revista librújula 

 

isabel bono

 

‘soy la pesimista más feliz del mundo’ 

 

texto: enrique villagrasa

 

   
  

La poeta malagueña Isabel Bono (Málaga, 1964) ha irrumpido en el panorama narrativo español ganando la 66ª edición del Premio de Novela Café Gijón, dotado con 20.000 euros. Creo que es la persona más genial que conozco en nuestros días y me siento feliz de ser contemporáneo suyo y ser su lector. Afirmo que es una escritora dotada de una más que asombrosa capacidad de expresión, con una gran riqueza espontánea de metáforas e imágenes. Es una persona irresistible, como la luz del Sur, de su Sur. E Isabel ya forma parte de la pléyade de narradores, como la Matute. El jurado que siempre acierta, y en este caso así es, merece todo mi respeto. La novela será publicada por Siruela en los primeros meses del próximo año.

 

Buenas, Isabel, en primer lugar felicidades y mil gracias por concedernos la primera entrevista tras tu premio. Y, a renglón seguido, preguntarte, ¿qué hace una poeta como tú, respetada, reconocida y admirada, en ese mundo de la novela?

 

Gracias y mil “denadas”, es un placer. ¿Sabes, querido Villagrasa, que nunca he dicho que fuera poeta? Cuando me preguntan qué hago, suelo responder: “Ahí estoy, escribiendo”. Recuerdo mi segunda lectura de poemas, abril de 1991, invitada por el Centro Cultural Generación del 27 a “Poetas de poesía inédita”. Empecé: “Ni soy poeta ni soy inédita” (pobre niña, había publicado dos plaquettes de cinco poemas y ya se creía no inédita). Escribo de todo desde siempre, lo mismo te canonizo al número pi, le escribo una oda a un hámster, o me planto con una novela. Supongo que todo se trata de lo mismo: pasear sin GPS para poder perderse una a gusto.

 

¿Escribes porque vives la vida o para recuperar el tiempo pasado, para explicarte el presente o para prepararte para el futuro?

 

Sí, vivo la vida. Creo que es una y es esta. Como una me parece poco, leo y escribo. Vidas extra, ya sabes. De niña ya me parecía poco. Cuando volvía a casa desde el colegio solo miraba al suelo para no reconocer el camino, por si mis pies me llevaban a otra casa, otra familia. Mi familia molaba, ojo, pero, ¿siempre la misma? Cuando aprendí a entrar en otras casas, otras vidas, a través de la escritura, llegó la felicidad. Escribir es también vivir a la vez pasado, presente y futuro, propios y ajenos.

 

Tus versos inventan una realidad y, esta, tu primera novela, ¿qué inventa, si es que inventa algo?

 

No estoy segura de si mis poemas inventan una realidad o solo la describen. Mis poemas no inventan o tratan de no inventar. Sobre esta novela, recuerdo que un día te dije que quería escribir sobre la familia, ese magma. Respondiste: “Shakespeare ya lo dijo todo”. El reto es contar lo mismo de siempre desde otra perspectiva, con otra voz. Hay tantas perspectivas como escritores y, además, cada escritor a su vez puede tener varios puntos de vista. Qué maravilla, ¿no?, ¡las historias no se acabarán nunca!

 

¿Qué aspiraciones tenías como poeta y ahora como narradora premiada?

 

“Tenía” como poeta, ¿en pasado?, ¿ya? Espero que los poemas vuelvan de otro modo, más serenos, quizá (y aún me queda algún libro de poemas inédito en la recámara). La verdad es que nunca aspiré a nada en poesía. Como dice Vonnegut, mientras no nos quiten la oportunidad de… En mi caso la oportunidad de seguir escribiendo. La suerte que tenemos los pesimistas es que, como todo lo damos por perdido desde siempre, lo bueno que nos vaya pasando es regalo y motivo de celebración. Sin duda, soy la pesimista más feliz del mundo. Con esta mentalidad nunca me llevo decepciones. Así pues, me quedo como estoy, sin aspiraciones para conseguirlas todas.

 

¿Le has exigido las mismas cualidades a tu narrativa que a tu poesía?

 

Sí, la exigencia es siempre la misma y no concibo otra: no a la retórica. Si escribimos para comunicarnos, ¿para qué poner trampas?

 

En una entrevista poética nos respondiste que sueles sacar a la poesía a pasear sin correa y sin bozal. ¿Haces lo mismo con la narrativa?

 

¿Yo he dicho eso? Todo es posible porque he sido joven e inmortal. Quizá, ahora, tanto los poemas como la prosa lleven esa pantalla o collar de cono que se le pone a los perros recién operados, pobrecitos. Tengo que mirármelo.

 

¿Qué le dirías al lector que se acerque a tu premiada novela Una casa en Bleturge: con qué se va a encontrar o cómo la definirías?

 

Le diría que no tenga miedo ni prisa (este consejo también vale para vivir). Le diría que, como escribo con guantes de jardinera, este libro va a resultarle un paseo por un bosque de bonsáis. Algunos igual pinchan o son carnívoros, pero la vida a veces también pincha y nos come por los pies, ¿no?

 

Toda tu vida la has pasado en Málaga, que sepamos. ¿Ha influido este paisaje y paisanaje en tu novela?

 

Ay, qué pena me da responder a esta pregunta. Cuánto me gustaría decir que vivo en Málaga, no sin antes haber pasado por Kamchatka, el bosque de bambú de Kyoto y Murcia. Viví casi dos años en Cádiz y uno en Madrid. En Cádiz escribí poemas, en Madrid prosa (cada cual saque sus conclusiones). Creo que en todo lo que escribo está la luz del sur. Aquí, hasta en los días más nublados hay luz, esa luz blanca, irreal y fantástica. Cádiz es amarilla, Madrid azul. Nunca he visto nevar. Me estoy yendo por las ramas, perdón.

 

¿Te ha llevado mucho tiempo escribir esta novela, más o menos que un poemario?

 

Pues estaba convencida de que la poesía era fruto de la intuición (luego había que esperar a que se me apareciera) y la prosa fruto de la reflexión (luego sería pan comido sentarse y escribir). No. En mí, la prosa llega por el mismo camino que la poesía: un hallazgo, unas neuronas que empiezan a brillar, a tejer, a construir mentalmente, a tomar apuntes por la calle en cualquier papelito y después volcarlo al teclado. Esperar, podar. Esperar, podar de nuevo. Como imaginarás, a este paso, he tardado mucho. Comencé en 2008 con episodios sueltos, pero un día pensé: “¿Y si busco un eje que los una?”. Y el eje fue la muerte de un hijo. Han sido ocho años de paseos y papelitos y poda. Sin miedo y, sobre todo, sin prisa. Y sí, en poemas soy igual. Un libro de poemas termina cuando noto que el tono me ha cambiado. Quizá porque ha cambiado la luz, soy así de fotosensible.

 

Es tu primera novela, pero seguro que tienes más escritas en el cajón, esperando editor. ¿Y ahora qué?

 

Efectivamente, tengo una cajonera blanca con seis cajones. Cada uno con su etiqueta. De arriba abajo, dicen: pamplinas, cuadernos, poemas, poemas (1984-2010), prosa, papel papeleo. A veces unos cajones dicen más de uno mismo que tantas palabras juntas. Tener, tengo novelas (o algo parecido), pero no esperan a nadie. Su cometido no fue otro que ser jardines “porquesí”, para aprender a escribir, para matar el hambre cuando los poemas no llegaban. Ahí están muy bien. ¿Y ahora qué? Pues los pies en la tierra. Me viene una frase: “Jardinero, a tus jardines”.