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Juan Carlos Onetti

entrevistado por 

Francisco Umbral 

02/04/1984

“Vení acá, vos vení, no me traigás ese libro, vos, que ya lo tengo tu libro,
viejo, traeme las obras completas de Pemán, pasa nomás, que yo el libro
de vos lo tengo y lo he leído, mi amigo, que yo quiero Pemán, y dime,
pues, tanto tiempo, sabés, que no nos vemos, decíme, vos, contame, vos que andás”.
Un poco embarnecido por el tiempo, la cabeza de gran ofidio inteligente, la
cabeza toda inteligencia, los ojos desbordados sin las gafas, la barba de dos días,
el maestro querido de quince o veinte años, este Onetti en quien aprendió uno,
cuando uno creía que aún servía para algo eso de aprender cosas, el secreto y la
clave de la narración lírica, Juntacadáveres, El astillero, no sé, y ahora bebemos
vino, que nos ha traído Verdes dos botellas.
-Hay gentes que no te quieren a vos,
Umbral, yo siempre defiendo a Umbral, digo me gusta este escritor, y el mayor
argumento crítico que me dan contra vos es que ganás plata, vos, que ganás
mucha plata, eso es lo más profundo que me dicen.
Camino de Barajas, sol confuso de coches, allá afuera, Onetti aquí en su octavo,
de camino he comprado unas flores para Dolly, unas rosas para Dolly, la florista
era joven y fea, pero tenía buen culo, y el libro que Onetti no quiere, porque ya
lo ha leído, y está como recién levantado, entre viejos grabados de Picasso, en
una paz de hogar que suena a tiempo.
Yo me he echado a sus pies. Y juego con la perra, que ya me ama. La madurez es
conseguir en unos minutos el amor de cualquier animal, pues que el poco amor
del mundo anda disperso en bichos por la tierra. Juan Carlos Onetti, el pelo que
le va faltando, como a todos, los ojos como peces fuera de la pecera de las
gafas, dulce embarnecimiento del maestro, la barba, el recién levantado, en su
sillón de cuero, frente a la mañana, con un suéter frambuesa sobre la camisa,
con calcetines cortos, muy cortos, y unas zapatillas de pana, raya atravesada.
-Tena Ybarra, vos sabés Juan Ignacio, nuestro amigo Tena Ybarra, yo le debo y
le quiero, él me lo dijo, cuando vine nomás, “España, amigo Onetti, se escribe
con E de envidia”, vos sabés. Pero me gusta España, algo le debo, mucho, sobre
todo a ese hombre, Juan Ignacio, aquí escribo, estoy bien, te leo a vos.
La amistad de la perra, los apuntes de Verdes, que nos ríe cada frase,
noblemente, y la sombra de Dolly, a contrasombra que está poniéndole agua a
las rosas. Le digo que Verdes es un latifundista y Onetti me explica cómo era
esto en su Uruguay perdido, en su Argentina sabida y paredaña, lo que hacia allá
se fue, lo que de allí, luego, nos ha vuelto.
-Hay gente, vos sabés, que no te quiere, Umbral, que no te quieren, y es por la
plata, Umbral, vos lo sabés.
Hace quince años me llamaron a Canarias para un curso sobre los novelistas del
boom. Yo elegí a Onetti, había leído todo lo publicado hasta entonces por él,
estaba onetizado, escribí mi conferencia sobre el maestro, la leí en su día, y al
final se me acercó un hombre maduro, con muletas:
-No sé si todo lo que usted ha dicho es verdad, pero es tan bello que yo amo a
ese hombre, Onetti, si es que existe.
Por entonces, ni el canario de las muletas ni yo estábamos muy seguros de que
Onetti existiese.
Era la voz lírica, profunda y desolada de una América inespacial, que se
desertizaba en Santa María. Era como si aquel chillido del viento (Dejemos
hablar al viento, titularía él una de sus últimas novelas) se produjese solo y nos
llegase, geológico, a sus lectores. Mi conferencia por ahí anda, desde entonces,
en separata de algo, que la di a los sitios más idóneos y jamás la publicaron. Ni
sé si Onetti la ha leído ni hoy vamos de eso, sino del vino negro que ha traído
Verdes, viñado entre sus viñas y sus cerdos de su medio sur, y yo pruebo del
vino, Onetti apenas bebe, y Dolly nos trae sus daditos de carne, de queso, de
fritura, por acompañar el vaso.
-Hay gente que publica y publica -dice Onetti-, hay gente que confunde la prosa
con la prosa, vos sabés, vos que hacés prosa.
