ezra pound

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 cantar I

 

cantares completos

 

Edición bilingüe de Javier Coy

Traductor: José Vázquez Amaral

 

 

CATEDRA

LETRAS UNIVERSALES

 

Titulo original de la obra:

The Cantos

 

Ediciones Cátedra, S. A., 1994

Madrid

 

 

Anecdotario del traductor, José Vázquez Amaral:

 

       

 

Era embajador de Honduras en Washington don Rafael Heliodoro Valle. En aquel año de 1952 yo montaba conferencias estudiantiles sobre la educación y la cultura iberoamericanas en Rutgers University con la colaboración del cuerpo diplomático correspondiente.

Frecuentemente acudía a don Rafael en busca de consejo y ayuda. En una de tantas veces, surgió la invitación de visitar a Ezra Pound, recluido en el Hospital de Santa Isabel de Washington. Confieso que acepté la invitación llevado de mezquino propósito: pergeñar uno de esos articulejos que todos hemos escrito sobre alguna gran figura.

Gran parte de mis vigilias en los siguientes veintidós años se dedicarían a la traducción de Ezra Pound.

Me impresionó en tal grado el gigante de las letras contemporáneas en inglés que le prometí traducir Los Cantares de Pisa.

Pound me tomó la palabra sobre la traducción que le prometía e inmediatamente quiso saber cuándo le llevaría el primer borrador de la obra. Fijé un plazo de tres meses, sin saber lo que decía. Sólo importa decir que después de tres años y otros tantos borradores, que Pound cubría de enmiendas y correcciones, el vate me dijo, entre cruel y amable: “Leave it alone, Amaral, you’re losing spontaneity.” [“Déjalo en paz, Amaral, estás perdiendo la espontaneidad.]

Después de que yo creí saldado mi compromiso, el poeta emprendió una ingente campaña para que yo tradujera su obra entera. Me dice en alguna carta de las muchas que me escribió: Amaral, save me from incompetents, from hack translators!

Pero me había dado cuenta de lo que significaba comprometerse a tal empresa: entrar en el mundo casi hermético de la obra entera antes de alcanzar la propia integración emotiva e intelectual.

Nunca he dejado de estar vinculado a la obra de Pound. Ese universo es, paradójicamente, tan simple como complicado: la apariencia engaña.

Mas veces hay en que la paradoja se impone a pesar de todos los esfuerzos. A mí me tocó esclarecer quizás la mayor hace dos años en la revista universitaria de la Universidad del Estado de New Jersey, Rutgen Review.

Creí oportuno explicar la razón por la cual tanto la parte de Los Cantares denominada Rock-Drill y también la última llamada Thrones llevan el subtítulo en castellano De los Cantares.

Cuando traduje Los Cantares de Pisa, creí enteramente justificada la traducción que de la palabra había hecho vertiéndola al castellano mediante el simple expediente de dejarla en el mismo estado, es decir, cantos. Creí, lógicamente, que se trataba de la misma designación que Alighieri había dado a las divisiones de la Divina Comedia.

Al concluir la traducción de Los Cantares de Pisa empezó una acción de guerrillas entre el maestro y su traductor. Él sostenía -sin adecuado conocimiento de causa creía yo- que la traducción al castellano debía ser cantar y no canto; yo le expliqué muy extensamente por qué no debía ser así.

Pound pacientemente escuchó todas mis razones, pero no logré que cambiara de parecer. En busca de apoyo acudí a mis colegas de la Imprenta Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México, seguro de que ellos tomarían mi partido. La respuesta de México fue la que yo esperaba: la traducción no podía ser otra que canto.

El maestro no quiso ceder ante tanto parecer combinado. Se mantenía firme. Yo decidí atacar de frente, mi paciencia casi agotada.

-Maestro -le dije-, la palabra cantar pertenece casi a la prehistoria del idioma. Se dice, por ejemplo, Cantar o Poema del Mío Cid.

