Camilo José Cela

 

Francisco Umbral 

27/02/1984

 

Cela, Camilo José Cela, la letra gorda sobre el papel muy blanco, nuestro parvulario

novelístico, nuestra cartilla de adolescentes provincianos, la fulguración de una prosa

negra y roja, violenta, sobre la calle nuestros corrales interiores, CJC, catón y capicúa de

los niños de la guerra/postguerra, este hombre alto y gris que me espera erguido en la

escalera frambuesa, había estallado la paz y el castellano en su prosa redonda y

guerrillera, había que ser escritores, somos escritores y nos abrazamos en la escalera del

hotel.

Ciento quince kilos de escritor, ciento quince kilos de amigo, ciento quince kilos

de maestro, ciento quince kilos de tiempo, camaradería, vida y obra. Multitud

de hombre solo que el tiempo coge a peso, que pesa en nuestro tiempo. “Pues

ahora he perdido quince kilos, pero tengo que quedarme en noventa”. Cien kilos

justos de Historia literaria bajan a mi lado hacia el comedor, casi como cien

años de Historia de España. Cela con sus años/kilos y uno afiebrado de

literatura, como entonces, buscando/esperando sus metáforas atroces en

redondilla, o en el contrabajo impertinente de su voz. Habrá que entrarle:

-Camilo, llevas treinta años en Mallorca, eres ya un señor de provincias. Cuando

vienes solo a Madrid, como ahora, ¿traes el complejo de cana-al-aire?

-En absoluto. Putas hay en todas partes. Y por aquí, en torno del hotel, veo

travestistas. El travestista no es siempre el homosexual. Travestista es el

aficionado a vestirse según el sexo contrario. Napoleón lo era.

-¿Por qué dices travestista y no travestí?

-Porque travestí es francés.

Al camarero le pide media docena de ostras. Yo pido una docena.

-Bueno, pues, entonces, a mí póngame nueve, que me da envidia aquí del señor-

dice Camilo. Pero de lo que más tira es de los espárragos verdes.

-¿Estás a régimen, Camilo, en eso hemos parado?

-Perdón, soy el único ciudadano de este país que no tiene colesterol.

-Camilo, eras el nieto del 98, y ahora te vistes como un notario.

Sonríe con su media sonrisa partida por la vida, el toro o la Legión. Evita

siempre reír.

-Como sabes, Paco, yo llevé la primera barba contestataria de España. Luego,

cuando empezaron a dejarse barba los funcionarios de la Caja Postal de

Ahorros, comprendí que ya no valía la pena.

Cela, Camilo José Cela, la letra gorda sobre el papel muy duro, nuestro

abecedario de postguerra, nuestro colegio maldito, colegio de un solo hombre,

de un solo libro que era aula y texto al mismo tiempo.

-Camilo, tienes las patillas blancas y largas, como yo, pero te las peinas hacia

abajo, y quedan lacias. Hay que peinárselas para atrás.

-Ah, coño, pues tienes razón.

Y se peina las patillas hacia la oreja, alborotadas, mejora su imagen con los

dedos. El prosista cimarrón y lírico de nuestra adolescencia impaciente como la

sangre. El abuelo violento a quien ahora le explico la estética de las patillas, toda

la ética de la madurez. La fulguración de una escritura oscura y azul, clara y

negra, nítida contra el blancoespaña de nuestros toriles escolares. “Otro libro”.

“Estoy pensando en una novela de la Galicia exterior”. “Época”. “Digamos que

hace un siglo”. Digamos que hace cien kilos de tiempo, cien años de Cela, que

comienza a ser intemporal.

-Las colaboraciones

-Ahora no mantengo más que la de EL PAIS y una de la agencia Efe.

Pero no buscábamos nosotros, cuando entonces, el Cela articulista/ensayista,

sino el poeta en prosa chorreante de leguas, contenida de látigo y de flor.

-Además de la literatura, Camilo, yo diría que te tienta la política.

-Los gallegos somos un pueblo político. Claro que no iba a ser uno consejero

nacional del Movimiento. Fui senador con la Corona , me gustó serlo, y me y

parece un error que quitasen aquello. Ya es bonito haber ayudado a hacer una

Constitución.

