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Hay mujeres con las que se sueña, otras quitan el sueño, otras son soporíferas y, el último grupo:

las peores, las que producen pesadillas.

Tal vez en silencio podríamos oír el frufrú de sus medias, el frufrú de sus pestañas, el frufrú de sus deseos. 

Mujeres hasta abajo, en forma de síntoma profundo —dijo el poeta. Y además, nos gusta todo lo que no habla.

Ellas no quieren relacionarse, quieren resultados.

Nunca hemos visto a nadie feliz en el rebaño, pero entendemos que estén ahí: todos queremos que nos encuentren.

El negro es la sombra, el reverso, el agua sucia del dolor: es de noche y viene sin carne, sin fondo, como un pozo o

un entierro humilde. Pero ellas llevan el negro con pájaros, con rosas, con alas blancas.

En sus elegantes apartamentos, la luz del frigorífico no se apaga cuando cierran la puerta: los pastelitos

de limón están siempre iluminados, pero ¿lavarán al cojo su único pie? ¿sacarán de la sartén a los que sufren?

¿ayudarán a dormir al culpable y a su familia?

Claro que también les duelen los dedos de los pies como cerditos luminosos chapoteando en los charcos: son humanas.

A veces, los días malos, se dicen unas a otras: no quiero morir como una idiota, no vinimos aquí solamente para correr

el runway ¿verdad? hay cosas más interesantes ¿no es así?

Esto es espectáculo.