-Pues de eso mismo se trata.

-Sus Cantos, entonces, ¿son a la manera de las Chanson de geste, como la de Roldán?

-¡Exactamente!

-¡¡¡

-Sí, se trata de los cantares de la tribu.

-¿De cuál tribu, maestro?

-¡De la tribu de la raza humana, Amaral!

Sólo hasta entonces me di cuenta del hábil juego de que Pound me había hecho inocente víctima.

Para que no se me olvidara y para que nadie osara, ni en castellano ni en ningún otro idioma, llamar cantos a sus cantares, Ezra Pound desde entonces subtituló, en español, las sucesivas divisiones, Rock-Drill y Thrones: De los Cantares.

Así entendidos, Los Cantares adquieren una perfecta cohesión.

Pues dentro de tal marco, tan historia integral son las acciones y el pensamiento de Thomas Jefferson de los Estados Unidos, como la trágica suerte del emperador Hiuen-Tsong, que renunció al imperio después de querer conservarlo accediendo a la demanda de los mílites rebeldes que exigieron la estrangulación de su favorito, Yang-koue-fei, cuyo cadáver fue después mostrado a los exigentes.

Lo mismo importa saber lo que aconteció a los griegos de la Odisea o la cuasi histórica gesta de Mio Cid. Pero no sólo estos grandes ejemplos del hacer y del imaginar

del Hombre caben dentro de la gesta de la tribu; caben, también, los más triviales.

Cabe la imagen de un buey blanco en el camino hacia Pisa o el caer de los copos de nieve en Chalais, en Aubeterre. Esta es la dualidad de Narciso y de Argos: ver y verse.

Esto es hacer la verdadera poesía, que no excluye ni se avergüenza de nada, que hace la crónica esencial y la trivial, todo, toda. La vida es así: un electrocardiograma que sólo con el exceso de amor o agonía da saltos dignos de tomarse en cuenta.

La historia de la Tribu de Ezra Pound es el testimonio (sí, de testes) de un hombre que quiso hacer el paradiso terrestre, que perdió su centro peleando con el mundo.

 

 

CANTAR I

CANTAR I

CANTAR I

CANTAR I

 

 

 

    

El Cantar I marca el comienzo de un proyecto de Ezra Pound llamado Los Cantos, que comenzó a escribir cuando tenía treinta años y no dejó de trabajar hasta su muerte en 1972 -cincuenta y siete años más tarde.

 

Para el momento en que falleció, Pound había creado un poema gigantesco que contenía desde pasajes en latín hasta caracteres escritos chinos. Básicamente, los Cantos eran como un enorme receptáculo en el que Pound arrojó sus más profundos pensamientos y sentimientos durante más de cincuenta y cinco años, y lo que nos queda es un conjunto de poemas de más de 600 páginas que la mayoría de los expertos todavía consideran “inacabado”.

 

El Cantar I puede parecer que nos arroja en medio de una escena que no reconocemos. Y eso es lo que hace. Ni siquiera es original de Pound: es su propia elaboración de un pasaje de La Odisea.

La sección de La Odisea traducida en el Canto I narra la historia de cómo el astuto y valiente Odiseo viaja a los confines del mundo y convoca espíritus del inframundo. Les hace todo tipo de preguntas y no siempre consigue las respuestas que quiere. Pero, ¿qué esperaba del submundo?

 

Pound funde material de los cantos X y XI de la Odisea, con los que ofrece similitudes hasta en sentido literal: Odiseo, por consejo de Circe, la reina-hechicera hija de Helios, se hace a la mar en busca de los Infiernos —los Hades— para consultar al adivino ciego Tiresias, que le garantizará un regreso seguro a su patria.

También se aprecian ciertas analogías con la Divina Comedia, en el canto del «infierno», apoyadas además en el hecho de que el Canto XI del poema homérico se titula precisamente así: «Descensus ad lnferos».