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eliot y pound

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alfred kazin

 

     

Falling towers

Jerusalem Athens Alexandria

Vienna London

    Unreal.

   [Torres que caen

Jerusalén Atenas Alejandría

      Viena Londres

Irreales.]

T.S. Eliot, The Waste Land

 

Es perfectamente obvio

que no todos habitamos el mismo tiempo.

Ezra Pound, Make It New

 

 

I

Cuando Thomas Stearns Eliot embarcó rumbo a Ale­mania en 1914 con una beca de Harvard (la guerra pron­to le impulsó a Oxford) no tenía más deseos que Henry Adams de convertirse en un expatriado. Ya en 1914 es­taba pasando una gran parte de cada año en Francia, pero embarcó rumbo a la patria en cuanto se declaró la guerra en agosto. Henry James descendió desde Rye para despedirlo. Ambos sabían que seria su último en­cuentro, y hablaron a bordo casi toda la noche.

No era gran cosa para escritores norteamericanos vivir y trabajar en Europa. Hasta Mark Twain lo había hecho durante años enteros. Aun en Inglaterra, cuan­do los Estados Unidos entraron en guerra, en 1917, Eliot, de veintinueve años, trató de ingresar a la mari­na norteamericana, fue rechazado por razones de sa­lud, y cuando obstinadamente volvió a intentarlo, quedó enredado en una red. Un ciudadano norteame­ricano estaba destinado a hacer de Londres su hogar y a encontrar en el Londres de tiempos de guerra el pur­gatorio —con la más tenue esperanza de salvación— que lo llevó a su poema más célebre, The Waste Land (1922). Interpretado durante décadas como “críticas del mundo contemporáneo […] muestra importante de crítica social”, en realidad era, como tristemente lo reconoció Eliot en años posteriores, “para mí […] sólo el alivio de una queja personal totalmente insignifi­cante contra la vida; es simplemente un ejemplo de gruñido rítmico”.

The Waste Land fue todo eso. Vibró mucho más que el relajado y maduro Eliot de mediados de siglo, el místico de Four Quartets. protegido ahora por su in­mensa fama y su feliz segundo matrimonio, que com­prensiblemente no tenía deseos de descender de la de­leitosa montaña a la que finalmente había subido.

Eliot había casado en 1915 con Vivien Haigh-Wood, una inglesa de temperamento inestable. Desafiando a su padre, hombre de negocios de St. Louis, que había esperado su vuelta a casa para recibir su doctorado en Harvard, Eliot se quedó en Londres como maestro de escuela, crítico, empleado de banco y subdirector de The Egoist. Durante tres años regularmente hizo via­jes fuera de Londres para dirigir clases vespertinas para obreros en Southall. “Me establecí aquí —escri­bió después de la guerra— ante fuerte oposición fami­liar, afirmando que había encontrado el medio más honorable para producir literatura.” La afirmación de Eliot no bastó a su padre, quien falleció en 1919 cre­yendo que su hijo había hecho de su vida un caos, y en su testamento discriminó al menor de sus siete hijos. Eliot padeció un colapso después de la guerra mien­tras trabajaba en The Ufaste Land, y hubo que enviarlo a Suiza; pensó que había sufri­do de una aboutíe (abulia), término psiquiá­trico hoy anticuado que significa “ausencia de fuerza de voluntad”.

[“El término implica que el individuo tiene el deseo de hacer algo, pero este deseo es sin fuerza ni energía. La pro­pia abulia es rara, y con pocas excepciones sólo ocurre en las esquizofrenias. La más frecuente perturbación de la vo­luntad es una reducción o menoscabo [_] antes que una completa ausencia [~] La inactividad, focal o difusa, de un individuo hacia el medio, debida a la incapacidad de deci­dirse por algún plan de acción. Puede haber un deseo de ha­cer contacto con el entorno, pero este deseo no ‘tiene poder de acción’.’ (Campbell, PsychiatricDictionary. 4* edición.)]

