Se trata de una encuesta de El Mundo que data de 2006. Aunque no comprendemos nada de esta iniciativa, por lo menos

enlazan cada verso con el poema al que pertenece

 

el mejor verso de Gamoneda

 

En la presentación de su poesía reunida ‘Esta luz’ (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores),

Antonio Gamoneda eligió sus poemas favoritos de esta obra.

El Mundo ha tenido acceso a esa selección y ha escogido 7 versos de distintos poemas. Ayúdenos a elegir el mejor.

[Pinche sobre los versos para leer el poema completo]

 

¿Qué verso le gusta más?

 

 Tus manos fueron suaves en las mías
 Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo
 El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido
 Vi las aguas coléricas, y sábanas, y, en los museos, junto a la dulzura, vi los imanes de la muerte
 Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi rostro
 La luz hierve debajo de mis párpados
 He tocado el amor; aún se estremece como un seno o un balido entre mis manos

 

Ver resultado actual de la encuesta:

el mejor verso de Gamoneda

 
El número de votaciones recibidas hasta el momento es 1200
¿Qué verso le gusta más?
 Tus manos fueron… (22.7%)
 Mi vergüenza es… (9.2%)
 El olvido entró… (10.2%)
 Vi las aguas… (10.0%)
 Tu inocencia es… (16.3%)
 LA LUZ hierve… (12.9%)
 He tocado el amor… (18.7%)

 

 

 •

EXENTOS I

 

EXISTÍAN tus manos. 
Un día el mundo se quedó en silencio; 
los árboles, arriba, eran hondos y majestuosos, 
y nosotros sentíamos bajo nuestra piel 
el movimiento de la tierra.

Tus manos fueron suaves en las mías 
y yo sentí la gravedad y la luz 
y que vivías en mi corazón.

Todo era verdad bajo los árboles, 
todo era verdad. Yo comprendía 
todas las cosas como se comprende 
un fruto con la boca, una luz con los ojos.

BLUES CASTELLANO

Malos recuerdos 

La vergüenza es un sentimiento revolucionario ( KARL MARX)

Llevo colgados de mi corazón 
los ojos de una perra y, más abajo, 
una carta de madre campesina.

Cuando yo tenía doce años, 
algunos días, al anochecer, 
llevábamos al sótano a una perra 
sucia y pequeña.

Con un cable le dábamos y luego 
con las astillas y los hierros. (Era 
así. Era así. 

Ella gemía, 
se arrastraba pidiendo, se orinaba, 
y nosotros la colgábamos para pegar mejor.)

Aquella perra iba con nosotros 
a las praderas y los cuestos. Era 
veloz y nos amaba.

 

Cuando yo tenía quince años, 
un día, no sé cómo, llegó a mí 
un sobre con la carta del soldado.

Le escribía su madre. No recuerdo: 
«¿Cuándo vienes? Tu hermana no me habla. 
No te puedo mandar ningún dinero…».

Y, en el sobre, doblados, cinco sellos 
y papel de fumar para su hijo. 
«Tu madre que te quiere.»

No recuerdo 
el nombre de la madre del soldado.

Aquella carta no llegó a su destino: 
yo robé al soldado el papel de fumar 
y rompí las palabras que decían 
el nombre de su madre.

 

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo, 
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra 
no podría volver y despegar 
el cable de aquel vientre ni enviar 
la carta del soldado.

 

Blues de las preguntas

 

Hace tiempo que estoy entristecido 
porque mis palabras no entran en tu corazón. 
Muchos días estoy entristecido 
porque tu silencio entra en mi corazón.

Hay veces que estoy triste a tu lado 
porque tú sólo me amas con amor. 
Muchos días estoy triste a tu lado 
porque tú no me amas con amistad.

Todos los hombres aman mucho la libertad. 
¿Sabes tú lo que es vivir ante una puerta cerrada? 
Yo amo la libertad y te amo a ti. 
¿Sabes tú lo que es vivir ante un rostro cerrado?

 

Blues de la escalera

 

Por la escalera sube una mujer 
con un caldero lleno de penas. 
Por la escalera sube la mujer 
con el caldero de las penas.

