sergio gaspar:

 

la literatura española

figura entre las candidatas

a la extinción

 

 

Javier García Rodríguez

 

 

Durante dieciséis años, dvd Ediciones

ha sido un referente de la literatura

española actual que acaparaba elogios

por su exquisito diseño, por el rigor

de sus ediciones críticas de poesía

internacional y por la valentía de editar

a autores españoles desconocidos hasta

ese momento, tanto en el ámbito de la

poesía como en el de la narrativa. Una

vez cerrada esta aventura editorial,

Sergio Gaspar ha tenido tiempo de

reencontrarse con su propia literatura:

Viento de tramontana, una novela definida

por su propio autor como parodia con vocación

literaria de la vida política y de la

industria editorial española.

 

 

 

pregunta

 

Eras muy conocido en el mundo literario por tu labor como editor.

¿Cómo has vivido la desaparición de dvd Ediciones?

 

respuesta

 

Mal y bien. Mal, porque el cierre de la editorial me impide continuar

con mi proyecto de colaborar a construir literatura española de calidad.

Bien, porque ahora vivo más relajado y dedico más tiempo a mi propia

literatura. En definitiva, tengo una sensación agridulce.

 

P

 

En relación a esta tarea, durante los últimos años tu editorial fue

ejemplo claro de que se podía publicar narrativa en español de autores

contemporáneos.

¿Cómo ves la situación actual de la narrativa española?

 

R

 

Esperanzadora en lo que respecta a la creación. Han aparecido

nuevos nombres, que aportan contenidos, estructuras narrativas y

puntos de vista renovadores.

El abanico de estrategias de narrar se ha enriquecido.

Sin embargo, yo he afirmado, a menudo con voluntad provocativa

de invitar a la reflexión, que la literatura española morirá en la primera

mitad del siglo XXI.

¿Por qué? Se presta escasa atención a la literatura exigente y de

riesgo que se escribe en España. La mayoría de nuestra sociedad

literaria —periodistas culturales, críticos, editores y lectores, incluso

los mismos autores— parece más interesada en traducir y leer a

poetas y narradores que escriben en otras lenguas, con frecuencia

el inglés, autores que a veces tampoco son gran cosa, que en creerse

a la literatura española actual, a la consolidada y, sobre todo, a la

emergente.

Cuando era editor no era un editor al uso, sino un escritor que

editaba a otros escritores. Con dvd Ediciones, yo escribía editando.

O, al menos, lo intentaba.

 

P

 

¿Eres moralista, humorista o no te ves en estas categorías?

 

R

 

La palabra moral, etimológicamente significa «costumbre».

Viento de tramontana, en clave de humor, muestra algunas curiosas

costumbres que mantienen la industria editorial y la política

españolas desde hace años.

Por ejemplo: la búsqueda de muchos editores del libro superventas

por encima de cualquier otro objetivo; o la afición de nuestros políticos

a usar la demagogia y a falsear datos, su falta de voluntad sincera

de alcanzar pactos que nos hagan la vida más fácil a los ciudadanos,

que les pagamos su sueldo con impuestos directos e indirectos.

Mi novela es moral porque representa esas costumbres disparatadas

en forma de gigantesco disparate.

 

 

¿Crees, como dice uno de tus personajes, que «la crítica española o

está muerta, o es “sexuagenaria”»?

 

 

Eso lo dice un personaje. Yo diría que la crítica literaria tal como

la hemos conocido, la española y la occidental, vive desconcertada.

Sabe que ha perdido prestigio, autoridad e influencia. E intuye que

quizá no lo recuperará nunca, ni en el papel ni en el feliz paraíso

prometido del mundo digital.

No ha muerto, pero su situación se parece a la de los moribundos.

Me preocupa, porque pienso que difícilmente puede existir buena

literatura sin buena crítica literaria. Sus destinos se entrecruzan.

 

 

Las reglas del tiempo, del espacio, de la Historia (con mayúsculas

y con minúsculas) quedan abolidas en tu relato.

¿Dirías que tu novela es un ejercicio de libertad? ¿Consideras,

en todo caso, que cualquier novela debe serlo?

 

R

 

 ¡Vaya par de preguntas! Un escritor que no sea ingenuo sabe que

escribe en régimen de «libertad condicional». Escribimos desde lo

que hemos leído, amándolo u odiándolo, con mayor o menor conciencia

de ello, insertos en una o varias tradiciones, aceptándolas o rechazándolas

o reelaborándolas.

Disfrutamos de la libertad de los condenados a un idioma, a un canon,

a unos paradigmas literarios. Somos presos libres. Un escritor que lo

ignore, a estas alturas de la historia o acumulación de textos literarios,

no creo que logre escribir nada que valga la pena.

 

 

La historia literaria, disfrazada de intertextualidad de toda condición,

es el caldo de cultivo de tu narración. ¿Homenaje o necesidad

estructural?

 

 

Voluntad estructural, sobre todo, y bastantes homenajes también.

Mientras yo escribía Viento de tramontana, pensaba en Bajtín, en su

propuesta de la raíz festiva, satírica y antinormativa de gran parte

del arte en Occidente.