La muy perturba­dora Vivien había demostrado ser un ma­yor estímulo de lo que él esperaba al casar­se con ella. Fuesen cuales fuesen las razones de Eliot para quedarse en Londres en tiempos de guerra, su desafío a su familia de St. Louis pareció sorprenderlo a él mismo. Aquél fue el primer acto significativo de su vida entre libros y de su carácter introvertido.
Aunque luego Eliot resultó más tradicionalista
que su familia, gran creyente en                                                                  

las instituciones siempre que fueran británicas, su permanencia en Inglaterra fue un acto de rebeldía norteamericana, paralelo al del “infiel” Emerson cuando abandonó la Iglesia. No obstante, tal vez fuesen sólo las norteamerica­nos más conservadores, como Henry James, los que podían pasar el resto de sus vidas en Inglaterra. De poco más de veinte artos, Thomas Stearns Eliot ya era definitivamente conservador.

Ralph Waldo Emerson se había enorgullecido de los Estados Unidos como el país prometido que liberaría al individuo nacido libre de todos los vínculos in necesarios. El sabio norteame­ricano podría ir hacia Dios por si solo. El joven Eliot de St. Louis, graduado en filosofía en Harvard, que ape­nas toleró la influencia de William James, en favor del odio de Irving Babbitt hacia todo romanticismo, re­sultaría un tradicionalista á outrance. Una de sus mu­chas tradiciones fue La familia Eliot. Como lo diría Ezra Pound de su propia familia. La historia de los Es­tados Unidos era virtualmente una conexión familiar. Desde el primer Eliot de Nueva Inglaterra, Andrew Eliot. se dijo que había sido un protestante menos ra­dical que sus compañeros puritanos. Acaso fuese uno de los jueces en los juicios de brujas de Salem.

Los Eliot de St. Louis miraban el Oeste como una colonia de Nueva Inglaterra. El reverendo William Greenleaf Eliot se había establecido en el atrasado St. Louis para difundir el evangelio unitario. Fundó la Washington University y no quiso darle su propio nombre. En 1852. dando conferencias en St. Louis, Emerson sólo tuvo admiración para este “santo del Oeste’’, peno estaba seguro de que *no podría encon­trar hombre que pensara o que leyera” entre aquellas “noventa y cinco mil almas”. El nieto del reverendo Eliot se quejaría de que le hubiesen enviado “fuera de la grey cristiana”. El cristianismo era 1ª Encarnación. Pero aunque el unitarismo le pareciese huecamente liberal a T. S. Eliot, él respetó a su familia como perso­nificación de Nueva Inglaterra, como misioneros de­dicados a buenas obras. Los Eliot ofrecieron durade­ras imágenes de autoridad aun poeta que ciertamente creía en la autoridad.

Nuestro Eliot. el menor de siete hermanos, fue un niño enfermizo y muy protegido, a quien Lyndall Gordon. documentando sus primeros artos, describe como “fortificado por una guardia de hermanas mayores” Su padre consideró que la instrucción pública en cues­tiones sexuales “equivalía a dar a los niños una carta de presentación para d Demonio. La sífilis era el casti­go de Dios y (el padre] esperaba que nunca se le encon­trase remedio. De otra manera, podría ser necesario castrar a sus propios hijos para mantenerlos puros”.

Otros Eliot tenían opiniones menos restrictivas sobre la sociedad. La mayor de las hermanas del poeta, Ada, escribió casos de la vida real y trabajó en la prisión de las Tumbas, de Nueva York. Marian se matriculó en una escuela para prestar servicio social en Boston. Su prima Martha fue una doctora especializada en niños y en salubridad pública. La escuela de su prima Abigail, en Roxbury, fue precursora de todos los programas pioneros para niños con desventajas. Los poemas de Eliot en Harvard se burlan benignamente de la tradi­ción gentil de Boston, del Boston Ewning Transcript “La prima Harriet”, “La tía Helen”. “La prima Nancy” fueran sátiras benévolas, que comprensiblemente mues­tran una preocupación por d miedo a la ex­periencia fuera de la tradición. El habría de experimentar este temor en una profundi­dad no familiar para sus hermanas, sus pri­mas y sus tías.