Encontré a una mujer en la escalera 
y ella bajó sus ojos ante mí. 
Encontré la mujer con el caldero.

Ya nunca tendré paz en la escalera.

 

Visita por la tarde

 

Entré en la casa y me quité el abrigo 
para que mis amigos no supieran 
cuánto frío tenían, pero ellos 
dijeron: «Ven, entra en la cocina». 
Y la madre hizo fuego para mí.

No he podido tener nunca mi fiesta 
en paz como aquel día: 
el vino en la madera; la mirada 
de los niños; las palabras; 
el resplandor del fuego…

Cuando llegó la noche, la mujer 
sacó las manos del agua 
y separó los cabellos esparcidos 
sobre el rostro cansado.

Y vi el rostro.

Rostro cansado: amor.

Y sonreía.

 

DESCRIPCIÓN DE LA MENTIRA

 

EL ÓXIDO se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.

El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,

y no acepté otro valor que la imposibilidad.

Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,

escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso;

escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que 
quedaba de mí;

escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,

y no pude resistir la perfección del silencio. 

No creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí: 

han venido otra vez como líquenes inevitables. 

La fermentación del verano se introduce en mi corazón y mis manos se deslizan
cansadas en la lentitud. 

Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire; 

sin osamenta ni tránsito, como si consistieran únicamente en el contenido de mis ojos, 
en la unidad de mis palabras, en el espesor de mis oídos. 

Son obedientes y yo siento su reunión como una salud que se refugia en la oscuridad. 

Es una amistad dentro de mí mismo; 

es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días. 

 

       

 

LÁPIDAS

 

En la quietud de madres inclinadas sobre el abismo.

En ciertas flores que se cerraron antes de ser abrasadas por el 
infortunio, antes de que los caballos aprendieran a llorar.

En la humedad de los ancianos.

En la sustancia amarilla del corazón. 

TÚ EN la tristeza de los urinarios, ante las cánulas de bronce 
(amor, amor en las iglesias húmedas);

ah, sollozabas en las barberías (en los espejos, los agonizantes 
estaban dentro de tus ojos):

así es el llanto.

Y aquella nubes amarillas en el hedor de la misericordia:

así es el llanto.

Ah de la obscenidad, ah del acero.

Vi las aguas coléricas, y sábanas, y, en los museos, junto a la dulzura, vi los imanes de 
la muerte.

Te desnudaron en marfil (ancianas, en los prostíbulos profun- 
dos) y te midieron en dolor, oscuro:

así es el llanto, así es el llanto.

Ten piedad de mis labios y de mi espíritu en los almacenes;

ten piedad del alcohol en los dormitorios iluminados.

Veo las delaciones, veo indicios: llagas azules en tu lengua, nú- 
meros negros en tu corazón:

ah de los besos, ah de las penínsulas.

Así es el llanto;

así es el llanto y las serpientes están llorando en Nueva York.

Así es el llanto. 

 

(Diván de Nueva York)

 

CONVOCADA por las mujeres, la madrugada cunde como ramos 
frescos: cuñadas fértiles, madres marcadas por la persecución.
Hay un friso de ortigas en el perfil de la mañana; lienzos retorcidos
en exceso por manos encendidas en la lejía y la desesperación.

Y vino el día. Era un rumor bajo los párpados y era el sonido del amanecer.
Agua y cristal en los oídos infantiles. Llega una gente traslúcida
y sus canciones humedecen las maderas del sueño,
humedecen la madera de los dormitorios cerrados a la esperanza.

Siento las oraciones, su lentitud, como serpientes bellísimas que pasaran
sobre mi corazón.

(Era el rosario de la aurora en los márgenes de la pureza proletaria,
ante los huertos abrasados por los ferrocarriles y los vientos.) 

 

 •

LIBRO DEL FRÍO

 

TENGO FRÍO junto a los manantiales. He subido hasta cansar mi corazón.

Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras, pero,
¿qué hago yo delante del abismo?

Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado.

ALGUIEN ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón.

Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace cerrar los ojos.

Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una rosa enferma,
indecisa entre el perfume y la muerte.

NO TENGO miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo una playa
negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo dolor no me concierne.

Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.

Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.

BUSCO tu piel inconfesable, tu piel ungida por la tristeza de las serpientes;
distingo tus asuntos invisibles, el rastro frío del corazón.

Hubiera visto tu cinta ensangrentada, tu llanto entre cristales y no tu llaga amarilla,

pero mi sueño vive debajo de tus párpados.

HE ENVEJECIDO dentro de tus ojos; eras la dulzura y el exterminio y yo amé
tu cuerpo en sus frutos nocturnos.

Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi rostro,

pero tú pesas en mi corazón y, como una miel oscura, yo te siento en mis labios
al ir hacia la muerte. 
ENTRA en tu cuerpo y tu cansancio se llena de pétalos. Laten en ti bestias felices:
música al borde del abismo.

Es la agonía y la serenidad. Aún sientes como un perfume la existencia.

Este placer sin esperanza, ¿qué significa finalmente en ti?

¿Es que va a cesar también la música? 

 

 •

ARDEN LAS PÉRDIDAS

 

LA LUZ hierve debajo de mis párpados.

De un ruiseñor absorto en la ceniza, de sus negras entrañas musicales,
surge una tempestad. Desciende el llanto a las antiguas celdas, advierto
látigos vivientes

y la mirada inmóvil de las bestias, su aguja fría en mi corazón.

Todo es presagio. La luz es médula de sombra: van a morir los insectos
en las bujías del amanecer. Así

arden en mí los significados.

VI LAVANDAS sumergidas en un cuenco de llanto y la visión ardió en mí.

Más allá de la lluvia vi serpientes enfermas —bellas en sus úlceras transparentes—,
frutos amenazados por espinas y sombras, hierbas excitadas por el rocío.
Vi un ruiseñor agonizante y su garganta llena de luz.

Estoy soñando la existencia y es un jardín torturado. Ante mí pasan madres
encanecidas por el vértigo.

Mi pensamiento es anterior a la eternidad pero no hay eternidad. He gastado mi
juventud ante una tumba vacía, me he extenuado en preguntas que aún percuten
en mí como un caballo que galopase tristemente en la memoria.

Aún giro dentro de mí mismo aunque sé que voy a caer en el frío de mi propio
corazón.

Así es la vejez: claridad sin descanso.

SOBRE la calcificación de las semillas, ante las flores abrasadas, en la desaparición
del pensamiento,

tejen la yerba manos invisibles. Temo su pureza. Veo

lana sangrienta y, en los alimentos, grasa mortal, cánulas negras y, bajo ramas
inmóviles, cuerdas y sombras y preservativos.

¿Soy yo quien mira con mis ojos?

Arden los huesos, oigo la fermentación del rocío: alguien llora bajo los árboles
torturados. Veo las llagas de la luz, altos patíbulos y serpientes y aceites industriales
bajo los lóbulos de las amapolas.

¿Estoy yo en mí y peso sobre la tierra? Es extraño.

En cualquier caso, tengo miedo: los insectos vienen a mi corazón. 

 

PRIMEROS POEMAS

 

COMO un monte en la espalda o una cuchilla 
fría en mi rostro, dádmela. 
Dadme la noche sin alondras, 
sin sonidos, sin hojas y sin párpados.

He tocado el amor; aún se estremece 
como un seno o un balido entre mis manos.

Dadme lo que queráis; dadme una piedra, 
una sombra, una estrella destruida.

REINA de mi sangre, voluntad de amargura, 
juventud derrotada por un reino de sombra, 
te meces en mis brazos como un mar; incesante 
como el mar que nombras.

En mí acaba tu cuerpo. Hay palabras oscuras 
habitando tus ojos. Desnúdate en mis manos.

Viene la noche. Es 
la hora de perderme en tu cabello y tu llanto.

ES UN hombre. Va solo por el campo. 
Oye su corazón, cómo golpea, 
y, de pronto, el hombre se detiene 
y se pone a llorar sobre la tierra.

Juventud del dolor. Crece la savia 
verde y amarga de la primavera.

Hacia el ocaso va. Un pájaro triste 
canta entre las ramas negras.

Ya el hombre apenas llora. Se pregunta 
por el sabor a muerto en su lengua. 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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