O en su concepción de la novela como un pluridiscurso que se aleja

de cualquier monodiscurso para reproducir así la pluridiscursividad

en la que vivimos, este fantástico lío lingüístico que caracteriza a la

sociedad real, que es una mezcla de voces, registros, tonos, etcétera.

pensaba en Kristeva o Derrida, lecturas  que marcaron mi larga

juventud.

Recordemos: no escribimos (ni tampoco hablamos ni pensamos)

desde el lenguaje abstracto, sino desde el uso de textos concretos.

El origen de nuestro texto no es el Lenguaje, con mayúscula, sino

una constelación de textos minúsculos que asumimos con mayor o

menor conciencia, y los reformulamos más o menos explícitamente,

de manera más o menos reconocible.

Más que seres lingüísticos, somos seres intertextuales.

 

 

Suenan en tu novela ecos de Quevedo, de El diablo cojuelo, de

Valle-Inclán. ¿Puedes resumir lo que cada uno aporta a tu

«enciclopedia» literaria o vital?

 

R 

 

Y resuenan, con estruendo, ecos del Cantar de mío Cid, de Garcilaso

de la Vega, del Lazarillo, de Galdós, de Unamuno y Maragall, de Juan

Ramón Jiménez y Antonio Machado, de la generación del 27, de Josep

Pla, de Gironella y la narrativa del franquismo, de la literatura de la

democracia… Todo esto no es que lo haya leído: es que lo he vivido.

Todo esto es mi vida.

La literatura no me sirve para leer, sino para vivir.

Además, en Viento de tramontanahe pretendido claramente reivindicar

la tradición literaria española. Algunos escritores españoles la usan

poco porque la desconocen mucho. Algunos la desprecian. Eso sí,

sin haberla leído apenas.

¿Son imaginables y posibles autores como Thomas Mann, Virginia

Woolf o David Foster Wallace sin que se hayan tomado la molestia

de sumergirse a fondo antes en las tradiciones literarias de sus

lenguas y sus países? Pues bien, en España, parece perfectamente

posible, incluso hasta deseable, ser un escritor valioso sin haber

leído ni vivido apenas literatura española… ¿No la estaremos

cagando?

 

 

¿Te sientes parte de la tradición satírica española?

¿O descrees de las etiquetas nacionales?

 

 

Me siento parte de la tradición literaria española, incluyendo la

satírica.

Considero que la literatura en Occidente lleva siglos siendo internacional.

Por lo tanto, por pura lógica, existen literaturas nacionales.

Las literaturas inglesa o estadounidense, por poner un par de ejemplos,

no son precisamente anacionales: son nacionales y hasta nacionalistas,

en gran medida.

Algunas literaturas nacionales viven cada vez más acomplejadas

y menos conscientes de sus posibilidades. ¿Te imaginas una…?

La española, en efecto.

Lo anterior no me lleva a defender una literatura castiza y cerrada. Me

lleva a exigir que la literatura española se conozca más a sí misma,

críticamente, y que, durante el siglo XXI, brote un verdadero diálogo

entre las distintas literaturas de Occidente y, de ser posible, del mundo.

Una literatura global o mundial o sin etiquetas nacionales, en este siglo

que comienza, no puede ser una literatura con dominadores y

dominados, con unas lenguas que escriben para el resto del mundo,

y difunden sus tradiciones, y otras lenguas que se limitan fundamentalmente

a traducirlas y consumirlas.

Descreo de los que creen que las literaturas nacionales han muerto. Hay

literatura nacional para rato. Lo que está muriendo, o se encamina a morir,

son algunas literaturas nacionales: sus obras, sus temas y sus autores.

La literatura española figura entre las candidatas a la extinción.

 

P

 

Josep Pla como hilo conductor y catalizador de toda la historia.

¿Qué representa este escritor en el imaginario literario?

 

R

 

Pla es el escritor que le ha faltado a la prosa en castellano de España

en el siglo xx para enriquecerse en varios rasgos fundamentales.

Citaré solo dos. Primero: transformar géneros como los del diario,

las crónicas periodísticas o los ensayos de paisajes y costumbres

en literatura de alta calidad.

Segundo: aportar a la prosa castellana textos de primera categoría

para el afianzamiento de una corriente de la que se habla bastante

en los últimos años: la literatura del yo, donde podrían encuadrarse

algunas obras de Vila-Matas, Marías, Trapiello, Wolfe o Vilas.

Evidentemente, en un sentido amplio, esto del yoísmo en la narrativa

española en castellano, más o menos elaborado, viene de lejos.

Desde el Arcipreste de Hita hasta Nada de Laforet, Viaje a la Alcarria

de Cela o algunas novelas de Martín Gaite, pasando por Azorín

y sus primeras narraciones de pretensión claramente autobiográfica y

que protagoniza un tal Antonio Azorín.

¿Hay algo que recuerde más a la literatura del yo que la decisión de

elegir como tu nombre el de uno de tus personajes…? Pero, si

Josep Pla hubiese escrito en castellano El quadern gris o Notes

disperses, la prosa castellana del pasado siglo sería más rica y

atractiva… En mi novela  Viento de tramontana, Cervantes y Pla

se encuentran en el barrio  barcelonés del Raval y se hacen amigos.