Eliot, en su periodo beatifico después de la segunda Guerra Mundial, alegremente hizo saber en una conferencia dada en la universidad de su abuelo, que “estaba muy contento de haber nacido en St. Louis”. Nunca incluyó a St. Louis en sus poemas. Lo habían protegido de una ciudad notoria por la corrupción de sus hombres de negocios, sus atarjeas inadecuadas y sus humaredas de azufre. Dreiser como reportero en St. Louis y Lincoln Steffens, el expositor de ruindades que viajaba “por el infierno con   la tapa levantada”, habían observado su degenerada prosperidad. El enclave alemán y lo que Eliot en Inglaterra llamó un reparto de “negros” fomentó su puritano orgullo de raza. Cuando enseñó en Virginia durante los años treinta, subrayó que la “raza” así como la “religión” promovían una sociedad enteramente cristiana. El modelo para la célebre estatua del Puritano de Augustus

Saint-Gaudens en Springfield fue uno de los antepa­sados matemos de Eliot. La madre de Eliot fue una derivativa poetisa-dramaturga que describió a ciertas “figuras” como santos de la cultura. Y cuando, en los veinte, Eliot llegó a convertirse en vidente público así como en el poeta dominante del mundo de habla in­glesa, fácilmente adoptó el tono de la familia al aludir alas “culturalmente inferiores”.

Casado en Inglaterra y desafiando la guerra como civil norteamericano, el desconocido y aislado Eliot estaba haciendo su protesta no sólo contra la familia y los antecedentes sino contra su propia patria. Mas de lo que él comprendía, era contra el secularismo y el aislamiento norteamericanos contra lo que estaba protestando. (Los Estados Unidos seculares se con­vertirían en su público más ávido; aunque la conver­sión de Eliot no convirtió a muchos de sus admirado­res, la complejidad y el poder de alusión de sus poemas les dio el sentido de una tradición.) Después de cono­cer a Eliot en Londres y leer los ya célebres primeros poemas que nadie había querido publicar, Pound, re­comendándolos a Poetry en Chicago, escribió emocio­nado a Harriet Monroe que Eliot “en realidad se ha preparado y modernizado a sí mismo por cuenta pro­pia”. AI parecer, sólo en el Viejo Mundo pudo Eliot prolongar y desarrollar su “modernización’’. Su senti­do innato del estilo como mímica y provocación no habría convenido a la importancia de ser un graduado en filosofía en Harvard.

En 1916, cuando Eliot pasó de la Escuela de High Wycombe (salario 140 libras anua­les, con alimentos) a la Júnior School de Highgaite (sa­lario 160 libras, con alimentos y té), reconoció que aunque su esposa había estado muy enferma, su gran amigo Jean Verdenal había muerto y él había estado tan “abrumado por preocupaciones financieras y la salud de Vivien” que “últimamente no había escrito nada”: “sin embargo, lo estoy pasando maravillosa­mente. He vivido gracias al material para una veintena de poemas largos en los últimos seis meses. Una vida totalmente distinta de laque yo preveía hace dos años. Cambridge me parece hoy una aburrida pesadilla”.

Sin embargo, en aquel momento, “Europa”, destru­yéndose visiblemente a sí misma, se convirtió en una encarnación de su prueba personal: una prueba que él querría vincular con el “cataclismo universal” y para la cual encontraría el estilo necesario. Él y su esposa estaban a menudo enfermos, evidentemente enfer­mándose uno al otro. El matrimonio era una prueba continua. Al parecer. Eliot era virgen cuando se casó y sus dificultades sexuales fueron una sorpresa para ambos. Aunque al principio no había estado siquiera seguro de que le gustara Inglaterra, se alegró de libe­rarse de Harvard y de la “campana del colegio”. Ahora, apremiado por su matrimonio, exhausto de tanto tra­bajo mientras intentaba escribir después de pasar el día en el banco, en mitad de la guerra Eliot experimen­tó un colapso que le dejó con la profunda convicción de que existía un infierno personal. Por alguna razón, era demasiado tarde para volver a la patria. Las dificulta­des de obtener pasaporte en tiempo de guerra y su re­nuencia a presentar a su esposa al círculo de su familia fueron excusas convenientes. El propio Londres era una prueba constante, como su matrimonio, y al igual que éste, lo hipnotizó. Pudo escribir a su padre en 1917:

Las vidas Individuales han sido devoradas en la gran tragedia, de tal modo que casi dejamos de tener expe­riencias o emociones personales, y las que tenemos parecen carentes de importancia [_) Sólo gente muy aburrida siente que hoy tiene más en sus vidas. Otros tienen demasiado. Tengo muchas cosas sobre las cua­les escribir si llega a haber un momento en que haya quien las atienda.

