vaciaba a intervalos caprichosos, quizá a causa del fervor producido por un solista encumbrado, o a la excesiva ingestión de ginebra adulterada o seguramente sin motivo.

Grandes sombras pedaleaban por las paredes y el techo. Con las horas, el pavimento del gimnasio se ponía pegajoso, un asco, y caminabas o danzabas entre globos sintiendo todo el tiempo esa especie de chicle de sudor grumoso en los zapatos de estreno.

Víctor tomaba rápidas anotaciones mentales para su libro.

Víctor amaba los contrastes: mientras algunos compañeros de curso no cesaban de bailar toda la noche sin perder el entusiasmo y a la salida exhibían vistosos rodetes bajo los brazos, otros permanecían inmóviles al borde sin dejarse arrastrar por el imán del círculo hechizado, allá ellos; pensarían que en la pista había plomo ardiente o qué.

Para muchos fue memorable. Hasta el peor alumno caía preso de un súbito interés y se aplicaba al estudio de un cuello aromatizado.

La historia de la filosofía y el arte y la cultura eran menos impactantes que apropiarse de una cintura o recorrer una espalda corpulenta. Nada, nada valía tanto ni volvería a valerlo jamás como un labio que repasaba el tejido de otro labio.

Si se entraba al guardarropa en ciertos momentos, se veía moverse sola una montaña de abrigos: debajo de la montaña una pareja se mostraba mutuamente las vacunas.

El profesor canoso iba y venía a través del humo con vasos de celuloide y a veces un globo en la mano, en la actitud de quien atraviesa un castillo en busca de un lugar donde depositar un objeto sagrado y no lo encuentra.

Felicitó a Víctor por su composición literaria de aquel trimestre. Le vimos la cara roja, luego azul, más tarde verde, navegar bajo los focos.

«Me marcho», dijo, y doce horas más tarde lo encontraron muerto en su piso de soltero, rígido y negro y como fulminante, con un libro carbonizado en las rodillas.

Se había quedado dormido mientras leía, algo había prendido entre las líneas, y cuando derribaron la puerta vieron al fondo, entre la humareda y las pavesas que aleteaban como murciélagos y aterrizaban, un pijama abrasado con un libro de ceniza.

La vida era realmente embriagadora en esos años y hubo películas muy dignas.

Ellos dos decidieron que serían honestos el uno con el otro; si dejaban de quererse se lo comunicarían de inmediato.

Una semana después de la fiesta y el incendio, Sonia y Víctor estaban sentados en una céntrica cervecería de estudiantes con una bolera al fondo, un lugar cuya principal particularidad consistía en que el humo parecía ruidoso.

Me marcho, dijo, y murió.

De un modo brusco, Sonia comenzó a hablar -el pelo corto, los ojos como garzas diminutas- de su amiga de la infancia, mucho más que una amiga, habían pasado juntas tantos veranos en el bungalow de la costa, era increíble, se bañaban juntas y leían juntas hasta el amanecer y sentían la absoluta necesidad de que la otra amase los mismos libros que una amaba.

Y con los discos igual. Una especie de obsesión. Cada una quería ser igual que la otra, sus familias se reían.

Hasta dormían juntas en la misma cama y habían hecho el pacto de contárselo todo.

Víctor no podía ni imaginárselo: ellas solas tan pequeñas habían inventado un juego. El juego consistía en coger una grabadora del bungalow, una de ellas se escondía en un rincón del jardín, era inmenso y mágico y oscuro, como un garaje con árboles, y allí grababa a solas en la cinta magnetofónica un mensaje, algo de tipo personal, y se marchaba corriendo.

¿No le parecía genial? La otra tenía que descubrir la grabación, escucharla y grabar un nuevo secreto, y así pasaban las tardes de aquellos veranos increíbles con su amiga, confesándoselo todo y huyendo.

«Sonia, ¿de qué estás hablando?».

 

   

 

Su amiga escribía unas cartas de locura, como poesía.

Tenía una madurez de juicio que para su edad no era normal. Sonia conservaba una foto de las dos subidas al trampolín, ella iba con trenzas y su amiga con diadema, tenía unos colores, ya se la enseñaría a Víctor.

Sonia recordaba a la perfección el dibujo de sus toallas, todo. También recordaba en ese momento que el padre de su amiga se parecía un poco al profesor canoso que había muerto esa semana.

Un poco no, bastante. Era bien raro lo que le estaba sucediendo a Sonia.

Aquella mañana se había encontrado en su cuarto con las viejas cintas de su amiga, con la voz de su amiga hablando sola en el jardín, allá dentro, como sepultada, la voz absorta en el jardín y sola, y no había podido soportarlo.

Era algo horrible: hacía años que ya no se veían, su amiga tan especial y ella.

Era estúpida, no sabía por qué le afectaban tanto aquellas cosas. No había podido dejar de pensarlo en todo el día.

¿No adivinaba Víctor lo que no había dejado de pensar en todo el día? Sonia se sentía tan así; había estado pensando en la pequeña momia azteca del museo, ¿recordaba Víctor?, con su manto bordado y aquel cielo de parodia.

Era una locura. Había estado pensando sin parar en la momia en la vitrina, pensando en el susurro en el jardín, pensando en el profesor tan parecido al padre de su amiga favorita, lo alegre que estaba en la fiesta y después eso, las tres cosas eran un poco la misma.

«¿Te encuentras bien? ¿Prefieres que dejemos esto y nos marchemos?».

Ella era así, no sabía cómo explicarse pero por eso mismo presentía algo oscuro que ascendía por el pecho, algo necesitaba expandirse y estallar allá dentro, en el jardín o en la vitrina, una explicación, y era terrible.

Realmente tenían un parecido asombroso.

Los dos parecían lastimados, con claros en el pelo.

Sonia había pensado que tal vez todas las cosas raras y tristes irían a parar a un cielo decorativo, a una especie de fondo de cartulina azul, a un museo de gestos con risas del pasado que quisimos y hoy nos aterran, por qué. Veranos y museos.

Bueno, su amiga y ella ya no se verían más veces. Así era todo, las cosas resultaban inconexas, no se sabía por qué.

Víctor iba a responder algo pero en ese momento una idea turbia le pasó por la cabeza; la respuesta y la idea nueva se mezclaron y al final se quedó sin decir nada, mirando a las ventanas inconexas.

El tráfico latía con un resplandor mate.