Este encuentro remite a una de mis aspiraciones culturales: que las

literaturas castellana y catalana se conozcan de tú a tú, se respeten

y se aprecien mutuamente.

Lo intenté como editor, y fracasé. Confío en lograrlo con Viento de

tramontana. Aunque seguro que también fracasaré.

 

P

 

Esta novela es muy crítica con el nacionalismo catalán,

pero no lo es menos con el nacionalismo español.

¿Estás en una postura ácrata?

 

R

 

Estoy en comprender y aceptar una evidencia: millones de

personas forman una nación catalana y millones de personas,

incluidos bastantes catalanes, forman una nación española.

Y estoy en defender un Estado, unas prácticas políticas y

culturales, un clima social y de comunicación que resulten

cómodos para ambas naciones. O, al menos, para la mayoría

de sus miembros.

Se diga lo que se diga, se quiera lo que se quiera, los 

sentimientos nacionales no han desaparecido, ni en España

ni en Europa —tampoco las literaturas nacionales, por cierto—,

y esta realidad hay que asumirla y organizarla con inteligencia,

con respeto y con afecto.

 

P

 

Todos los tópicos de la vida catalana y española están descritos

con precisión y un punto de «maldad».

¿Hacías política ficción? ¿Te interesa la política como espacio

narrativo?

 

R

 

He hecho política mediante la ficción. Viento de tramontana es,

sin duda, una novela política… Me interesa la política, en la

vida cotidiana y en la literatura, porque me parece que las

relaciones de poder entre los seres humanos son un tema

tan atractivo como el amor, que es en realidad una variante

del tema del poder.

Me atraen la macropolítica —las relaciones entre las clases

sociales a través de los políticos— y la micropolítica —las relaciones

entre matrimonios o parejas, entre profesores y alumnos, entre

padres e hijos, entre heterosexuales y homosexuales— porque el

poder está presente en todas ellas.

Separarse de un Estado es poder, pero separarse de otra persona

también lo es. ¿Por qué la literatura ha de limitarse a tratar una sola

clase de poder?

 

P

 

¿Qué tienes contra el turismo?

 

R

 

Casi nada. Soy humano y, por lo tanto, soy turista. Aunque sedentario.

Opino lo mismo que el subtítulo de esta noticia: «El turismo de sol y

playa vuelve a llenar las costas españolas y tira de un sector señalado

como clave en la recuperación, a pesar de su sobreexplotación».

Dice mi Pla: «España es un régimen turístico o será una ruina

inmobiliaria y social. Poderoso caballero es el turismo».

 

P

 

Humor, sexo, parodia, crítica social, acronía. ¿Te sientes cómodo

en la provocación?

 

R

 

Una sociedad cultural abierta necesita provocadores, aunque puedan

molestar. Lo que no necesita es gente que insulte a otros. Yo defiendo

la provocación como uno de los motores de la ampliación de la libertad

y el progreso sociales.

Ahora bien, mi literatura y mi actitud vital no son básicamente 

provocativas, sino reflexivas.

Lo que sucede es que, como dije en una reciente entrevista que apareció

en la revista Quimera, «invitar a la reflexión resulta provocador».

Optamos más por escucharnos a nosotros mismos o a los que piensan

como nosotros que por prestar atención a los que piensan y viven distinto.

Más por la consigna que por el debate.

 

P

 

¿Quieres decir algo de Ava Gardner?

 

 

Encantado. En Viento de tramontanaescribí seis veces el apellido

de Ava y las seis lo escribí mal: «Gadner». No acudí a ninguna

enciclopedia porque estaba absolutamente seguro de que se escribía

así. Absolutamente seguro y absolutamente equivocado, como

bastantes veces en mi vida.

Al margen de estas consideraciones ortográficas, la aparición de Ava

Gardner en mi novela es, en gran medida, una evocación de mi madre.

Mi madre se parecía a la Gardner y se sentía orgullosa de ello. Como

otras mujeres jóvenes en el franquismo, acudía al cine, contemplaba

«al animal más bello del mundo» y, parafraseando el espléndido poema

«Conchita Piquer» de Vázquez Montalbán, se evadía por unas horas de

las humillaciones y ofensas que le infligía su insulsa vida cotidiana.

Mi madre soñaba con ser actriz, cantante, bailarina. Le encantaban

los musicales y bailaba valses sola en casa, porque a su marido le

daba vergüenza bailar.

Como muchas otras jóvenes que soñaban lo mismo, tuvo que conformarse

con trabajar de criada en algunos hogares burgueses de Barcelona, en

ser después ama de casa sin sirvientas, en trabajar de camarera con

mi padre más de doce horas al día y en hacer unos flanes exquisitos que

todos elogiaban y que yo jamás probé.

Mi madre pronunciaba «Gadner». Quedaría hermoso decir que yo me he

equivocado por eso al escribir el apellido de Ava. Quedaría hermoso, pero

no sería verdad.

 

 

 

 

 

 

 


 

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