Necesitaba tiempo, necesitaba la libertad que sólo encontraría luego de su colapso después de la guerra, cuando hubo que enviarlo a Suiza. Pound, quien des­de los primeros días en Londres había sido el defen­sor de Eliot. después de la guerra reuniría dinero para procurarle una cura de reposo. Y desde luego, fue Pound quien convirtió una masa de fragmentos incongruentes en el brillante mosaico de The Waste Land. Pero Londres, aun durante los peores momen­tos de Eliot a través de la guerra, contribuyó a su poema futuro bombardeándolo con sensaciones de­rivadas de la historia que le rodeaba. Londres le dio “el tono del tiempo”, el “tono de la asociación”, como les llamó Henry James par el especial atractivo de Inglaterra para un norteamericano con los antece­dentes y el temperamento de Eliot. Este convirtió hasta su asiduo y anticuado aprendizaje en una forma

de sensación. Hubo en él una conjuración extraor­dinaria del doliente y del erudito —encontrando cada quien su voz en el otro— que hizo de Londres el lugar perfecto para la expresión personal. Cada caminata provocaba los versos más maravillosas de la poesía inglesa, aportando la respuesta irónica.

Sweet Thames, run softly till I end my song,

Sweet Thames, run softly for I speak not loud or long.

But at my back ln a cold blast I hear

The rattte of the bones, and chuckle spread from ear

to ear.

[Dulce Támesis, corre suavemente hasta que termine

mi canto,

Dulce Támesis, corre suavemente pues no hablaré

largo tiempo ni en voz alta

Pero a mi espalda en una fría ráfaga oigo.

El golpear de los huesos, y una risa que se extiende de

oreja a oreja.]

Londres en tiempo de guerra, sus multitudes, monu­mentos y especuladores de guerra, su constante re­cordatorio del pasado que se desplomaba, su temblor ante las terribles listas de bajas. hizo por Eliot aún más de lo que la violencia del frente italiano hizo por Hemingway, y el “enorme cuarto” por Cummings. Los escritores que se quedaron en la patria durante la guerra y fueron fácilmente indiferentes a ella perdieron su significación universal, como no ocurrió a Eliot. La irredimible tierra yerma del siglo comenzó en 1914, ese principio de todos nuestros dolores.

El trémulo no-combatiente Eliot tuvo algunas in­esperadas ventajas sobre quienes “vieron acción”. Pudo identificar sus intensas angustias con un mun­do “caído” que ofrecía un marco y un mito —la sed religiosa— a sus perturbaciones. Ni siquiera Henry Adams. con su incomparable sentido de la historia, hizo “semejante universo personal” del hecho de que el mundo estuviese acabándose, pues Eliot orquestó los altibajos de alguna emoción personal irresistible, como lo hizo Stravinsky en Le Sacre du printemps. Este empleo de la angustia seria captado por muchos lectores, sin saber por qué se sentían conmovidos por The Waste Land como por ningún otro poema de la época. Una ciudad tiene muchas voces. Eliot las re­unió en ecos, fragmentos y parodias porque las oyó por primera vez en su propio temor y temblor

Unreal City,

Under the brown fog of a winter dawn,

A crowd flower over London Bridge, so many,

I had not thought death had undone so many.

UnrealClty

Under the brown fog of a winter noon

o City city, I can sometimes hear

[Ciudad irreal.

Bajo la parda niebla de un alba invernal.

Una multitud fluía sobre el Puente de Londres, tantos

eran

Que no creí que la muerte hubiese deshecho a tantos.

Ciudad Irreal

Bajo la parda niebla de un mediodía Invernal

Oh, ciudad, ciudad, a veces puedo oír]

Cada motivo era particular; cada cual, como residuo de una poderosa emoción, sería minuciosamente dis­criminado de los demás, y hábilmente repetido. Eliot siempre insistió en una emoción especifica. Este, su punto fuerte como poeta, probablemente salvó su cor­dura en la tormenta de sus muchas dificultades. Eliot apuntaló su relato de u n hombre que camina a ciegas por una ciudad con un mito de la fertilidad, minucio­samente expuesto en sus notas, de disecciones y espe­ranzas, de una tierra que muere y un renacimiento al menos por una sed de fe.

Pero como alegremente lo re­conoció mucho, muchísimo después, The Waste Land brotó por la fuerza de tanta urgencia personal, que él no siempre supo lo que estaba diciendo. No siempre tuvo que saberlo. Ejércitos de escoliastas, leyendo el poema de arriba abajo como mito, a la luz de las refe­rencias tan grandiosamente sugeridas en las notas de Eliot. no avanzaron en su educación artística pero sí en su imagen (tal vez envidiosa) de la ortodoxia de Eliot. El mundo moderno había caído, caído por completo.