El hogar deshogarado de un hombre fuera de su patria, con algo de repatriado
en trayecto, de fugitivo de guerra, de todo lo que le ha pasado a Onetti, entre
España y América, y que él jamás cuenta ni canta, sobriamente, porque ante
todo es un caballero de las letras a quien aún le asoman mucho los puños de la
camisa del alma, aunque hoy no se haya afeitado, como algunos días, en
Charenton, no se afeitaba Donato Alfonso Francisco, marqués de Sade. Fue
periodista y sabe el periodismo. Puede meter el mundo en dos folios y se acabó.
La mayoría de sus colegas de boom, o lo que fuera eso, nos aborchornan con
perdidos artículos sin fin y sin fondo. Onetti quiere tabaco.
-¿Tenés vos tabaco?
-Verdes tiene tabaco.
Y Verdes le da negro.
-Pero no quiero negro. Quiero rubio americano. Americano.
“Americano”. Ha repetido la palabra con la amargura y la ironía sobreañadida
de su acento, pues que “americano” supone, por definición implícita y poco
definida, norteamericano.
-Qué duro aquello que vos le hiciste a un pintor que
había.
-Que había y que hay. No se puede utilizar al Rey, ni a nadie, para vender más
cuadros o más muebles.
-¿Y tus memorias, Umbral, dime, son verdad?
-Todo verdad.
-Qué verdad más bien mentida.
-Dijo Machado que “también la verdad se inventa”.
-Literatura es eso: mentir bien la verdad.
El astillero y Cien años de soledad son para mí los dos polos de la literatura
hispanoamericana de hoy. Y no sólo por un igualamiento de calidad y calidades,
sino por un enfrentamiento de sistemas. La grandeza del libro de García
Márquez está conseguida mediante la acumulación ancilar y recurrente de
elementos. La grandeza de El astillero está conseguida por eliminación, por
simplificación, por síntesis. Una solterona, un golfo, un viejo arruinado, un
astillero que se astilla, y donde nada se construye. Libro fantasmal y lírico. No
se puede conseguir más con menos elementos. Cuando la narración se estiliza
hasta darnos sólo la estilización, es cuando uno llora un llanto estético, tan duro
como el “llanto militar” de Quevedo, que perplejiza a Borges.
-Más cositas para el vino, Dolly, amor.
Dos polos, ya digo. La máxima acumulación y la máxima depuración. Nunca
Onetti se había adelgazado tanto, ni ha vuelto a hacerlo. Pero es el gran
narrador lírico de América, no porque escriba lírismos (que lo hace, y hace
bien), sino porque, como dijera Sartre de otro, “le importa más la preparación y
el recuerdo de la acción que la acción misma”.
-Los duelos en Uruguay, de los que ha escrito Martín Prieto.
-Bella crónica, pero Prieto ha escrito lo que le han contado. Aquello estaba todo
combinado.
-Los realistas.
-Ya sabés vos que no me gustan algunos realistas españoles.
La preparación y el recuerdo de la acción son lirismo. La acción en sí es épica. El
escritor que se da más al recuerdo anterior y posterior (ah la maravilla del
recuerdo anterior, en Onetti) es un lírico y no un épico, por más que pasen cosas
en su libro.
Las rosas hacen su terrorismo alegre en la cocina. La perra se ha dormido de
ternura. O cuando menos, se ha callado. Onetti está hablador esta mañana.
Ponemos a parir, como es mandado, a medio mundo literario. “A Juan Ignacio
Tena lo queremos”. “Claro que lo queremos, Juan Carlos”. Y pasaron los años, y
volví de Canarias (donde me había entrevistado un periodista audaz y para mí
desconocido, Juan Cruz, que me anunciaron como el genio de las islas), Y
leíamos a Onetti, esa locura de Juntacadáveres, cómo llegó este hombre a tanta
prosa. Se le ha dicho de influencia yanqui. No, ninguna. El yanqui (los yanquis
que le citan, que tampoco son yanquis) escribe corto, seco, puntual. Y Onetti nos
envuelve en su lirismo, en un derramamiento que es mentira, que está muy
contenido, que es sólo el manadero lírico de quien aún ve poesía en los actos de
los hombres.
-Qué verdad más bien mentida, Onetti.
Y le devuelvo así lo que me ha dicho de mi libro, y que es el mejor diagnóstico.
Yo creo que este hombre no quiere volver a su país. No se lo pregunto por
respeto, por amor, pero me parece que este hombre, ciudadano del mundo, no
quiere volver a su país. Un día presentamos su último libro, unos cuantos, en el
Casino de Madrid, y mi teoría era y es que cada novela de Onetti hay que leerla
sobre el fondo de todas las anteriores, pues que son, un corpus/continuum que
ganan espesor y profundidad, cada una, cuando se conoce el resto. Y es así, no
por ninguna clase de nauseabunda continuidad argumental, sino porque Onetti
insiste e insiste en un orbe pequeño y taraceado “como una moneda
cartaginesa”, que hubiera dicho Baudelaire.
