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habitación-desordenada

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Todo lo que tendría que hacer: el trapo de piso a la derecha, la canilla que gotea, las hormigas que trepan insolentes en busca de la dulzura del dentífrico: a la izquierda el envase de un paquete de papas fritas, una hoja doblada explicando cómo armar un juego, las sandalias de cuero, bolsas. En la mesa ratona ropa arrugada que suplica ser doblada. Hasta el ventilador está mal puesto, no me apunta, el calor sube lento, firme, impiadoso. La cama revuelta, una extraña sensación de desgracia, una espera interminable de algo que no se sabe si pasará.

El patio, la ropa sin sacar del lavarropas, la caja de sándwiches de miga, tan grande que no hay lugar en  la heladera, ni encaja sobre el canasto de la verdura, una tabla de madera que uso para picar verdura dada vuelta, las pocas cosas que lavé, hartas de simular que se escurren.

Doce horas de silencio, vamos por más. Una semana sin dormir, casi, recibiendo la revolución de la sangre, ese antiguo cataclismo del enamoramiento, la insolación del deslumbrarse, la hipótesis de correspondencia. Si envejecer no es sólo ajarse la piel, padecer los desarreglos del insomnio, si envejecer es poder acuñar lo aprendido, yo tendría dos caminos: estarme tranquila creyendo, dijo que confíe en mí y que soy la mujer de su vida. El otro camino de la experiencia es tomarse con simpatía semejantes exageraciones, como quien ve un lindo vestido, carísimo, en la vidriera de la mejor casa de ropa, algo extravagante, pasajero e imposible. Creerle o no, lo que no importa: poder, a esta edad, controlarme el pulso, apagar la piel, no opacar la inteligencia ni la credulidad, conservar el alma a buen recaudo, en un taper inviolable, no dejarme desarmar, sólo disfrutar la tensión poética del asunto, las preliminares del sexo desenfrenado, las promesas de eternidad como boleto de ida hasta mi cuerpo, si eso sólo, esa febril intencionalidad de algunos varones es tan hermosa, vale la pena en sí misma. Todo para darme unos besos ahí, penetrarme, dicen, imaginan, entran en trance, se regodean con la inspiración, son felices oyéndose a sí mismos inventando poemas: así debe ser siempre, no abro más las piernas sin palabras amables, que la bienamada testosterona fluya, llegue hasta el cerebro y me regalen intenciones inspiradas.

Bueno, este hombre se propone para un gran amor desde hace varias horas. Yo le aviso a algunos amigos: estoy enamorada desde el jueves. Le tuve codicia, deseo, desde hace unos meses. Pero tiene dueña y yo no me fijo en perros con collar. Rota la barrera, dice lo que sabemos: estoy terminando, no la amo, sos vos, sos vos. Da fundamentos realmente maravillosos, parafrasea leyendas mitológicas y alude a destinos salvajes, lobunos. Corro a la par con las parábolas apasionadas, y los dos volamos por las galaxias de la perfección de este amor, que, como corresponde, no es un brote recién nacido, es un amor de otras épocas, de la eternidad previa al génesis, una sucesión de reencarnaciones que nos han llevado, sencillamente, a reconocernos con naturalidad y soltura, etcétera.

Claro que adoro estas verborragias previas al sexo. Se me eriza la piel, me llena el alma de voluntad de festejo. Pero me acuerdo de mi edad, mis circunstancias- eso me salva en estas terribles horas de sábado a la noche, de amanecer de domingo: él promete venir a visitarme en algún momento de las próximas horas y desaparece, tiene una cita familiar, va con su novia. Novia a la que va a dejar por mí, eso dice su voz espesa por lo caliente, prometedora, sensual. Novia que está este sábado a la noche con él, como debe ser su rutina, junto a su familia, una relación fuerte, habitual, con sus costumbres de encuentros, una relación legítima que incluye a todos los conocidos de ambos lados.

Sin ánimos de guerrilla, camino por las paredes del infierno. No voy a poder soportar esto, le digo a una amiga, enamorada de un hombre casado desde hace un año, cómo podés aguantar. Porque le creo, dice ella, sé que quiere estar conmigo, a veces me alcanza.

 

 

María Laura Prelooker


 

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