Pero no fueron las cultas alusiones de Eliot las que llevaron a tantos lectores donde no esperaban ir: al verdadero efecto de The W-üste Land. Lo que causó el efecto fue la habilidad de Eliot al combinar la “pre­cisión de la emoción” con la^imagínacíón auditiva”. El apreció el gen» moral del catolicismo para construir ciertas emociones como ocasiones grandiosas cuando el alma realmente se escucha a sí misma.

Ahora verso tras verso, fuese como observación, cita o lamento, expresaba un movimiento separado del al ma, y nada más. Verso tras verso, fuese como ob­servación, citao lamento, expresaba una turbulencia y una presión especifica. Cada verso tomado de fuentes impresas, lecturas semiotvidadas que aún resonaban en la memoria, personajes clásicos, expresa La sensa­ción de tener que cargar demasiado en el espíritu. El marco de Eliat. la descomposición del mundo moder­no, no era más obsesionante que la difusión y variación de estas muchas voces. Lo más bello era su espacio, su alternación y su final armonización en un ritmo tra­vieso aparentemente descuidado. Eliot había aprendi­do cierto estilo burlón del humorismo alegre y desen­fadado des ámes damnées. como Corbíére, Laforgue y desde luego Bauddaire. Pero ya no estaba haciendo humor negro a costa de si mismo, como en “Prufrock” estaba tratando de poner en un marco las voces deses­peradas de una civilización desgarrada por la guerra.

Fue este un viaje dentro de la ciudad de un hombre y La mente de un solo hombre, una travesía obsesiva al borde del pasado, como sólo es posible para el hombre moderno en una vieja ciudad como Londres. Fue un viaje con fantasmas que en la extraña amargura de Eliot descendían a la rutina de la vida doméstica, la charla en el bar y el momento de liberación del banco.

At the violet hour. when the eyes and back

Turn upward from the desk, when the human englne

waits

Like a taxi throbbing waiting,..

[A la bora violeta cuando los ojos y la espalda

Se apartan del escritorio, cuando la máquina humana

espera

Como un taxi que aguarda vibrando…]

¡Una ciudad es la conjunción de tantas experiencias irreconocibles! Y cada una en The Waste Land deja­ría su resonante reverberación.

“ My nerves are bad to-night Yes, bad. Stay with me.

“Speak to me. Why do you never speak. Speak.

“ What are you thinking of? What thinking? What?

“ I never know what you are thinking. Think.”

[“Estoy mal de los nervios esta noche. Si, mal. Quédate

conmigo.

Háblame. Por qué no hablas nunca. Habla.

¿En qué estás pensando? ¿Qué piensas? ¿Qué?

Nunca sé lo que piensas. Piensa.”]

Y, atravesando el omnipresente sentido de privación, la “sequedad” que alcanza alguna transida esperan­za de alivio sólo en el último resonar del trueno, que  mantenemos rebotando contra las voces extrañas del pasado clásico, profetas y acusadores:

I Tiresias, though blind, throbbing between two lives.

Old man wlth wrinkled female breastes can see

I Tirestas, old man wlth wrinkled dugs

Perceived the scene, and foretold the rest

[Yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,

Viejo con arrugados pechos de mujer, puedo ver

Yo, Tireslas, viejo con arrugados pezones

Vi la escena y predije el resto.]

 

The Waste Land, apoyada formalmente en el mito fue a convertirse en el mito predilecto de una generación  de posguerra tras otra. Eliot citó a Hermann Hesse en  sus notas: “Ya la mitad de Europa, al menos la mitad de la Europa oriental, va camino al caos, se tambalea como un ebrio en sagrado engaño hacia el abismo”. “Caos”, uno de los primeros términos de Henry Adams  para lo que veía en La civilización moderna, era lo que  el modernista había de disipar en la unidad secreta y

sutil de su obra de arte. Y sin embargo, mientras Eliot escribía The Waste Land, “sin saber siempre lo que es­taba diciendo”, el lector podía sentirse conmovido por ella sin entenderla siempre. El joven Eliot experimen­tó la poesía en una lengua extranjera que apenas podía leer. Y la experiencia emocional e instintiva de más de un lectorde The Waste Land fue cosa de experimentar las emociones primitivas que guiaron a Eliot al escri­birla. Su don para relacionar su experiencia total con el lector fue tal que poetas más serenos nunca lo pose­yeron.

