Alopez_Lavabo

 

Antonio López Lavabo y espejo

1967

(Sink and Mirror)

Óleo sobre tabla 98 x 83.5 cm

Museum of FineArts, Boston

 

 

 

 

 

entrevista a Antonio López

 

 

 

por Elena Cué

1 de abril de 2016

 

 

 

¿En qué sentido el tiempo es fundamental en su obra? 

Usted parece que va a paso lento en comparación con los artistas contemporáneos. 

 

Sí, pero cada pintor tendrá su tiempo. A lo mejor el que va rápido, como van Gogh, no tiene más que ese tiempo, con el que tiene que manejarse. 

El tiempo es muy fascinador. La Gioconda, esa mujer que te mira desde la eternidad, que es como un agujero negro, hondo, que no llegas nunca.

Te puede llegar a fascinar y también a aterrorizar. Con van Gogh me pasa igual, por otro motivo.

Son agujeros, son cosas tan sumamente intrincadas, oscuras y extremas que a mi me producen muchísimo susto. 

Entonces, el tiempo tiene algo de sobrecogedor. Unos lo sienten más que otros y lo pueden atrapar mejor que otros… 

 

Sus ambientes más íntimos pueden producir sentimientos de tristeza, soledad, melancolía… 

¿Cree que el mundo es así o por qué lo representa de esta manera?

 

Desde luego, no es una cosa voluntaria, te lo aseguro. Yo pienso que en el caso de Giacometti o de Bacon, que son unos artistas que quieren

expresar el horror o la catástrofe del mundo, es evidente. Pero mí caso, no.

Y cuando yo me acercaba a un cuarto de baño, a mí me parecía muy hermoso aquello.

Es una cosa difícil de creer, pero me parecía algo, que sé yo, como un altar, como una cosa que tenía mucha belleza.

 

¿Por lo íntimo, lo cotidiano…?

 

Porque me parecía hermoso. Monet, en un momento determinado, ante su mujer muerta –lo cual ya me parece excesivo– decía que

“qué violetas mas maravillosas”. Y le hizo un cuadro.

 

¿Pero esa belleza donde suele encontrarla?

 

Puedes encontrarla en un flor podrida. Puede haber allí unos colores y una relación de formas tan sumamente atrayentes, que cuando Goya

hace esa cabeza de carnero –un bodegón que es verdaderamente horrible–, no creo que él jugara con eso, porque no estaban las cosas así

en esa época. Ya antes Durero hace cosas en principio feas, que te pueden producir repugnancia y que a él le parecen sumamente interesantes.

Entonces, la palabra “interesante”, que es una cosa muy indefinida, ha ocupado el lugar de lo que es bello, tal y como lo podía entender David,

Ingres o Rafael. Lo que es interesante es lo que tira de ti. 

Como ahora ya somos libres de hacer lo que queramos en el arte contemporáneo se pueden expresar cosas terribles.

Es la búsqueda de lo que pasa en ese espacio, que puede ser insano, que está en Kafka, que está en Dostoievski. 

Entonces tú puedes expresar cosas peligrosas en el mundo de la pintura y éstas pasan desapercibidas.

 

¿El instinto le lleva a la elección?

 

Claro, somos tantas cosas; de los demás, de todo lo anterior, de cosas contemporáneas que te han ayudado.

El instinto es un elemento que entra ahí, en este trabajo. Puede entrar en una proporción mayor o menor. Yo hubiera querido tener más instinto.

Que se notara menos todo el andamiaje del aprendizaje, de la voluntad, de lo que es el pensamiento, y que se viera más lo que ves,

por ejemplo en van Gogh.  Cuando dices “esa persona no ha tenido opción”.

Admiro mucho a ese tipo de artista, en donde aparece esa parte con mayor nitidez.

 

¿Y eso de que Picasso huele a azufre? Suena un poco diabólico, ¿no?

 

Ya no me huele a azufre. Pero de joven me olía a azufre. Me parecía un poco el demonio. Es como el atractivo de lo peligroso.

Mi tío pintor me hablaba de la modernidad como de un peligro. En fin, yo me acerqué a todo eso de una forma instintiva, me atraía, me parecía

que allí pasaban cosas extraordinarias. No sólo a Picasso, también a Paul Klee, a Chagall, a toda esa gente que a mí me parecían nuestros

maestros vivos, llenos de valentía, y queríamos ser como ellos. Entender de arte era muy complicado, se sabía muy poco, y esa gente arriesgó

muchísimo para decir cosas nuevas,  cambió todo para bien. También la mirada sobre el arte antiguo. Yo creo que cómo miramos ahora a

Velázquez o Vermeer, después de todo lo que ha pasado, ya no es igual. ¿Cómo va a ser igual? El misterio que tiene la Venus de Milo, o

La Gioconda. Allí hay algo que tiene ver con el misterio del mundo, con el conocimiento del mundo, con la luz de la inteligencia.

Sin embargo, hay veces que eso se ha conseguido desde la copia de la realidad. Allí hay una cosa verdaderamente misteriosa, enigmática,

y una creación muy difícil de llegar a ella si no es a través de todas esas cosas que tienen que ver con el mundo interior y con el instinto.  

 

¿La obra tiene muchas interpretaciones?

 

Pero sobre todo tiene una. Si la entiendes tiene una. Y si das con eso, es como dar con un crucigrama, o con la salida de un laberinto.

Hay gente que sabe cuál es la salida.