Habían estallado la paz y el castellano en su prosa redonda y guerrillera, no

sabíamos que aquella caligrafía canalla, aquella tipografía a traición, dura, alta y

musical como un soneto de Shakespeare, iba a estilizarse hasta la letra inglesa

de una Constitución. Pero así fue.

-Mira, Paco, Latinoamérica, como dicen los cursis, nos ha dado una lección

nombrando siempre embajadores a sus grandes intelectuales, de Rubén a

Neruda. Y por méritos literarios y no políticos. También Europa. De Gaulle le

hace a Malraux ministro de Cultura. Aquí no nos han llamado a ti ni a mí ni a

nadie para esas cosas.

-Llevas unos gemelos muy pequeños, Camilo. Parecen tachuelas sobredoradas.

-No entiendes nada. No son sobredorados. Son de oro.

-En todo caso, pequeños para un hombre de cien kilos.

-Bueno, pues ahora que voy a Roma a dar una conferencia, al pasar por Palma

cogeré unos más grandes.

Está un poco serio, Cela, aunque no tenga colesterol. Le preocupa la cosa

pública y, sobre todo, el que no se corrijan cosas que serían fáciles de corregir.

“Por ejemplo, la delincuencia callejera, que crea una alarma superior a su

peligro real. Yo, no hace mucho, fui objeto de un atraco en Barcelona, cuando

iba a pie, hacia el Ritz, a dormir. Uno tarda en darse cuenta de que le están

atracando. Y, de pronto, los dos individuos dijeron: “Perdone usted, don Camilo,

no le habíamos reconocido”. Y echaron a correr. Yo iba a correr también, tras

ellos, para darles mil pesetas, pero no los alcancé.

Una prosa que tenía pólvora y hoy se va salvando del colesterol. Empezó de

campanillero por los pueblos de España y luego le ha metido lozanía a los

mármoles oficiales. Pascual Duarte no iba para ministro y el joven Camilo era

algo putañero:

-Vuestra generación, Camilo, fuisteis muy putañeros.

-Es cierto, en el San Camilo queda claro. Pero la puta era nuestro Freud. Ibamos

a ella a confesamos, a psicoanalizamos.

-¿Y escuchaban de verdad?

-Claro, coño, escuchaban mejor que nadie, para eso las pagábamos.

Se ha quitado kilos y se ha quitado años. O a la inversa. He aquí un clásico

pálido, enérgico y preocupado. Todos los Camilos de la biografía/bibliografía de

Camilo acuden a su rostro de navajero bueno de la literatura, a su voz de

beneficiado profundo de la gran catedral literaria. El tremendista, el vagabundo,

el mítico, el lírico, el épico. Cien kilos de escritor, cien kilos de amigo, cien kilos

de maestro, cien kilos de tiempo, compañía, vida y obra. Multitud de hombre

solo que la hora coge a peso, cuando le aligera el vinillo suave que está bebiendo.

Cien kilos justos de historia literaria, como el ancho y profundo hospital

humano de las izas, rabizas y colipoterras, hurgamanderas y putarazanas, cien

años de intrahistoria de España con sus curas cabreados, sus guardias

adormecidos, sus tontos meados y sus ciegos iluminados por la luz loca de

España, que ve y veía por ellos. “Claro, coño, escuchaban mejor que nadie. Para

eso las pagábamos”. Después de los sesenta años, a lo mejor resulta que se ha

dejado uno la vida en una puta y el talento en una página.

-Verás, Paco, yo se lo dije a Arias Salgado cuando me prohibió La colmena:

“Nadie es capaz de recitar cinco ministros del XIX. En cambio, los escritores nos

los sabemos a todos. Dentro de cien años, a usted le confundirán con

Arias Navarro, pero yo estaré en los sellos de correos.

-Qué manía con los sellos de correos. Lo has dicho también en la conferencia del

otro día.

-Es inevitable, Paco, acabaremos en los sellos de correos.

-¿Y los billetes? A mí también me gustaría salir en los billetes del Banco de

España, Camilo.

-Los billetes, naturalmente. Ahora hay uno de quinientas, con Rosalía. Yo,

siempre que me toca, lo rompo. No me gusta que anden manoseando a la gente

que quiero. En cuanto a los sellos, ¿te has fijado que sólo sacan escritores

pobres? Don Juan Valera, que era rico, no sale nunca. Yo estoy en un sello de

Bulgaria. O sea, que la partida histórica la tengo ganada. La partida política no

la he jugado.

