fabio morábito

 

delante de un prado una vaca

 

fabio morábito

 

delante de un prado una vaca

 

 

ediciones era S.A. de C.V.
sistema nacional de creadores de arte
de Fonca-Conaculta
1ª edición 2011
México DF

 

 

 

Mi madre, escuchen bien,

condujo nuestro Fiat

por un camino vecinal

un día de primavera del ’68.

Lo vieron estos ojos desde el auto de mi tío,

que iba detrás del Fiat como escolta.

Fue su debut y despedida del volante.

Mi padre no volvió a cederle el asiento del piloto.

Ignoro qué pasó.

En ese aprendizaje trunco

tal vez estuvo la semilla del divorcio.

Si pudo conducir esos kilómetros

-en una carretera intrascendente,

es cierto, no en el tráfico-,

¿por qué cedió al impulso

de ser como una madre más

y regresó al asiento del que sueña?

Hablo de un Fiat 600 de dos puertas

y de un camino de subida

un día de primavera

antes del mayo revoltoso.

Las condiciones, ma, eran idóneas

-tú hermosa y con mi padre

enamorado locamente aún-

para acabar de resolver

el acertijo del embrague,

la metafísica del cambio de velocidad,

y conducirnos suavemente,

curva a curva, hacia la cumbre,

mientras mi hermano y yo en el auto de mi tío

contábamos las vueltas de tu ascenso,

que se deshizo como el mayo aquel

de la revuelta en humo,

un puro gesto que absorbió el paisaje.

Quizá dos décadas después

al irte de la casa completaste

ese camino de subida.

Quizá quedaste herida y no te diste cuenta.

Fue, como sea, el cambio de velocidad más arduo,

el acertijo más difícil de zanjar

en esa nueva primavera de tu vida.

Tienes aún el pie pisando el acelerador

y un mirador te espera en lo más alto.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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