Ha hecho, así (aislando sus libros fundamentales), un solo libro, una sola novela
grandiosa que se completa por reiteración y no -cielos- por ilación. El retorno
del personaje puede que esté en Balzac, pero en Onetti no es balzaquiano,
porque no es argumental, sino poético.
Y Verdes:
-Cuenta aquello, Onetti, de cuando te hicieron el homenaje en La Sorbona y tú
te despediste con un “merci”, y vámonos, Doly, de golpe, anda, cuéntalo.
-No, mi amigo, no fue tan brutal, pero yo les hablé muy poco en La Sorbona.
Generalmente hablo poco, y menos en público. Me traés las gafas, Dolly.
Y Dolly trae las gafas, que son las de siempre, que siempre le han quedado
pequeñas a sus ojos de pez inteligente y doble. Se sujeta con las gafas los ojos
desvariantes, que todo quieren y pueden verlo, que parecen girarse hasta la
espalda.
-Me molestan los ojos, Umbral, me duelen de leer y de mirar, yo ya no sé qué
hacer.
-Si tú quieres, te llevo a buenos oculistas, Onetti, aquí en Madrid, o nos vamos a
Barcelona, como tú quieras. ¿Tienes muchas dioptrías?
-Sí, es lo único que tengo.
-Eso se arregla fácilmente. Vamos a irnos de médicos, Onetti.
No dice que sí ni que no. Es ya un poco el hombre que ha decidido sentarse en
su sillón a ver venir todas las devastaciones, casi complacido en tan populoso y
atroz espectáculo. Pero por su cabeza ruedan astros de lucidez, y entonces hay
que salvar el resto, los ojos que se cansan, la boca que se calla, la barba de dos
días (o de tres), el rostro embarnecido, el cuerpo reposado (le golpeo la tripa),
los breves calcetines y las zapatillas de pana, sin talón (uno, a esto del talón en
las zapatillas, le da mucha importancia: sólo se puede andar en zapatillas
destalonado; quienes se calzan zapatilla completa se hacen las viejecitas de sí
mismos. Aquí veo yo, pues, el dandismo penúltimo de Juan Carlos Onetti,
cuando le dijo a alguien: “Yo soy un aristócrata”).
-¿Estás escribiendo una novela?
-Estoy escribiendo una novela.
-Título.
-Lo he titulado con una frase de un tipo que anda por ahí, un paria, un piernas,
un tipo miserable, un tal Umbral.
-Despreciable personaje. ¿Cómo se llama el libro?
-Cuando entonces.
Uno sabe, por los maestros lingüistas, que el milagro de la literatura reside en lo
más humilde, como todos los milagros, o sea la gramática, en este caso. Y uno
ha forzado siempre la gramática, como el músico fuerza el pentagrama, para
lograr mayores expresividades en machihembrados imposibles como “cuando
entonces”. Y no han faltado redichos que ignoraban este pulso con el idioma y
me han reprochado el “cuando entonces”, como otros voluntarismos
antigramaticales: escribir es condenar la gramática a la hoguera de la lírica.
Ahora, mi mayor, mejor y única compensación es que un maestro mundial,
como Onetti, utilice el “cuando entonces” para titular un libro, para, aparte la
generosidad personal, dar la dimensión de pasado, nostalgia y memoria
adverbial que ambas palabras acumulan.
Estoy, sí, sentado en el suelo, a los pies de Onetti, el narrador más
profundamente lírico de la moderna literatura americana, y no cabría decir esa
cosa fácil de que es ya uno de sus propios personajes, porque lo que pasa, más
bien, me parece a mí, es a la inversa: que se ha escrito a sí mismo en sus
novelas, que es un hombre muy escrito y, con los años, inevitablemente, su
literatura hace nido en su cuerpo, se salva en él. Si dejamos a un lado la
literatura, lo más literario de un escritor es él mismo. Onetti puede ser ya
cualquiera de sus personajes, incluso la solterona loca de El astillero. No –
repito- por un fácil proceso de somatización de la autoescritura, sino porque,
escribiendo y escribiendo, se había preparado este sillón y este cuerpo y esta
barba de tres días (decididamente tres) para ser él sin dejar de ser él, tan
literario y tan abandonado, que es palabra de tango.
-Adiós, Onetti, amor, te amo/te amo. Una vez me hablaste de una novela sin
argumento. ¿Es ésta?
-Bueno, algo así, mi amigo.
Verdes se queda haciendo apuntes. Dolly sale conmigo hasta el ascensor. Las
rosas ponen su terrorismo alegre en la cocina. Las gentes me decían: “No vayas
a verle, que no habla”. Conmigo, sí. Y más de lo debido, ¿eh, maestro? Pero
callo.