Cela con sus años/kilos, y uno, afiebrado de literatura, como cuando entonces,

qué cosa el tiempo, buscando/esperando sus metáforas atroces en redondilla o

en el pozo elocuente de su voz, adonde parece que se ha caído un hombrón.

Herido de amor, herido. No. Herido de amor huido. No. Herido en el costado

político, el “anarquista de derechas”, que dijo Alberés. “¿Por qué llevas zapatos

de cordones, todavía?”. “Nunca he llevado mocasines. A mí me son cómodos los

cordones”. El gallego que se anudó los cordones en La Coruña y vino a Madrid

para enseñar a escribir a un régimen ágrafo. El gallego que se anudó los

cordones en Palma de Mallorca y se vino a Madrid a jugar la partida política, y

ni la perdió ni la ganó. Cordones provincianos de señorito de Coruña.

-Los cuarenta.

-Yo salí con aquello y se armó. Hoy escribiría el Pascual Duarte con más oficio,

pero con menos lozanía. Luego, Delibes y Carmen Laforet. En esto hay que tener

una voz propia, Paco, siempre te lo he dicho. Tú tienes una voz propia. Hay que

ser animal literario, y si no, es mejor no andar mareando. Animales literarios

son Baroja, Azorín, Valle, Ruano. Luego están los que suenan a lo que han leído

y nada más.

-¿Y esa escuela anglosajonizante, fría, sosa, distante, que renuncia a las fuerzas

del castellano (quizá porque no las tiene), y quiere parecer inglesa o así y resulta

como traducida?

-Allá ellos Hay que dejar que se descuernen solos.

-Tú te echas la siesta, Camilo.

-Yo no me echo la siesta, coño. Vamos al bar.

Uno piensa que alguien, algo, se está olvidando/equivocando un poco con Cela.

Pero Camilo es hombre que no se queja. “Nuestra venganza, Paco, es seguir

escribiendo y ser nosotros. Tú y yo somos mucho más famosos que Baroja. Yo

he ido con don Pío por Madrid y apenas le saludaba una persona. A nosotros no

nos dejan andar por la calle. Todo son autógrafos. Y esto se debe, naturalmente, a

la propaganda, a la publicidad, a los medios de difusión que tenemos hoy”.

-Las mujeres.

-Yo, Paco, procuro dejarlas bien colocadas. Y me parece que tú también. Yo les

pongo una lotería o un estanco.

-Te has confesado poco en tus libros.

-Quizá no he hecho otra cosa que confesarme. En la Mazurca hay varios

personajes que son mi contrafigura.

-¿Por qué no has seguido con las Memorias? El primer tomo, La rosa, era un libro

que estaba muy bien.

-Ahora, a lo mejor, me voy a confesar más.

-La verdad, Camilo: ¿todavía lees?

-Cada vez menos. A medida que pasan los años, leo menos y escribo más. En la

juventud no hacía otra cosa que leer. Pero claro que leo. Leo a los clásicos, el

primero a Quevedo, y algo a Cervantes. A los modernos sólo los leo si vienen

recomendados.

-El 27.

-Me parece que el país empieza a estar hasta los cojones del 27. No creo en las

generaciones. El 98 y el 27, que son las ortodoxas, me parecen dos inventos.

Cela, Camilo José Cela, la letra dura y bella sobre la cal del parvulario rebelde,

sobre el papel duro y moreno, sobre nuestra cartilla provinciana, adolescente y

literaria. La que lió. “Juan Ramón/Machado”. “Juan Ramón era un poco

mezquino. Machado era otra cosa como hombre. Ahí están su vida y su muerte. Y 

el Platero es impresentable”. “No te gustan los poetas en la prosa”. “Los poetas en

la prosa son un desastre. La prosa exige mucho más oído que la poesía. La prosa

no tiene salvación si no es muy buena”. “Pero tú sigues haciendo poemas,

Camilo”. “Sí, de vez en cuando. Y los publico en revistitas que nadie lee”. Tuvo

una temporada en que parecía como obsesionado con eso de la edad. Incluso

inició una sección titulada Píldoras desde la tercera edad

-Era irónico, claro. Eso de la tercera edad es una pijada. Es mucho más noble

decir vejez. Aparte de que las cosas se nombran por una palabra y no por un

concepto. “Tercera edad” ya es un concepto, y no vale.