El don de Eliot estaba más en armonía con d instinto de Whitman para crear una epopeya perso­nal a partir del “conjunto” y la “unidad paradójica” de una ciudad, que con el ambiguo retomo al “clasicis­mo” que Eliot invocó en su critica. Ezra Pound, quien cortó y corrigió The Waste Land tan brillantemente que pasó a ser un virtual colaborador, diría que “la epo­peya es un poema que incluye historia”.

La historia exige muy hábil representación; una de las señaladas hazañas de Eliot en The Waste Land consistió en re­presentarse a sí mismo luchando con la época. La época rindió a Eliot el homenaje de verse a sí misma en el poema. Esta fue otra razón de que lograra absorber el poema sin comprenderlo cabalmente. Década tras década, The Waste Land representó “una actitud hacia la historia” que fue más profunda que In Our Time, de Hemingway, La decadencia de Occidente, de Spengler, Goodbye to AlI That de Robert Graves. Cada vez más de moda, el poema modernista de Eliot llegó a repre­sentar el fracaso humano de la civilización moderna.

Para Eliot en Inglaterra, rodeado por asociaciones con el establishment el verdadero fracaso era su pa­tria. Era un fracaso del ego norteamericano aislado, supuestamente “autodependiente” en el que Emerson había puesto su fe. Durante los treintas, Virginia Woolf anotaría en su diario, refiriéndose a Eliot: “¿Cuánto sufre! […] Pareció sentir tan poca alegría o satisfacción de ser Tom (…] Reveló su pasión, lo que rara vez hace. Un alma religiosa: un hombre desdicha­do: un hombre solitario muy sensible, todo ello en­vuelto en fibras de auto tortura, duda, pretensión, de­seo de calor e intimidad”.

El sentida de temor dentro de The Waste Land. su obsesionante capacidad de atraer al lector, explica la forma en que actúa sobre nosotros como alguna irre­sistible discordia Este sentido de discordia se convir­tió, en el rechazo de Eliot a la “autosuficiencia” y la “luz interna”, en una sucesión de fragmentos que es en realidad un misterioso afán dentro de nosotros mis­mos por eliminar La fragmentación. Aspiramos a al­canzar una unidad de la que. en el mismo aliento, desesperamos.

Eliot estaba escribiendo acerca de la esperanza de Dios, de “aguardar a Dios”, como lo diría una de sus fu­turas admiradoras, Simone Weil. Mas para muchos lectores que eran irredimiblemente escépticos. El te­mor y el temblor de Eliot surgirían como un anhelo de autoridad, un desprecio a la democracia, un desdén por los “escarabajos”, las “criaturas reptantes”, como las llamó en la primera redacción de The Waste Land. Lo que Eliot nunca reconoció de su propia infelicidad en sus muchas autoacusaciones en Londres, aun cuan­do estuviese dando clases para obreros, fue su falta de simpatía a las masas. Fue un solitario tanto por su po­lítica como por su pedantería. En la calle, como lo po­nen en claro sus poemas de Harvard en los que subra­ya los aspectos “sórdidos” de Boston, fue un relamido brahmán, un marginado perenne. Absorbió lo que Emerson había elogiado como el “lenguaje de la calle” sin disfrutar de él. Nunca respondió al sentido de posi­bilidad recurrente en la democracia, el brío que Whit­man ganó por vivir en una gran ciudad.

Eliot nacido cinco años después de La muerte de Emerson, escribió a veces como si hubiese venido al mundo para deshacer la obra de Emerson. No fue para ello para lo que vino al mundo, y al final fue el doble de Emerson, tanto como su adversario: pues también Eliot abrazó por completo el peligroso viaje a 1a fe. También él fue un “isolato” natural, un norteamerica­no. Pero en contraste con Emerson, Eliot no pudo con­fiar en su aislamiento y su individualidad. Necesitando a Dios, optó parla autoridad. Y la “autoridad” era lo que sólo Europa podía ofrecer… en forma de cultura. 

Traducción de Juan José Utrilla.

Alfred Kazin es uno de los más renombrados críticos literarios estadunidenses; de su autoría, en 1987 publicamos Una procesión: cien años de literatura norteamericana.