¿Te preocupa envejecer?

-No, en absoluto, eso da igual.

Y pone la voz de las grandes seguridades. Le conocí mediados los sesenta y me

publicó tres libros de un golpe. Me lo presentó José García Nieto. Era el último

escritor con osatura de escritor. Andaba por casa en bolas, ya con panza, y así

abría la puerta a las monjitas de la caridad. “No sé por qué huían; yo iba a darles”.

Una amistad de visitas a su piso sombrío de Ríos Rosas, 54 (el inmueble, nada

menos, de González-Ruano, Manuel Viola y Lola Gaos), visitas a su apartamento

circular de Torres Blancas, que es un museo de Millares, los mejores Millares que

yo he visto nunca. Visitas a su casa de Mallorca y viajes vertiginosos y puntuales al

mismo tiempo. “He tenido que comprar el chalet de al lado para meter los libros.

Allí vas cuando quieras, Paco. Tienes cocina y baño. Y muchos libros. Lo demás lo

pones tú”. Una vez me llevó, de madrugada, a velocidades de catástrofe, por toda

la isla de Mallorca, cantando jotas pornográficas y jugando con mi miedo: “Tú

estás metida en la cama/con las teticas calientes, y yo aquí, muerto de frío/con

la chorra hasta los dientes”. Otra vez nos llevó su hijo de conferencias por Castilla.

Camilo lo llevaba todo anotado. “A las diez, salida de Madrid, a las once, café en

Ávila, Casa Pepico”. Y así.

-Mi hijo ya es decano de la Universidad de Palma y te manda recuerdos. Yo tengo

una gran seguridad conduciendo. No corría ningún peligro, Paco, porque de otro

modo también lo hubiera corrido yo. Vendí aquel viejo Jaguar, porque se

encontraba en mal estado, y me arrepiento. Ahora no conduzco. Tengo mecánico.

Y a veces helicóptero.

De modo que he hecho algunas caminatas, de leguario en leguario, con este

andarín ilustre, el más ilustre y el más andarín desde el 98. Hemos cantado

aquellas jotas, rudas y aragonesas, con el malogrado Víctor de la Serna, hijo, en el

comedor más exquisito de Zalacaín. Con toda su gloria y ventaja, es un escritor

para escritores. Hace la novela estrófica -estrofa es lo que vuelve- que

desconcierta al personal, y cuya música sólo cogemos algunos oídos muy

enviciados con la literatura., “Aunque la Mazurca va por la octava edición”. Lo que

se consume es su imagen: un Valle-Inclán aseado (lo que no quiere decir que

Valle fuese desaseado).

-De joven dabas más la estampa, Camilo.

-Pues te aseguro que también iba muy limpito.

En mi reciente Trilogía de Madrid denuncio el escándalo de que, con medio siglo

de literatura y cien kilos de peso, no haya en España ningún libro solvente sobre

su estilo irrepetible. Éste es un país de muertos y nuestro consuelo son los sellos

de correos. “Saltas de Quevedo al 98; ¿el XIX?”. “Ahí tienes. Bécquer es la única

voz del XIX, un laúd de una sola cuerda, pero cómo sonaba esa cuerda, Paco”.

Hay un silencio, hay una siesta no dormida: “¿Por qué se dan los premios en este

país, Paco?”. Ojos de pez dramático, agrandados por las gafas. Ojos de caballo

inteligentísimo, apaciguados por las gafas. “Por política, Camilo, nada más que por

política”. Se sube las gafas con un dedo anular que se le dobla mucho para atrás.

Ya no fuma. “Claro”. Vuelve a ser el provinciano que no sabe si viene a Madrid de

putas o de premios. La letra gorda sobre el cuaderno antiescolar de blancoespaña

y cal, etc. “El escritor, en este país, es un hereje, Paco. Fidel Castro dice que

Sartre, yo y algún otro hemos sido agentes de la CIA. No te jode. Somos de la raza

de los herejes, Paco”.

-Los enemigos, Camilo.

-Te diré lo que Narváez a su confesor, en la hora de la muerte. “No tengo

enemigos, padre. Los fusilé a todos”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario